Londres, Reino Unido 1877
-¿Estás sugiriendo que tomemos esa misión a hurtadillas?.-Aquel chico de aspecto asiático alzó una ceja al cruzarse de brazos.
-Yo no dije eso, James, sólo digo que deberíamos ir por nuestra cuenta como “refuerzo secundario secreto”, las cosas podrían ponerse feas, hay mucha actividad demoníaca ahí, y tú sabes que Gabriel es un estúpido.-Aquel joven de ojos azules no prestaba real atención a su Parabatai, pues estaba yendo de aquí para allá recolectando armas para llevar.
-¿Desde cuándo te importa lo que sea Gabriel o no?.-Lanzó un suspiro ya fatigado, pues apenas y si terminó su pregunta se encontró de frente con William quien, sonreía de medio lado, casi creyó oír un “Desde que tiene la misión que yo quería”, nunca estaría seguro de ello. William pasó de él tras empujar suavemente una daga contra el pecho del joven. Sabía que la noche sería larga, y sin importar cuán oscura ésta fuera, James no dudaría un segundo en seguirlo. Le seguiría al mismo infierno de ser necesario.
No pasó mucho tiempo para que llegaran al sitio que las coordenadas sobre el mapa de la ciudad previamente hurtado, ponían. William hizo una mueca al ver el estado de aquella casona desde las afueras, que a decir verdad más que de casona tenía aspecto de granja, una pequeña. Con un suave movimiento de su mano le indicó a James que le siguiera, ambos chicos rodearon la propiedad con sigilo. El crujir de unas ramas había captado su sentido del oído, provenía de la parte trasera.Antes de siquiera poder asomarse un paso en falso les hizo caer. La tierra se abrió y la oscuridad se los tragó. Fue tan de repente, como si aquella trampa sobre la tierra estuviera predispuesta para que ellos cayeran.
El tramo de tierra por el que resbalaron era deforme, incluso William tuvo la sensación de piedras clavándose en toda su espalda, cortando sus codos, y lastimando su cabeza. Cuando por fin aterrizaron lo hicieron uno sobre el otro. El cuerpo delgado de James aplastaba por completo el de William, un quejido unísono les llevó a entreabrir los labios y a tragar el polvo suelto. Tosiendo y tratando de acostumbrar su vista a la penumbra se pusieron a tientas de pie. Habían caído sobre una especie de piedra sobresaliente de una montaña, y frente a ellos una pila de viejas construcciones se alzaba, algunas se lo parecían torres, James creyó ver en ellas algo de Idris, pero conforme se acercaban se percató que no tenían nada que ver en absoluto.
Aquellas construcciones estaban hechas de una piedra de un color como del vino tinto, y todas y cada una de ellas estaban colocadas de manera que parecían guiarte por un camino, y justo al centro, donde todas aquellas se unían había algo similar a un estrado al que sólo se accedía por una pequeña escalinata hecha del mismo material.Con paso decidido subieron hasta la cima y justo al centro no había más que una mesa de piedra gris rectangular, y una especie de círculo gigante detrás de ésta. William ladeó la cabeza intentando encontrar algo en el suelo que sostuviera esa cosa, incluso alzó la vista buscando algo que la sostuviera de arriba. Se situó a un costado y sin tiento alzó el pie para postrarlo sobre la piedra, intentó empujarla para ver si ésta salía rodando por ahí.
-¡Para! ¡No debemos tocar nada, William!.-La voz de James resonó con eco ante el sonido abismal de la soledad que se palpaba en aquel lugar, por inercia se puso del lado contrario colocando las manos sobre la superficie, pensando ilusamente que si la piedra decidía salir rodando él la podría frenar.
-En ningún lado dice que no podemos tocar nada, mira éste sitio, ni un grillo vive aquí. De todos modos no es que esté tocando nada, estoy investigando, además, ¿qué es lo peor que podría pasar?.-Comentó casi distraído, sus manos inquietas recorrían esa estructura, sus largos dedos se deslizaron por una protuberancia en la piedra que quedaba casi a la altura de su estomago, la presionó sin pensar.
El suelo comenzó a cimbrar, una especie de polvillo comenzó a caer cual si fuese lluvia, y a lo lejos un rugido pareció extenderse de apoco, trajo consigo una fuerte ventisca que empujó a ambos jóvenes sobre la mesa, de pronto sólo se silenció y como si algo aspirara el ruido de vuelta, la dirección de la ventisca se invirtió. Una cegadora luz verdosa emergió del círculo. Una poderosa fuerza magnética comenzó a arrastrarlos hacia dentro de aquel círculo. Sus gritos quedaron opacados por el ruido, mantenían una mirada sobre la otra mientras sus manos intentaban no soltarse de la mesa de piedra. Todo esfuerzo por mantenerse firmes fue inútil.
Aquello fue como ser tragado por un remolino, una enorme espiral que los traía dando vueltas, la sensación de mareo les invadió y una fuerte opresión en el pecho comenzaba a asfixiarlos, y justo cuando algo dentro de sus cabezas comenzaba a pulsar se vieron arrojados a un sitio. Sus cuerpos se impactaron sin clemencia en un dura superficie para luego caer. Con respiraciones entrecortadas, y un dolor insistente en las costillas ambos chicos se miraron para luego examinar el entorno.Frente a ellos el círculo de piedra que momentos antes vieron se encontraba sobre un pedestal de madera, alumbrado desde abajo por unas cosas amarillas.
Cuando sus ojos fueron más allá de la piedra el horror les invadió. Había un montón de cosas que no conocían. Vitrinas se extendían a lo largo de pasillos exhibiendo cosas en su interior, cuadros raros colgaban de las paredes. Pero todo aquello pasó a segundo termino cuando una manta que sobresalía colgada desde el techo y arrastraba barbas dorados sobre el suelo, llamó su atención. Claramente se podía leer: “Museo Nacional de los Indios Americanos”.