Roberto (or Astaroth, pt. 2)
Autor: Blake Halloran
Faltaban apenas dos minutos para que el reloj tocase las doce de la noche y Blake no conseguía pegar ojo. Cada sonido de la casa a la que, tras muchos meses, se había acostumbrado, parecía multiplicarse en el silencio de la noche. A lo lejos escuchaba cómo el agua de la pequeña cascada caía sobre el estanque no tan pequeño y, mucho más cerca, el tic-tac del reloj, puntual cada segundo. Cerró los ojos otra vez, intentando llamar al sueño a su cama, sin éxito. Abrió los ojos y sintió que el corazón se le paraba. Fuera, en el jardín, había una figura de un hombre mirándolo fijamente. Cerró los ojos de nuevo y, cuando los abrió, ya no estaba ahí. El reloj acababa de dar las doce. —Demasiadas películas de fantasmas he visto hoy. —Claro, era el Día de los Muertos, cuando en Mekflix subían todo un catálogo de películas de terror y sobrenaturales nuevas, algunas bastante malas, pero lo suficientemente buenas como para que a lo mejor le estuviera costando un poco conciliar el sueño y tuviera visiones de fantasmas a través de la ventana—. Si hay algún fantasma aquí, que haga una señal —dijo con burla al aire, volviendo a cerrar los ojos. El corazón se le paró por segunda vez en cinco minutos (eso no podía ser sano, la verdad) cuando escuchó el golpeteo de unos nudillos contra el cristal. Temblando, abrió los ojos para ver la misma figura, en el mismo lugar que antes, pero un poco más cerca. Todas las películas de terror que había visto en su vida (y eran muchas) y su propio sentido común le decían que era una mala idea levantarse y acercarse a la ventana, pero en ese momento Blake entendió un poco a la gente de las películas que gritaba "¿Hola?" cuando escuchaba un ruido extraño en su casa. Era como si una fuerza superior le estuviera diciendo que tenía que arriesgar su vida. Porque, por el momento, el fantasma estaba tranquilito ahí fuera. Quizás no podía entrar, y Blake estaba a punto de condenarse a sí mismo. Era experto en eso, de todas formas. Cuando se acercó pudo ver mejor lo que antes sólo había sido una silueta. Era un hombre un poco más mayor que él, y si no fuese porque su sentido de la moda era de los años treinta y tenía un tono verdoso por todo el cuerpo y la piel semitransparente, Blake hubiera pensado que estaba vivo. Cerró las cortinas y las volvió a abrir, e hizo lo mismo con sus ojos, pero esa vez el espectro no desapareció como antes. Pensó abrir la ventana, pero si lo iba a encarar mejor hacerlo en igualdad de condiciones, ¿no? Se puso una chaqueta gruesa y unas zapatillas y salió por la puerta lateral hacia el jardín trasero. Lo que, tal vez, más le extrañaba, era que ninguno de los pokémon parecía alterado por la presencia de un fantasma. Y sí, Blake estaba convencido de que era un fantasma. Nunca había sido un escéptico, incluso si sus encuentros con lo paranormal habían sido más bien escasos. Con pasos cautelosos dio la vuelta a la casa hasta llegar a la pared de su dormitorio. El fantasma no se había movido de allí, y cuando entró en su rango de visión se giró para mirarlo. ¿Qué se le decía a un fantasma? ¿Hola? —Hola —probó. Mala idea. Aunque seguramente cualquier cosa hubiera provocado la misma reacción. Blake puso las manos frente a él, tratando de resistir el golpe, pero el fantasma arremetió contra él y consiguió tirarlo al suelo de espaldas, sacándole un gruñido de dolor. Sin embargo, no hizo nada más, así que Blake retiró los brazos de su rostro y miró alrededor, viéndolo a su lado, de pie, quieto. —¿Y ya? ¿Eso es todo? —¿Qué más quieres que haga? —respondió de forma totalmente inesperada y que a Blake le arrancó un bote del susto. Tenía la voz normal; un poco más aguda de lo que esperaba, tal vez—. ¿Que entre en tu casa, mate a todos tus amigos, te meta en una pokéball y luego le diga a tu casero que "ya está su huerto bien, señor"? —chasqueó la lengua, molesto—. Ah no, que tú no tienes amigos, perdón. Blake se quedó un segundo procesando las palabras que acababa de escuchar. Le tomó un rato más largo del que le gustaría admitir si alguien le preguntaba. —¿Astaroth? —preguntó dudoso. —Qué Astaroth ni qué ocho cuartos. Me llamo Roberto, gilipollas. —¿Roberto? —Sí, Roberto, hijo, Roberto. A lo mejor te sorprende que tenga nombre de verdad y todo. —No, no, no es eso. —¿De verdad estaba hablando con su gourgeist? Bueno, con el fantasma que lo habitaba. Era surrealista—. Pero se supone que no son nombres... humanos. —Ah, tengo cara de pokémon ahora para ti, ¿no? ¿Eres ciego o tonto, niño? —suspiró—. Roberto era el nombre que me puso mi bendita madre, que en paz descanse, antes de que tus amigos de morado me fusilasen. ¿Tienes un cigarro? —¿Puedes fumar? —Puedo fingirlo. —No tengo. —Entonces para qué preguntas. Un silencio algo tengo se formó entre ellos. