𝐇𝐄𝐍𝐑𝐘 𝐈𝐗 ×× el menor de los herederos de la casa lancaster, veintiocho años, 𝗽𝗿𝗶𝗻𝗰𝗶𝗽𝗲 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲𝗿𝗯𝘂𝗿𝘆. si se pierde, de seguro se encuentra en el hipódromo. informe de inmediato a las autoridades locales.
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𝐇𝐄𝐍𝐑𝐘 𝐈𝐗 ×× el menor de los herederos de la casa lancaster, veintiocho años, 𝗽𝗿𝗶𝗻𝗰𝗶𝗽𝗲 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲𝗿𝗯𝘂𝗿𝘆. si se pierde, de seguro se encuentra en el hipódromo. informe de inmediato a las autoridades locales.
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📍Puerto de Cristal:
El príncipe se detuvo en seco una vez se topó de frente con el borde marino, comprendiendo por qué había comenzado a sentir ese aroma desde hace un par de metros. —¿Para qué nos dan esta guía si está toda mal hecha? —bufó, su queja ahí sostenida en el aire para que cualquier transeúnte la recogiera.
"Porque está al revés." Inesperadamente, Britta no se detiene a acomodar el pedazo de papel en manos del menor. Está más concentrada en los barcos que atracan en el muelle, en la sal que se le cuela hasta los huesos y en el rostro de su padre que, de vez en cuando, aparece entre los otros transeúntes. "Es una pena no visitar el mar tan seguido."
Sólo con oír la voz de la mayor, su cuerpo comienza a remedarla de forma automática. No importa si lo que dice es correcto o no, si es una orden o un comentario, si están en público o en privado... mientras las palabras salgan de la boca de su hermana, sus ojos se pondrán en blanco, su cabeza se agitará de lado a lado, y sus manos se abrirán y cerrarán como si sostuviera un par de títeres. —¿Pena? ¿Qué de todo te da pena, exactamente? —preguntó, incrédulo. —Estar bajo una palmera descansando en una playa, puede ser. Pero aquí todo apesta, estamos rodeados de arbeiter, y ni siquiera hay una reposera a la vista.
📍Puerto de Cristal:
El príncipe se detuvo en seco una vez se topó de frente con el borde marino, comprendiendo por qué había comenzado a sentir ese aroma desde hace un par de metros. —¿Para qué nos dan esta guía si está toda mal hecha? —bufó, su queja ahí sostenida en el aire para que cualquier transeúnte la recogiera.
"¿De verdad está mal?" Pregunta, aunque lo que quisiera decir es ¿siquiera sabe cómo leerla? Pero no quiere perder su trabajo así que suspira. "Quizá es una guía vieja... El puerto no es tan difícil de explorar, de todos modos."
—¡Claro, hombre! Fíjate nomás, no se entiende absolutamente nada —extendió el mapa hacia Deniz para que pudiera revisarlo por su propia cuenta, la posibilidad de estar equivocado jamás cruzando su mente. —Imagino que lo conoces muy bien, ¿o me equivoco? —inquirió, ladeando suavemente la cabeza. Sin siquiera esperar una respuesta, continuó: —Entonces, te sigo, ¿en dónde se come bien por aquí?
📍Puerto de Cristal:
El príncipe se detuvo en seco una vez se topó de frente con el borde marino, comprendiendo por qué había comenzado a sentir ese aroma desde hace un par de metros. —¿Para qué nos dan esta guía si está toda mal hecha? —bufó, su queja ahí sostenida en el aire para que cualquier transeúnte la recogiera.
Ammu reconocería al príncipe hasta viéndolo desde lejos. Estaba tan metida en su papel de asistente-pronto-a-volverse-consejera, que la estadía en ese lugar, rodeada de monarcas extranjeros, era la perfecta oportunidad para conocer más de ellos, directa e indirectamente.
"Alteza," saludó o llamó. Podía ser cualquiera de las dos cuando su mirada caía más bien en la guía que él mencionaba. La tomó por un extremo, y la volteó. Ahora el mar quedaba en la posición que lo veían. "Discúlpeme la intromisión. Debí solo comunicárselo, pero... es doloroso para mí verlo leyéndolo al revés. ¿A dónde quería ir?"
