May 20 2020 - Iquique, Chile. [video]
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May 20 2020 - Iquique, Chile. [video]
I
Every week is Shark Week, Kazuki Okuda
La modernidad como Juggernaut
EL PERRO MUERTO
Lev Tolstoy
Jesús llegó una tarde a las puertas de una ciudad e hizo adelantarse a sus discípulos para preparar la cena. Él, impelido al bien y a la caridad, internose por las calles hasta la plaza del mercado.
Allí vio en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, y acercose para ver qué cosa podía llamarles la atención.
Era un perro muerto, atado al cuello por la cuerda que había servido para arrastrarle por el lodo. Jamás cosa más vil, más repugnante, más impura se había ofrecido a los ojos de los hombres.
Y todos los que estaban en el grupo miraban hacia el suelo con desagrado.
—Esto emponzoña el aire —dijo uno de los presentes.
—Este animal putrefacto estorbará la vía por mucho tiempo —dijo otro.
–Miren su piel —dijo un tercero—; no hay un solo fragmento que pudiera aprovecharse para cortar unas sandalias.
—Y sus orejas —exclamó un cuarto— son asquerosas y están llenas de sangre.
—Habrá sido ahorcado por ladrón —añadió otro.
Jesús los escuchó, y dirigiendo una mirada de compasión al animal inmundo:
—¡Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas! —dijo.
Entonces el pueblo, admirado, volviose hacia Él, exclamando:
—¿Quién es este? ¿Será Jesús de Nazaret? ¡Solo Él podría encontrar de qué condolerse y hasta algo que alabar en un perro muerto…!
Y todos, avergonzados, siguieron su camino, prosternándose ante el Hijo de Dios.
URGANDA LA DESCONOCIDA AL LIBRO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Si de allegarte a los buenos, tuvieses, libro, el cuidado, no te dirá el ignorante que no pones bien los dedos. Mas si el pan no se te cuece por ir a manos de indoctos, verás de manos a boca aun no dar una en el clavo, si bien se comen las manos por mostrar que saben mucho. Y pues la experiencia enseña que el que a buen árbol se arrima buena sombra le cobija, en Béjar tu buena estrella un árbol real te ofrece que da príncipes por fruto, en el cual floreció un duque que es nuevo Alejandro Magno; llega a su sombra, que a osados favorece la fortuna. De un noble hidalgo manchego contarás las aventuras, a quien ociosas lecturas trastornaron la cabeza; damas, armas, caballeros, le provocaron de modo que, cual Orlando furioso, templado a lo enamorado, alcanzó a fuerza de brazos a Dulcinea del Toboso. No indiscretos jeroglíficos estampes en el escudo, que, cuando es todo figura, con cartas pobres se apuesta. Si al ofrecerlo te humillas, no dirá nadie por mofa: «¡Qué don Álvaro de Luna, qué Aníbal el de Cartago, qué rey Francisco en España se queja de la fortuna!». Pues al cielo no le plugo que fueras tan instruido como el negro Juan Latino, hablar latines rehúsa. No te me pases de listo, ni me alegues con filósofos, porque, torciendo la boca, dirá quien advierta el truco, muy cerca de tus orejas: «¿Para qué conmigo trampas?». No te metas en dibujos, ni en saber vidas ajenas, que en lo que no va ni viene pasar de largo es cordura, que suelen darle en lo alto a los que van de graciosos; mas tú quémate las cejas solo en cobrar buena fama, que el que imprime necedades nunca puede ya enmendarlas. Advierte que es desatino, si es de vidrio tu tejado, tomar piedras en las manos para tirar al vecino. Deja que el hombre de juicio en las obras que compone se ande con pies de plomo, que el que saca a luz papeles para decir fruslerías escribe a tontas y a locas.
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LOS INMIGRANTES
HORACIO QUIROGA
El hombre y la mujer caminaban desde las cuatro de la mañana. El tiempo, descompuesto en asfixiante calma de tormenta, tornaba aún más pesado el vaho nitroso del estero. La lluvia cayó por fin, y durante una hora la pareja, calada hasta los huesos, avanzó obstinadamente.
El agua cesó. El hombre y la mujer se miraron entonces con angustiosa desesperanza.
—¿Tienes fuerzas para caminar un rato aún? –dijo él–. Tal vez los alcancemos...
La mujer, lívida y con profundas ojeras, sacudió la cabeza.
—Vamos –repuso, prosiguiendo el camino.
Pero al rato se detuvo, cogiéndose crispada de una rama. El hombre, que iba delante, se volvió al oír el gemido.
—¡No puedo más!... –murmuró ella con la boca torcida y empapada en sudor–. ¡Ay, Dios mío!...
El hombre, tras una larga mirada a su alrededor, se convenció de que nada podía hacer. Su mujer estaba encinta. Entonces, sin saber dónde ponía los pies, alucinado de excesiva fatalidad, el hombre cortó ramas, tendiólas en el suelo y acostó a su mujer encima. El se sentó a la cabecera, colocando sobre sus piernas la cabeza de aquélla.
Pasó un cuarto de hora en silencio. Luego la mujer se estremeció hondamente y fue menester enseguida toda la fuerza maciza del hombre para contener aquel cuerpo proyectado violentamente a todos lados por la eclampsia.
Pasado el ataque, él quedó un rato aún sobre su mujer, cuyos brazos sujetaba en tierra con las rodillas. Al fin se incorporó, alejóse unos pasos vacilantes, se dio un puñetazo en la frente y tornó a colocar sobre sus piernas la cabeza de su mujer sumida ahora en profundo sopor.
Hubo otro ataque de eclampsia, del cual la mujer salió más inerte. Al rato tuvo otro, pero al concluir éste, la vida concluyó también.
El hombre lo notó cuando aún estaba a horcajadas sobre su mujer, sumando todas sus fuerzas para contener las convulsiones. Quedó aterrado, fijos los ojos en la bullente espuma de la boca, cuyas burbujas sanguinolentas se iban ahora resumiendo en la negra cavidad.
Sin saber lo que hacía, le tocó la mandíbula con el dedo.
—¡Carlota! –dijo con una voz que no era la suya, y que no tenía entonación alguna. El sonido de su voz lo volvió a sí, e incorporándose entonces miró a todas partes con ojos extraviados.
—Es demasiada fatalidad –murmuró.
—Es demasiada fatalidad... –murmuró otra vez, esforzándose entretanto por precisar lo que había pasado. Venían de Europa, eso no ofrecía duda; y habían dejado allá a su primogénito de dos años. Su mujer estaba encinta e iban a Makallé con otros compañeros... Habían quedado retrasados y solos porque ella no podía caminar bien... Y en malas condiciones, acaso, acaso su mujer hubiera podido encontrarse en peligro.
Y bruscamente se volvió, mirando enloquecido:
—¡Muerta, allí!...
Sentóse de nuevo, y volviendo a colocar la cabeza muerta de su mujer sobre sus muslos, pensó cuatro horas en lo que haría. No arribó a pensar nada; pero cuando la tarde caía cargó a su mujer en los hombros y emprendió el camino de vuelta.
Bordeaban otra vez el estero. El pajonal se extendía sin fin en la noche plateada, inmóvil y todo zumbante de mosquitos. El hombre, con la nuca doblada, caminó con igual paso, hasta que su mujer muerta cayó bruscamente de su espalda. Él quedó un instante de pie, rígido, y se desplomó tras ella.
Cuando despertó, el sol quemaba. Comió bananas de filodendro, aunque hubiera deseado algo más nutritivo, puesto que antes de poder depositar en tierra sagrada el cadáver de su esposa, debían pasar días aún.
Cargó otra vez con el cadáver, pero sus fuerzas disminuían. Rodeándola entonces con lianas entretejidas, hizo un fardo con el cuerpo y avanzó así con menos fatiga.
Durante tres días, descansando, siguiendo de nuevo, bajo el cielo blanco de calor, devorado de noche por los insectos, el hombre caminó y caminó, sonambulizado de hambre, envenenado de miasmas cadavéricas –toda su misión concentrada en una sola y obstinada idea: arrancar al país hostil y salvaje el cuerpo adorado de su mujer.
La mañana del cuarto día vióse obligado a detenerse, y apenas de tarde pudo continuar su camino. Pero cuando el sol se hundía, un profundo escalofrío corrió por los nervios agotados del hombre, y tendiendo entonces el cuerpo muerto en tierra, se sentó a su lado.
La noche había caído ya, y el monótono zumbido de mosquitos llenaba el aire solitario. El hombre pudo sentirlos tejer su punzante red sobre su rostro; pero del fondo de su médula helada los escalofríos montaban sin cesar.
La luna ocre en menguante había surgido al fin tras el estero. Las pajas altas y rígidas brillaban hasta el confín en fúnebre mar amarillento. La fiebre perniciosa subía ahora a escape.
El hombre echó una ojeada a la horrible masa blanduzca que yacía a su lado, y cruzando sus manos sobre las rodillas quedóse mirando fijamente adelante, al estero venenoso, en cuya lejanía el delirio dibujaba una aldea de Silesia, a la cual él y su mujer, Carlota Phoening, regresaban felices y ricos a buscar a su adorado primogénito.
UN RECUERDO NAVIDEÑO
TRUMAN CAPOTE
I
maginen una mañana a fines de noviembre. Una mañana al comienzo del invierno, hace más de veinte años. Piensen en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su característica principal es una estufa negra enorme; pero tiene también una mesa redonda muy grande y una chimenea con un par de mecedoras, frente a ella. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos. Una mujer de gastado pelo blanco está de pie junto a la ventana de la cocina. Tiene puestas unas zapatillas de tenis y un pulóver gris muy deformado sobre un veraniego vestido de algodón. Es pequeña y vivaz, como una gallina Bantam; pero tiene los hombros horriblemente encorvados, debido a una prolongada enfermedad juvenil. Su rostro es notable, semejante al de Lincoln, igual de marcado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida.
-¡Dios mío! -exclama, y su aliento empaña el cristal-. ¡Ha llegado la temporada de las tartas de frutas!
La persona con la que habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y tantos. Somos primos, muy lejanos, y hemos vivido juntos, bueno, desde que recuerdo. En la casa también viven otras personas, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros y nos hacen llorar frecuentemente, en general, apenas tenemos en cuenta su existencia. Los dos somos el mejor amigo del otro. Ella me llama Buddy, en recuerdo de un chico que había sido su mejor amigo, hace ya mucho tiempo. El otro Buddy murió de pequeño, en los años ochenta del siglo pasado. Ella sigue siendo pequeña.
-Lo sabía antes de levantarme de la cama -dice, volviéndole la espalda a la ventana y con una mirada de excitación determinada-. La campana del patio sonaba fría y clarísima. Y no cantaba ningún pájaro; se han ido a tierras más cálidas, ya lo creo que sí. Mira, Buddy, deja de comer galletas y ve por nuestro carricoche. Ayúdame a buscar el sombrero. Tenemos que preparar treinta tartas.
Siempre ocurre lo mismo: llega cierta mañana de noviembre, y mi amiga, como si oficialmente inaugurase esa temporada navideña anual que le dispara la imaginación y reaviva el fuego de su corazón, anuncia:
-¡Ya es hora de preparar las tartas! Ve por nuestro carricoche. Ayúdame a buscar el sombrero. Y aparece el sombrero, que es de paja, bajo de copa y muy ancho de ala, y con untado de rosas de terciopelo marchitadas por la intemperie: antiguamente era de una parienta que vestía muy a la moda. Guiamos juntos el carricoche, un destartalado cochecito de niño, por el jardín, camino de la arboleda de pacanas. El cochecito es mío; es decir que lo compraron para mí cuando nací. Es de mimbre, y está bastante destrenzado, y sus ruedas se mueven como las piernas de un borracho. Pero es un objeto fiel; en primavera lo llevamos al bosque para llenarlo de flores, hierbas y helechos para las macetas de la entrada; en verano, amontonamos en él toda la parafernalia de las meriendas campestres, junto con las cañas de pescar, y bajamos hasta la orilla de algún riachuelo; en invierno también tiene algunas funciones: es la camioneta en la que trasladamos la leña desde el patio hasta la chimenea, y le sirve de cálida cama a Queenie, nuestra pequeña terrier naranjada y blanca, un pachorriento animal que ha sobrevivido a mucho malhumor y a dos mordeduras de serpiente de cascabel. En este momento Queenie anda trotando detrás del carricoche.
Al cabo de tres horas nos encontramos de nuevo en la cocina, descascarando una carga de pacanas que el viento ha hecho caer de los árboles. Nos duele la espalda de tanto agacharnos a recogerlas: ¡qué difíciles han sido de encontrar (pues la parte principal de la cosecha se la han llevado, después de sacudir los árboles, los dueños de la arboleda, que no somos nosotros) bajo las hojas que las ocultaban, entre los pastos engañosos y helados! ¡caaracrac! Un alegre crujido, fragmentos de truenos en miniatura que resuenan al partir las cáscaras mientras en la jarra de leche sigue creciendo el dorado montón de dulce y aceitosa fruta marfileña. Queenie comienza a relamerse, y de vez en cuando mi amiga le da furtivamente un pedacito, pese a que insiste en que ni siquiera nosotros las probemos.
-No debemos hacerlo, Buddy. Si empezamos, no habrá quien nos pare. Y no tenemos suficientes, ni siquiera con las que hay. Son treinta tartas.
La cocina va oscureciéndose. El crepúsculo transforma la ventana en un espejo: nuestros reflejos se mezclan con la luna ascendente mientras seguimos trabajando junto al hogar y a la luz de la chimenea. Por fin, cuando la luna ya está muy alta, echamos las últimas cáscaras al fuego suspirando al unísono, observando cómo van encendiéndose. El carricoche está vacío; la jarra, llena hasta el borde.
Cenamos (galletas frías, jamón, dulce de zarzamora) y hablamos de lo del día siguiente. Al día siguiente empieza el trabajo que más me gusta: ir de compras. Cerezas y cidras, jengibre y vainilla y piña hawaiana en lata, pacanas y pasas y nueces y whisky y, oh, un montón de harina, manteca, muchísimos huevos, especias, esencias: pero ¡nos hará falta un pony para tirar del carricoche hasta casa!
Pero, antes de comprar, queda la cuestión del dinero. Ninguno de los dos tiene ni cinco. Solamente las limitadas cantidades que los otros habitantes de la casa nos proporcionan muy de vez en cuando (ellos creen que una moneda de diez centavos es una fortuna); y 10 que nos ganamos por medio de diversas actividades: organizar sorteos de cosas viejas, vender baldes de zarzamoras que nosotros mismo recogemos, tarros de mermelada casera y de dulce de manzana y de durazno en conserva, o recoger flores para bodas y funerales. Una vez ganamos el septuagésimo noveno premio, cinco dólares, en un concurso nacional de rugby. Y no porque sepamos ni jota de rugby, sino porque participamos en todos los concursos de los que tenemos noticia: en este momento nuestras esperanzas se centran en el Gran Premio de cincuenta mil dólares que ofrecen por inventar el nombre de una nueva marca de café (nosotros hemos propuesto “A.M.”; y, después de dudarlo un poco, porque a mi amiga le parecía sacrílego, como eslogan, “¡A.M.! ¡Amén!”).1 Sinceramente, nuestra única actividad provechosa de verdad fue lo del Museo de Monstruos y Feria de Atracciones que organizamos hace un par de veranos en una leñera. Las Atracciones consistían en proyecciones de linterna mágica con imágenes de Washington y Nueva York prestadas por un familiar que había estado en esos lugares (y que se puso furioso cuando se enteró del motivo por el que se las habíamos pedido); el Monstruo era un pollito de tres patas, recién incubado por una de nuestras gallinas. Toda la gente de por aquí quería ver al pollito: les cobrábamos cinco centavos a los adultos, y dos a los niños. Y llegamos a ganar nuestros buenos veinte dólares antes de que el museo cerrara sus puertas debido a la defunción de su principal estrella.
