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Hay un pasado que se fue para siempre, pero hay un futuro que todavía es nuestro y al final unos pequeños números de la suerte. En su momento no entendía la fortuna, pero al final del día ver tu sonrisa hacia que valiera la pena todo. Trataba de imaginar que esa sonrisa era una señal del futuro feliz a tu lado, ahora veo que era solo otro de mis escapes de esta realidad nuestra; esta realidad en la que a veces parecemos vencidos por los destiempos, la distancia, y el silencio que lo dice todo.
Me recosté, y con la mirada perdida en el techo, como buscando un cortometraje del tiempo, comencé a pensar en nuestro pasado que se fue. Y así fue como me di cuenta que sí me enamoré de ti, de nuestro inicio, de la improbable casualidad de atraernos, de las miradas y las mejillas rosadas cuando nadie nos veía, del deseo constante, de la ansiedad por ver más allá en el otro, de la curiosidad de saber a dónde llegaríamos. Entre otras cosas de las que parece que ya has tenido suficiente.
En este punto ya no sé como será ese futuro nuestro. Tal vez nos convirtamos en una de esas reliquias que, aunque deterioradas, es imposible no mirarlas con admiración y darles una ofrenda de un elogio por lo que fueron alguna vez, quizá un futuro pasado que te avergüence, o tal vez seamos ese caso particular en el que como un fénix morimos y renacemos, que sin importar cuánto muramos volvemos más poderosos, más inteligentes y más fuertes, y así ser el ellos lo lograron de toda la gente.
Ya no sé si eres tú, si soy yo, o si somos ambos. No sé en dónde está el signo que desbalanceo nuestra ecuación perfecta. No sé si mi todo, te pareció demasiado de lo que te ha hastiado.
En fin, ya que últimamente me niegas tu ser, me preguntaba si te molestaría que tuviera sexo con otro.
Te miro dormir y siento que eres la persona más linda del mundo, aunque en este momento tengas la expresión enojada, probablemente por mi intensa manía de tocarte el cabello. Tengo miedo de que te despiertes y me preguntes qué hago. Tengo miedo de que me lo preguntes porque realmente no sé qué hago tocándote el cabello hace más de media hora. Creo que es una necesidad, ya sabes, la de tocarte, digo. Es como si el cuerpo me doliera si no lo hago.
Te miro dormir y siento que eres la persona más linda del mundo. Yo sé que no conozco todo el mundo, pero tampoco me hace falta. Una puede percibir bastante el mundo sin conocerlo. ¿Viste esos días en los que te levantas triste y no sabes decir la razón? Bueno, yo estoy segura de que es el dolor del mundo que cada tanto nos cuela en los huesos. El dolor es tan fácil de sentir. Con el amor la cosa es un poco diferente. Difícil, sí, tal vez. Porque los malos momentos vienen solos y de repente, pero el amor se construye y lleva tiempo. Debe ser el amor el que me hace verte como la persona más linda del mundo, aunque no lo conozca. Al mundo, digo. Del amor escuché algunas cosas, sabes.
Que duele. Que es mutuo. Que si no es mutuo, se parece al amor, pero es otra cosa. Que se termina, a veces. Que te da sensaciones raras en la panza. Que nunca te completa, pero sí te parte. No tiene buena fama el amor, pero todos lo buscan.
Te miro dormir y siento que eres la persona más linda del mundo. Y que si no lo fueras, igual te elegiria para dormir a mi lado, por hacerme sentir lo que siento. Queda cursi. Pero a veces hay que ser cursi, digo. Porque de todas las millones de personas que están existiendo, tú eres el que me moviliza. Y en este momento, ya sabes, ahora, digo, sigue habiendo enfermedades, guerras, muertes, balas, policías reprimiendo, políticos estafando, personas robando cosas que no querían robar, personas disparando a personas que no querían ser robadas, sigue habiendo personas secuestradas, y millones y millones de hombres y mujeres infelices, asfixiados en una vida que los va a matar de angustia, si no es que los y las matan antes las pastillas que consumen para tapar esa angustia. Sigue habiendo corrupción, xenofobia, pedofilia, homofobia. Sigue habiendo injusticias. Sigue habiendo todo, pero te miro dormir y yo me olvido. Por un rato, el mundo se vuelve un lugar habitable. Para ser honesta, hermoso. Hasta pienso que quizás tu ceño fruncido no sea producto de mi insistencia con tocarte el cabello sino la manera inconsciente que tienes de estar en desacuerdo con lo horrible del mundo. Y sonrío, triste. Me pregunto cómo haces tú para olvidarte un rato del mundo cuando no tienes la suerte, la increíble suerte, de verte durmiendo
Era ella siempre el párrafo inicial, la expectativa de lo que vendría tras cada línea escrita. Era él la armonía de las palabras, las gotas de romance que caían sobre el papel. Les encantaba dejar páginas en blanco para volver loco al lector, para ocasionar conflictos que al final nunca encontraban solución.