Se giró ante el llamado de la mujer y la sorpresa se hizo evidente en su rostro con el audaz movimiento de sus manos. Ligeramente desconcertado, su mirada iba y venía entre el mapa (en su nueva posición) y la gentil asistente. Asintió suavemente por unos momentos, frotándose las sienes, mientras oía sus palabras. —Sólo muéstrame algún lugar en que pueda recostarme un rato... —el tono de sus palabras, casi una demanda, coincidía perfectamente con la irritación propia de alguien que llevaba varios minutos perdido y deambulando. Al parecer, el cansancio estaba afectando al príncipe, tan acostumbrado a ser escoltado y acompañado. —Mataría por un espresso martini —continuó, como pensando en voz alta más que dirigiéndose específicamente a Ammu. —¿Si venden de esos aquí, no? Si quieres te invito uno como agradecimiento, o lo que sea.
📍Puerto de Cristal:
El príncipe se detuvo en seco una vez se topó de frente con el borde marino, comprendiendo por qué había comenzado a sentir ese aroma desde hace un par de metros. —¿Para qué nos dan esta guía si está toda mal hecha? —bufó, su queja ahí sostenida en el aire para que cualquier transeúnte la recogiera.
"¿No te gusta el aire marino, príncipe Henry?" Tal vez, Nozomi simplemente está acostumbrada al vasto mar, como la digna ciudadana de un hermoso archipiélago que es. Si le preguntaran, incluso podría admitir que extrañaba un poco esta vista, el cielo despejado donde gaviotas vuelan y que, en el horizonte, casi parece fundirse en el océano. "Tiene muchas propiedades para la salud".
Al escuchar la respuesta, bajó el mapa para toparse frente a frente con la misteriosa princesa encerrada del día anterior, una clásica ironía del destino. Y es que en su cabeza reflexionaba que si él estaba perdido, seguramente die confinement Adelige lo debería tener peor. Negó con la cabeza la nariz arrugada y el ceño fruncido, producto de la maresía, como respuesta a la consulta de la mujer. —Es un poco fuerte para mi gusto —explicó, apretando su nariz con los dedos como pinzas. —¿Ah si? ¿Como cuáles? —su voz sonando gangosa y entrecortada, pues necesitaba tomarse unos segundos entre cada palabra para poder respirar por la boca.
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📍Puerto de Cristal:
El príncipe se detuvo en seco una vez se topó de frente con el borde marino, comprendiendo por qué había comenzado a sentir ese aroma desde hace un par de metros. —¿Para qué nos dan esta guía si está toda mal hecha? —bufó, su queja ahí sostenida en el aire para que cualquier transeúnte la recogiera.
—Fuck if I know... —Llevaba todo el día (unas tres horas, aproximadamente, descontando el break que se tomó en medio del discurso del Sultán) haciéndose la misma pregunta, sin encontrar aún una respuesta satisfactoria. —¿Alguna idea? —indagó, básicamente buscando el empujoncito que necesitaba para mandarse a cambiar por un par de horas.
"Su Alteza, solo tenía que pedírmelo," dice con elocuencia y diversión, reconociendo el perfil ajeno. "Si no tiene una idea mejor, vi un lugar que parece una conexión a un área menos… formal. No sé usted, pero me muero de ganas por conocer cómo es realmente la gente de este lugar y los lugares de entretención. ¿Viene?"
—¿Ah si? —el interés del príncipe era evidente en el brillo de sus ojos, y el movimiento vertical de su cabeza, intensificado con cada palabra que provenía de la boca del contrario. De pronto, se planta derecho y extiende su brazo en un gesto que invitaba al otro a moverse. —Después de usted, mi estimado. —Dicho y hecho, se moviliza inmediatamente después del contrario, siguiendo de cerca sus pasos. —Conozco un par de playas de Brumavia, pero aún no había tenido la oportunidad de conocer Velmora. ¿Tú sí? —la extrema formalidad previa inmediatamente lanzada por la borda, como de costumbre para él.
Asiente nuevamente, orgulloso de haberle atinado a la procedencia de la princesa frente a él. —Oh, eso apesta —la lástima en su voz se hace evidente, incapaz de imaginar su propia vida en circunstancias similares. Para él, es como una sentencia. —Lo siento mucho —continúa, ajeno a si es que para la princesa es algo de tanta importancia como para sí mismo, con una inusual solemnidad en su voz y postura, que se tensa de pronto. —He recorrido por aquí y por allá, sí...—admite, sin entrar en muchos detalles. Su mente todavía sorprendido por el comentario previo. —A ver, si pudieras elegir un sólo lugar para conocer, ¿cuál sería?
"Lo sé. Por eso, no puedo desperdiciar ni una sola oportunidad cuando se presenta". Honestidad es su segundo nombre y la respuesta ofrecida lo demuestra. Sin embargo, no lo dice de manera que pueda provocar el sentir lástima por ella, sino en plena consciencia de la situación que se ha convertido en una constante en su vida, y la forma optimista en que aprovecha los momentos en que esa realidad se vuelve difusa. "¿Por qué no puedo elegir todos?" Bromea, su risa escuchándose una vez más. "Hmm, uno solo. Creo que ese podría ser un parque nacional en Caribana. He escuchado que sus paisajes naturales son incomparables".
Asiente ante las palabras ajenas, imaginando qué sería de su vida si le hubieran puesto limitaciones tan rígidas. Bueno, más bien, si es que las hubiera seguido. ¿Se habría quedado en ese internado? ¿Habría evitado ese par de años en el Servicio? Las posibilidades, de pronto, ocupando su mente hasta que la risa de la princesa logra devolverlo al presente. —¡Oh, Caribana! —su rostro se ilumina al repetir el nombre de la nación. —¿Te gustan las cosas dulces, por casualidad? Tienen unas frutas increíbles y jugosas, seguramente alguna delegación debe haber traído —comenta, con ojos entrecerrados, intentando recordar si vio a la gente de dicho país en el desfile. —Podríamos ir a investigar, quién sabe, tal vez hayan a libre disposición —la invitación acompañada de un guiño revoltoso.
El entusiasmo del contrario bastaba para encender todas las antenas en su cabeza. Entregándose de lleno al cotilleo, se inclinó levemente para poder oír de mejor manera las palabras del chef, apoyándose en él con una de sus manos. Su rostro acompañando magistral —y, tal vez, exagerada—mente cada una de las partes del relato. Asintiendo de forma enérgica cuando él lo pide, en un gesto juramental de que que el secreto del contrario estaría a salvo con él, abriendo los párpados ante la gran revelación y buscando nuevamente el contacto visual con Alfie, mientras se aguantaba la risa, en una expresión clara que, sin palabras, lograba transmitirle al otro sus pensamientos.
Finalmente, retrocede de vuelta a su posición, sin romper el contacto visual, y sin que la sonrisa en su rostro se borre. —Uff... —resopla—, lo único que podría haber hecho mejor esta historia —deja que la idea se suspenda unos segundos, negando con cada palabra—, sería que me hubieras comprado una cerveza primero.
La risa escapándose a borbotones de sus labios mientras realizaba la propuesta lo debilita, por lo que todavía con una mano firme en el hombro de Alfie, utiliza la otra para sostener su abdomen. —Ay, hombre —comenta entre lágrimas de risa, secándolas con la parte de atrás de sus dedos. —¡Apuesto a que tú lo hiciste tropezar para quedarte con el puesto!
' ¿comprar una cerveza? ¡pero si eres un príncipe! ' el rubio entorna los ojos, mientras una peligrosa sonrisa se posa en su rostro. ' quizás podríamos ir al salón y robarnos un poco de aquí, un poco de allá... lo que sea que encontremos. ' hace una pausa, observando a henry con una mirada cómplice antes de continuar, su tono bajando un poco, como si confesara algo más personal: ' de todas formas, estoy ahogado entre tantos vestidos, trajes, armas y dinero. realmente no entiendo, su alteza, todo lo que significa este mundo y la realeza. es... cansador, si somos sinceros ' suspira y mira al príncipe con una pizca de lástima y diversión. alfie solo es honesto, ya que, realmente, no hay nada que disfrute más que ser una persona normal con un trabajo normal, con metas normales y muy alcanzables. de por sí, trabajar en canterbury es una de las mejores cosas que le han pasado en la vida. lo que le pasó anteriormente en solaria... bueno, ese es un lado de la realeza que conoció muy de cerca y que preferiría no haber conocido nunca. ' y respecto a lo último... me gusta mucho trabajar en tu palacio. no soy una chica fácil, ¿sabes? pero si me ofreciesen el puesto... bueno, tendrías que darme un buen aumento y así quizás me quedo a tu lado, ayudándote a aguantar... ' mira hacia los lados antes de decir lo siguiente, ' todo el aburrimiento que te provoca estar entre tus hermanas ' finaliza, con una sonrisa triunfante.
—¡Bleh! —el príncipe ningunea la propuesta agitando la diestra en el aire, para luego alzarla justo frente a su rostro, como si estuviera revisando un reloj invisible. —Ya estamos un poco pasados para eso —apunta, dando suaves toquecitos sobre su muñeca. —¿Por qué no consigues some of that gutes Zeug que utilizan ustedes en sus recetas? Ya sabes, del tipo que no comparten con el público general —envolvió a Alfie con uno de sus brazos, mientras asentía y le daba palmadas, animándolo. Aunque era cierto que la hora disminuía las posibilidades de encontrar tragos aún fríos en el salón, la principal aprehensión de Henry tenía más que ver con que prefería morir antes de estar hurgando por sobras. Era el príncipe, después de todo, y ese movimiento no se encontraba en su repertorio. Además, seguramente al chef no se le haría difícil conseguir algún licor de mayor calibre, lo que era un beneficio extra. —Bueno, algunos no tenemos otra elección —se encogió de hombros ante el comentario ajeno. —Si a ti no te gusta, ¿por qué lo haces? ¿Por qué no te quedas aquí cuando esto termine? —no buscaba incriminarlo, sino tal vez resolver algunas dudas sobre las costumbres de los menos afortunados. —Mira, admito que poco sé sobre los commoners, pero imagino que tienes esa prerrogativa —mantuvo el foco en Alfie y le dedico una amplia sonrisa a su último comentario. —Bold move, dude. Me gusta. Pero ya sabes que no depende de mí —soltó, entre risas, mientras presionaba de manera suave, pero firme, los hombros del contrario. —Anda, entonces. ¿Nos reunimos en el estanque? Yeah?
—Cá-lla-te —acompañó cada sílaba depositando una intensa palmada en los brazos del contrario. Sus ojos, cómplices, buscando los de Alfie, brillando con la expectación de una buena, suculenta y despiadada crítica. No lo decía de forma literal, por supuesto, lo que buscaba era dar a entender, a su modo, que estaba totalmente de acuerdo con él. —Y tú sabes que a mi me encanta la cocina de estas latitudes... ¡Pero no logro descifrar qué era lo que pasaba con el plato de fondo!
al notar que su despiste lo había llevado hasta su príncipe irresponsable favorito, alfie rió con ganas. el gesto del contrario solo hizo que sus ojos brillaran con más intensidad que antes. ' bueno, qué quiere que le diga, su alteza, ' acotó con ironía, entrecerrando los ojos mientras sonreía socarronamente al decir lo último. ' amigo, lo que pasa es que la cocina estaba hecha un lío porque el chef... ' y se acerca más al príncipe de canterbury, haciéndole señas para poder hablarle en su oído. ' y no le digas a nadie, ¿está bien? pero el chef estaba borracho, hombre. te juro. y uno en la cocina se debe jugar todo, ¿entiendes? entonces fui e intenté sazonar y jugar bien mi papel; porque los proletarios también debemos dejar bien en alto el nombre de canterbury... y no te imaginas lo que pasó después. ' alfie hace una pausa dramática, agarrando a henry de los dos brazos mientras lo miraba con los ojos chispeantes de diversión. ' este chef va y se cae encima de todo. y eso, para mi, fue lo último. no le digas a tus hermanas, pero eso fue la gota que rebalsó el vaso, por lo que me frustré y me fui. no puedo trabajar en un lugar así, henry ' resopla, fastidiado ante la idea de tener que seguir al lado de gente que no respeta el maravilloso arte de la cocina. ' pero ya va, quizás lo den de baja y puedo reemplazarlo mientras consiguen a otro chef de velmora. '
El entusiasmo del contrario bastaba para encender todas las antenas en su cabeza. Entregándose de lleno al cotilleo, se inclinó levemente para poder oír de mejor manera las palabras del chef, apoyándose en él con una de sus manos. Su rostro acompañando magistral —y, tal vez, exagerada—mente cada una de las partes del relato. Asintiendo de forma enérgica cuando él lo pide, en un gesto juramental de que que el secreto del contrario estaría a salvo con él, abriendo los párpados ante la gran revelación y buscando nuevamente el contacto visual con Alfie, mientras se aguantaba la risa, en una expresión clara que, sin palabras, lograba transmitirle al otro sus pensamientos.