Pero entre unas cosas y otras vamos acumulando cada año nuestros ahorros navideños, el Fondo para Tartas de Frutas. Guardamos bien escondidos estos ahorros en un viejo monedero, debajo de una tabla suelta que está debajo del piso que está debajo del orinal que está debajo de la cama de mi amiga. Sólo sacamos el monedero de su seguro escondrijo para hacer un nuevo depósito, o, como suele ocurrir los sábados, para algún retiro; porque los sábados me corresponden diez centavos para el cine. Mi amiga no ha ido jamás al cine, ni tiene intención de hacerlo:
-Prefiero que me cuentes la historia, Buddy. Así puedo imaginármela mejor. Además, las personas de mi edad no deben gastar la vista. Cuando se presente el Señor, quiero verle bien.
Aparte de no haber visto ninguna película, tampoco ha comido en ningún restaurante, viajado a más de cinco kilómetros de casa, recibido o enviado telegramas, leído nada que no sean tebeos y la Biblia, usado cosméticos, pronunciado malas palabras, deseado a nadie mal alguno, mentido a conciencia, ni dejado que ningún perro pasara hambre. Y éstas son algunas de las cosas que ha hecho, y que suele hacer: matar con una azada la más grande serpiente de cascabel jamás vista en este condado (dieciséis cascabeles), tomar rapé (en secreto), domesticar colibríes (desafío a cualquiera a que lo intente) hasta conseguir que se mantengan en equilibrio sobre uno de sus dedos, contar historias de fantasmas (tanto ella como yo creemos en los fantasmas) tan estremecedoras que te dejan helado hasta en julio, hablar consigo misma, pasear bajo la lluvia, cultivar las camelias más bonitas de todo el pueblo, aprenderse la receta de todas las antiguas recetas curativas de los indios, entre otras, una fórmula mágica para quitar verrugas.
Ahora, terminada la cena, nos retiramos a la habitación que hay en una parte alejada de la casa, y que es el lugar donde mi amiga duerme, en una cama de hierro pintada de rosa furioso, su color preferido, cubierta con una colcha hecha de retazos. En silencio, saboreando los placeres de los conspiradores, sacamos de su escondrijo secreto el monedero y derramamos su contenido sobre su colcha. Billetes de un dólar, enrollados como un cigarrillo y verdes como brotes de mayo. Oscuras monedas de cincuenta centavos, tan pesadas que sirven para cerrarle los ojos a un muerto. Hermosas monedas de diez centavos, las más alegres, las que tintinean de verdad. Monedas de cinco y veinticinco centavos, tan pulidas por el uso como guijarros de río. Pero, sobre todo, un horrible montón de olorosas monedas de un centavo. El verano pasado, otros habitantes de la casa nos contrataron para matar moscas, un centavo por cada veinticinco moscas muertas. Ah, aquella carnicería de agosto: ¡cuántas moscas volaron al cielo! Pero no fue un trabajo que nos llenara de orgullo. Y, mientras vamos contando los centavos, es como si volviésemos a contar moscas muertas. Ninguno de los dos tiene habilidad para los números; contamos despacio, restamos, y volvemos a empezar. Según los cálculos de ella, tenemos 12,73 dólares. Según los míos, 13 dólares exactamente.
-Espero que te hayas equivocado, Buddy. Más vale andar con cuidado si son trece. Se nos desinflarán las tartas. O enterrarán a alguien. Por Dios, en mi vida se me ocurriría levantarme de la cama un día trece.
Lo cual es cierto: se pasa todos los días trece en la cama. De modo que, para asegurarnos, sacamos un centavo y lo tiramos por la ventana.
De todos los ingredientes que utilizamos para hacer nuestras tartas de frutas no hay ninguno tan caro como el whisky, que, además, es el más difícil de comprar: su venta está prohibida por el Estado. Pero todo el mundo sabe que se le puede comprar una botella a Mr. Jajá Jones. Y al día siguiente, después de haber terminado nuestras compras más prosaicas, nos encaminamos al bar de Mr. Jajá, un “pecaminoso” (por citar la opinión pública) bar de pescado frito y baile que está a la orilla del río. No es la primera vez que vamos allí, y con el mismo propósito; pero los años anteriores hemos hecho tratos con la mujer de Jajá, una india de piel negra como la tintura de yodo, brillante cabello oxigenado, y apariencia de muerta de cansancio. De hecho, jamás hemos visto a su marido, aunque hemos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de cuchillazos en las mejillas. Le llaman Jajá por lo serio, nunca se ríe. Cuando nos acercamos al bar (una amplia cabaña de troncos, adornada por dentro y por fuera con guirnaldas de lamparitas desnudas pintadas de colores vivos, y situada en la embarrada orilla del río, a la sombra de unos árboles por entre cuyas ramas crece el musgo como niebla gris) detenemos nuestro paso. Incluso Queenie deja de brincar y permanece cerca de nosotros. Ha habido asesinatos en el bar de Jajá. Gente descuartizada. Descalabrada. El mes próximo irá al juzgado uno de los casos. Naturalmente, esta clase de cosas suceden por la noche, cuando suena el tocadiscos y las lamparitas pintadas royectan demenciales sombras. De día, el local de Jajá es destartalado y está desierto. Llamo a la puerta, ladra Queenie, grita mi amiga:
– ¡Mrs. Jajá! ¡Eh, señora ¿Hay alguien en casa?
Pasos. Se abre la puerta. Nuestros corazones se detienen. ¡Es Mr. Jajá Jones en persona! Es un gigante; y tiene cicatrices; y no sonríe. Nos lanza miradas llameantes con sus satánicos ojos rasgados, y quiere saber:
– ¿Qué quieren de Jajá?
Durante un instante nos quedamos tan paralizados que no podemos hablar. Al rato, mi amiga encuentra una media voz, apenas una vocecita susurrante:
– Si no le importa, Mr. Jajá, queremos un litro del mejor whisky que tenga.
Los ojos se le rasgan incluso más. ¿No es increíble? ¡Mr. Jajá está sonriendo! Hasta riendo.
-¿Cuál de los dos es el bebedor?
– Es para hacer tartas de frutas, Mr. Jajá. Para cocinar.
Esto le templa el ánimo. Frunce el ceño.
-Qué manera de tirar un buen whisky.
No obstante, se hunde en las sombras del bar y vuelve unos cuantos segundos después con una botella de contenido amarillo margarita, sin etiqueta. Muestra su centelleo a la luz del sol y dice:
-Dos dólares.
Le pagamos con monedas de diez, cinco y un centavo. De repente, mientras hace sonar las monedas en la mano cerrada, como si fuesen dados, se le suaviza la expresión.
– ¿Saben lo que les digo? -nos propone, devolviendo el dinero a nuestro monedero-. Páguenmelo con unas cuantas tartas de frutas.
De vuelta a casa, mi amiga comenta:
-A mí me ha parecido un hombre encantador. Pondremos una tacita de pasas de más en su tarta.
La cocina negra, cargada de carbón y leña, brilla como una calabaza iluminada. Giran velozmente los batidores de huevos, dan vueltas como locas las cucharas en ollas cargadas de manteca y azúcar, endulza el ambiente la vainilla, lo hace picante el jengibre; unos olores combinados que hacen que te pique la nariz saturan la cocina, empapan la casa, salen volando al mundo arrastrados por el humo de la chimenea. A los cuatro días hemos terminado nuestra tarea. Treinta y una tartas, ebrias de whisky, se tuestan al sol en los estantes y los alféizares de las ventanas.
– ¿Para quién son?
Para nuestros amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: de hecho, la mayor parte las hemos hecho para personas con las que quizá sólo hemos hablado una vez, o ninguna. Gente con la que nos hemos encaprichado. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y señora, misioneros bautistas en Borneo, que el pasado invierno dieron unas conferencias en el pueblo. O el pequeño afilador que pasa por aquí dos veces al año. O Abner Packer, el conductor del autobús de las seis que, cuando llega de Mobile, nos saluda con la mano cada día al pasar delante de casa envuelto en una nube de polvo. O los Wiston, una joven pareja californiana cuyo automóvil se rompió una tarde ante nuestro portón, y que pasó una agradable hora charlando con nosotros (el joven Wiston nos sacó una foto, la única que nos han sacado en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga siente timidez ante todo el mundo, excepto los desconocidos, que esos desconocidos, y otras personas a quienes apenas hemos tratado, son para nosotros nuestros más auténticos amigos? Creo que sí. Además, los cuadernos en donde conservamos las notas de agradecimiento con membrete de la Casa Blanca, las ocasionales comunicaciones que nos llegan de California y Borneo, las postales de un centavo firmadas por el afilador, hacen que nos sintamos relacionados con unos mundos llenos de acontecimientos, situados muy lejos de la cocina y de su precaria imagen de un cielo recortado.
Una rama desnuda de higuera decembrina araña la ventana. La cocina está vacía, han desaparecido las tartas; ayer llevamos las últimas al correo, cargadas en el carricoche, y una vez allí tuvimos que vaciar el monedero para pagar las estampillas. Estamos en la ruina. Es una situación que me deprime notablemente, pero mi amiga está empeñada en que lo celebremos: con los dos centímetros de whisky que nos quedan en la botella de Jajá. A Queenie le echamos una cucharada en su café (le gusta el café aromatizado con achicoria, y bien cargado). Dividimos el resto en un par de vasos de gelatina. Los dos estamos bastante atemorizados ante la perspectiva de tomar whisky solo; su sabor provoca en los dos expresiones beodas y amargos estremecimientos. Pero al rato comenzamos a cantar simultáneamente una canción diferente cada uno. Yo no me sé la letra de la mía, sólo: Ven, ven, ven a bailar cimbreando esta noche. Pero puedo bailar: eso es lo que quiero ser, bailarín de claqué en películas musicales. La sombra de mis pasos de baile anda de joda por las paredes; nuestras voces hacen sonar la porcelana; reímos como tontos: se diría que unas manos invisibles están haciéndonos cosquillas. Queenie se pone a rodar, patalea en el aire, y algo parecido a una sonrisa tensa sus labios negros. Me siento ardiente y chispeante por dentro, como los troncos que se desmenuzan en el hogar, despreocupado como el viento en la chimenea. Mi amiga baila un vals alrededor de la estufa, sujetando el dobladillo de su pobre pollera de algodón con la punta de los dedos, como si fuera un vestido de noche: Muéstrame el camino de vuelta a casa, está cantando, mientras rechinan en el piso sus zapatillas de tenis. Muéstrame el camino de vuelta a casa.
Entran dos parientes. Muy enojados. Potentes, con miradas censoras, lenguas severas. Escuchen lo que dicen sus palabras, amontonándose unas sobre otras hasta formar una canción de ira:
-¡Un niño de siete años! ¡Oliendo a whisky! ¡Te volviste loca! ¡Dárselo a un niño de siete años! ¡Estás reloca! ¡Por el mal camino! ¿Te acordás de la prima Kate? ¿Del tío Charlie? ¿Del cuñado del tío Charlie? ¡Qué escándalo! ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación! ¡Arrodilláte, rezá, pedíle perdón al Señor!
Queenie se esconde debajo de la estufa. Mi amiga se queda mirando vagamente sus zapatillas, le tiembla el mentón, se levanta la pollera, se suena los mocos y se va corriendo a su cuarto. Mucho después de que el pueblo haya ido a acostarse y la casa esté en silencio, con la sola excepción de los carillones de los relojes y el chisporroteo de los fuegos casi apagados, mi amiga llora contra una almohada que ya está tan húmeda como el pañuelo de una viuda.
– No llores -le digo, sentado a los pies de la cama y temblando a pesar del camisón de franela, que aún huele al jarabe de la tos que tomó el invierno pasado-, no llores -le suplico, jugando con los dedos de sus pies, haciéndole cosquillas-, sos demasiado vieja para llorar.
– Por eso lloro -dice ella, hipando-. Porque soy demasiado vieja. Vieja y ridícula.
– Ridícula no. Divertida. Más divertida que nadie. Oye. Como sigas llorando, mañana estarás tan cansada que no podremos ir a cortar el árbol.
Se endereza. Queenie salta encima de la cama (lo cual le está prohibido) para lamerle las mejillas.
– Conozco un lugar donde encontraremos árboles de verdad, preciosos, Buddy. Y también hay acebo. Con bayas tan grandes como tus ojos. Está en el bosque, muy adentro. Más lejos de lo que nunca hemos ido. Papi nos traía de allí los árboles de Navidad: los traía al hombro. Eso era hace cincuenta años. Bueno, no sabes lo impaciente que estoy por que amanezca.
De mañana. La escarcha helada da brillo al pasto; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como una luna de verano, cuelga en el horizonte y bruñe los plateados bosques invernales. Chilla un pavo salvaje. Un cerdo renegado gruñe entre la maleza. Pronto, junto a la orilla del poco profundo riacho de aguas veloces, tenemos que abandonar el carricoche. Queenie es la primera en vadear la corriente; chapotea hasta el otro lado, ladrando en son dequeja porque la corriente es muy fuerte, tan fría que seguro que se agarra una pulmonía. Nosotros la seguimos, con el calzado y los utensilios (un hacha pequeña, una bolsa de arpillera) sostenidos encima de la cabeza. Dos kilómetros más de espinas, erizos y zarzas que se nos enganchan en la ropa; de herrumbrosas agujas de pino, y con el brillo de los coloridos hongos y las plumas caídas. Aquí, allí, un brillo, un temblor, un éxtasis de trinos nos recuerdan que no todos los pájaros han volado hacia el Sur. El camino serpentea siempre por entre charcos alimonados de sol y sombríos túneles de enredaderas. Hay que cruzar otro arroyo: una agotada flota de moteadas truchas espumea el agua alrededor nuestro, mientras unas ranas del tamaño de platos se entrenan tirándose de panza; unos castores obreros construyen un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. También tiembla mi amiga: no de frío, sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero deja caerun pétalo cuando levanta la cabeza para inhalar el aire cargado del aroma de los pinos.
-Ya casi llegamos. ¿Lo hueles, Buddy? -dice, como si estuviéramos acercándonos al océano.
En efecto, es algo semejante al océano. Aromáticas e ilimitadas extensiones de árboles navideños, de acebos de hojas punzantes. Bayas rojas tan brillantes como campanillas sobre las que se ciernen, gritando, negros cuervos. Después de haber llenado nuestras bolsas de arpillera con la cantidad suficiente de verde y rojo como para adornar una docena de ventanas, nos disponemos a elegir el árbol.
-Tendría que ser -dice mi amiga- el doble de alto que un chico. Para que ningún chico pueda robarle la estrella.
El que elegimos es el doble de alto que yo. Un valiente y bello bruto que se banca treinta hachazos antes de caer con un grito crujiente y estremecedor. Cargándolo como si fuese una pieza de caza, comenzamos la larga expedición de regreso. Cada pocos metros abandonamos la lucha, nos sentamos, jadeamos. Pero poseemos la fuerza del cazador victorioso que, sumada al perfume viril y helado del árbol, nos hace revivir, nos incita a continuar. Muchas felicitaciones acompañan nuestro crepuscular regreso por el camino de roja arcilla que conduce al pueblo; pero mi amiga se muestra esquiva cuando la gente elogia el tesoro que llevamos en el carricoche: qué árbol tan hermoso, ¿de dónde lo han sacado?