Ella.
Corrió. Corrió con toda la fuerza que le proporcionaban sus piernas, corrió entre mechones de cabello que le impedían la vista, corrió entre multitudes y estragos, lo hizo con una pesadez en el pecho que nadie puede soportar, sabía perfectamente a dónde iba, pero no quería llegar jamás.
Todos lo hemos hecho, hemos corrido cuando no podemos hacer otra cosa más que huir. Correr, caminar, ir a gatas, el fin es siempre el mismo: sacarlo todo desde adentro, dejar en el camino las raíces, la primera letra de la primera página, la absurda dedicatoria, el torpe inicio.
Pero ella era diferente, ella no paró cuando hubo al fin terminado con las hojas, no paró cuando sus piernas hirvieron en cansancio, no se detuvo aunque comenzara a deshacerse. Estaba segura que en el camino quería dejar hasta las entrañas, todo aquello que sirviera de pista para encontrar de nuevo a aquel personaje que de una forma u otra le brindó la calma en los primeros capítulos, antes de las páginas vacías y las frases a medio terminar.
Fue la única en llegar al final del camino, al vacío, a la nada...llegó en pedazos, desarmada, sangrando por cada poro de su piel, vociferando su nombre y maldiciendo deidades.
Entonces lo vio. Lo vio al principio de su recorrido, justo del lugar donde había partido, lo miró a los ojos y lo encontró tan encantador como siempre, con su sonrisa despreocupada y las manos llenas de tinta, de letras y pies de página.
No quería regresar, quería quedarse ahí y resbalar al precipicio que la aguardaba, quería tomar otro camino y que las personas se llevaran entre las piernas la historia que ya había hecho trizas a lo largo de su recorrido, pero no pudo, ella sabía perfectamente que en cada arranque de locura, entre cada día de histeria bajo el odioso rayo de sol menos encontraba el punto final de aquella historia sin compás.
Y regresó poco a poco, recogiendo a lo largo del sendero partes de ella misma, cubriéndose de nuevo con el velo del miedo, llenándose los ojos con aquellas ganas enfermizas de amar, levantando del suelo páginas llenas de tierra y sangre.
Lo hizo despacio, fijándose dónde colocaba sus pasos y poniendo atención a todas aquellas cosas que había ignorado antes, notó la cantidad de sombras que la seguían, fantasmas y excusas, gritos desesperados de advertencia.
Cuando al fin lo tuvo de frente volvió a perderse dulcemente en el camelo de su sonrisa que llenaba de matices cada verso, y supo desde ese instante que aquél amargo capítulo volvería a repetirse.
Tuvo la certeza de que aquella era una de las historias más perfectas jamás escrita, una de las más sombrías y mejor calculadas, una de esas historias que cambian, se transforman, se congelan y derriten con cada suceso, esas historias con un millar de comienzos pero que jamás, nunca jamás encuentran un final apropiado, aquellas historias que si alguna vez mueren lo hacen inconclusas, con heridas y suspiros, coplas de amor y cicatrices sangrantes.
Ustedes y yo nos convertimos en simples lectores, narradores en el mejor de los casos. Pasamos despreocupadamente las páginas mientras ignoramos detalles y mutilamos palabras que podrían resultar ser una salvación.
Somos distraídos y descuidamos nuestra propia historia por intentar colarnos en aquellas que nos parecen más coloridas, aunque eso implique perdernos en un poco amable mundo de relatos desconocidos.
Yo, en lo personal, no sirvo de ejemplo, mi historia es la viva imagen del caos, pero al menos está llena de amor incondicional hasta en los signos de puntuación.
Al final del camino, desangrados o enteros, con cicatrices o heridas, somos únicamente historias y morimos con los finales.
Ansío, desvarío por tener tu cuerpo.
En mi mente te invoco y cierro los ojos para verte de cerca. Emulo tus manos, que semejan los instrumentos del cartógrafo: Recorren cada línea de mi cuerpo que parece evaporarse en el ardor de tu ausencia, mis dedos se acercan al detalle de mis pliegues, examinan con escrutinio mis montes y marcan rutas hacia los valles. Hago ese movimiento -con los dedos índice y medio- que me enseñaste: justo en el epicentro de mi tibieza. Tiemblo placenteramente, fallezco rápido en un suspiro y luego, entre latidos que brotan, en medio burbujas de mi sangre que hierve, renazco y vuelvo a empezar.