Finalmente, retrocede de vuelta a su posición, sin romper el contacto visual, y sin que la sonrisa en su rostro se borre. —Uff... —resopla—, lo único que podría haber hecho mejor esta historia —deja que la idea se suspenda unos segundos, negando con cada palabra—, sería que me hubieras comprado una cerveza primero.
La risa escapándose a borbotones de sus labios mientras realizaba la propuesta lo debilita, por lo que todavía con una mano firme en el hombro de Alfie, utiliza la otra para sostener su abdomen. —Ay, hombre —comenta entre lágrimas de risa, secándolas con la parte de atrás de sus dedos. —¡Apuesto a que tú lo hiciste tropezar para quedarte con el puesto!
La reacción de Britta no fue lo que esperaba. ¿Dónde estaba la explosión, el drama, el secreto? ¿Y qué tenía él que ver con todo eso? Cuando la tuvo tan cerca como para notar cada una de las arrugas en su frente empezó a caer en cuenta de lo que estaba pasando. ¿Será...? —Trae —luego de que el papel le había dado un par de veces en el entrecejo, lo arrebató de las manos de su hermana. Tenía que asegurarse. —De cerca te ves pésimo, por cierto. ¿Cuánto has estado durmiendo? —preguntó, medio en serio y medio para provocarla, mientras desdoblaba la lámina. Al revisarla, la reacción ajena le hizo un poco más de sentido. —¡Ey, qué coincidencia! Este es...—La sonrisa en su rostro se desdibujó rápidamente mientras sopesaba las implicancias de decir la verdad y aceptar ser el genio detrás de la jugarreta, siendo que no tenía gana alguna de que luego Britta fuera y lo acusara con su madre y tuviera que explicar y lo terminasen enviando a reuniones y, en fin, se arme toda una cosa. Mierda, esto sería tan distinto si Ophelia fuese la que se topó con el desgraciado papelito. Seguramente ella sí apreciaría lo profundamente cómico de toda la situación. Seguramente... hm, seguramente, no le importaría defenderlo. Lo había hecho otras veces, ¿por qué ahora sería distinto? —...Justo como el que me mostró Offie —bien, eso debería bastar. Sostuvo la mirada de la mayor mientras sus labios se curvaban nuevamente, esta vez, con extrema satisfacción por haber zafado airoso de su enojo.
Bastó con presenciar la caída en picada de la sonrisa en el rostro de su hermano, para sentenciarlo culpable de una buena vez para sus adentros. No era su primera vez en el ruedo con las excentricidades de Heinrich y por lo visto no serían las últimas durante las celebraciones del pacto... Ojalá Dios le brindase sabiduría, porque de brindarle más fuerza, bueno, no sería un rato agradable para el menor de la casa Lancaster.
"Sabes, kleine Henry, si hay algo que admiro de ti, es cómo siempre te inclinas por la peor decisión sin importar en qué posición te encuentres." Fuesen palabras de aliento o decepción, de sus labios no salió ni un sólo pensamiento que no creyera verdadero. Así lo percibía ella, al menos. Detrás de la alegría de Madre por su primer hijo varón, detrás de su título de príncipe y su carácter carismático, Britta nunca dejó de verlo como un muchacho que nunca tuvo la obligación de madurar.
A sus ojos, nunca tuvo la necesidad de hacerlo.
Un resoplido no tardó en hacerse presente. "Y ya que Offie no está aquí, ¿por qué no eres un buen hermano y devuelves su deseo al fuego?" Devolvió y, aunque en sus labios una sonrisa se posara, ésta estaba lejos de se expresar felicidad. Su brazo entonces rodeó los hombros de su hermano en un abrazo que, a lo mejor, estaba resultando un poco brusco. "Ahora menos que nunca hay lugar para errores. ¿Sabes qué fue de la vida del Duque de Müneford después del último pacto? Ese que se emborrachó tanto que terminó vomitando sobre mamá en la fiesta de cierre."
Aquí vamos nuevamente. Lo lamentable es que, a pesar de su intento, no haya podido escapar de la pesadez de su hermana. No importaba que se lo creyera o qué tan buena haya sido su performance, lo primordial era zafar de, justamente, lo que estaba pasando entonces. Respiró profundamente, su rostro tiñéndose de hastío, con los labios estirados y sosteniendo la mirada, desafiante, sobre los ojos de Britta. Resolvió no seguir siquiera intentando convencerla de que él no tenía nada que ver con el papel, que ciertamente era una bromita inofensiva, sacada de proporciones por la heredera experta en el tema… y la dejó hablar. Su peso alternándose en cada una de las piernas, y agitando una de sus manos en el aire en círculos, invitándola a que continuara, a que supiera que él tenía todo el día para estar ahí oyéndola, asintiendo de vez en cuando para hacerle saber lo totalmente en desacuerdo que estaba con sus palabras. Ese pequeño mundo al revés de ellos, sería quizá ajeno para cualquiera que los observase de lejos, pero sus nimiedades seguramente serían percibidas por la mayor. Ella entendería. Al sentirse rodeado por los brazos de su hermana, el aire que llevaba conteniendo se escapó por su nariz, más cercano al resoplo de un potro que a un suspiro. Arrugó entre sus manos el deseo y lo depositó bajo la solapa del saco de su hermana, arropado entre sus pliegues. —Por favor, Schwesterherz, dame algo de crédito —rompió, al fin, su silencio. Sus palabras desbordando ironía. —El Duque de Müneford era un borracho holgazán, torpe y descuidado —continuó, pausado, acariciando suavemente los dobleces de la chaqueta, como si estuviera intentando plancharlos con las manos, con una suavidad inconexa a la irritación que hervía bajo su piel. —Yo tengo claro dónde está el baño. Podré vomitar sin la necesidad de ensuciarle los zapatos a nadie.
—Mi teoría es que tiene que ver con el hecho de que estamos rodeades de gente anciana —explicó, tomando la conversación como una invitación a sentarse junto a la mujer, mientras sacaba una cajetilla de su bolsillo. —Anciana y verklemmt as fuck, ¿Sabes? ¿Verklemmt? —su nariz arrugándose con desdén y sus manos extendiendo la cajetilla hacia la desconocida, esta vez, iniciando él la invitación.
"Oh," soltó Ammu, pensando en la gente que les rodeaba. ¿Se referiría a la servidumbre local? ¿O...? Porque, si pensaba en el resto de los monarcas... era imposible considerarlos viejos, mucho menos ancianos. "¿Qué significa... esa palabra que me acaba de decir?" ¿Y por qué sonaba como un insulto? ¡Ni siquiera se atrevía a repetirlo frente al príncipe! Así y todo, acabó riendo. Dudó un poco, pero terminó aceptando un cigarrillo. "Así que... usted piensa que debemos culpar a la gente anciana." Parecía estar meditándolo, asintiendo con lentitud. "¿Tiene malas experiencias? Si me permite preguntar."
Dedicó una mirada de unos segundos a la mujer, parpadeando reiteradamente, incrédulo. —¿Qué? —consultó, sus labios esbozando una leve sonrisa. —No, yo... lo que quiero decir, es que muchos aquí se comportan como ancianos. Lentos, amargados, tediosos... —explicó, encogiéndose de hombros. —Verklemmt, aburridos. En extremo... —se detuvo unos segundos, buscando la manera de describir lo que apuntaba, sin dar paso a nuevos malentendidos. —Serios, ¿no crees?
' disculpe, necesito su opinión sincera. ¿cree que el banquete estuvo insípido? ' preguntó sin darse cuenta a quién hablaba, ya que solo buscaba quejarse sobre el chef y la cocina real de velmora.
—Cá-lla-te —acompañó cada sílaba depositando una intensa palmada en los brazos del contrario. Sus ojos, cómplices, buscando los de Alfie, brillando con la expectación de una buena, suculenta y despiadada crítica. No lo decía de forma literal, por supuesto, lo que buscaba era dar a entender, a su modo, que estaba totalmente de acuerdo con él. —Y tú sabes que a mi me encanta la cocina de estas latitudes... ¡Pero no logro descifrar qué era lo que pasaba con el plato de fondo!
