Notas: muy fluffy, de este prompt: ‘’imagine your OTP comforting their child after their pet dies and making a little funeral for it’’.
Manuel miró a Martín con los labios fruncidos. En el patio de la casa, el pasto estaba cubierto con hojas marrones. El agua de la piscina se agitaba al ras del viento y la puerta de la reja seguía abierta. En el rincón donde estaban de pie, Martín había hecho un agujero lo suficientemente grande como para que pudieran poner a Merengue ahí adentro. Era pequeño, de todas maneras, lo suficiente como para un hámster.
- ¿Merengue se va a ir al cielo? -preguntó Sofía, apretando la mano de Manuel.
- Oh, sí. Claro que sí. Todos los hámsteres van al cielo.
- ¡Eso no es cierto! Los hámsteres no se van al cielo, ningún animal se va al cielo -replicó Ema. A su lado, Martín le tironeó la manga de su polerita gris.
- No seas mentirosa, Ema, todos los animales se van al cielo. Así como nosotros cuando morimos, si es que hemos sido buenos, vamos al cielo. Solo que todos los animales son buenos, entonces van al cielo de inmediato...
- Mentiroso -siguió la niña- Le pregunté al padre Nano el domingo y me dijo que los animales no se van al cielo. Y él sabe más que tú, porque es un cura.
Manuel rodó los ojos, se puso en cuclillas hasta llegar a la altura de Sofía. Sofía tenía la vista gacha y su cabello adornado en dos colitas estaba húmedo por las lágrimas que había derramado no hace mucho. Tenía las manos unidas en su guatita, sobre su vestido azulino. De vez en cuando se sorbía los mocos, pero no decía ni una palabra, si no que se mantenía en silencio. Manuel echó una mirada a Martín, Martín se encogió de hombros. Agarró entonces una de las manos de Sofía y la sostuvo entre las suyas.
- Oye, Sofi, mírame -Sofía no lo hizo de inmediato, Manuel tuvo que tomarle su carita para hacer que realmente le viera con esos ojos verdes, que eran iguales a los de Martín- No le hagai' caso a la Ema, ella solo te dice eso para molestar. Merengue fue un buen hámster, solo estaba enfermito... Hicimos todo lo posible por ayudarlo, pero no pudimos...
- Pero yo no quería que muriera, papá -sollozó Sofía, arrugando el entrecejo- ¿Por qué tuvo que morir? Yo lo quería mucho.
Manuel aplastó los labios, esto estaba costando mucho.
- A veces... a veces no queremos que los seres que amamos mueran. Pero es algo que tiene que pasar, Merengue estaba enfermo, no todos los enfermos mueren, pero era la hora de Merengue.
- Pero, ¿sabés qué, Sofi? -Manuel volteó la cabeza para mirar a Martín acercarse a ellos. A lo lejos, en los columpios, Benjamín y Ema se quedaban, curiosos- Merengue está feliz. En el cielo, todos son felices. Y un día vas a volver a verlo, solo hay que tener fe.
- Cuando vayamos el domingo a Misa, vamos a rezar por Merengue, ¿ya? -completó Manuel.
Sofía suspiró, pero asintió al final. Estiró los bracitos para que Martín la cargara, él lo hizo de inmediato. Manuel se les quedó mirando.
- Ema, Benja, vengan -llamó al resto de sus hijos. Los dos corrieron a él- Es hora, Benja. Puedes ocupar tu palita para echar la tierra.
Benjamín lo hizo solemnemente. Era la tarea que sus papás le habían dado ante la muerte de la mascota de su melliza. Pero Ema se quedó de brazos cruzados, viendo hacia otro lado.
- ¿Querés tirarle un beso, Sofi? -preguntó Martín, cuando Benjamín golpeaba con la palita la tierra removida. Sofía asintió y le lanzó con la mano un besito a su hámster, al instante, se amarró otra vez al cuello de Martín y ahí se escondió.
Manuel agarró el ramito de flores que había dejado sobre el pasto y lo colocó con mucha suavidad sobre la pequeña tumba de Merengue. Después se puso de pie y observó a Ema fijamente.
- Ema -llamó- ¿vas a decir algunas palabras para Merengue?
- No -contestó la niña, a secas.
- Ema -regañó Martín.
- ¡Está bien! ¡Pero no tengo nada escrito! -
- No importa, solo di lo que sientes.
- Bueno, pero es un poco tonto... Merengue, llegaste a casa hace dos años. Te compramos cuando eras pequeñito, estabas hecho una bolita en el rincón de la jaula. Le gustaste a la Sofi porque eras de color blanco. A todos nos gustabas. Solo me caías mal porque me mordiste una vez, pero te perdono por eso -Manuel sonrió muy pequeñito, Martín hizo lo mismo- Vas a hacer mucha falta, Merengue. Todos te queríamos y te vamos a echar mucho de menos. ¡Adiós, Merengue!