¿Qué será de mí si sigo sufriendo de tu falta? ¿Cuánto más tendré que permanecer en el borde de la cama? Porque aquí sigo sentada, como señorita socialité, en espera de que el mundo se rinda a mis pies, oh la lá. ¡Acércate, ven a mí una vez más! hagamos fiesta en la habitación esta tarde. Lancemos susurros repletos de secretos. Flotemos en la magia que irradian nuestros cuerpos al chocar. Tus latidos serán los míos, tu respiración la mía. Tus ojos verán a través de mi piel, muy dentro hasta el corazón y ahí mirándote en el espejo de mis entrañas te reconocerás mío de nuevo.
Este anhelo ha encendido una mecha efervescente de deseo en la comisura de mis labios. En mi pecho ya no cabe el arrebato que me causas. Locamente transformo las horas en días, los días en semanas y luego así extrañándote vehementemente, vuelvo a cerrar despacio los ojos para imaginarte de nuevo; acurrucado en mi pecho envueltos en sábanas de silencio, hermoseando mi cuello, en donde tus besos se quedan prendidos al despertar. Solo así… imaginándote, logro sentirme menos sola en este círculo vicioso que es vivir sin ti.
Siempre te pregunto, siempre dices que no. Lance muchas señales y ninguna te llegó. Fuiste ese beso donde casi no abrí la boca, sabías a Ron y Coca.
Yo pude ser el mar para ti. Pero tú no querías un mar. Querías pequeñas olas inofensivas a tus pies.
Y yo, desbordada, no lo supe ver ni entender, no me contuve.
Es que quería dártelo todo.
Ser infinita para ti. Empaparte, cantarte la vida al oído de día y de noche. Hubiera vendido mi espíritu, mi voz, mis años, mi piel, mi vientre. Yo te lo hubiera dado todo a cambio de poseer tu alma como tú tenías la mía.
Pero tú no respondiste. O respondiste tarde. Y yo contaba cada respiración esperando tu respuesta, tu llamada, mi nombre, algo de ti. Y tú llamabas haciendo bromas, diciendo frases ordinarias, insoportablemente predecibles, frases desgastadas y repetidas, frases de segunda y tercera mano.
Tengo rabia con el mar madre. Porque sé que es su culpa, su maldición.
Tú nunca me pediste que dejara de dormir por ti. Tampoco me pediste que perdiera peso por ti. Tú no me pediste que te dedicara todos mis pensamientos, que cercenara mis piernas. Tú me pedías que te acompañara, que fuera una mujer y que te hiciera sentir, sin lugar a dudas, que tú eres el hombre. Y es que yo quería ser el mar para ti. Pero tú no querías el mar.
Quise ser tu Afrodita, tu Hera, tu amante; tu madre. Yo quería saber de tus horas, de tus comidas, de tu mal humor, de tus noches de insomnio. Quería saberte ordinario y maravilloso. Quería estar en tu vida como natural y no como visitante. Pero tú no quisiste.
Y yo te convertí en mi mundo, en mi padre y en mi hijo, en mi amante, en mi rey y en mi reino.
Y cuando vi que no te diste cuenta de mi desasosiego. Cuando vi que tú dormías mientras yo temblaba, cuando entendí que tú sabías que la vida era vida y no el ser amado, cuando vi tu mirada vacía e incomprensiva ante la furia de mis celos. Cuando te esperé con manjares inimaginables y sólo respondiste con bostezos, siempre desde tu cansancio. Cuando me desbordé, me excedí, te amé, te oré como a un dios, te busqué todos los días y tú respondiste como si no respondieras. Entonces guardé mi mar y me dediqué a contemplarme.
Y con la contemplación y la quietud llegó la cordura. Y con la cordura la conciencia y luego por fin, el frío y la razón.
Yo estoy enojada con el mar porque lo llevo dentro, estoy enojada con el mar de mi madre y de mi abuela. Yo creí en la historia que me contaron sobre los hombres que querían el mar y querían sirenas.
Me equivoqué: viví y sentí mares que quise entregar sin que nadie me los pidiera y me quedé vacía, llena de rabia, sin vientre y con penas.
Los hombres son hombres que quieren mujeres.
Y el mar: el mar no se entrega, no se deja ni se debe ofrendar. El mar sólo es deseo, deseo de amar.