-De allá lejos -murmura ella con imprecisión. Una vez se detiene un coche, y la perezosa mujer del dueño rico de la fábrica se asoma y balbucea:
-Les doy veinticinco centavos por ese árbol.
En general, a mi amiga le da miedo decir que no; pero en esta ocasión rechaza rápidamente el ofrecimiento con la cabeza:
-Ni por un dólar.
La mujer del empresario insiste.
-¿Un dólar? ¡Un cuerno! Cincuenta centavos. Y es mi última oferta. Pero mujer, si podés ir por otro.
En respuesta, mi amiga reflexiona amablemente: -Lo dudo. Nunca hay dos de nada.
En casa: Queenie se desploma junto al fuego y duerme hasta el día siguiente, roncando como un ser humano.
Un baúl que hay en la buhardilla contiene: una caja de zapatos llena de colas de armiño (procedentes de la capa que usaba para ir a la ópera cierta dama extraña que en otros tiempos alquiló una habitación de la casa), varios rollos de gastadas cenefas de oropel que el tiempo ha terminado dorando, una estrella de plata, una breve tira de bombitas en forma de vela, fundidas y seguramente peligrosas. Adornos magníficos, hasta cierto punto, pero que no son suficientes: mi amiga quiere que el árbol arda -como la vidriera de una iglesia bautista-, que se le doblen las ramas bajo el peso de una copiosa nevada de adornos. Pero no podemos permitimos el lujo de comprar los hermosos chirimbolos made in Japan que venden en el negocio de baratijas. De modo que hacemos lo mismo que hemos hecho siempre: pasarnos días y días sentados a la mesa de la cocina, armados de tijeras, lápices y montones de papeles de colores. Yo dibujo los perfiles, y mi amiga los recorta: gatos y más gatos, y también peces (porque es fácil dibujarlos), unas cuantas manzanas, otras tantas sandías, algunos ángeles alados hechos de las hojas de papel de aluminio que guardamos cuando comemos chocolate. Utilizamos ganchitos para sujetar todas estas creaciones al árbol; como toque final, espolvoreamos por las ramas bolitas de algodón (recogido para este fin el pasado agosto). Mi amiga, estudiando el efecto, entrelaza las manos.
-Dime la verdad, Buddy. ¿No está para comérselo? Queenie intenta comerse un ángel.
Después de trenzar y adornar con cintas las coronas de acebo que ponemos en cada una de las ventanas de la fachada, nuestro siguiente proyecto consiste en inventar regalos para la familia. Pañuelos tejidos a mano para las señoras, y, para los hombres, jarabe casero de limón, dulce y aspirina, que debe ser tomado “en cuanto aparezcan síntomas de resfriado y después de salir de Caza”. Pero cuando llega la hora de preparar el regalo que nos haremos el uno al otro, mi amiga y yo nos separamos para trabajar en secreto. A mí me gustaría comprarle una navaja con incrustaciones de perlas en el mango, una radio, medio kilo entero de cerezas recubiertas de chocolate (las probamos una vez, y desde entonces está siempre jurando que podría alimentarse sólo de ellas. “Te lo juro, Buddy, bien sabe Dios que podría…, y no tomo su nombre en vano.”). En lugar de eso, le estoy haciendo un barrilete. A ella le gustaría comprarme una bicicleta (lo ha dicho millones de veces: “Si pudiera, Buddy. La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, demonios, lo que más me enoja es no poder regalar aquello que les gusta a los otros. Pero algún día te la consigo, Buddy. Te encuentro una bici. Y no me preguntes cómo. Quizá la robe”). En lugar de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo un barrilete: igual que el año pasado, y que el anterior. El anterior a ése nos regalamos sendas gomeras. Todo lo cual está bien: porque somos los reyes a la hora de hacer volar los barriletes, y sabemos estudiar el viento como los marineros; mi amiga, que sabe más que yo, hasta es capaz de hacer que flote un barrilete cuando no hay ni la brisa suficiente para traer nubes.
La tarde anterior a la Nochebuena nos conseguimos una moneda de veinte centavos y vamos a la carnicería para comprarle a Queenie su regalo tradicional, un buen hueso masticable de buey. El hueso, envuelto en papel de fantasía, queda situado en la parte más alta del árbol, junto a la estrella. Queenie sabe que está allí. Se sienta al pie del árbol y mira hacia arriba, en un éxtasis de codicia: llega la hora de acostarse y no se quiere mover ni un centímetro. Yo me siento tan excitado como ella. Me destapo a patadas y me paso la noche dándole vueltas a la almohada, como si fuese una de esas noches tan sofocantes de verano. Canta desde algún lugar un gallo: equivocadamente, porque el sol sigue estando al otro lado del mundo.
-¿Estás despierto, Buddy?
Es mi amiga, que me llama desde su cuarto, justo al lado del mío; y al cabo de un instante ya está sentada en mi cama, con una vela encendida.
-Mira, no puedo cerrar un ojo -declara-. La cabeza me da más saltos que una liebre. Oye, Buddy, ¿crees que Mrs. Roosevelt servirá nuestra tarta para la cena?
Nos arrebujamos en la cama, y ella me aprieta la mano diciendo te quiero.
-Me da la sensación de que antes tenías la mano mucho más pequeña. Supongo que detesto la idea de verte crecer. ¿Seguiremos siendo amigos cuando te hagas mayor?
Yo le digo que siempre.
-Pero me siento horriblemente mal, Buddy. No sabes la de ganas que tenía de regalarte una bici. He intentado vender el camafeo que me regaló papá. Buddy -duda un poco, como si estuviese muy avergonzada-, te he hecho otro barrilete.
Luego le confieso que también yo le he hecho un barrilete, y nos reímos. La vela ha ardido tanto que ya no hay quien la sostenga. Se apaga, delata la luz de las estrellas que dan vueltas en la ventana como unos villancicos visuales que lenta, muy lentamente, va acallando el amanecer. Seguramente dormitamos; pero la aurora nos salpica como si fuese agua fría; nos levantamos, con los ojos como platos y errando de un lado para otro mientras aguardamos a que los demás se despierten. Con toda la mala leche, mi amiga deja caer un cacharro metálico en el suelo de la cocina. Yo bailo claqué ante las puertas cerradas. Uno a uno, los parientes emergen, con cara de sentir deseos de asesinarnos a ella y a mí; pero es Navidad, y no pueden hacerlo. Primero, un desayuno lujoso: todo lo que se puedan imaginar, desde panqueques y ardilla frita hasta maíz tostado y miel en panal. Lo que pone a todo el mundo de buen humor, con la sola excepción de mi amiga y yo. La verdad, estamos tan impacientes por llegar a lo de los regalos, que no conseguimos tragar ni un bocado.
Pues bien, me llevo una decepción. ¿Y quién no? Unas medias, una camisa para ir a la escuela dominical, unos cuantos pañuelos, un pulóver usado, una suscripción por un año a una revista religiosa para niños: El pastorcillo. Me ponen loco. De verdad.
El botín de mi amiga es mejor. Su principal regalo es una bolsa de mandarinas. Pero está mucho más orgullosa de un chal de lana blanca que le ha tejido su hermana, la que está casada. Pero dice que su regalo favorito es el barrilete que le he hecho yo. Y, en efecto, es muy bonito; aunque no tanto como el que ha hecho ella para mí, azul y salpicado de estrellitas verdes y doradas de Buena Conducta; es más, lleva mi nombre, “Buddy”, pintado.
-Hay viento, Buddy.
Hay viento, y nada importará hasta el momento en que bajemos corriendo al prado que queda cerca de casa, el mismo adonde Queenie ha ido a esconder su hueso (y el mismo en donde, dentro de un año, será enterrada Queenie). Una vez allí, nadando por la sana hierba que nos llega hasta la cintura, soltamos nuestros barriletes, sentimos sus tirones de peces celestiales que flotan en el viento. Satisfechos, reconfortados por el sol, nos tiramos en el pasto y pelamos mandarinas y observamos las cabriolas de nuestros barriletes. Me olvido enseguida de las medias y del pulóver usado. Soy tan feliz como si ya hubiésemos ganado el Gran Premio de cincuenta mil dólares de ese concurso de marcas de café.
-¡Ay va, pero qué tonta soy! -exclama mi amiga, repentinamente alerta, como la mujer que se ha acordado demasiado tarde de lo que había dejado en el horno-. ¿Sabés qué había creído siempre? -me pregunta en tono de haber hecho un gran descubrimiento, sin mirarme a mí, pues los ojos se le pierden en algún lugar situado a mi espalda-. Siempre había creído que para ver al Señor hacía falta que el cuerpo estuviese muy enfermo, agonizante. Y me imaginaba que cuando El llegase sería como contemplar una vidriera bautista: tan bonito como cuando el sol se mete a chorros por los vidrios de colores, tan luminoso que ni te enteras de que está oscureciendo. Y ha sido una vidriera de colores en la que el sol se metía a chorros, así de espectral. Pero seguro que no es eso lo que suele suceder. Apuesto a que, cuando llega el final, la carne comprende que el Señor ya se ha mostrado. Que las cosas, tal como son -su mano traza un círculo, en un ademán que abarca nubes y barriletes y pasto, y hasta a Queenie, que está escarbando la tierra en la que ha enterrado su hueso-, tal como siempre las has visto, eran verle a El. En cuanto a ti, podría dejar este mundo con un día como hoy en la mirada.
Esta es la última Navidad que pasamos juntos.
La vida nos separa. Los Enterados deciden que mi lugar está en un colegio militar. Y a partir de ahí se sucede una desdichada serie de cárceles a toque de corneta, de sombríos campamentos de verano a toque de diana. Tengo además otra casa. Pero no importa. Mi casa está allí donde se encuentra mi amiga, y jamás la visito.
Y ella sigue allí, dando vueltas por la cocina. Con Queenie como única compañía. Luego sola. (“Querido Buddy -me escribe con su letra salvaje, difícil de leer-, el caballo de Jim Macy le dio ayer una horrible patada a Queenie. Demos gracias de que ella no llegó aenterarse del dolor. La envolví en una sábana de hilo, y la llevé en el carricoche al prado de Simpson, para que esté rodeada de sus huesos…”) Durante algunos noviembres sigue preparando sus tartas de frutas sin nadie que la ayude; no tantas como antes, pero sí unas cuantas; y, por supuesto, siempre me envía “la mejor de todas”. Además, me pone en cada carta una moneda de diez centavos envuelta en papel higiénico: “Ve a ver una película y cuéntame la historia”. Poco a poco, sin embargo, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en los años ochenta del siglo pasado; poco a poco, los días trece van dejando de ser los únicos días en que no se levanta de la cama: llega una mañana de noviembre, una mañana sin hojas ni pájaros que anuncia el invierno, y esa mañana ya no tiene fuerzas para darse ánimos exclamando:
-¡Vaya por Dios, ha llegado la temporada de las tartas de frutas!
Y cuando eso ocurre, yo lo sé. El mensaje que lo cuenta no hace más que confirmar una noticia que cierta vena secreta ya había recibido, amputándome una insustituible parte de mí mismo, dejándola suelta como un barrilete cuyo hilo se ha roto. Por eso, cuando cruzo el césped del colegio en esta mañana de diciembre, no dejo de escrutar el cielo. Como si esperase ver, a manera de un par de corazones, dos barriletes perdidos que suben corriendo hacia el cielo.
FIN
Crazy They Call Me
By Zadie Smith
Well, you certainly don’t go out anyplace less than dressed, not these days. Can’t let anybody mistake you for that broken, misused little girl: Eleanora Fagan. No. Let there be no confusion. Not in the audience or in your old man, in the maître d’ or the floor manager, the cops or the goddam agents of the goddam I.R.S. You always have your fur, present and correct, hanging off your shoulders just so. Take back your mink, take back your pearls. But you don’t sing that song, it’s not in your key. Let some other girl sing it. The type who gets a smile from a cop even if she’s crossing Broadway in her oldest Terylene housedress. You don’t have that luxury. Besides, you love that mink! Makes the state of things clear. In fact—though many aren’t hip to this yet—not only is there no more Eleanora, there isn’t any Billie, either. There is only Lady Day. Alligator bag, three rows of diamonds nice and thick on your wrist—never mind that it’s three o’clock in the afternoon. You boil an egg in twinset and pearls.
They got you holed up in Newark for the length of this engagement, and one day the wife of the super says to you, So you can’t play New York no more, huh? Who cares? To me, you always look like lady. She’s Italian. She gets it. No judgment. She says, I look after you. I be your mother. God bless her, but your daughter days are done. And if a few sweet, clueless bobby-soxers, happy as Sunday, stop you on 110th to tell you how much they loved you at Carnegie Hall, how much they loved you on “The Tonight Show,” try your best not to look too bored, take out your pearl-encrusted cigarette box and hand them a smoke. Girl, you must give away twenty smokes a day. You give it all away, it streams from you, like rivers rolling to the sea: love, music, money, smokes. What you got, everybody wants—and most days you let ’em have it. Sometimes it’s as much as you can do to keep ahold of your mink.
It’s not that you don’t like other women, exactly, it’s only that you’re wary. And they’re wary of you right back. No surprise, really. Most of these girls live in a completely different world. You’ve visited that world on occasion, but it’s not home. You’re soon back on the road. Meanwhile they look at you and see that you’re unattached—even when you’re hitched—they see you’re floating, that no one tells you when to leave the club, and there’s nobody crying in a cot waiting for you to pick them up and sing a lullaby. No, nobody tells you who to see or where to go, and if they do, you don’t have to listen, even when you get a sock to the jaw. Now, the women you tend to meet? They don’t know what to do with that. They don’t know what to do with the God-blessed child, with the girl that’s got her own, who can stay up drinking with the clarinet player till the newspaper boys hit the corners. And maybe one of these broads is married to that clarinet player. And maybe the two of them have a baby and a picket fence and all that jazz. So naturally she’s wary. You can understand that. Sure.
And you’ve always been—well, what’s the right term for it? A man’s lady? Men are drawn to you, all kinds of men, and not just for the obvious. Even your best girlfriends are men, if you see what I mean, yes, you’ve got your little gang of dear boys who aren’t so very different from you, despite appearances: they got nobody steady to go home to, either. So if some lover man breaks your heart, or your face, you can trust in your little gang to be there for you, more often than not, trust them to come round to wherever you’re at, with cigarettes and alcohol, and quote Miss Crawford, and quote Miss Stanwyck, and make highballs, and tell you that you really oughta get a dog. Honey, you should get a dog. They never doubt you’re Lady Day—matter of fact, they knew you were She before you did.
You get a dog.
Women are wary, lover men come and go and mostly leave you waiting, and, truth be told, even those dear boys who make the highballs have their own thing going on, more often than not. But you’re not afraid to look for love in all kinds of places. Once upon a time there was that wild girl Tallulah, plus a few other ladies, back in the day, but there was no way to be in the world like that, not back then—or no way you could see—and anyhow most of those ladies were crazier than a box of frogs. Nobody’s perfect. Which is another way of saying there’s no escape from this world. And so sometimes, on a Friday night, after the singing is over and the clapping dies down, there’s simply no one and nothing to be done. You fall back on yourself. Backstage empties out, but they’re still serving. You’re not in the mood for conversation.
Later, you’ll open your vanity case and take a trip on the light fantastic—but right at this moment you’re grateful for your little dog. You did have a huge great dog, a while back, but she was always knocking glasses off the side tables, and then she went and died on you, so now you got this tiny little angel. Pepi. A dog don’t cheat, a dog don’t lie. Dogs remind you of you: they give everything they’ve got, they’re wide open to the world. It’s a big risk! There are people out there who’ll kick a little half-pint dog like Pepi just for something to do. And you know how that feels. This little dog and you? Soul mates. Where you been all my life? He’s like those dogs you read about, that sit on their master’s grave for years and years and years. Recently, you had a preview of this. You were up in the stratosphere, with no body at all, floating, almost right there with God, you were hanging off the pearly gates, and nobody and nothing could make you come back. Some fool slapped you, some other fool sprayed seltzer in your face—nothing. Then this little angel of a dog licked you right in your eye socket and you came straight back to earth just to feel it, and three hours after that you were on a stage, getting paid. Dogs are too good for this world.
Maybe a lot of people wouldn’t guess it but you can be the most wonderful aunt, godmother, nursemaid, when the mood takes you. You can spot a baby across a room and make it smile. That’s a skill! Most people don’t even try to develop it! People always telling these put-upon babies what to do, what to think, what to say, what to eat. But you don’t ask anything at all from them—and that’s your secret. You’re one of the few who just like to make a baby smile. And they love you for it, make no mistake, they adore you, and all things being equal you’d stay longer if you could, you’d stay and play, but you’ve got bills to pay.
Matter of fact, downstairs right this moment there’s five or six of these business-minded fellows, some of them you know pretty well, some you don’t, some you never saw before in your life, but they’re all involved in your bills one way or another, and they say if you don’t mind too much they’d like to escort you to the club. It’s only ten blocks, but they’d like to walk you there. I guess somebody thinks you’re not going to get there at all without these—now, what would you call them? Chaperons. Guess somebody’s worried. But with or without your chaperons you’ll get there, you always get there, and you’re always on time, except during those exceptions when exceptional things seem to happen which simply can’t be helped. Anyway, once you open your mouth all is forgiven. You even forgive yourself. Because you are exceptional, and so exceptions must be made. And isn’t the point that whenever a lady turns up onstage she’s always right on time?
Hair takes a while, face takes longer. It’s all work, it’s all a kind of armor. You got skinny a while back and some guys don’t like it, one even told you that you got a face like an Egyptian death mask now. Well, good! You wear it, it’s yours. Big red lips and now this new high ponytail bouncing around—the gardenias are done, the gardenias belonged to Billie—and if somebody asks you where exactly this new long twist of hair comes from you’ll cut your eyes at whoever’s doing the asking and say, Well, I wear it so I guess it’s mine. It’s my hair on my goddam head. It’s arranged just so around my beautiful mask—take a good look! Because you know they’re all looking right at it as you sing, you place it deliberately in the spotlight, your death mask, because you know they can’t help but seek your soul in the face, it’s their instinct to look for it there. You paint the face as protection. You draw the eyebrows, define the lips. It’s the border between them and you. Otherwise, everybody in the place would think they had permission to leap right down your throat and eat your heart out.
People ask: What’s it like standing up there? It’s like eating your own heart out. It’s like there’s nobody out there in the dark at all. All the downtown collectors and the white ladies in their own fancy furs love to talk about your phrasing—it’s the fashion to talk about your phrasing—but what sounds like a revolution to others is simple common sense to you. All respect to Ella, all respect to Sarah, but when those gals open their mouths to sing, well, to you it’s like someone just opened a brand-new Frigidaire. A chill comes over you. And you just can’t do it like that. Won’t. It’s obvious to you that a voice has the same work to do, musically speaking, as the sax or the trumpet or the piano. A voice has got to feel its way in. Who the hell doesn’t know that? Yet somehow these people don’t act like they know it, they always seem surprised. They sit in the dark, drinking Martinis, in their mink, in their tux. People are idiots. You wear pearls and you throw them before swine, more or less. Depends what pearls, though, and what swine. Not everybody, for example, is gonna get “Strange Fruit.” Not every night. They’ve got to be deserving—a word that means a different thing depending on the night. You told somebody once, I only do it for people who might understand and appreciate it. This is not a June-Moon-Croon-Tune. This song tells a story about pain and heartache. Three hundred years of heartache! You got to turn each room you play into a kind of church in order to accommodate that much pain. Yet people shout their requests from their tables like you’re a goddam jukebox. People are idiots. You never sing anything after “Strange Fruit,” either. That’s the last song no matter what and sometimes if you’re high, and the front row look rich and stupid and dull, that’s liable to be your only song. And they’ll be thankful for it! Even though it’s not easy for them to listen to and not easy for you to sing. When you sing it you have been described as punishing, you have been described as relentless. Well, you’re not done with that song till you’re done with it. You will never be done with it. It’ll be done with you first.
In the end, people don’t want to hear about dogs and babies and feeling your way into a phrase, or eating your heart out—people want to hear about you as you appear in these songs. They never want to know about the surprise you feel in yourself, the sense of being directed by God, when something in the modulation of your throat leaps up, like a kid reaching for a rising balloon, except most kids miss while you catch it—yes, you catch it almost without expecting to—landing on an incidental note, a perfect addition, one you never put in that phrase before, and never heard anyone else do, and yet you can hear at once that it is perfection. Perfection! It has the sound of something totally inevitable—it’s better than Porter, it’s better than Gershwin. In a moment you have written over their original versions finally and completely. . . .
No, they never ask you about that. They want the cold, hard facts. They ask dull questions about the songs, about which man goes with which song in your mind, and if they’re a little more serious they might ask about Armstrong or Basie or Lester. If they’re sneaky with no manners, they’ll want to know if chasing the drink or the dragon made singing those songs harder or sweeter. They’ll want to know about your run-ins with the federal government of these United States. They’ll want to know if you hated or loved the people in your audience, the people who paid your wages, stole your wages, arrested you once for fraternizing with a white man, jailed you for hooking, jailed you for being, and raided your hospital room, right at the end, as you lay conversing with God. They are always very interested to hear that you don’t read music. Once, you almost said—to a sneaky fellow from the Daily News, who was inquiring—you almost turned to him and said Motherfucker I AM music. But a lady does not speak like that, however, and so you did not. ♦
Encender una Hoguera
JACK LONDON
Viaja más rápido quién viaja solo... pero no depués que la helada haya caído por debajo de los cincuenta grados bajo cero o más.
CÓDIGO DE YUKÓN
Acababa de amanecer un día gris y frío, enormemente gris y frío, cuando el hombre abandonó la ruta principal del Yukón y trepó el alto terraplén por donde un sendero apenas visible y escasamente transitado se abría hacia el este entre bosques de gruesos abetos. La ladera era muy pronunciada, y al llegar a la cumbre el hombre se detuvo a cobrar aliento, disculpándose a sí mismo el descanso con el pretexto de mirar su reloj. Eran las nueve en punto. Aunque no había en el cielo una sola nube, no se veía el sol ni se vislumbraba siquiera su destello. Era un día despejado y, sin embargo, cubría la superficie de las cosas una especie de manto intangible, una melancolía sutil que oscurecía el ambiente, y se debía a la ausencia de sol. El hecho no le preocupaba. Estaba hecho a la ausencia de sol. Habían pasado ya muchos días desde que lo había visto por última vez, y sabía que habían de pasar muchos más antes de que su órbita alentadora asomara fugazmente por el horizonte para ocultarse prontamente a su vista en dirección al sur.
Echó una mirada atrás, al camino que había recorrido. El Yukón, de una milla de anchura, yacía oculto bajo una capa de tres pies de hielo, sobre la que se habían acumulado otros tantos pies de nieve. Era un manto de un blanco inmaculado, y que formaba suaves ondulaciones. Hasta donde alcanzaba su vista se extendía la blancura ininterrumpida, a excepción de una línea oscura que partiendo de una isla cubierta de abetos se curvaba y retorcía en dirección al sur y se curvaba y retorcía de nuevo en dirección al norte, donde desaparecía tras otra isla igualmente cubierta de abetos. Esa línea oscura era el camino, la ruta principal que se prolongaba a lo largo de quinientas millas, hasta llegar al Paso de Chilcoot, a Dyea y al agua salada en dirección al sur, y en dirección al norte setenta millas hasta Dawson, mil millas hasta Nulato y mil quinientas más después, para morir en St. Michael, a orillas del Mar de Bering.
Pero todo aquello (la línea fina, prolongada y misteriosa, la ausencia del sol en el cielo, el inmenso frío y la luz extraña y sombría que dominaba todo) no le produjo al hombre ninguna impresión. No es que estuviera muy acostumbrado a ello; era un recién llegado a esas tierras, un chechaquo, y aquel era su primer invierno. Lo que le pasaba es que carecía de imaginación. Era rápido y agudo para las cosas de la vida, pero sólo para las cosas, y no para calar en los significados de las cosas. Cincuenta grados bajo cero significaban unos ochenta grados bajo el punto de congelación. El hecho se traducía en un frío desagradable, y eso era todo. No lo inducía a meditar sobre la susceptibilidad de la criatura humana a las bajas temperaturas, ni sobre la fragilidad general del hombre, capaz sólo de vivir dentro de unos límites estrechos de frío y de calor, ni lo llevaba tampoco a perderse en conjeturas acerca de la inmortalidad o de la función que cumple el ser humano en el universo. Cincuenta grados bajo cero significaban para él la quemadura del hielo que provocaba dolor, y de la que había que protegerse por medio de manoplas, orejeras, mocasines y calcetines de lana. Cincuenta grados bajo cero se reducían para él a eso… a cincuenta grados bajo cero. Que pudieran significar algo más, era una idea que no hallaba cabida en su mente.
Al volverse para continuar su camino escupió meditabundo en el suelo. Un chasquido seco, semejante a un estallido, lo sobresaltó. Escupió de nuevo. Y de nuevo crujió la saliva en el aire, antes de que pudiera llegar al suelo. El hombre sabía que a cincuenta grados bajo cero la saliva cruje al tocar la nieve, pero en este caso había crujido en el aire. Indudablemente la temperatura era aún más baja. Cuánto más baja, lo ignoraba. Pero no importaba. Se dirigía al campamento del ramal izquierdo del Arroyo Henderson, donde lo esperaban sus compañeros. Ellos habían llegado allí desde la región del Arroyo Indio, atravesando la línea divisoria, mientras él iba dando un rodeo para estudiar la posibilidad de extraer madera de las islas del Yukón la próxima primavera. Llegaría al campamento a las seis en punto; para entonces ya habría oscurecido, era cierto, pero los muchachos, que ya se hallarían allí, habrían encendido una hoguera y la cena estaría preparada y aguardándolo. En cuanto al almuerzo… palpó con la mano el bulto que sobresalía bajo la chaqueta. Lo sintió bajo la camisa, envuelto en un pañuelo, en contacto con la piel desnuda. Aquel era el único modo de evitar que se congelara. Se sonrió ante el recuerdo de aquellas galletas empapadas en grasa de cerdo que encerraban sendas lonchas de tocino frito.
Se introdujo entre los gruesos abetos. El sendero era apenas visible. Había caído al menos un pie de nieve desde que pasara el último trineo. Se alegró de viajar a pie y ligero de equipaje. De hecho, no llevaba más que el almuerzo envuelto en el pañuelo. Le sorprendió, sin embargo, la intensidad del frío. Sí, realmente hacía frío, se dijo, mientras se frotaba la nariz y las mejillas insensibles con la mano enfundada en una manopla. Era un hombre velludo, pero el vello de la cara no lo protegía de las bajas temperaturas, ni los altos pómulos, ni la nariz ávida que se hundía agresiva en el aire helado.
Pegado a sus talones trotaba un perro esquimal, el clásico perro lobo de color gris y de temperamento muy semejante al de su hermano, el lobo salvaje. El animal avanzaba abrumado por el tremendo frío. Sabía que aquél no era día para viajar. Su instinto le decía más que el raciocinio al hombre a quien acompañaba. Lo cierto es que la temperatura no era de cincuenta grados, ni siquiera de poco menos de cincuenta; era de sesenta grados bajo cero, y más tarde, de setenta bajo cero. Era de setenta y cinco grados bajo cero. Teniendo en cuenta que el punto de congelación es treinta y dos sobre cero, eso significaba ciento siete grados bajo el punto de congelación. El perro no sabía nada de termómetros. Posiblemente su cerebro no tenía siquiera una conciencia clara del frío como puede tenerla el cerebro humano. Pero el animal tenía instinto. Experimentaba un temor vago y amenazador que lo subyugaba, que lo hacía arrastrarse pegado a los talones del hombre, y que lo inducía a cuestionarse todo movimiento inusitado de éste como esperando que llegara al campamento o que buscara refugio en algún lugar y encendiera una hoguera. El perro había aprendido lo que era el fuego y lo deseaba; y si no el fuego, al menos hundirse en la nieve y acurrucarse a su calor, huyendo del aire.
La humedad helada de su respiración cubría sus lanas de una fina escarcha, especialmente allí donde el morro y los bigotes blanqueaban bajo el aliento cristalizado. La barba rojiza y los bigotes del hombre estaban igualmente helados, pero de un modo más sólido; en él la escarcha se había convertido en hielo y aumentaba con cada exhalación. El hombre mascaba tabaco, y aquella mordaza helada mantenía sus labios tan rígidos que cuando escupía el jugo no podía limpiarse la barbilla. El resultado era una barba de cristal del color y la solidez del ámbar que crecía constantemente y que si cayera al suelo se rompería como el cristal en pequeños fragmentos. Pero al hombre no parecía importarle aquel apéndice a su persona. Era el castigo que los aficionados a mascar tabaco habían de sufrir en esas regiones, y él no lo ignoraba, pues había ya salido dos veces anteriormente en días de intenso frío. No tanto como en esta ocasión, eso lo sabía, pero el termómetro enSesenta Millas había marcado en una ocasión cincuenta grados, y hasta cincuenta y cinco grados bajo cero.
Anduvo varias millas entre los abetos, cruzó una ancha llanura cubierta de matorrales achaparrados y descendió un terraplén hasta llegar al cauce helado de un riachuelo. Aquel era el Arroyo Henderson. Se hallaba a diez millas de la bifurcación. Miró la hora. Eran las diez. Recorría unas cuatro millas por hora y calculó que llegaría a ese punto a las doce y media. Decidió que celebraría el hecho almorzando allí mismo.
Cuando el hombre reanudó su camino con paso inseguro, siguiendo el cauce del río, el perro se pegó de nuevo a sus talones, mostrando su desilusión con el caer del rabo entre las patas. La vieja ruta era claramente visible, pero unas doce pulgadas de nieve cubrían las huellas del último trineo. Ni un solo ser humano había recorrido en más de un mes el cauce de aquel arroyo silencioso. El hombre siguió adelante a marcha regular. No era muy dado a la meditación, y en aquel momento no se le ocurría nada en qué pensar excepto que comería en la bifurcación y que a las seis de la tarde estaría en el campamento con los compañeros. No tenía a nadie con quien hablar, y aunque lo hubiera tenido le habría sido imposible hacerlo debido a la mordaza que le inmovilizaba los labios. Así que siguió adelante mascando tabaco monótonamente y alargando poco a poco su barba de ámbar.