"¿...Y qué es lo que hace la gente aquí para divertirse?"
—Fuck if I know... —Llevaba todo el día (unas tres horas, aproximadamente, descontando el break que se tomó en medio del discurso del Sultán) haciéndose la misma pregunta, sin encontrar aún una respuesta satisfactoria. —¿Alguna idea? —indagó, básicamente buscando el empujoncito que necesitaba para mandarse a cambiar por un par de horas.
La mueca en su rostro se pronunciaba con cada una de las palabras de la mayor. No es como que necesitase el permiso de Britta para hacer de las suyas ni mucho menos, pero el placer que acompañaba haber contribuido, aunque sea de forma ínfima, a corromper levemente su ética monárquica, sumado a la creciente expectación por el jugoso contenido de las palabras envueltas en ese papel, eran combustible suficiente para complacerlo. No esperó más para recoger la lámina con una elegante reverencia, sosteniéndola cuidadosamente entre sus dedos medios, y luego extendiéndola en dirección a su hermana, ansioso por conocer su contenido. —El honor es todo suyo, mi lady —bromeó.
Las ansias ajenas por un momento la hicieron dudar. De alguna forma, el hecho de que justo un solo deseo hubiese quedado por fuera, que justo el menor estuviera allí por obra y gracia de Dios y que justo estuviera incitándola a romper las reglas (¿o tradiciones en este caso?), comenzaba a olerle extraño. Ella, siendo la mujer que era, no creía mucho (o siquiera) en las coincidencias.
Aún así, abrió la pequeña nota. En éste no había un deseo, pero sí el mísero dibujo de un pene.
Tal vez no debió recoger ese papel. O escuchar a Heinrich en primer lugar.
No se mostró molesta (aunque lo estuviera), pero tampoco soltó risa alguna. En su rostro se había pintado algo más parecido a una mezcla de decepción y poca sorpresa. Aunque intentara negarlo, lucía más que nunca como su madre. "Heinrich." Habló por fin, después de un pesado suspiro, con voz grave. Se llevó las manos hasta detrás de la espalda e inclinándose lo suficiente como para invadir el espacio personal de su hermano, retomó: "Dame una razón válida para creer que esto" el papel con el que ahora estaba pegándole a él en la cara, "no te pertenece. O acéptalo y tíralo tú mismo al fuego. No me interesa."
La reacción de Britta no fue lo que esperaba. ¿Dónde estaba la explosión, el drama, el secreto? ¿Y qué tenía él que ver con todo eso? Cuando la tuvo tan cerca como para notar cada una de las arrugas en su frente empezó a caer en cuenta de lo que estaba pasando. ¿Será...? —Trae —luego de que el papel le había dado un par de veces en el entrecejo, lo arrebató de las manos de su hermana. Tenía que asegurarse. —De cerca te ves pésimo, por cierto. ¿Cuánto has estado durmiendo? —preguntó, medio en serio y medio para provocarla, mientras desdoblaba la lámina. Al revisarla, la reacción ajena le hizo un poco más de sentido. —¡Ey, qué coincidencia! Este es...—La sonrisa en su rostro se desdibujó rápidamente mientras sopesaba las implicancias de decir la verdad y aceptar ser el genio detrás de la jugarreta, siendo que no tenía gana alguna de que luego Britta fuera y lo acusara con su madre y tuviera que explicar y lo terminasen enviando a reuniones y, en fin, se arme toda una cosa. Mierda, esto sería tan distinto si Ophelia fuese la que se topó con el desgraciado papelito. Seguramente ella sí apreciaría lo profundamente cómico de toda la situación. Seguramente... hm, seguramente, no le importaría defenderlo. Lo había hecho otras veces, ¿por qué ahora sería distinto? —...Justo como el que me mostró Offie —bien, eso debería bastar. Sostuvo la mirada de la mayor mientras sus labios se curvaban nuevamente, esta vez, con extrema satisfacción por haber zafado airoso de su enojo.
A pesar de que el llamado ajeno no le fue indiferente, mantuvo su paso dando a entender lo contrario. ¿Cómo abordar la situación? Pagar por el daño sería la primera opción, pero su sencillez la volvía poco apetecible si lo que quería era un rato de diversión. Y es justo lo que quería. Calculaba, además, que su escapatoria podría aguantar sólo unos cuantos metros más antes de comenzar a llamar demasiada atención, por lo que disminuyó el ritmo cuando se topó con una habitación familiar. En sus variadas visitas a Brumavia había visto ese tipo de habitaciones en ciertos palacios en extremo lujosos, por lo que era de esperar que el de Asteri no sería la excepción. Con cautela, recorrió las 3 partes del cuarto para dar con lo que estaba buscando y... ¡Bingo! Al fondo, en la última sección, se encontraba una alberca hexagonal, su nuevo escondite. No lo pensó. Rápidamente se desvistió hasta quedar en ropa interior, medio ocultó su atuendo con las telas que, en su experiencia, servían para cubrirse al pasar de una habitación a otra, y se sumergió en las cálidas aguas del baño. Si cerraba los ojos podía, incluso, olvidar que estaba en Velmora con una responsabilidad, y que había roto una reliquia o lo que sea, y que lo estaban persiguiendo por el palacio y... bueno, cosas sin mayor importancia.
Deniz se imagina las mil y un situaciones en las que podría terminar aquel evento. Todas coincidían en un detalle específico: Su propio despido. ¡Y es que no tenía cómo demostrar que no había sido él! Además, sería más fácil aplacar la ira de un monarca deshaciéndose de un simple guardia que canalizándolo con un jodido heredero. Excelente, Deniz, tenías un solo trabajo.
"Su alteza, sólo quería hacerle una pequeñísima pregunta—" se le escapa una risita incrédula cuando detiene los pasos en el marco de la habitación donde ha visto al otro ingresar. ¿Sería adecuado continuar siguiéndole el paso? ¿Estaría violando la privacidad de alguien? Es que, sinceramente, encontraba inverosímil que no haya escuchado su llamado hasta ese punto. "¿Me permite entrar? ¿Hoooola?" Estira una de las sílabas mientras un pie le lleva adentro, luego el otro, pero sólo es recibido por el eco de su propia voz y la lejana vibración de un cuerpo de agua. ¿Un goteo? El aire se percibía denso y húmedo, un clima al que, si bien estaba acostumbrado, no fallaba en perlarle la frente bajo el cabello. "Príncipe Henry, disculpe la molestia pero..." Y parece que no ha sabido detenerse a tiempo pues su vista termina posándose sobre un cuerpo flotando, a poca distancia de su posición. Intentando respetar su privacidad (¡hah! ¡buen chiste!) se gira con rapidez, postura erguida y mentón altivo. "Perdóneme, no he querido importunar su tiempo a solas. Sólo quería saber si, de su parte, había visto cómo se había quebrado el, uh, jarrón del pasillo..."
Había pasado unos segundos sumergidos, desde donde podía oír el distante y, debido a todo el tema de estar bajo el agua, ligeramente distorsionado vaivén de pasos y preguntas que provenían desde fuera. La risa que le provocaba la imagen del guardia buscándolo frenéticamente lo obligó a salir a la superficie un tiempo. No mucho, eso sí, pues en cuanto notó cómo la voz del hombre se acercaba cada vez más, regresó a su posición y a planear, nuevamente, sus pasos a seguir. ¡Toma eso, Eichcaster Tribune! El príncipe ha demostrado ser un estratega igual de adecuado que otros Lancaster previos a él.
Maldiciendo la cortesía de las patrullas Brumavianas y su gentileza en utilizar el idioma de Canterbury, concluyó que estaba totalmente descartado hacer que de pronto no comprendía las palabras del hombre. ¿Qué hacer, entonces? Dejó el silencio extenderse todo lo que sus pulmones aguantaron mientras se mantenía flotando sobre su estómago. De pronto, generando una gran cantidad de burbujas al dejar salir todo el aire que había estado guardando en sus pulmones, para enderezarse rápidamente, salpicando todo a su alrededor, y recostarse en los bordes de la alberca.
—Se ve cansado, capitán —las sutilezas propias de la milicia Brumaviana eran un misterio para él, por lo que se inventó el cargo. —¿Por qué no se olvida del jarrón y descansa un rato? —preguntó, curioso de hasta dónde llegaría la calma del contrario, y testeando aún más sus límites lanzándole agua con un suave movimiento de sus brazos. —Prometo no decirle a nadie... Y yo ya me iba, en todo caso.