Cuando Ema acabó, ellos se mantuvieron en silencio. Lo único oíble era el llanto suavecito de Sofía, amortiguado por la piel de Martín. Martín meció a la niña de aquí para allá, hasta que se calmó y lo único que se escuchaba era su respiración débil.
- Va a estar bien, Sofi -añadió Manuel, pero Martín negó con la cabeza y la arrimó más cerca de su pecho.- ¿Y si... y si vamos a tomar un helado, para pasar esto? Podemos mirar los juguetes, ¿te acuerdas, Sofi, de esa muñeca que te gustaba?
- ¡Quiero un helado! -saltó Benjamín de inmediato. Ema se le unió rápidamente.
- ¿Y vos, Sofi, querés uno? -preguntó Martín.
- Mmhm -respondió la niña, muy bajito.- Papi -susurró.
- ¿Qué? -respondió Martín.
- ¿Podemos adoptar otro perrito?
Manuel le dio la mano a Ema y a Benjamín, llevándolos dentro de la casa. Antes de cruzar el ventanal, le guiñó el ojo a Martín. Martín lo supo de inmediato.
- Por supuesto -contestó, siguiendo a Manuel hasta el living.
Notas: Omegaverse. Inspirado en la película Room. Aviso de inmediato que no sé si tendrá continuación. No soy buena escribiendo fanfics de muchos capítulos pero quería compartirlo.
Manuel trató de hacer todo, todo lo que estaba a su alcance para transformar el sótano apestoso de seis por seis en algo parecido a un hogar para sus hijos. No lo había logrado, nunca lo lograba pero Dios sabe que él hizo cualquier cosa.
Él pensó en eso, mientras los niños dormían acurrucados en un costado del sótano. Manuel había enrollado camisetas y frazadas y los había cubierto con una colcha porque él simplemente era incapaz de permitir que sus hijos se acostaran en el mismo lugar donde Arthur lo había cogido y anudado. No era suficiente, con probabilidad, pero Manuel quería protegerlos de todo, incluso si eso significaba arriesgarse a sí mismo (en verdad, ¿qué más podían hacerle?).
Un único foco se balanceó desde el techo, iluminando discontinuamente la habitación por algunos segundos. Eso significaba que él estaba en camino. Manuel miró hacia arriba y luego dirigió sus ojos asustados hasta la puerta. Tenía que ser Arthur, pero Arthur nunca venía a esta hora y siempre era ruidoso y molesto cuando bajaba y lo llenaba de gritos y palabrotas. Manuel hacía dormir a los niños en el armario para que ellos no escucharan nada. Los niños nunca dormían, de todas formas.
Un montón de pasos se oyeron desde afuera y Manuel fue alertándose más y más. Los pasos hacían que el techo temblara y que el polvo volara y cubriera toda la habitación. Arrimó hasta el rincón y tocó primero el hombro de Ema, y Ema despertó a Benjamín y a Sofía hasta que los tres estaban confundidos y atontados por las horas de sueño.
- Niños –empezó Manuel, con voz suave, sin embargo- Pónganse detrás de mí. Quédense ahí.
- Papá, ¿qué está pasando? –Ema arrastró la voz, tenía todo su pelo rubio pegado a la cara.
- Nada. –Manuel contestó a secas.
Arthur no sería capaz… Arthur no le haría daño a sus propios niños. No les haría lo que le hizo a él tantas veces. Ellos eran chicos todavía, mucho más chicos de lo que era él cuando Arthur lo tomó desde la calle y lo encerró en esa habitación subterránea. Manuel no iba a permitirlo. Algo dijo Sofía pero se calló al instante cuando Benjamín le dio la mano. Manuel no los vio pero pudo sentir que ellos estaban tan asustados como él.
En esas condiciones Manuel no era de mucha ayuda, pero él era mejor que nada.
Gritos y pisotadas se escucharon desde el exterior, Manuel podría apostar a que estaban justo detrás de la puerta. Cuando quienes estaban afuera la derribaron, Manuel apegó a sus niños a sus piernas y fue capaz de oír el golpe contra el suelo. Las voces de personas llegaron hasta sus oídos, ninguna voz era la de Arthur. Manuel pestañeó dolorido cuando una luz los alumbró a los tres. Los niños se quejaron. Cuando el aturdimiento fue cesando, poco a poco, Manuel fue capaz de ver a un hombre alto, con un uniforme verde, y una linterna en la mano, que era de dónde provenía la luz.
Olió entonces la esencia de alfas y betas desconocidos y tuvo miedo de que ellos pudieran hacerle algo a sus hijos porque todos podían ser capaces de cualquier cosa pero el hombre de uniforme verde levantó las manos y dio un paso hacia atrás y Manuel le miró confundido. Su cabeza no era capaz de procesar las cosas que estaban pasando.
- Mi teniente –dijo el hombre- Mi teniente, venga a ver esto. No lo va a creer.
Manuel abrió la boca pero nada de voz le salió. Al instante una mujer apareció en la puerta del sótano y le vio a él con ojos de sorpresa, pero también de pena.
- Soy la Teniente Jacinta Rodríguez –dijo ella. Manuel no dio ni un paso adelante, podía sentir la boca de alguno de sus niños directamente empujando en su espalda- Usted… usted está a salvo ahora.
O
O
El aire de la habitación lo sofocaba, aunque la cama era lo más cómodo que había sentido en tanto tiempo. Había un ruido que no paraba desde algo que él no podía ver porque estaba flotando en algún lugar lejos del infierno en la tierra donde vivía con sus niños. Había olor a antisépticos que él no recordaba haber olido antes porque el último olor significativo que pudo sentir fue la sangre cuando parió a sus hijos.
Probablemente le habían clavado algo en el brazo, porque cuando quiso estirarlo dolió y se quejó con un gemido pequeño. Manuel parpadeó incómodo con todas las sensaciones que estaba absorbiendo y abrió por fin los ojos para encontrar que estaba recostado en una cama en el medio de una habitación tan blanca. Él había olvidado cómo era el color blanco, porque todo lo que podía ver en ese sótano era gris. Echó ojeadas a su alrededor, reconoció un hospital, pero buscó a sus hijos y no los encontró. Manuel aguantó la respiración.
Esto era malo, malo, muy malo.
Manuel se incorporó y apoyó sus pies descalzos en la pequeña bajada de cama también blanca, pero no se puso las pantuflas. La cabeza le daba vueltas aunque eso no importaba porque Ema, Benjamín y Sofía no estaban ahí y él no tenía idea de a dónde se los habían llevado. Algo como que rebotó dentro de su pecho cuando se puso de pie, agitado y arrastrando el fierro con el suero alrededor de toda la habitación.
Iba a abrir la puerta pero alguien se le adelantó. Manuel sintió su nariz cubierta del olor de un alfa que no pudo reconocer pero que le calmó un poco y le hizo aspirar profundamente.
- Eh –dijo el alfa, vestido con una bata blanca. Manuel lo reconoció como un doctor pero eso no le daba ninguna autoridad ante él- ¿A dónde se supone que vas? No podés levantarte, vas a quitarte el catéter…
- ¡Suéltame! –Manuel gritó aunque el alfa no lo había tocado- ¿Dónde están mis niños?
Manuel en verdad no quería ser agresivo con el doctor pero a él no le importaban nada las sutilezas cuando sus niños no estaban junto a él. Hizo a un lado al alfa y el hombre no volvió a detenerlo pero su escape no duró mucho porque cuando salió de la habitación, un par de enfermeras charlando le vieron con desconfianza, se miraron entre ellas y le tomaron de los brazos, intentando calmarlo y repitiéndole que sus hijos estaban bien. Manuel pataleó y gritó pero nadie lo escuchó. Él no creía ni una sola palabra de las cosas que ellos le decían.
Volvieron a meterlo en la cama y quisieron inyectarle algo pero Manuel negó con la cabeza una y otra vez hasta que dos lagrimones gruesos rodaron por sus mejillas, involuntariamente. El doctor alfa vio el gesto y desistió de la acción, y con la mirada le dijo a las enfermeras que claudicaran también.
- Tengo que hacerte algunas preguntas, ¿está bien? –dijo él. Manuel parpadeó erráticamente, pero se quedó mirándolo- Me llamo Martín Hernández. Soy tu doctor tratante. Solo quiero conversar, ¿sí? Te prometo que todo estará bien.
- ¿Ellos en verdad están bien? –Manuel mal articuló, con el llanto en la garganta.
- En verdad. Están bien. Están en la habitación contigua. Vamos a traerlos pronto, en serio. Pero ahora tenés que contestar mis preguntas.
Manuel finalmente asintió con la cabeza.
- ¿Cómo te llamás?
- Manuel.
- ¿Sos José Manuel González Rodríguez?
Manuel se sorprendió. No había escuchado su nombre completo desde hace mucho tiempo.
- Sí.
- Te secuestraron en el año 2007. ¿Sabés que año es este?
- No.
- Es 2016. Estuviste nueve años encerrado ahí.
- Tengo veintiséis –dijo Manuel, más para sí mismo.
Martín sonrió.
- Es probable que… los carabineros vengan a preguntarte algunas cosas más. Es muy probable, lo van a hacer, de hecho –corrigió- Tenés que tratar de estar tranquilo, ellos van a ayudarte…
- No voy a estar tranquilo hasta que tenga a mis hijos conmigo. Por favor. ¿Puedes traerlos?
Martín finalmente asintió.
- Esperá un momento.
Manuel lo vio darse la vuelta y pedirle a una de las enfermas que estaban afuera algo que él no fue capaz de oír, pero supuso que eso traería a sus niños de vuelta y eso lo hizo muy feliz.
- ¡Papito! –gritó Sofía apenas entró por la habitación. Manuel dejó salir una sonrisa gigante y se acomodó en la cama para poder recibir en sus brazos a los tres niños. Ellos le dieron besos en la cara y se acurrucaron en su pecho, Manuel les abrazó con tanta fuerza como su estado le permitió.
- ¡Están bien! ¡Les eché mucho de menos!
- Me alegra que estén bien –dijo Martín, acercándose despacio. Los niños le miraron asustados y se arrimaron al vientre de Manuel, cubierto por las sábanas blancas.
- Está bien, Benja, Ema, Sofi, está bien, no se pongan así. Ya está bien.
- Quisiera que pudieras decirme sus edades… ellos no me dijeron sus nombres tampoco.
Manuel trató de incorporarse pero los brazos fuertes de Benjamín sujetos a su alrededor se lo impidieron.
- Ella es Ema, es la mayor, tiene nueve años –empezó Manuel- Y ella es Sofía y él Benjamín, son mellizos.
- ¿Mellizos? –preguntó Martín, con genuina sorpresa- No se parecen, pero eso está bien porque los mellizos no tienen que parecerse…
- Tienen cinco, he llevado la cuenta –agregó Manuel.
Martín anotó todo en el librito acomodado en la mesa que estaba a los pies de Manuel.
- Muchas gracias, Manuel.
- Doctor…
- Podés decirme Martín.
Manuel miró hacia abajo.
- ¿Dónde estamos? Es un hospital, pero…
- Es una clínica para omegas vulnerados. Una clínica de rehabilitación. Vas a pasar un largo período acá, vos y tus hijos.
Nadie dijo más.
- Llamamos a tu mamá, ella estará acá lo antes posible, ahora vive en el Sur.
Manuel no pareció escucharlo, pero aun así respondió:
- Eso me gustaría.
- Bien.
Martín apuró paso como para irse.
- Una cosa más –dijo Manuel- ¿Podrían… podrían poner a los niños conmigo? Ellos nunca han visto a nadie más que a mí y… y a él. Deben estar asustados.
- Eso haremos, Manuel. Podemos traer una cama más para ellos. Quedate tranquilo. Nadie los va a separar de vos.
Manuel sonrió.
Martín salió de la habitación y Manuel y los niños se quedaron solos. Apenas oyó la puerta cerrarse, Sofía sacó su cabeza de abajo del brazo de Manuel. Así lo hicieron Benjamín y Ema también y Manuel les regaló otra sonrisa.
- Quiero volver al cuarto. ¿Cuándo vamos a volver? –preguntó Benjamín.
Manuel se le quedó mirando, pero no dijo nada. Se hizo a un lado y les mandó a acomodarse junto a él. Los tres lo hicieron rapidísimo.
- Quizás ya no volvamos más –empezó, despacito. Sofía quiso protestar, no se atrevió- Pero está bien, porque desde ahora en adelante, todo va a ser igual, pero mejor.
La pesadilla ya terminó, se dijo a él mismo en silencio.
Notas: omegaverse (y lo que eso implica), ¿qué es un final feliz?
Uno
El primer mes es terrible, como todos ellos dicen que debe ser. Pero no es tan malo por esas razones, porque Manuel se la pasa en el baño y no puede hacer nada ni comer nada porque las náuseas le suben por la garganta y aunque le impiden vomitar se mantienen ahí, rígidas. Es malo porque ellos sienten que han decepcionado a todos, es malo porque todos ellos les dicen que no funcionará y los llenan con alternativas crueles. Martín no piensa sobre ellas, él trata de hacerlas a un lado. Le pasa la mano por la espalda a Manuel y le limpia la boca con la toalla, intenta mimarlo, pero Manuel está tan deprimido como cuando se enteró de lo que había resultado de su primer celo. Y qué, eran chicos todavía, muy chicos y ahora estaban solos.
Dos
A Manuel le da mucha plancha pedirle algo a Martín. Mucha, mucha plancha. Cuando va al colegio y pasa frente a las confiterías y a las pastelerías le dan tantas ganas de comprar un pastel o un bollito y llevarlos a la casa para poder tomar el té, pero sabe que desde que vive con los papás de Martín las cosas se han apretado y no hay ninguna posibilidad de gastos en cosas triviales. Manuel tiene antojos, muchos antojos y eso que recién está en el segundo mes, él piensa cómo serán los siguientes, si ahora se le hace agua la boca por un pastelito y quisiera pedírselo a Martín pero Martín apenas y puede llevar el trabajo en la noche. Sus deseos son egoístas e imprecisos frente a lo que hoy están viviendo. Así que Manuel prefiere pasar su segundo mes callado y silencioso, dando las gracias a la familia de Martín, que nunca lo mira con buenos ojos, de ahí se va al baño y se queda haciendo arcadas, de ahí se devuelve a la habitación que comparte con Martín y llora hasta que su alfa vuelve a la casa, agotado a más no poder.
Tres
Todos dicen que los primeros tres meses son los peores y Manuel ahora puede ratificarlo. No puede con los dolores de cabeza y las náuseas y cuando tiene que estudiar para el colegio, nada se le queda en la memoria. Hay cosas buenas, de todas maneras, los beta no pueden saber que él está esperando porque no hay nada bajo su ropa, pero eso no cuenta para el resto de los alfas y los omegas, que le miran con desprecio porque va en segundo medio y ya se ha dejado marcar. Martín también va a la misma escuela y se juntan en los recreos y al menos puede pasar más desapercibido porque un omega solo es diferente a un omega acompañado de un alfa.
Ellos charlan mientras dura el recreo, porque no pueden hacerlo tanto en casa. En un momento Martín estira su mano para tocar el vientre aún plano de Manuel pero el omega no lo permite.
- Estaba pensando en algo. Yo sé que no está en tus planes, que tú no quieres que…
Manuel está seguro que Martín sabe a lo que va.
- No -dice el alfa, firmemente- No sé vos, pero yo no tengo el corazón para matar a alguien que ni siquiera se puede defender.
Manuel traga saliva.
- Yo tampoco -susurra- Pero somos chicos, y tus papás con suerte nos dejan vivir en su casa y no tenemos a nadie más y mi mamá ya no me habla. Yo creo que lo mejor es que esta guagua… que lo demos en adopción.
Martín va a hablar pero Manuel habla primero.
- A una familia que lo quiera, que lo pueda cuidar, que pueda mantenerlo, nosotros no podemos hacer nada de eso. Yo lo hago porque lo quiero -argumenta inmediatamente- Quiero que esté bien.
La conversación es interrumpida por el timbre que indica que deben volver a sus salones. Manuel se pone de pie y Martín lo imita, antes de que el alfa se vaya Manuel le hace prometer que lo pensará.
Pero Martín nunca lo piensa.
Cuatro
- ¿Tienes miedo? -pregunta el doctor. En la camilla, Manuel se remueve incómodo.
- Un poco -confiesa.
- Son muy chicos, ¿cuántos años tienes tú? -el doctor le habla a Martín.
- Diecisiete.
- Y no eres de acá, ¿o no?
Martín sonrió un poco. La imagen en la máquina empezaba a aclararse cada vez más.
- No. Llegué aquí hace unos años.
El doctor no más intentó hacerles conversación y Martín pensó que lo hacía para evitar contarles algo más.
- ¿Qué es, doctor? -cuestionó el alfa, seguro de que en la pantalla ya podía mirar una forma que parecía ser alguien.
- Es un niño -contesta el hombre, sin emoción. Martín mira a Manuel pero Manuel tampoco está muy efusivo hoy (nunca está muy efusivo).-
Por algunos momentos hay nada más que silencio.
- ¿Y está bien?
El doctor carraspea.
- El feto está bien, me preocupa que tu omega no gane peso.
- Oh, pero yo siempre he sido flaco -argumenta Manuel- Y no como mucho. Quiero decir, como lo normal. No tengo antojos -mintió.
- ¿Te has hecho tratamientos por cardiopatías? -el doctor pregunta de cuajo.
Martín y Manuel se miraron.
- No. ¿Por qué? ¿Pasa algo?
- Tus exámenes dicen que tienes una arritmia. Taquicardias, tu corazón late muy rápido. Mira, lo que quiero decir es que… esperando, esta enfermedad es peligrosa. No quiero asustarlos, pero… si no te tratas esto, en verdad puede ser muy peligroso. Tanto para ti, Manuel, como para tu guagua. Tienes que tener tratamiento.
- Lo vamos a tener -se apresura a decir Martín. Manuel se encoge de hombros.
Cinco
- No hay hora en el hospital. Bueno, dicen que me van a llamar. Hay que esperar no más. -Manuel se sienta en la cama de Martín, la cama que comparten, y se lleva una mano a su corazón. Antes no podía sentirlo, pero ahora, que el doctor le ha dicho, es como si hubiese aumentado.
- Estaba pensando en nombres -comenta Martín, sentándose a su lado.
- Martín… -Manuel empieza- Acuérdate de lo que hablamos. No nos vamos a quedar con esta guagua, no podemos.
- Manu, no quiero darlo en adopción -acepta por fin Martín. Manuel se le queda mirando fijamente, sin comprenderlo.
- No es que quieras… es lo que tenemos que hacer. ¿Qué le vas a ofrecer? ¿Vivir en una pieza para toda su vida?
- Estoy laburando, estoy ganando plata, puedo mantenerlo. A él… y a vos.
Manuel mira al piso.
- ¿Y si todo eso no es suficiente?
Seis
Manuel se cansa mucho. Ahora que recién le ha estado apareciendo una guata chica, no aguanta subir escaleras ni caminar en el recreo. Se queda en la sala, almorzando con Catalina, su mejor amiga. Ella calienta el almuerzo por los dos y Manuel se lo agradece infinitamente.
- ¿Cómo le vas a llamar? -pregunta la beta, llevándose los tallarines a la boca.
- Martín y yo estamos pensando en darlo en adopción…
Manuel deja su tenedor para contestar pero en ese momento, cuando baja la mano, siente adentro como si un pez le nadara. Pestañea ante la incómoda y nueva sensación y mira fijamente a los ojos a Catalina.
- ¿Tú quieres eso? -repite la muchacha.
De nuevo el movimiento, como un pez nadando, como una mariposa agitando sus alitas.
- ¿Manu?
Manuel mira hacia abajo.
- No. Creo que en realidad no quiero.
Siete
- Me gustaría tener la plata para que pudiéramos ir a una clínica -empieza Martín, cuando van camino a casa. Manuel le aprieta la mano fuerte y él, en respuesta, le acaricia el dorso.- Porque me preocupa, el doctor dijo que era peligroso y yo no quiero que te pase algo malo, tampoco a Benjita.
Vio a Manuel sonreír.
- Yo también quisiera. Pero me he sentido bien, no me han dado taquicardias, creo que se está pasando. O por lo menos, que no era tan grave como dijo el doctor. Vamos a estar bien.
Martín quisiera creerle.
- Ayer cuando estabas durmiendo -dijo Manuel, muy despacito- Benja se estaba moviendo mucho. Y quería avisarte, para que también lo sintieras, porque realmente era mucho -Martín lo miró reír- Pero no quise despertarte. Te veías tan cansado.
- ¿Por qué no me despertaste? ¡Qué malo! ¡Sos el único que quiere sentir las pataditas de nuestro nene!
- ¡No! ¡Oye, lo hice por mejor!
- Bueh, para la próxima que lo sientas y yo estoy durmiendo, despertame.
- Bueno -acepta Manuel- Lo prometo.
Ocho
Desde que Manuel llegó a su casa, es la primera vez que están solos, completamente solos, solos en realidad. Sin nadie más dando vuelta por los pasillos. Y es Manuel quién empieza, como si no quisiera, a darle besos en la boca, a deslizar sus labios por su cuello, a meter sus manos entre su camisa de colegio. Martín se despierta ante la sensación casi olvidada, pero no se queda quieto y, con suavidad, se encarga de besarlo también, de corresponder sus caricias.
Las sábanas de la cama pequeña de Martín se arrugan y el piso es la nueva casa de sus ropas de cabros chicos. Manuel pasa sus manos por todo su cuerpo, Martín trata de guiarlo pero es innecesario porque Manuel sabe qué lugares de él son los que debe tratar de memoria.
La noche cae de a poco y las cortinas, apenas corridas, dejan pasar a través del vidrio las luces de los autos, que se reflejan y crean las sombras. Martín coge la cintura de Manuel con su brazo y lo rodea lo suficiente como para que Manuel mañana apeste a él, pero Martín sabe que también será él quién el próximo día apeste a Manuel.
Y no puede desear eso más.
Hay tantas cosas que quisiera ser capaz de hacer, ser capaz de tener.
Pero mientras no pueda, todo va a estar bien, todo va a ser suave e idílico si puede seguir teniendo a Manuel en sus brazos, arriba de él, abajo, alrededor, en todos lados. Los que han dicho que es un error están equivocadísimos, porque no es nada más que lo que ellos han deseado y mientras estén juntos, Martín sabe que no importa nada, ni la angustia ni el dolor.
Nueve
El día en que todo está planeado, el doctor mira a la mamá de Martín con una mueca que Martín no es capaz de entender del todo. Algo le susurra al oído y después ella le comenta unas palabras a su papá pero a él no le dicen nada y Martín pregunta si va a poder entrar a la sala.
El doctor le sonríe amablemente y le dice que no, pero que podrá ver a su omega pasar a pabellón, que tiene que cruzar ese pasillo para ir. Martín se toma las manos con nerviosismo y asiente, medio feliz con eso. Porque Manuel ya sabe todo lo contento que está y cómo no puede esperar más para ver a Benjamín.
Su mamá le pone la mano en el hombro y por primera vez le dice que todo va a salir bien. Pero Martín no entiende por qué ella trata de hacerle creer algo que él creía desde siempre.
Al rato después, Martín oye el ruido de la camilla y se apresura a correr al lado de Manuel. Manuel tiene los ojos raros y él le da las manos, Manuel está frío. Se las besa con cariño y hasta su mamá aparece ahí para darle a Manuel una caricia en la frente. Un instante después, los hombres que empujan la camilla de Manuel le dicen que ya es hora. Martín asiente sin ganas y le da un beso a Manuel en la coronilla y le dice que lo ama, mucho. Manuel le contesta que él lo hace también.
Martín está de pie en el centro del pasillo, Manuel le dice chao con la mano, con una sonrisa gigante y los camilleros se lo llevan hasta que las puertas se cierran y él se queda tan solo. Su mamá le pone la mano en el hombro y esconde su cabeza ahí, por mucho rato. Martín no la entiende.
No la entiende hasta que se da cuenta, como si fuera una ilusión terrible, de todo lo que ellos no quieren decirle y le pregunta a su mamá, con una voz tristísima.
- Esta es la última vez que lo voy a ver, ¿verdad?
Diez
- ¿Y se parecía a mí?
- Era igual a vos, ¿querés ver las fotos que tengo de cuando estabas en su pancita?
- ¡Sí!
Martín se puso de pie y alcanzó su computadora vieja. Abrió una de las carpetas de imágenes y volvió a ver el rostro de Manuel, Benjamín se encaramó a su lado, curioso de mirar otra vez la cara del muchacho que nunca conoció.
- ¿Ves? Tenía el pelo marrón como vos y tus mismos ojos grandes ¡y del mismo color!
- ¿Y él… él me quería?
- ¡Te adoraba!
Benjamín le sonrió abiertamente. Martín le pasó los dedos por el cabello y antes de que su hijo viera su cara llenarse de lágrimas, lo atrajo hacia él y lo apretujó fuerte.
Él te adoraba, le aseguró, te adoraba tanto y quiso verte tan feliz… Martín se pasó una mano por la cara. Benjamín se preguntó por qué el recuerdo de su papá hacía a su papá llorar.
- Las niñitas estaban felices, qué bueno que Carlitos va a estar ahí para que no se sientan tan solas…
- Ellas van a estar bien -dijo Martín, y sus manos se escabulleron por debajo del sweater negro de cuello alto que su omega llevaba encima- y nosotros estaremos mejor.
- Mmm, ¿ah, sí? ¿Esperai que tus niños se vayan al colegio y entonces sacai las garras?
- ¿Qué clase de seducción es esa?
- No tengo idea, pero vamos.
De ahí hasta la habitación que compartían, los peldaños de la escalera se les perdieron entre besos y caricias que no se habían dado desde hace un tiempo largo. Tres niños habían reducido con consideración su vida íntima y de pronto los buenos años de la adolescencia se les habían desvanecido entre los llantos de Carlitos y la universidad y hacer encajar su nueva vida de papás con este mundo raro del que ni siquiera habían sacado provecho. Después habían llegado las niñitas, ricas y amorosas, y los habían cautivado, y estaban felices, pero, no habían olvidado cómo se sentía la piel desnuda del otro incluso dentro de la locura desatada del celo o acurrucados luego de amarse. Ahora veían la oportunidad justa, las poquitas horas que los niños gastaban en su primer día de colegio.
La puerta del cuarto estaba entreabierta y Martín ayudó con un puntapié. Manuel cayo a la cama y Martin se le subió encima como si estuviese hambriento. Se besaron profundamente, desparramando la ropa de cama e intentando quitarse la suya a trompicones. El chaleco de Manuel se deslizó por la cama y Martín se quitó los zapatos con los pies. Era como un juego, cómo sus piernas cubiertas se enredaban y cómo se tocaban los cuerpos, ansiosos, Manuel bajó el cierre del sweater gris de Martín y pasó sus manos frías por la camisa delgadita que llevaban encima.
Martín dejó salir un suspiro cuando sintió cómo las manos de Manuel le quitaban el sweater y luego, juguetonas, desabrochaban cada uno de los botones de su camisa. Cuando su cuello quedó libre y su pecho al descubierto (su camisa beige había quedado olvidada sobre la bajada de cama) notó que los labios de Manuel se deslizaban, lentos y suaves, por su piel sin ropa. Era amoroso, dulce, no había ninguna necesidad de abusar de la fuerza o de la pasión cuando no existía otra razón necesaria por la que tener sexo. Siempre hacían el amor pero Martín supo que esta ocasión era diferente. Hace mucho que no estaban juntos. Pensó en eso mientras miraba a Manuel, debajo de él, deshacerse de su polera cómo podía y lanzarla al piso.
Manuel estaba acariciando sus piernas ahora descubiertas. Cuando levantó el rostro y dejó de besarlo fue que lo notó. En la repisa había una lamparita y un par de chucherías pero lo que le llamó la atención (más que nunca antes) fueron las fotos enmarcadas de sus hijos, ahí, empinándose y viéndolos a través del vidrio con una sonrisa pequeña. Había tres cuadros en esa mesita: uno donde aparecían las dos niñitas juntas, otro con Carlos en su cuarto cumpleaños y uno en el que estaban los tres chicos. Martín sonrió tontamente y sus manos pararon de tocar la cintura de Manuel.
Él se dio cuenta.
- ¿Qué pasa? –preguntó, pestañeando.
Martín lo miró por un rato, pero no dijo nada. Se levantó e hizo que Manuel le hiciera un espacio en la cama, él no lo entendió.
- ¿Qué pasó? –volvió a cuestionar.
Martín tomó el cuadro con la foto de las niñitas.
- ¡Su primer día de colegio! ¡Ya tienen cinco años! Parece que fue ayer no más que las vi por primera vez…
Manuel se acomodó, sentándose sobre las sábanas revueltas. Se cruzó de piernas y admiró junto a su marido las caras de sus hijas.
- La Emma es realmente igual a ti… en verdad las dos se parecen mucho a ti –comentó, contento- ¿Y notaste lo contestas que estaban yendo al colegio?
- Sí –rio Martín- Agus dijo que me iba a traer un dibujo, porque le pedí que se acordara de todo lo que le pasara en la escuela… ¡es tan linda!
- ¡Están tan lindas! ¡Están tan grandes! ¡Y Carlitos está igual!
- Como un buen hermano mayor, cuidando a sus hermanitas…
- Le dije que las cuidara mucho, sé que lo va a hacer.
- ¡Es un campeón! –Martín tomó la foto de su hijo y se la quedó admirando por un rato- Es mi campeón.
- Nuestro campeón –corrigió Manuel-
- ¿Sabes qué? ¡Apenas se han ido unas horas y ya los extraño mucho!
- Yo también… ¿y si vamos a buscarlos temprano al colegio?
- ¿El primer día?
- ¿Mmm…? –Manuel sugirió, mirándolo con esos ojitos grandes que eran iguales a los de Carlitos.
Martín pensó unos momentos.
- Tenés razón. Vamos.
O
Emma y Agustina se miraron la una a la otra cuando la profesora recibió el papelito y las llamó en voz alta. Guarden sus cosas y vayan a la inspectoría, les dijo. Las niñas no preguntaron nada y aunque sus compañeritos se les quedaron viendo, asintieron de todas maneras, guardaron sus cuadernos en sus mochilas (que tenían el mismo modelo y solo se diferenciaban en el color) y se las pusieron en las espaldas y salieron de la sala y cuando estuvieron afuera apuraron hasta la inspectoría rozándose los hombros.
La inspectora las estaba esperando allá al lado de Carlitos, que se acercó a ellas al instante.
- Ya niños, sus papás los están esperando, ¡vayan, vayan!
Martín tenía los brazos abiertos esperando a sus niñitas, que se abalanzaron sobre él. Manuel vino a acurrucar a Carlitos en sus piernas.
- ¿Cómo les fue? –preguntó Martín de inmediato.
- ¡Bien! ¡Te hice un dibujo, papá! –contesto contenta Agustina. Martín les tomó las mochilitas y se las llevó en los brazos.
- ¡Apuesto a que es el dibujo más bonito!
- ¡Yo también dibujé algo! –saltó Emma, tomando la mano de Martín.
- ¡Quiero ver los dos!
Se encaminaron hasta el auto, los cinco juntos, comentando de las horitas en clase, de cómo eran sus compañeros, si ya tenían amiguitos. Los niños se fueron en los asientos de atrás y cuando Manuel se subió para manejar, Martín preguntó para todos.
- ¿Vamos al Mc’Donalds?
Carlitos, Emma y Agustina se miraron unos a otros. Manuel sonrió cómplice.