De vez en cuando se reiteraba en su mente la idea de que hacía mucho frío y que nunca había experimentado temperaturas semejantes. Conforme avanzaba en su camino se frotaba las mejillas y la nariz con el dorso de una mano enfundada en una manopla. Lo hacía automáticamente, alternando la derecha con la izquierda. Pero en el instante en que dejaba de hacerlo, los carrillos se le entumecían, y al segundo siguiente la nariz se le quedaba insensible. Estaba seguro de que tenía heladas las mejillas; lo sabía y sentía no haberse ingeniado un antifaz como el que llevaba Bud en días de mucho frío y que le protegía casi toda la cara. Pero al fin y al cabo, tampoco era para tanto. ¿Qué importancia tenían unas mejillas entumecidas? Era un poco doloroso, es cierto, pero nada verdaderamente serio.
A pesar de su poca inclinación a pensar era buen observador y reparó en los cambios que había experimentado el arroyo, en las curvas y los meandros y en las acumulaciones de troncos y ramas provocadas por el deshielo de la primavera. Tenía especial cuidado en mirar dónde ponía los pies. En cierto momento, al doblar una curva, se detuvo sobresaltado como un caballo espantado; retrocedió unos pasos y dio un rodeo para evitar el lugar donde había pisado. El arroyo, el hombre lo sabía, estaba helado hasta el fondo (era imposible que corriera el agua en aquel frío ártico), pero sabía también que había manantiales que brotaban en las laderas y corrían bajo la nieve y sobre el hielo del río. Sabía que ni el frío más intenso helaba esos manantiales, y no ignoraba el peligro que representaban. Eran auténticas trampas. Ocultaban bajo la nieve verdaderas lagunas de una profundidad que oscilaba entre tres pulgadas y tres pies de agua. En ocasiones estaban cubiertas por una fina capa de hielo de un grosor de media pulgada oculta a su vez por un manto de nieve. Otras veces alternaban las capas de agua y de hielo, de modo que si el caminante rompía la primera, continuaba rompiendo sucesivas capas con peligro de hundirse en el agua, en ocasiones hasta la cintura. Por eso había retrocedido con pánico. Había notado cómo cedía el suelo bajo su pisada y había oído el crujido de una fina capa de hielo oculta bajo la nieve. Mojarse los pies en aquella temperatura era peligroso. En el mejor de los casos representaba un retraso, pues le obligaría a detenerse y a hacer una hoguera, al calor de la cual calentarse los pies y secar sus mocasines y calcetines de lana. Se detuvo a estudiar el cauce del río, y decidió que la corriente de agua venía de la derecha. Reflexionó unos instantes, sin dejar de frotarse las mejillas y la nariz, y luego dio un pequeño rodeo por la izquierda, pisando con cautela y asegurándose cuidadosamente de dónde ponía los pies. Una vez pasado el peligro se metió en la boca una nueva porción de tabaco y reemprendió su camino.
En el curso de las dos horas siguientes tropezó con varias trampas semejantes. Generalmente la nieve acumulada sobre las lagunas ocultas tenía un aspecto glaseado que advertía del peligro. En una ocasión, sin embargo, estuvo a punto de sucumbir, pero se detuvo a tiempo y quiso obligar al perro a que caminara ante él. El perro no quiso adelantarse. Se resistió hasta que el hombre se vio obligado a empujarlo, y sólo entonces se adentró apresuradamente en la superficie blanca y lisa. De pronto el suelo se hundió bajo sus patas, el perro se ladeó y buscó terreno más seguro. Se había mojado las patas delanteras, y casi inmediatamente el agua adherida a ellas se había convertido en hielo. Sin perder un segundo se aplicó a lamerse las pezuñas, y luego se tendió en el suelo y comenzó a arrancar a mordiscos el hielo que se había formado entre los dedos. Así se lo dictaba su instinto. Permitir que el hielo continuara allí acumulado significaba dolor. Él no lo sabía, simplemente obedecía a un impulso misterioso que surgía de las criptas más profundas de su ser. Pero el hombre sí lo sabía, porque su juicio le había ayudado a comprenderlo, y por eso se quitó la manopla de la mano derecha y ayudó al perro a quitarse las partículas de hielo. Se asombró al darse cuenta de que no había dejado los dedos al descubierto más de un minuto y ya los tenía entumecidos. Sí, señor, hacía frío. Se volvió a enfundar la manopla a toda prisa y se golpeó la mano con fuerza contra el pecho.
A las doce, la claridad era mayor, pero el sol había descendido demasiado hacia el sur en su viaje invernal, como para poder asomarse sobre el horizonte. La tierra se interponía entre él y el Arroyo Henderson, donde el hombre caminaba bajo un cielo despejado, sin proyectar sombra alguna. A las doce y media en punto llegó a la bifurcación. Estaba contento de la marcha que llevaba. Si seguía así, a las seis estaría con sus compañeros. Se desabrochó la chaqueta y la camisa y sacó el almuerzo La acción no le llevó más de un cuarto de minuto y, sin embargo, notó que la sensibilidad huía de sus dedos. No volvió a ponerse la manopla; esta vez se limitó a sacudirse los dedos contra el muslo una docena de veces. Luego se sentó sobre un tronco helado a comerse su almuerzo. El dolor que le había provocado sacudirse los dedos contra las piernas se desvaneció tan pronto que se sorprendió. No había mordido siquiera la primera galleta. Volvió a sacudir los dedos repetidamente y esta vez los enfundó en la manopla, descubriendo, en cambio, la mano izquierda. Trató de hincar los dientes en la galleta, pero la mordaza de hielo le impidió abrir la boca. Se había olvidado de hacer una hoguera para derretirla. Se rió de su descuido, y mientras se reía notó que los dedos que había dejado a la intemperie se le habían quedado entumecidos. Sintió también que las punzadas que había sentido en los pies al sentarse se hacían cada vez más tenues. Se preguntó si sería porque los pies se habían calentado o porque habían perdido sensibilidad. Trató de mover los dedos de los pies dentro de los mocasines y comprobó que los tenía entumecidos.
Se puso la manopla apresuradamente y se levantó. Estaba un poco asustado. Dio una serie de patadas contra el suelo, hasta que volvió a sentir las punzadas de nuevo. Sí, señor, hacía frío, pensó. Aquel hombre del Arroyo del Sulfuro había tenido razón al decir que en aquella región el frío podía ser estremecedor. ¡Y pensar que cuando se lo dijo él se había reído! No había vuelta que darle, hacía un frío de mil demonios. Paseó de arriba a abajo dando fuertes patadas en el suelo y frotándose los brazos con las manos, hasta que volvió a calentarse. Sacó entonces los fósforos y comenzó a preparar una hoguera. En el nivel más bajo de un arbusto cercano encontró un depósito de ramas acumuladas por el deshielo la primavera anterior. Estaban completamente secas y se avenían perfectamente a sus propósitos. Añadiendo ramas poco a poco a las primeras llamas logró hacer una hoguera perfecta; a su calor se derritió la mordaza de hielo y pudo comerse las galletas. De momento había logrado vencer al frío del exterior. El perro se solazó al fuego y se tendió sobre la nieve a la distancia precisa para poder calentarse sin peligro de quemarse.
Cuando el hombre terminó de comer llenó su pipa y fumó sin apresurarse. Luego se puso las manoplas, se ajustó las orejeras y comenzó a caminar siguiendo la orilla izquierda del arroyo. El perro, desilusionado, se resistía a abandonar el fuego. Aquel hombre no sabía lo que hacía. Probablemente sus antepasados ignoraban lo que era el frío, el auténtico frío, el que llega a los ciento setenta grados bajo el punto de congelación. Pero el perro sí sabía; sus antepasados lo habían experimentado y él había heredado su sabiduría. Él sabía que no era bueno ni sensato echarse al camino con aquel frío salvaje. Con ese tiempo lo mejor era acurrucarse en un agujero en la nieve y esperar a que una cortina de nubes ocultara el rostro del espacio exterior de donde procedía el frío. Pero entre el hombre y el perro no había una auténtica compenetración. El uno era siervo del otro, y las únicas caricias que había recibido eran las del látigo y los sonidos sordos y amenazadores que las precedían. Por eso el perro no hizo el menor esfuerzo por comunicar al hombre sus temores. Su suerte no le preocupaba; si se resistía a abandonar la hoguera era exclusivamente por sí mismo. Pero el hombre silbó y le habló con el lenguaje del látigo, y el perro se pegó a sus talones y lo siguió.
El hombre se metió en la boca una nueva porción de tabaco y dio comienzo a otra barba de ámbar. Pronto su aliento húmedo le cubrió de un polvo blanco el bigote, las cejas y las pestañas. No había muchos manantiales en la orilla izquierda del Henderson, y durante media hora caminó sin hallar ninguna dificultad. Pero de pronto sucedió. En un lugar donde nada advertía del peligro, donde la blancura ininterrumpida de la nieve parecía ocultar una superficie sólida, el hombre se hundió. No fue mucho, pero antes de lograr ponerse de pie en terreno firme se había mojado hasta la rodilla.
Se enfureció y maldijo en voz alta su suerte. Quería llegar al campamento a las seis en punto y aquel percance representaba una hora de retraso. Ahora tendría que encender una hoguera y esperar a que se le secaran los pies, los calcetines y los mocasines. Con aquel frío no podía hacer otra cosa, eso sí lo sabía. Trepó a lo alto del terraplén que formaba la ribera del riachuelo. En la cima, entre las ramas más bajas de varios abetos enanos, encontró un depósito de leña seca hecho de troncos y ramas principalmente, pero también de algunas ramillas de menor tamaño y de briznas de hierba del año anterior. Arrojó sobre la nieve los troncos más grandes, con objeto de que sirvieran de base para la hoguera e impidieran que se derritiera la nieve y se hundiera en ella la llama que logró obtener arrimando una cerilla a un trozo de corteza de abedul que se había sacado del bolsillo La corteza de abedul ardía con más facilidad que el papel. Tras colocar la corteza sobre la base de troncos, comenzó a alimentar la llama con las briznas de hierba seca y las ramas de menor tamaño.
Trabajó lentamente y con cautela, sabedor del peligro que corría. Poco a poco, conforme la llama se fortalecía, fue aumentando el tamaño de las ramas que a ella añadía. Decidió ponerse en cuclillas sobre la nieve para poder sacar la madera de entre las ramas de los abetos y aplicarlas directamente al fuego. Sabía que no podía permitirse un solo fallo. A setenta y cinco grados bajo cero y con los pies mojados no se puede fracasar en el primer intento de hacer una hoguera. Con los pies secos siempre se puede correr media milla para restablecer la circulación de la sangre, pero a setenta y cinco bajo cero es totalmente imposible hacer circular la sangre por unos pies mojados. Cuanto más se corre, más se hielan los pies.
Esto el hombre lo sabía. El veterano del Arroyo del Sulfuro se lo había dicho el otoño anterior, y ahora se daba cuenta de que había tenido razón. Ya no sentía los pies. Para hacer la hoguera había tenido que quitarse las manoplas, y los dedos se le habían entumecido también. El andar a razón de cuatro millas por hora había mantenido bien regadas de sangre la superficie del tronco y las extremidades, pero en el instante en que se había detenido, su corazón había aminorado la marcha. El frío castigaba sin piedad en aquel extremo inerme de la tierra y el hombre, por hallarse en aquel lugar, era víctima del castigo en todo su rigor. La sangre de su cuerpo retrocedía ante aquella temperatura extrema. La sangre estaba viva como el perro, y como el perro quería ocultarse, ponerse al abrigo de aquel frío implacable. Mientras el hombre andaba a cuatro millas por hora obligaba a la sangre a circularhasta la superficie, pero ahora ésta, aprovechando su inacción, se retraía y se hundía en los recovecos más profundos de su cuerpo. Las extremidades fueron las primeras que notaron los efectos de su ausencia. Los pies mojados se helaron, mientras que los dedos expuestos a la intemperie perdieron sensibilidad, aunque aún no habían empezado a congelarse. La nariz y las mejillas estaban entumecidas, y la piel del cuerpo se enfriaba conforme la sangre se retiraba.
Pero el hombre estaba a salvo. El hielo sólo le afectaría los dedos de los pies y la nariz, porque el fuego comenzaba ya a cobrar fuerza. Lo alimentaba ahora con ramas del grueso de un dedo. Un minuto más y podría arrojar a él troncos del grosor de su muñeca. Entonces se quitaría los mocasines y los calcetines y mientras se secaban acercaría a las llamas los pies desnudos, no sin antes frotarlos, naturalmente, con un puñado de nieve. La hoguera era un completo éxito. Estaba salvado. Recordó el consejo del veterano del Arroyo del Sulfuro y sonrió. El anciano había enunciado con toda seriedad la ley según la cual por debajo de cincuenta grados bajo cero no se debe viajar solo por la región del Klondike. Pues bien, allí estaba él; había sufrido el accidente más temido, iba solo, y, sin embargo, se había salvado. Abuelos veteranos, pensó, eran bastante cobardes, al menos algunos de ellos. Mientras no se perdiera la cabeza no había nada que temer. Se podía viajar solo con tal de que se fuera hombre de veras. Aun así era asombrosa la velocidad a que se helaban la nariz y las mejillas. Nunca había sospechado que los dedos pudieran quedar sin vida en tan poco tiempo. Y sin vida se hallaban los suyos porque apenas podía unirlos para coger una rama y los sentía lejos, muy lejos de su cuerpo. Cuando trataba de coger una rama tenía que mirar para asegurarse con la vista de que había logrado su propósito. Entre su cerebro y las yemas de sus dedos quedaba escaso contacto.
Pero todo aquello no importaba gran cosa. Allí estaba la hoguera crujiendo y chisporroteando y prometiendo vida con cada llama retozona. Trató de quitarse los mocasines. Estaban cubiertos de hielo. Los gruesos calcetines alemanes se habían convertido en láminas de hierro que llegaban hasta media pantorrilla. Los cordones de los mocasines eran cables de acero anudados y enredados en extraña confabulación. Durante unos momentos trató de deshacer los nudos con los dedos; luego, dándose cuenta de la inutilidad del esfuerzo, sacó su cuchillo.
Pero antes de que pudiera cortar los cordones ocurrió la tragedia. Fue culpa suya o, mejor dicho, consecuencia de su error. No debió hacer la hoguera bajo las ramas del abeto. Debió hacerla en un claro. Pero le había resultado más sencillo recoger el material de entre las ramas y arrojarlo directamente al fuego. El árbol bajo el que se hallaba estaba cubierto de nieve. El viento no había soplado en varias semanas y las ramas estaban excesivamente cargadas. Cada brizna de hierba, cada rama que cogía, comunicaba al árbol una leve agitación, imperceptible a su entender, pero suficiente para provocar el desastre. En lo más alto del árbol una rama volcó su carga de nieve sobre las ramas inferiores, y el impacto multiplicó el proceso hasta acumularse toda la nieve del árbol sobre las ramas más bajas. La nieve creció como en una avalancha y cayó sin previo aviso sobre el hombre y sobre la hoguera. El fuego se apagó. Donde pocos momentos antes había crepitado, no quedaba más que un desordenado montón de nieve fresca.
El hombre quedó estupefacto. Fue como si hubiera oído su sentencia de muerte. Durante unos instantes se quedó sentado mirando hacia el lugar donde segundos antes ardiera un alegre fuego. Después se tranquilizó. Quizá el veterano del Arroyo del Sulfuro había tenido razón. Si tuviera un compañero de viaje, ahora no correría peligro. Su compañero podía haber encendido el fuego. Pero de este modo sólo él podía encender otra hoguera y esta segunda vez un fallo sería mortal. Aun si lo lograba, lo más seguro era que perdería para siempre parte de los dedos de los pies. Debía tenerlos congelados ya, y aún tardaría en encender un fuego.
Estos fueron sus pensamientos, pero no se sentó a meditar sobre ellos. Mientras merodeaban por su mente no dejó de afanarse en su tarea. Hizo una nueva base para la hoguera, esta vez en campo abierto, donde ningún árbol traidor pudiera sofocarla. Reunió luego un haz de ramillas e hierbas secas acumuladas por el deshielo. No podía cogerlas con los dedos, pero sí podía levantarlas con ambas manos, en montón. De esta forma cogía muchas ramas podridas y un musgo verde que podría perjudicar al fuego, pero no podía hacerlo mejor. Trabajó metódicamente; incluso dejó en reserva un montón de ramas más gruesas para utilizarlas como combustible una vez que el fuego hubiera cobrado fuerza. Y mientras trabajaba, el perro lo miraba con la ansiedad reflejándose en los ojos, porque lo consideraba el encargado de proporcionarle fuego, y el fuego tardaba en llegar.
Cuando todo estuvo listo, el hombre buscó en su bolsillo un segundo trozo de corteza de abedul. Sabía que estaba allí, y aunque no podía sentirla con los dedos la oía crujir, mientras revolvía en sus bolsillos. Por mucho que lo intentó no pudo hacerse con ella. Y, mientras tanto, no se apartaba de su mente la idea de que cada segundo que pasaba los pies se le helaban más y más. Comenzó a invadirlo el pánico, pero supo luchar contra él y conservar la calma. Se puso las manoplas con los dientes y blandió los brazos en el aire para sacudirlos después con fuerza contra los costados. Lo hizo primero sentado, luego de pie, mientras el perro lo contemplaba sentado sobre la nieve con su cola peluda de lobo enroscada en torno a las patas para calentarlas, y las agudas orejas lupinas proyectadas hacia el frente. Y el hombre, mientras sacudía y agitaba en el aire los brazos y las manos, sintió una enorme envidia por aquella criatura, caliente y segura bajo su cobertura natural.
Al poco tiempo sintió la primera señal lejana de un asomo de sensación en sus dedos helados. El suave cosquilleo inicial se fue haciendo cada vez más fuerte hasta convertirse en un dolor agudo, insoportable, pero que él recibió con indecible satisfacción. Se quitó la manopla de la mano derecha y se dispuso a buscar la astilla. Los dedos expuestos comenzaban de nuevo a perder sensibilidad. Luego sacó un manojo de fósforos de sulfuro. Pero el tremendo frío había entumecido ya totalmente sus dedos. Mientras se esforzaba por separar una cerilla de las otras, el paquete entero cayó al suelo Trató de recogerlo, pero no pudo. Los dedos muertos no podían ni tocar ni coger. Ejecutaba cada acción con una inmensa cautela. Apartó de su mente la idea de que los pies, la nariz y las mejillas se le helaban a enorme velocidad, y se entregó en cuerpo y alma a la tarea de recoger del suelo las cerillas. Decidió utilizar la vista en lugar del tacto, y en el momento en que vio dos de sus dedos debidamente colocados uno a cada lado del paquete, los cerró, o mejor dicho quiso cerrarlos, pero la comunicación estaba ya totalmente cortada y los dedos no obedecieron. Se puso la manopla derecha y se sacudió la mano salvajemente sobre la rodilla. Luego, utilizando ambas manos, recogió el paquete de fósforos entre un puñado de nieve y se lo colocó en el regazo. Pero con esto no había conseguido nada. Tras una larga manipulación logró aprisionar el paquete entre las dos manos enguantadas, y de esta manera lo levantó hasta su boca. El hielo que sellaba sus labios crujió cuando con un enorme esfuerzo consiguió separarlos. Contrajo la mandíbula, elevó el labio superior y trató de separar una cerilla con los dientes. Al fin lo logró, y la dejó caer sobre las rodillas. Seguía sin conseguir nada. No podía recogerla. Al fin se le ocurrió una idea. La levantó entre los dientes y la frotó contra el muslo. Veinte veces repitió la operación, hasta que logró encender el fósforo. Sosteniéndolo aún entre los dientes lo acercó a la corteza de abedul, pero el vapor de azufre le llegó a los pulmones y le causó una tos espasmódica. El fósforo cayó sobre la nieve y se apagó.
El veterano del Arroyo del Sulfuro tenía razón, pensó el hombre en el momento de resignada desesperación que siguió al incidente. A menos de cincuenta grados bajo cero se debe viajar siempre con un compañero. Dio unas cuantas palmadas, pero no notó en las manos la menor sensación. Se quitó las manoplas con los dientes y cogió el paquete entero de fósforos con la base de las manos. Como aún no tenía helados los músculos de los brazos pudo ejercer presión sobre el paquete. Luego frotó los fósforos contra la pierna. De pronto estalló la llama. ¡Sesenta fósforos de azufre ardiendo al mismo tiempo! No soplaba ni la brisa más ligera que pudiera apagarlos. Ladeó la cabeza para escapar a los vapores y aplicó la llama a la corteza de abedul. Mientras lo hacía notó una extraña sensación en la mano. La carne se le quemaba. A su olfato llegó el olor y allá dentro, bajo la superficie, lo sintió. La sensación se fue intensificando hasta convertirse en un dolor agudo. Y aun así lo soportó manteniendo torpemente la llama contra la corteza que no se encendía porque sus manos se interponían, absorbiendo la mayor parte del fuego.
Al fin, cuando no pudo aguantar más, abrió las manos de golpe. Los fósforos cayeron chisporroteando sobre la nieve, pero la corteza de abedul estaba encendida. Comenzó a acumular sobre la llama ramas y briznas de hierba. No podía seleccionar, porque la única forma de transportar el combustible era utilizando la base de las manos. A las ramas iban adheridos fragmentos de madera podrida y de un musgo verde que arrancó como pudo con los dientes. Cuidó la llama con mimo y con torpeza. Esa llama significaba la vida, y no podía perecer. La sangre se retiró de la superficie de su cuerpo, y el hombre comenzó a tiritar y a moverse desarticuladamente. Un montoncillo de musgo verde cayó sobre la llama. Trató de apartarlo, pero el temblor de los dedos desbarató el núcleo de la hoguera. Las ramillas se disgregaron. Quiso reunirlas de nuevo, pero a pesar del enorme esfuerzo que hizo por conseguirlo, el temblor de sus manos se impuso y las ramas se disgregaron sin remedio. Cada una de ellas elevó en el aire una pequeña columna de humo y se apagó. El hombre, el encargado de proporcionar el fuego, había fracasado. Mientras miraba apáticamente en torno suyo, su mirada recayó en el perro, que sentado frente a él, al otro lado de los restos de la hoguera, se movía con impaciencia, levantando primero una pata, luego la otra, y pasando de una a otra el peso de su cuerpo.
Al ver al animal se le ocurrió una idea descabellada. Recordó haber oído la historia de un hombre que, sorprendido por una tormenta de nieve, había matado a un novillo, lo había abierto en canal y había logrado sobrevivir introduciéndose en su cuerpo. Mataría al perro e introduciría sus manos en el cuerpo caliente, hasta que la insensibilidad desapareciera. Después encendería otra hoguera. Llamó al perro, pero el tono atemorizado de su voz asustó al animal, que nunca lo había oído hablar de forma semejante. Algo extraño ocurría, y su naturaleza desconfiada olfateaba el peligro. No sabía de qué se trataba, pero en algún lugar de su cerebro el temor se despertó. Agachó las orejas y redobló sus movimientos inquietos, pero no acudió a la llamada. El hombre se puso de rodillas y se acercó a él. Su postura inusitada despertó aún mayores sospechas en el perro, que se hizo a un lado atemorizado.
El hombre se sentó en la nieve unos momentos y luchó por conservar la calma. Luego se puso las manoplas con los dientes y se levantó. Tuvo que mirar al suelo primero para asegurarse de que se había levantado, porque la ausencia de sensibilidad en los pies le había hecho perder contacto con la tierra. Al verle en posición erecta, el perro dejó de dudar, y cuando el hombre volvió a hablarle en tono autoritario con el sonido del látigo en la voz, volvió a su servilismo acostumbrado y lo obedeció. En el momento en que llegaba a su lado, el hombre perdió el control. Extendió los brazos hacia él y comprobó con auténtica sorpresa que las manos no se cerraban, que no podía doblar los dedos ni notaba la menor sensación. Había olvidado que estaban ya helados y que el proceso se agravaba por momentos. Aun así, todo sucedió con tal rapidez que antes de que el perro pudiera escapar lo había aferrado entre los brazos. Se sentó en la nieve y lo mantuvo aferrado contra su cuerpo, mientras el perro se debatía por desasirse.
Aquello era lo único que podía hacer. Apretarlo contra sí y esperar. Se dio cuenta de que ni siquiera podía matarlo. Le era completamente imposible. Con las manos heladas no podía ni empuñar el cuchillo ni asfixiar al animal. Al fin lo soltó y el perro escapó con el rabo entre las patas, sin dejar de gruñir. Se detuvo a unos cuarenta pies de distancia, y desde allí estudió al hombre con curiosidad, con las orejas enhiestas y proyectadas hacia el frente.
El hombre se buscó las manos con la mirada y las halló colgando de los extremos de sus brazos. Le pareció extraño tener que utilizar la vista para encontrarlas. Volvió a blandir los brazos en el aire golpeándose las manos enguantadas contra los costados. Los agitó durante cinco minutos con violencia inusitada, y de este modo logró que el corazón lanzara a la superficie de su cuerpo la sangre suficiente para que dejara de tiritar. Pero seguía sin sentir las manos. Tenía la impresión de que le colgaban como peso muerto al final de los brazos, pero cuando quería localizar esa impresión, no la encontraba.
Comenzó a invadirle el miedo a la muerte, un miedo sordo y tenebroso. El temor se agudizó cuando cayó en la cuenta de que ya no se trataba de perder unos cuantos dedos de las manos o los pies, que ahora constituía un asunto de vida o muerte en el que llevaba todas las de perder. La idea le produjo pánico; se volvió y echó a correr sobre el cauce helado del arroyo, siguiendo la vieja ruta ya casi invisible. El perro trotaba a su lado, a la misma altura que él. Corrió ciegamente sin propósito ni fin, con un miedo que no había sentido anteriormente en su vida. Mientras corría desesperado entre la nieve comenzó a ver las cosas de nuevo: las riberas del arroyo, los depósitos de ramas, los álamos desnudos, el cielo… Correr le hizo sentirse mejor. Ya no tiritaba. Era posible que si seguía corriendo los pies se le descongelaran y hasta, quizá, si corría lo suficiente, podría llegar al campamento. Indudablemente perdería varios dedos de las manos y los pies y parte de la cara, pero sus compañeros se encargarían de cuidarlo y salvarían el resto. Mientras acariciaba este pensamiento le asaltó una nueva idea. Pensó de pronto que nunca llegaría al campamento, que se hallaba demasiado lejos, que el hielo se había adueñado de él y pronto sería un cuerpo rígido, muerto. Se negó a dar paso franco a este nuevo pensamiento, y lo confinó a los lugares más recónditos de su mente, desde donde siguió pugnando por hacerse oír, mientras el hombre se esforzaba en pensar en otras cosas.
Le extrañó poder correr con aquellos pies tan helados que ni los sentía cuando los ponía en el suelo y cargaba sobre ellos el peso de su cuerpo. Le parecía deslizarse sobre la superficie sin tocar siquiera la tierra. En alguna parte había visto un Mercurio alado, y en aquel momento se preguntó qué sentiría Mercurio al volar sobre la tierra.
Su teoría acerca de correr hasta llegar al campamento tenía un solo fallo: su cuerpo carecía de la resistencia necesaria. Varias veces tropezó y se tambaleó, y al fin, en una ocasión, cayó al suelo. Trató de incorporarse, pero le fue imposible. Decidió sentarse y descansar; cuando lograra poder levantarse andaría en vez de correr, y de este modo llegaría a su destino. Mientras esperaba a recuperar el aliento notó que lo invadía una sensación de calor y bienestar. Ya no tiritaba, y hasta le pareció sentir en el pecho una especie de calorcillo agradable. Y, sin embargo, cuando se tocaba la nariz y las mejillas no experimentaba ninguna sensación. A pesar de haber corrido del modo en que lo había hecho, no había logrado que se deshelaran, como tampoco las manos ni los pies. De pronto se le ocurrió que el hielo debía ir ganando terreno en su cuerpo. Trató de olvidarse de ello, de pensar en otra cosa. La idea despertaba en él auténtico pánico, y tenía miedo al pánico. Pero el pensamiento iba cobrando terreno, afirmándose y persistiendo hasta que el hombre conjuró la visión de un cuerpo totalmente helado. No pudo soportarlo y comenzó a correr de nuevo.
Y siempre que corría, el perro lo seguía, pegado a sus talones. Cuando el hombre se cayó por segunda vez, el animal se detuvo, reposó el rabo sobre las patas delanteras y se sentó a mirarlo confijeza extraña. El calor y la seguridad de que disfrutaba enojaron al hombre de tal modo que lo insultó hasta que el animal agachó las orejas con gesto contemporizador. Esta vez el temblor invadió al hombre con mayor rapidez. Perdía la batalla contra el hielo, que atacaba por todos los flancos a la vez. El temor lo hizo correr de nuevo, pero no pudo sostenerse en pie más de un centenar de pies. Tropezó y cayó de bruces sobre la nieve. Aquella fue la última vez que sintió el pánico. Cuando recuperó el aliento y se dominó, comenzó a pensar en recibir la muerte con dignidad. La idea, sin embargo, no se le presentó de entrada en estos términos. Pensó primero que había perdido el tiempo al correr como corre la gallina con la cabeza cortada (aquel fue el símil que primero se le ocurrió). Si tenía que morir de frío, al menos lo haría con cierta decencia. Y con esa paz recién estrenada llegaron los primeros síntomas de sopor. ¡Qué buena idea, pensó, morir durante el sueño! Como si le hubieran dado anestesia. El frío no era tan terrible como la gente creía. Había peores formas de morir.
Se imaginó el momento en que los compañeros lo encontrarían al día siguiente. Se vio avanzando junto a ellos en busca de su propio cuerpo. Surgía con sus compañeros de una revuelta del camino y hallaba su cadáver sobre la nieve. Ya no era parte de sí mismo… Había escapado de su envoltura carnal y junto con sus amigos se miraba a sí mismo muerto sobre el hielo. Sí, la verdad es que hacía frío, pensó. Cuando volviera a su país le contaría a su familia y a sus conocidos lo que era aquello. Recordó luego al anciano del Arroyo del Sulfuro. Lo veía claramente con los ojos de la imaginación, cómodamente sentado al calor del fuego, mientras fumaba su pipa.
-Tenías razón, viejo zorro, tenías razón -susurró quedamente el hombre al veterano del Arroyo del Sulfuro.
