El hombre de los shorts de mujer
Se llamaba Rafael. Este hombre, introvertido, no era precisamente extraordinario. Lo era, su lado extrovertido. Extravagante. Ejecutivo. Rafael vestía de traje y cuando no eran días de oficina ni días etiquetados, vestía de pantalones, o de shorts, dependiendo del tiempo. Caminaba cotidiano, entre la gente. Si lo veías, tendrías que haberlo reconocido para notarlo. Eso sí, era reconocible, pero no era precisamente destacable.
Un día Rafael me pidió que lo acompañara a comprar ropa. Yo lo acompañaba a donde él pidiera, pero ese día, pidió que lo acompañara a comprar ropa. A mí no me gusta acompañar a la gente de compras. Odio las compras. Por lo menos las presenciales. Me gustan las compras en línea y las compras que no ameritan probador ni discursos sin conclusiones ni recomendaciones objetivas del vendedor.
Caminábamos entre pasillos y con su mirada, seleccionaba. Yo no entendía por qué seleccionaba sin tomar la ropa. Después, en la segunda vuelta, recolectaba la ropa que había seleccionado. Entonces entendí que la primera vuelta sólo tenía el propósito de poder, posteriormente, en efecto, recolectar. No recuerdo la última vez que de hecho recolecté algo. Es una actividad que nunca realizo. Y al darme cuenta de que probablemente era la primera vez que recolectaba algo no supe si lo disfrutaba o no. En primer lugar me pareció absurdo, nos hubiéramos podido ahorrar la segunda vuelta si hubiéramos tomado la ropa conforme le iba gustando y así también hubiéramos ahorrado el ejercicio mental de andar recordando en dónde estaba cada pieza que le gustó y el estrés de no saber si a la mera, nos olvidamos de algo. En un segundo momento, pensé que como toda nueva experiencia, debía aprovecharla y meditar al respecto. Quién quita, a lo mejor era buena idea y yo un día la repetiría. Me sentí como un agricultor, o un obrero, estaba haciendo un trabajo tan mecánico que no sabía si venía acompañado de humildad. En un tercer momento pensé que a lo mejor era una seña distintiva, de clase, de premeditación, de autocontrol de la cual yo carecía y por eso no la comprendía.
En el proceso de selección aparecieron, frente a nosotros, unos shorts que puedo bien calificar como de mujer. No eran unos shorts de corte femenino, de hecho estaban bien puestos en la sección de caballeros. No eran cortos, no eran entallados, no eran a la cadera, eran de corte masculino. El color, azul. Pero eran, lo juro, unos shorts de mujer. Era un azul de mujer. Rafael los toma y me dice: "¿Y éstos? ¿o te parece que son… de mujer?" Me empecé a reír, sí me lo parecía. Los dejamos, pues estábamos en la primera vuelta.
Concluimos la primera vuelta, empezamos la segunda y yo no podía dejar de pensar en los shorts de mujer. Le decía: "Rafa, pero ¿no te va a dar pena que alguien diga que son shorts de mujer? Imagina esta historia: estás tú, con tus shorts de mujer puestos, en un país extranjero tan lejano, que la gente habla en español con toda la libertad del mundo, sabiendo que nadie a su alrededor los entiende, y alguien menciona, a tu lado: '¿ya viste al señor de los shorts de mujer?' ¿Qué vas a hacer? ¿vas a reconocer que sabes español y que sabes que se refieren a tus shorts? ¿vas a disimular que no entendiste? ¿vas a voltear la situación para que el hablahispano libertino le dé pena su atrevimiento?" Él me decía: "Lo que pasa es que tú quieres que los lleve para que ninguna se me acerque." Y sí, sí quería que se los llevara. No había pensado en el efecto colateral de asegurar que ninguna se le acercara. Lo que quería es que los tuviera puestos. No para reírme de él, sino para inspirar esta historia.
En la segunda vuelta, para mi suerte, Rafael recolectó los shorts, se los probó y los compró. No se los vi puestos. Pero me lo imagino vestido con ellos y le deseo. Yo siempre le deseo, pero en esta imagen, le deseo con más fervor que de costumbre.
Rafael se llevó sus shorts. "Son para Grecia", me dice cuando le pregunto si ya por fin se los puso, que si me manda una foto en ellos. Yo no puedo esperar a Grecia. Me muero de ganas. Conozco los shorts, lo conozco a él, conozco cómo se ve en shorts y aun así muero de ansias por vérselos puestos y una vez que pase eso, entonces no podré contar los días para vérselos puestos en persona.
Conozco sus muslos, son anchos, y me prende la manera en que quedan más expuestos cuando con shorts, se sienta. Cómo se revelan, cómo se desnudan hasta su ingle y cómo ahí, arrimados al extremo, no pueden encogerse más y entonces quiero meter la mano para sentir lo que el bulto de los shorts ya no permite que yo vea.
Y así va a usarlos, en otros lados, frente a otros ojos los shorts de mujer. Yo tengo tantas ganas de la imagen, que si cualquiera de los escenarios que a mí se me ocurrían, en burla, o los de él, en los que lo boicoteaba, se volvieran realidad, bien los valdría con tal de concederme esa imagen. Yo quiero esa imagen de por vida. El hombre con los shorts de mujer, el de los muslos masculinos, trae, en su maleta, "para Grecia", mi castidad, mi compromiso y la imagen de mis días.


