La temporada de lluvias inicia en mayo y aquel era un soleado y caluroso día de abril. En abril no llueve, los días lluviosos son muy particulares e inesperados.
-El que sigue… el que sigue. EL–QUE-SIGUE. ¡¡EL SIGUIENTEEE!!
Se despertó de un brinco y tardó unos segundos en darse cuenta que, en efecto, era ella la siguiente. Tomó su folder lleno de papeles, su bolso que estaba tirado junto a la incómoda silla de esponja azul rey y se aproximó a la ventanilla.
-Perdone, espero que no haya ten…
-Papeles en el orden ya especificado anteriormente, sin tachaduras ni enmendaduras, talón de pago sellado, hágame el favor de retirarle los clips a sus documentos…
¿Era un requisito para atender ventanillas en instituciones públicas tener un pésimo humor y un nulo aprecio por la vida? Porque parecía.
Suspiró hondo y se limitó a seguir al pie de la letra las indicaciones de aquella histérica mujer aparentemente cincuentona, de cabello rojo, lentes bifocales de pasta gruesísima, dientes amarillentos y voz chillona.
El sonido del sello estampándose contra los papeles y el “clac” de la engrapadora retumbaban en su cabeza de manera incómoda. Estaba muerta de sueño, llevaba meses durmiendo mal.
Se excusaba diciendo que era a causa de la tarea o algún pendiente, pero en realidad al entrar en el umbral de la soledad, que abría sus puertas a partir de las ocho de la noche, su cabeza se veía inundada de múltiples recuerdos e ideas desoladoras, la nostalgia le caía sobre los hombros pesadamente y la llenaba de ansiedad.
Los sueños violentos y desgarradores que la despertaban en la madrugada eran frecuentes, a veces eran varios en una sola noche.
-Listo, es todo.
-Gracias, que tenga bue…
-¡EL QUE SIGUEEEE!
Joder, maldita vieja loca, ni cómo ayudarla.
Dio media vuelta y en cuanto alzó la cara y miró hacia los ventanales comenzó a diluviar.
Llevaba puesto un vestido floreado, corto y de tirantes, con unos botines de gamuza. Pronunció su maldición favorita en voz alta, sin darse cuenta: “Vale verrrgaa” y unos ancianitos que estaban sentados esperando su turno la miraron con un gesto de reprobación.
Tomó el elevador, llegó a la planta baja y esperó debajo de la cornisa a que dejara de llover, pacientemente.
Pasaron quince minutos y nada, todo seguía igual. Se encendió un cigarrillo, le quedaban sólo dos más en la cajetilla, hizo una nota mental para comprar una nueva de camino a casa.
Esas eran la clase de cosas sencillas que solía olvidar de un momento a otro.
Su promesa de fumar menos se rompió cuando, dejándose llevar por sus pensamientos, consumió los tres cigarros uno tras otro sin ningún reparo, a pesar de haber fumado ya otros seis en el transcurso del día.
Su mirada fija en el suelo, el ceño fruncido y los suspiros ocasionales la delataban: pensaba en él.
Estaba en pleno Reforma, una de sus partes favoritas de la ciudad, miraba las jacarandas y las lagunas de color lila que se formaban debajo de ellas, adoraba las jacarandas.
De vez en cuando se sentaba debajo de alguna simplemente por el placer de sentir las florecillas caer sobre su cabeza y hombros.
“No quisiste ser la jacaranda de mi vida”, pensó.
Habían pasado algunas veces por allí, juntos, riendo y dando tumbos como dos niñitos sin preocupaciones.
Era lo que mejor les salía, después de discutir y romperse el alma el uno al otro.
Dejó de llover y comenzó a caminar sin dirección específica sólo para seguir pensando, para no volver a casa, para sentir que era libre al menos por un rato.
Caminaba con la cabeza gacha, mirando sus pies y tarareando canciones al azar cuando chocó con una silueta que tenía grabada en la memoria. Unos tenis azules. Un pantalón que conocía ya. Subió la mirada lentamente rogando a todo lo sagrado no toparse con aquellos ojos que inevitablemente ya se encontraban mirándola en ese preciso momento.
Y sí, era él. Se quedó muda, impávida ante aquellos enormes y hermosos ojos que contenían el universo entero.
Él le sonrió cínica y coquetamente, como siempre, como sólo él sabía. Esa sonrisa que la seguía encantando se le clavó en el pecho como una bala y la hizo sentir mareada.
-Hola bonita, ¿qué haces por acá?.-Reaccionó torpemente y tartamudeó.
-Vine a... a... aquí a hacer unos trámites, papeleo, ya sabes.-Levantó el sucio folder amarillo y sonrío de nervios.
-Ah, mal por ti.
-¿Tú qué haces aquí?
Ninguno de los dos estaba cerca de casa.
-Salí a caminar, me gusta caminar acá.
No, ella lo sabía, él no era así, él no salía a caminar luego de un día lluvioso.
Él miró la hora en su celular.
-Ven, vamos a sentarnos.- La tomó de la mano y se la llevó a unas calles más adelante donde se encontraron con una banquita que tuvieron que secar para poder sentarse.
Al principio permanecieron callados pero al cabo de un rato comenzaron a platicar sobre cosas comunes, sacaron a tema algunos recuerdos, mencionaron algunos detalles de sus vidas que obviamente habían cambiado desde el día en que dejaron de pertenecer el uno al otro.
Rieron. Rieron mucho, como en sus mejores tiempos, a ratos caían en la cuenta de lo que implicaban esos recuerdos y se callaban por un momento, a ambos les pasaba por la cabeza la pregunta de cómo habían terminado así, tan lejos uno del otro.
Él miraba su celular de vez en cuando.
No pasó mucho tiempo, media hora, quizás.
Se encontraban ahora más cerca el uno del otro y él se recargó sobre su hombro, ella se giró y cuando él levantó la cara intentó besarlo.
Era inevitable, desde el día que lo conoció ella hubiera empeñado su vida por un beso de esa boca que tanto le gustaba, sus labios tenían la forma más encantadora y la textura más perfecta que había probado hasta ese día.
La detuvo.
Miró hacia los altos edificios tras los que el sol comenzaba a ocultarse y se puso de pie.
-Me alegra que estés bien. Debo irme.
Ella no respondió. No respondió.
Se le hizo el corazón pequeñito y sus ojos se inundaron en lágrimas que contuvo hasta que él dio la media vuelta y se alejó.
-"Te amo".-dijo cuando ya no podía oírla.
Después de eso una idea estúpida aterrizó en su cabeza.
Comenzó a seguirlo de lejos.
Después de unas cuantas calles supo a dónde se dirigía, a una cafetería a la que habían ido unas cuantas veces, cuando no tenían idea qué hacer, justo en días lluviosos como ese.
Estuvo a punto de ser descubierta dos veces.
Su corazón estaba latiendo tan rápido que apenas podía distinguir un latido de otro, le sudaban las manos y la adrenalina le recorría todo el cuerpo.
Cuando él se detuvo frente al café sintió un hueco enorme en el estómago. Se quedó en la esquina anterior, asomando sólo la cabeza.
Sacó rápidamente sus lentes de la bolsa y se los puso para ver mejor.
Lo vio sonreír a través del cristal y el motivo la dejó sin aliento.
Dentro de la cafetería estaba sentada una chica ciertamente más bonita que ella, esperándolo con una hermosa sonrisa de oreja a oreja.
Él entró, ella se puso de pie y se saludaron con ese cálido beso que le había sido arrebatado tan sólo unos momentos antes, unas cuantas calles atrás.
Todos los besos que se dieron comenzaron a arder lastimosamente sobre su piel al darse cuenta que ya no le pertenecían.
Se derrumbó, cayó al suelo sobre sus rodillas y sintió cómo cada uno de sus huesos se desmoronaba, comenzó a llorar ríos en silencio, ni un solo sollozo.
Sintió un ahogo infernal, estaba dejando de respirar. Yacía sobre el suelo mojado, temblando de dolor.
A su alrededor se formó un tumulto de personas que movían la cabeza de un lado a otro a manera de desaprobación ante la obvia causa de tanta agonía.
Su pulso se regularizó hasta que su corazón poco a poco dejó de latir. Nadie llamó una ambulancia. Todos supieron que no había más que hacer. Cubrieron su cuerpo con una manta blanca en lo que se localizaban a sus familiares y se recogía el cuerpo.
Dentro de la cafetería él y la chica de la linda sonrisa hacían divertidas conjeturas sobre por qué había tanta gente reunida en la esquina.
Él sintió por un momento un ligero pinchazo en el pecho pero no le dio importancia. Siguió con la charla, siguió dando sorbos a su café mientras tomaba la mano de su acompañante.
El forense supo la causa de muerte en cuanto levantó la manta ahora cubierta de flores que la gente había dejado a su paso, la anotó rápidamente, lamentándose ver un caso así una vez más.
Pudo confundirse con un paro cardiaco pero no, estaba claro: murió de amor, aproximadamente 978mg de amor obstruyendo la aorta, arteria principal del corazón.