Y después se hundió en lo que le pareció el sueño más tranquilo y reparador que había disfrutado jamás. Sentado frente a él esperaba el perro. El breve día llegó a su fin con un crepúsculo lento y prolongado. Nada indicaba que se preparara una hoguera. Nunca había visto el perro sentarse un hombre así sobre la nieve sin aplicarse antes a la tarea de encender un fuego. Conforme el crepúsculo se fue apagando, fue dominándolo el ansia de calor, y mientras alzaba las patas una tras otra, comenzó a gruñir suavemente al tiempo que agachaba las orejas en espera del castigo del hombre. Pero el hombre no se movió. Más tarde el perro gruñó más fuerte, y aún más tarde se acercó al hombre, hasta que olfateó la muerte. Se irguió de un salto y retrocedió. Durante unos segundos permaneció inmóvil, aullando bajo las estrellas que brillaban, brincaban y bailaban en el cielo gélido. Luego se volvió y avanzó por la ruta a un trote ligero, hacia un campamento que él conocía, donde estaban los otros proveedores-de-alimento y proveedores-de-fuego.
FIN
I
DOCUMENTOS HUMANOS: LA ANTROPOLOGÍA VISUAL DE JACK LONDON
101 aniversario de la muerte de JACK LONDON
Este 22 de Noviembre se conmemoran 101 años de la muerte de JACK LONDON, escritor norteamericano seudónimo de John Griffith Chaney, motivo por el cual me esmeraré (en una columna de tres partes) en rescatar la versatilidad de la obra y la memoria de un escritor complejo con un profundo sentido social, mucho más allá de “La llamada de lo salvaje” y “Colmillo Blanco”.
En esta primera parte se mostrará el trabajo de campo que hizo Jack London en los tugurios de Londres para retratar la miseria de la clase proletaria a principios del siglo XX.
Verdaderamente Jack London pasó una temporada en el infierno londinense en el verano de 1902 como corresponsal para escribir la crónica del bajo fondo londinense, por ese entonces cuna del capitalismo. Para ello se hizo pasar por un marino cesante en busca de alojamiento para él y su familia en el East End (Especie de ghetto marginal de Londres opuesto al suntuoso West End); incluso vivó en Whitechapel, barrio por donde Jack El Destripador cometió sus atroces crímenes. “Descendí entonces al submundo londinense con una mentalidad semejante a la de un explorador. Estaba dispuesto a dejarme convencer por mis sentidos, y no por las enseñanzas de quienes no habían visto aquello con sus propios ojos” El resultado fue un registro descarnado que derivó en La gente del abismo, relato de esa experiencia infrahumana y que logró captar, además, con su cámara fotográfica.
Jack London tomó cerca de 12.000 fotografías a lo largo de su vida (las llamaba documentos humanos), conformando un valioso y vasto registro de tintes antropológicos. Actualmente, la antropología visual es una disciplina especializada, pero a fines del siglo XIX y principios del siglo XX la fotografía como herramienta periodística era prácticamente una innovación; era el comienzo de una nueva forma de cubrir hechos noticiosos. Fue así como Jack London, a sus 26 años, se infiltró en el submundo londinense para conocer en carne propia la miseria excretada por el capitalismo. Aquí mostraremos algunas de esas fotografías que retratan esa realidad descarnadamente revelada.
DAVID FINCHER: PERSPECTIVA E IMAGINACIÓN SOCIOLÓGICA EN MINDHUNTER
AVISO: esta columna puede contener algunos spoilers menores sobre la primera temporada de la serie
David Fincher ha vuelto con una nueva producción sobre asesinos seriales, esta vez sobre los inicios de una unidad especial del FBI a cargo de formular un manual para detectar a potenciales “asesinos en secuencia”.
En Mindhunter de Netflix han abundado desde el primer capítulo las referencias sociológicas al estudiadísimo fenómeno de la desviación social. Primero se hace notar el recurso de la imaginación sociológica de C. Wright Mills, sociólogo norteamericano de vasto aporte a la disciplina. En su libro la imaginación sociológica (texto introductorio básico a la sociología) postula que las personas, en algún momento del transcurso de sus vidas, han debido plantarse las dificultades y límites del actuar en sus respectivas biografías y muchas veces no pueden superarlas. Sin embargo, difícilmente van a impugnar dichas dificultades y limitantes a largos procesos históricos-sociales o a “contradicciones institucionales”; en último término, “no pueden hacer frente a sus problemas personales en formas que les permitan controlar las transformaciones estructurales que suelen estar detrás de ellas”. Ahora bien, la imaginación sociológica aparece como la promesa de que podamos atar cabos entre las distintas y complejas dimensiones del ser humano, desde lo individual a lo social por nombrar la más elemental; La imaginación sociológica es una condición necesaria para desarrollar una cualidad mental que nos permita usar e interpretar un vasto mar de datos e información que rebasan nuestra capacidad de asimilación. Esta aproximación teórica se hace patente en uno de sus protagonistas desde el capítulo uno, aunque el mismo protagonista no sé de cuenta que está haciendo uso de esta cualidad socio-imaginativa para superar las dificultades que se presentan en su carrera profesional.
La producción de la serie ha debido recurrir a la imaginación sociológica para configurar en la trama el estudio incipiente del comportamiento humano en los albores del FBI por entender lo inentendible: los actos de algunos criminales que no parecen tener lógica alguna y que están fuera de todo prospecto sobre criminalística. La tarea es entonces la elaboración de un nuevo “manual” para entender aquello que escapa a todo lo conocido hasta entonces sobre el comportamiento criminal. El desafio lo asumen los agentes especiales del FBI Holden Ford y Bill Tench a quienes se posteriormente se suma Wendy Carr, Doctora psiquiatra. El desafío los llevará indefectiblemente a una cruzada profundamente epistemológica sobre el estado del arte de la criminalística en los Estados Unidos de finales de los 70’.
Para plantear el problema epistemológico, Fincher se ve obligado a recurrir a un personaje secundario: Debbie Mitford, estudiante de sociología. Ella en el primer capítulo le advierte a Holden Ford (personaje principal) que si está estudiando y enseñando sobre criminales y sociópatas, debe introducirse en la lectura de Emile Durkheim (sociólogo francés del siglo XIX, pionero en el método sociológico) sobre desviación. De esta manera el personaje principal, a través de su cruzada epistemológica, va tomando conciencia de la apertura de un campo de conocimiento desconocido, así como de las dimensiones complejas del ser humano que su “limitada perspectiva de agente federal” (en palabras de Debbie) no logra comprender. Lo que sugiere Debbie a Holden, en última instancia, es que necesita de la “perspectiva sociológica”.
Pasada poco más de la mitad de la serie ya se habían mencionado en algunas líneas los trabajos de Erving Goffman sobre la sociología performativa, enfoque teórico que plasma en La presentación de la persona en la vida cotidiana y que postula que las personas en la “interacción simbólica” de la cotidianeidad, adoptan distintos roles en sus biografías tal como si fuera una obra de teatro: con diversos roles que asumir, un escenario, bambalinas, guiones, etc. Esta “reseña” que hace Debbie a Holden, le resulta de mucha utilidad para que comprenda las estrategias de los asesinos seriales en el desenvolvimiento cotidiano de sus vidas. Se mencionan además los anacronismos teóricos de Cesare Lombroso en la categorización estereotipada de los criminales; y a Pavlov, otro conductista; en otra escena vemos a Debbie estudiando al propio C. Wright Mills sobre su libro La Elite del poder, libro que ha tomado gran vigencia sobre la correlación entre la política, el dinero y los medios masivos de comunicación.
Finalmente, e independiente de las sugerencias al espectador sobre la necesidad de una imaginación sociológica, la serie plantea otro (y muchísimo más interesante) dilema en la línea argumentativa: la necesidad de un nuevo paradigma y la formulación de una metodología capaz de sistematizar toda la información que éste grupo de agentes del FBI han logrado recabar sobre el comportamiento desviado en los criminales violentos.
Juego Profundo: dilemas metodológicos y epistemológicos de los cazadores de mente
En el transcurso de la serie, los personajes se enfrentan a un viejo dilema epistemológico que en ciencias sociales fue elocuentemente abordado en un escrito del antropólogo estadounidense Clifford Geertz: Juego Profundo: nota sobre la pelea de gallos en Bali. En dicho escrito, Geertz plantea las dificultades del investigador para lograr confianza entre sus fuentes de información, en este caso los nativos de una comunidad en Indonesia que practicaba de manera clandestina la pelea de gallos. Geertz se enfrenta a la dificultad de no poder obtener información (ni mucho menos fiable) por su mera presencia. Para él es imposible pasar desapercibido, el investigador mismo interfiere en “su objeto de estudio” dificultando precisamente la anhelada objetividad. Pero esa es otra arista del problema. Geertz sólo termina siendo aceptado por la comunidad cuando se ve involucrado en una redada policial que allana el lugar clandestino donde se celebraban las competencias de gallo (naturalmente, él también se vio en la obligación de escapar de la policía, siendo en ese momento un fugitivo tal como los miembros del club de pelea) Esta condición permitió que los nativos (en un gesto que el propio Geertz no esperaba) lo defendieran bajo el argumento de que él no era un delincuente, sino un investigador que venía haciendo su trabajo en un momento y lugar equivocados.
En este mismo dilema se encuentran Holden y sus compañeros cuando notan que su mera presencia interfiere en los resultados de la investigación; al principio, la estrategia de Holden es adaptarse de manera intuitiva a las diversas características de personalidad de los psicópatas para lograr no solo información relevante, sino además confiabilidad. Al principio el protagonista sólo toma notas, pero después se da cuenta que necesita grabar las entrevistas; tampoco posee un cuestionario, pero aun así logra recabar cierta información para comenzar a trazar de manera incipiente perfiles sociopáticos.
La irrupción de otro personaje se hace necesaria puesto que Holden es incapaz de realizar la hazaña metodológica y epistemológica sin la ayuda de un experto. La doctora Wendy Carr hace su aparición como una psiquiatra experta en conductas desviadas que hace clases en la universidad de Boston. Ella es capaz de ver el potencial del trabajo que vienen haciendo Holden y su compañero Bill Tench (de hecho es la primera persona que les corrobora que sus investigaciones podrían tener aspectos revolucionarios) Pronto se hace parte del equipo dejando atrás su exitosa vida académica. Sin embargo, ella platea un problema metodológico que puede interferir y dificultar la recabación de la información durante la investigación: la falta de sistematización. Ella sostiene que es necesario utilizar un cuestionario para poder sistematizar, clasificar y depurar la información en categorías analizables. En principio sus compañeros están de acuerdo, pero Holden y Tench pronto se dan cuenta que esta impronta analítica es poco eficaz al momento de realizar las entrevistas. Dejando de lado las sugerencias “académicas” de Wendy Carr, Holden arbitrariamente readapta su estrategia al contexto en que se realiza la investigación. A este punto, Holden ha llegado a lo que Clifford Geertz plasmó en su escrito sobre la pelea de gallos en Bali y que él llama el Juego Profundo, es decir una apuesta del todo o nada. Para el filósofo Jeremy Bentham (de quien Geertz toma el concepto) un juego profundo es aquel donde el riesgo es tan grande que resulta, en términos vitales, una actitud prácticamente irracional. Sin embargo como platea Geertz, no se trata aquí en entender el riesgo en términos vitales, sino en términos simbólicos y de perdida de status: Holden ha puesto en riesgo todo el resultado del trabajo realizado en la unidad especial del FBI junto a sus compañeros y su fracaso lo dejaría afuera de la propia unidad que fundó. Aquí el juego profundo se desarrolla en las dimensiones metodológicas y epistemológicas en disputa con sus compañeros y superiores en la elaboración de sus investigaciones en comportamiento humano.
Epílogo
Independientemente de este acercamiento y análisis, la serie no se queda atrás en cuanto a estética y desarrollo de personajes, se nota el cuidado y esmero prolijo en la evolución de estos; no han caído en el sensacionalismo de la violencia ni el gore para retratar una temática que bien podría tentar a los realizadores a competir con la tendencia a mostrarlo todo sin dejar ya nada a la imaginación. En este sentido han hecho una buena apuesta al dejar que se desarrolle en las mentes de los espectadores el horror implícito plasmado en los testimonios de los personajes más grotescos a la hora de detallar la barbarie humana sin la necesidad de mostrar más de lo necesario. En ese sentido han dejado una huella mental profunda y poco común. El estilo de Fincher ha sido refinado y ha cristalizado junto a sus obras más notables del género que ha venido explotando hace años dejando una alta expectativa para la segunda temporada y es de esperar que no decepcione.
Finalmente para excusarme de ver la serie en cuatro días (recomiendo que tengan una buena excusa si la ven en menos días u horas) podría decir que lo que he hecho es más bien prestar atención a un debate académico entre personajes entrañables, debate de características revolucionarias en cuanto a metodología y epistemología; o decir por ejemplo que los personajes principales están basados en personas de la vida real; y si eso no es suficiente, el mismo Stephen King ha dicho por su cuenta de twitter que recomienda encarecidamente ver Mindhunter si es que quieren ver algo que los deje con la boca abierta sin mucha salpicadura de sangre.
RETRO-VISIÓN
A K. T.
Yes, I know my luck too well and I'll probably never see you again
THE SMITHS – HAND IN GLOVE
No seré tu pampa lo digo como si las palabras no me pertenecieran Ya no me persigue el vértigo del asombro ni en tu espalda será mi alunizaje
Ilustraciones de Virginia Frances Sterrett para El Libro de las Mil y Una Noches. (1928).
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Jack London, el mundo de un escritor proletario
La corta vida de Jack London, quién falleció un día 22 de noviembre de 1916 a la prematura edad de 40 años, se desenvolvió como una novela: abundaron trabajos extravagantes y diversos, se multiplicaron aventuras peligrosas con piratas y ladrones; sobraron paisajes, colores y sabores de viajes por los lugares más recónditos del mundo. Y cuando la vida se asemeja tanto a una novela con miles de capítulos, la realidad y la ficción se entrelazan conformando un mundo propio. El mundo London.
Nicolás Bendersky
Ediciones IPS-CEIP
Saqueador de ostras en la bahía de San Francisco, vagabundo y buscavidas por diversas ciudades de EE.UU., cazador de focas en las costas japonesas, obrero en una lavandería, en una fábrica de enlatado y en minas de carbón, buscador de oro en Alaska; su vida transcurrió hasta los 30 años, como un verdadero aquelarre. Y lo singular fue que había pasado estrictamente separada de la escritura. No así de la lectura que lo acercó lentamente a Kipling, Spencer, Darwin, Stevenson, Malthus, Marx, Poe, y Nietzsche.
Pero llegó el momento. Él lo sentía y lo palpaba. Jack London había nacido para escribir.
“Y entonces, restrellante de luz, brotó la idea. Escribiría. Sería uno de los ojos del mundo, uno de los corazones a través de los cuales siente ese mundo y uno de los oídos a través de los cuales el mundo oye. (…) En prosa y en verso, sobre hechos reales e imaginarios (…) escribiría.” (De Martín Eden. Autobiografía novelada)
Y así empezó el oficio. Tomó la palabra, se apropió de ella y la escribió. Y ese don, afloró como un verdadero río imparable.
“Escribía torrentosa e intensamente, de la mañana a la noche y bien entrada la noche (…) Era el suyo un continuo estado febril. La gloria de crear, que se suponía atributo exclusivo de los dioses, era suya” (Martín Eden)
Primero fueron cientos de artículos, notas y cuentos para revistas que retrataban manifiestamente sus propias aventuras por los mares del Pacífico o el frío de Alaska. Luego vinieron relatos y novelas más conocidos como La llamada de la selva y Colmillo Blanco (ambas con poderosas historias de perros), El Lobo de Mar, El silencio blanco, La expedición del pirata o Cuentos de los Mares del Sur, entre otros.
En muchos de éstos abunda una visión naturalista. Una especie de alabanza a ultranza de la naturaleza, opuesta al mundo capitalista como civilización contaminada. Un mundo, ya para su época, (fines del siglo XIX) repleto de grandes fábricas que despiden humo negro por sus chimeneas, mezcladas con estrechos y amontonados barrios donde los trabajadores viven hacinados. A esto, le oponía el mundo natural, idílico. Pero donde también había que luchar por la vida.
Un escritor proletario
Para alguien que “había nacido en la clase obrera”, (como él mismo relata en un artículo de 1906), y adherido a la causa socialista desde muy joven (como explica en Cómo me hice socialista), escribir sobre su propia condición, sobre los padecimientos y sueños revolucionarios de su clase, no iba a ser algo ajeno.
Bajo el contexto del naciente socialismo estadounidense de Eugene Debbs y Daniel De León, cuentos como La huelga general, Talón de Hierro, Gente del abismo, Los favoritos de Midas, Goliah, La fuerza de los fuertes o Estado de Guerra, tienen como protagonista a trabajadores, y se desarrollan -de alguna u otra manera- elementos de la lucha de clases contra los patrones.
En ellos también se retrata diversos aspectos desde la óptica de los trabajadores: desde una huelga general en San Francisco que refleja toda la fuerza de la clase obrera para parar cada resorte del funcionamiento de la sociedad; hasta un régimen como El Talón de Hierro, erigido como un poder económico y político sobre la derrota de una revolución. Esta novela –que constituye una buena entrada a la obra de London- está escrita en la forma de un diario que lleva la esposa de Ernesto Everhard, y que si bien va desplegando las características de la dominación de este régimen, va desenvolviendo los intentos de una revolución en el pasado. Como dice Evehard:
“Nuestra intención es tomar no solamente las riquezas que están en las casas, sino todas las fábricas, los bancos y los almacenes. Esto es la revolución (…) Queremos tomar en nuestras manos las riendas del poder y el destino del género humano. ¡Estas son nuestras manos, nuestras fuertes manos! Ellas os quitarán vuestro gobierno, vuestros palacios y vuestra dorada comodidad, y llegará el día en que tendréis que trabajar con vuestras manos para ganaros el pan, como lo hace el campesino en el campo o el hortera reblandecido en vuestras metrópolis. Aquí están nuestras manos. Miradlas: ¡son puños sólidos!”
El relato de la aparición de un régimen represivo, montado sobre derrotas revolucionarias, anticipa genialmente la aparición del fascismo 20 años antes de su llegada.
En 1929, la revista New Masses escribe sobre London “Un verdadero escritor proletario, no sólo debe escribir para la clase trabajadora, sino que debe ser leído por la clase trabajadora. Un verdadero escritor proletario no sólo debe usar su vida proletaria como material para sus libros: en estos debe arder el espíritu de la rebeldía. Jack London era un auténtico escritor proletario; el primero y, hasta ahora, el único escritor proletario de genio de los Estados Unidos. Los obreros que leen, leen a Jack London. Es el único escritor al que han leído todos, es la sola experiencia literaria que tienen en común. Los obreros de las fábricas, los peones del campo, los marinos, los mineros, los vendedores de diarios, lo leen y lo releen. Es el escritor más popular entre la clase obrera de los EE.UU.”.
Y ese espíritu de rebeldía enardecía en cada uno de sus escritos. Ardía y se desarrollaba al calor de sus convicciones socialistas que trataba de difundirlas a lo largo y a lo ancho de EE.UU., mediante, charlas, mitines y conferencias. Como revela en este comentario, no tenía dudas de su ideología.
“Los socialistas eran revolucionarios, en la medida en que luchaban para transformar la sociedad tal como existe actualmente, y con otros materiales, construir una nueva sociedad. Yo también era socialista revolucionario. (…) Estas son mis perspectivas. Aspiro al nacimiento de una nueva época donde el hombre realizará el mayor progreso, un progreso más elevado que el de su vientre, y en el que el aura para animarlos para nuevas acciones será mucho más estimulante que la actual derivada de su estómago. Guardo intacta mi confianza en la nobleza y excelencia de la especie humana. Creo que la delicadeza espiritual y el altruismo triunfaran sobre la glotonería grosera que reina hoy en día. En último lugar quiero hacer constar mi confianza hacia la clase obrera. Como ha dicho un francés: ´En la escalera del tiempo resuenan sin cesar el ruido de los zuecos que suben, y de los zapatos barnizados que descienden´” (Yo he nacido en la clase obrera (1906)
El final
La vida de London transcurrió como un huracán vertiginoso. Fue intensa, pasional, fulgurante como una cometa del cielo. Y encontró su fin abruptamente un 22 de octubre de 1916. Murió en Glen Ellen, California, a la temprana edad de 40 años. Si bien sus médicos elaboraron un certificado de defunción cuya causa fue una urémia, sus biógrafos que aseguran que se suicidó de una sobredosis de morfina y otras drogas que solía utilizar para calmar dolores.
La muerte había sido pensada, trabajada y escrita por London en varios cuentos y novelas. Acaso su autobiografía novelada, con su alter ego Martín Eden, posee un final que anticipa su propio fin. Se había ido un escritor proletario, un mago de las palabras, un agitador socialista, un contador de historias. Y eso es lo que sobrevive. Sus 50 libros con cientos de cuentos y novelas, (algunas llevadas al cine); y su llama ardiente que provoca desprecio por la sociedad capitalista, y rebeldía hasta en la última gota de la sangre.
Trotsky, Guevara, Lenin, lectores de Jack London
Si bien Jack London tuvo infinidad de lectores, críticos y analistas, sobresalen los revolucionarios, los que pusieron el ojo en él y vieron que no era un escritor más, que podía observar más allá, viendo y retratando al mundo siempre desde la óptica obrera.
Es conocido el planteo de Ernesto Che Guevara que recuerda en La sierra y el llano de 1961 que siendo herido en el desembarco del Granma por una balacera, recordó un cuento de London.
“Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado en el tronco de un árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte, por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo”.
El cuento es Encender una hoguera, y tiene como escenario las frías tierras de Yukón, Alaska. Hacia el final, dice:
“Cuando hubo recobrado el aliento y el control, se sentó y recreó en su mente la concepción de afrontar la muerte con dignidad”.
Julio Cortázar también reparó en este planteo del Che, y lo utilizó como frase que prologa uno de sus cuentos, Reunión de Todos los fuegos el fuego.
En tanto Lenin, también era un lector de London. Poseía en el Kremlin varios de sus libros y alabó mucho la crítica que realizó el escritor al revisionismo y oportunismo del Partido Socialista de los EE.UU.
Se cuenta que hacia el final de su vida, luego de varios ataques cerebrales que lo habían dejado sin habla, solía escuchar plácidamente la lectura de su mujer Nadezhda Krupskaia. Su muerte el 21 de enero de 1924, había ocurrido dos días después de escuchar Amor a la vida, cuento de London que era uno de sus favoritos.
Por último, León Trotsky también reparó en la literatura de London. En 1937 escribe una carta dirigida a su hija Joan donde comentaba el magnífico El Talón de Hierro: “Hay que destacar muy particularmente el papel que Jack London atribuye en la evolución de la Humanidad a la burocracia y la aristocracia obrera. Gracias a su apoyo, la plutocracia americana logrará aplastar el levantamiento de los obreros y mantener su dictadura de hierro en los tres siglos venideros. No vamos a discutir con el poeta sobre un plazo que no puede dejar de parecernos extraordinariamente largo. Aquí lo importante no es ese pesimismo sino su tendencia apasionada a espabilar a quienes se dejan adormecer por la rutina, a obligarlos a abrir los ojos, a ver lo que es y lo que está en proceso. El artista utiliza hábilmente los procedimientos de la hipérbole. Lleva a su límite extremo las tendencias internas del capitalismo al avasallamiento, a la crueldad, a la ferocidad y a la perfidia. Maneja los siglos para medir mejor la voluntad tiránica de los explotadores y el papel traidor de la burocracia obrera. Sus hipérboles más románticas son, en fin de cuentas, infinitamente más justas que los cálculos de contabilidad de los políticos llamados “realistas”. No es difícil imaginar la incredulidad condescendiente con la que el pensamiento socialista oficial de entonces acogió las previsiones terribles de Jack London. Si nos tomamos el trabajo de examinar las críticas de El Talón de Hierro que se publicaron en los periódicos alemanes de entonces, Neue Zei y Worwaerts, y en los austriacos Kampf y Arbeiter Zeitung, no será difícil convencerse de que el “romántico” de treinta años veía incomparablemente más lejos que todos los dirigentes socialdemócratas reunidos de aquella época. Además, Jack London no sólo resiste en ese dominio la comparación con los reformistas y los centristas. Se puede afirmar con certeza que, en 1907, no había un marxista revolucionario, sin exceptuar a Lenin y Rosa Luxemburgo, que se representara con tal plenitud la perspectiva funesta de la unión entre el capital financiero y la aristocracia obrera. Esto basta para definir el valor especifico de la novela”.
El Llamado de lo Salvaje de Jack London Ilustraciones por Philip R. Goodwin y Charles Livingston Bull.
LA PALABRA MALDITA
Por GABRIELA MISTRAL
Veracruz, México. Noviembre de 1950
Después de la carnicería del año 14, la palabra "paz" saltaba de las bocas con un gozo casi eufórico: se había ido del aire el olor más nauseabundo que se conozca: el de la sangre, sea ella de vacunos, sea de insecto pisoteado o sea llamada "noble sangre del hombre".
La humanidad es una gran amnésica y ya olvidó eso, aunque los muertos cubran hectáreas en el sobrehaz de la desgraciada Europa, la que ha dado casi todo y va en camino, si no de renegar, de comprometer cuanto dio.
No se trabaja y crea sino en la paz; es una verdad de perogrullo, pero que se desvanece apenas la tierra pardea de uniformes e hiede a químicas infernales.
Cuatro cartas llegaron este mes diciendo casi lo mismo:
La primera: -"Gabriela, me ha hecho mucho daño un sólo artículo, uno sólo, que escribí sobre la paz. Cobré en momentos cara sospechosa de agente de sueldo, de hombre alquilado".
Le contesto:
-Yo me conozco ya, amigo mío, eso de la "echada". Yo también la he sufrido después de veinte años de escribir en un diario, y de haber escrito allí por mantener la "cuerdecilla de la voz" que nos une con la tierra en que nacimos y que es el segundo cordón umbilical que nos ata a la Madre. Lo que hacen es crear mudos y por allí desesperados. Una empresa subterránea de sofocación trabaja día a día. Y no sólo el periodista honrado debe comerse su lengua delatora o consejera; también el que hace libros ha de tirarlos en un rincón como un objeto vergonzoso si es que el libro no es de mera entretención para los que se aburren, si él enfrenta a la carnicería fabulosa del Noreste.
Otra carta más: -"Ahora hay un tema maldito, señora, es el de la paz. Puede escribirse sobre cualquier asunto vergonzoso: defender el agio, los toros, la "fiesta brava" que nos exportó la Madre España, y el mercado electoral doblado por la miseria. Pero no se debe escribir sobre la paz: la palabra es corta pero fulmina o tira de bruces, y hay que apartarse del tema vedado como del corto-circuito eléctrico..."
Y otra carta aún dice: -"No tengo ganas de escribir nada. La paz del mundo era "la niña" de mis ojos. Ahora es la guerra el único suelo que nos consienten abonar. Ella es, además, el "santo y seña" del patriotismo. Pero no se apure usted; lo único que quiere el llamado "pueblo bruto" es que los dejen trabajar en paz la mujer y los hijos. Tienen ojos y ven, los pobres. Sólo que de nada les sirve el ojo claro que les está naciendo y hay que oírlos cuando los radios buscan calentar su sangre para llevarlos hacia el matadero fenomenal".
Y esta última carta: "Desgraciados los que todavía quieren hablar y escribir de eso. Cuídense del mote cualquier día cae encima de ustedes. Es un mote que si no mata estropea la reputación de llenador de cuartillas y a lo menos marca a fuego. A su amigo ya lo miran con ojo bizco, como diría usted.
La palabra "paz" es vocablo maldito. Usted se acordará de aquello de "Mi paz os dejo, mi paz os doy'. Pero no está de moda Jesucristo, ya no se lleva. Usted puede llorar. Usted es mujer. Yo no lloro: tengo una vergüenza que me quema la cara. Hemos tenido una "Sociedad de las Naciones" y después unas "Naciones Unidas" para acabar en esta quiebra del hombre.
¿Querrán esos, cerrándonos diarios y revistas, que hablemos como sonámbulos en los rincones y en las esquinas? Yo suelo sorprenderme diciendo como un desvariado el dato con seis cifras de los muertos".
(Ninguno de mis cuatro corresponsales es comunista)
Yo tengo poco que agregar a esto. Mandarlo en un "Recado", eso sí. Está muy bien dicho todo lo anterior; se trata de hombres cultos de clase media y estas palabras que no llevan al sesgo de las opiniones acomodaticias o ladinas, estas palabras que arden, son las que comienzan a volar sobre nuestra América. "¡Basta! -decimos- ¡basta de carnicería!.
Lúcidos están muchos en el Uruguay fiel, en el Chile realista, en la Costa Rica donde mucho se lee. El "error' se va volviendo el "horror".
Hay palabras que, sofocadas, hablan más, precisamente por el sofoco y el exilio y la de "Paz" está saltando hasta de las gentes sordas o distraídas. Porque, al fin y al cabo, los cristianos extraviados de todas las ramas, desde la católica hasta la cuáquera, tienen que acordarse de pronto, como los desvariados, de que la palabra más insistente en los Evangelios es ella precisamente, este vocablo tachado en los periódicos, este vocablo metido en un rincón, este monosílabo que nos está vedado como si fuera una palabrota obscena. Es la palabra por excelencia y la que, repetida hace presencia en las Escrituras sacras como una obsesión.
Hay que seguir voceándola día a día, para que algo del encargo divino flote aunque sea como un pobre corcho sobre la paganía reinante.
Tengan ustedes coraje, amigos míos. El pacifismo no es la jalea dulzona que algunos creen; el coraje lo pone en nosotros una convicción impetuosa que no puede quedársenos estática. Digámosla cada día en donde estemos, por donde vayamos, hasta que tome cuerpo y cree una "militancia de paz" la cual llene el aire denso y sucio y vaya purificándolo.
Sigan ustedes nombrándola contra viento y marea, aunque se queden unos tres años sin amigos. El repudio es duro, la soledad suele producir algo así como el zumbido de oídos que se siente en bajando a las grutas... o a las catacumbas. No importa, amigos: ¡hay que seguir!
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Can hear the boy in his bedroom unexpectedly learning the opening riff of This Charming Man. My work here is done.
— Ben Watt (@ben_watt) 19 de febrero de 2017
AND I JUST WALKED IN TO HEAR THIS HAPPENING! BOTH OF THEM! https://t.co/8D5kjvymJE
— Tracey Thorn (@tracey_thorn) 19 de febrero de 2017
SIMPLEMENTE AMO CÓMO TRACEY Y BEN COMUNICAN ESAS ENCANTADORAS IDIOSINCRACIAS DE SU VIDA FAMILIAR.