LA VIDA COMO SUICIDIO COTIDIANO
Por: Sebastián Garaviño *
Escribiré desde el vacío que en ocasiones afronto producto de pequeños viajes realizados en la ciudad. Será un escrito cotidiano, a veces desde una ventana, en plena hora pico y últimamente muy lluvioso. Otras ocasiones en bicicleta, escuchando el viento de problemas ajenos, y ahorrando tiempo hacia los destinos. También escribiré con pasos, entre caminos y almas, y ojalá entre amaneceres y Luna llena.
Trazaré el escrito con tinta permanente, porque espero que al leerlo no pueda borrarse con facilidad. Les cuestiono, ¿qué le preguntan a la cotidianidad? No sé ustedes, pero yo soy un intenso. Antes de la ducha ella me evita, ya que las pocas horas de sueño hacen su efecto al colocar mi mente y cuerpo en solo querer volver a la cama. Pero no, inicia el nuevo día. Hecho el esfuerzo por levantarme, la ducha despierta sentidos que seguían de siesta, y comienza un duelo con la cotidianidad: cuestionarla. Saltaré detalles, y avanzaré.
En un primer suceso está el camino hacia la parada de bus (corto cuando voy tarde; largo cuando el tiempo es amigo). Sin falta, veo el rostro que se evidencia día a día con su mirada de angustia, con su afán caminar. Es él, el tiempo perdido. Siempre va a la sombra, pero no detrás, sino en los pasos. Siempre se ve distante, parece pasado.
Al rato, llegan los autos. Reflejan soledad. En ocasiones, puedes ver en su velocidad el ritmo de la vida, el temor de una sombra que domina tus pasos. Van personas, claro, pero se ven los vacíos, se refleja que no hay charla, se observa un niño y su computador.
Detengo la ruta, y me subo al bus. Depositado el dinero, me dirijo a buscar asiento. El lugar está medio vacío (¿o medio lleno?). Antes de dirigirme a la ventana de la parte trasera del bus, observo dos o tres rostros. El primero, una joven que va tarde a su colegio y, según detallo, está estudiando para una posterior evaluación. El segundo, un ejecutivo rostro, maquillado y con un cabello bien cuidado; se ve tranquila. Y el tercero, un rostro que reconozco, es un joven universitario, compañero de clase, y va tarde. Vamos tarde, todos.
Estando sentado busco los audífonos –quiero, del mundo: perderme. Avancemos.
En un segundo evento están los mismos caminos, pero ya no en el interior de los buses. Ya las miradas se dan más cercanas, ya el joven transita vía a buscar la compañía de los aires problemáticos. Una bicicleta, y otra mirada de cotidianidad. El esfuerzo es más propio, ya no es objetivo perderme del mundo, ahora buscaré integrarme. En el camino no le observo, ¿qué habrá pasado con el tiempo perdido? Quizás, la respuesta sea domingo. Las calles están más despejadas, y el aire no respira estrés ni lamentos. Eso sí, ya no son los autos, sino las casas quienes son testigos de la soledad.
Es particular, pero el rostro que me integra evidencia más felicidad en bicicleta que en una buseta, ¿por qué? Quién sabe, yo digo que es porque me muevo, y así, siento el ruido de las cadenas que conmigo llevo, y consecuente con esto, se generan en mí los cuestionamientos a la cotidianidad.
Algo curioso, fue la ocasión cuando la bicicleta me hizo la invitación de recorrer el camino en medio de la tempestad de una lluvia mañanera. El transitar la vía era más difícil, pero no por charcos o por el temor a mojarme. No. Era difícil porque la gente cambia, ya no es solo el día quien se dibuja de gris, también las personas y los lugares pierden su color. Siendo incauto, evidencio que la lluvia se vuelve sinónimo de autos y hogares, antes representados en soledad.
Quizás en un futuro, cuando la cotidianidad me brinde respuestas, el moverme en la bicicleta será locura, será detalle, y será evidencia de otro camino por recorrer. Avancemos.
Se da el tercer hecho, ya el tiempo es más pausado, ya logro tener pleno control. Recorro el mismo camino, ¿pero saben qué fortuna tengo conmigo? Puedo dedicar el tiempo que yo desee a ver el paisaje, puedo amar más el amanecer de un nuevo día, la Luna llena de una romántica noche. Siento más mi cuerpo, y evidencio cómo mis pies se relacionan con la tierra. Surgen recuerdos, ¿será más lo que se ha caminado que lo que ha recortado entre nosotros?
Cuestionemos la cotidianidad, ¿qué relación tienen con su vida? ¿Qué tiempo le brindan al tiempo perdido? ¿Qué le preguntan al ayer? Antes, quiero que orienten las respuestas ante los tres eventos que les he presentado, posteriormente les pregunto: ¿tu vida viaja en bus, en bicicleta o camina contigo? Eliminemos el pensar esos tres sucesos como el tránsito cotidiano a sus lugares de destino. Son estados de consciencia, de cómo se están pensando el mundo, el tiempo y lo que les rodea, ¿qué respuesta han obtenido?
Convivimos a diario con toda clase de personas, con diversos mundos y maneras de pensar, pero resalto que la cotidianidad pocas veces es cuestionada por nosotros, y por tal motivo es que recomiendo el movernos, porque si no hacen ruido las cadenas, seguiremos esclavos del tiempo perdido y éste controlará pasos y sujetos. Hemos avanzado en el tiempo, por caminar dibujando nuevos horizontes. Bien dice Eduardo Galeano: “la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”
Por último te invito a que te tomes la vida con los siguientes ingredientes: ¡Sonríe! ¡Vive! ¡Intenta! ¡Ama! ¡Busca! ¡Acepta! ¡Entiende! ¡Sueña! ¡Cree! ¡Espera! ¡Llora! ¡Lucha! ¡Descubre! ¡CAMINA!
*Estudiante de Psicología. Universidad Surcolombiana.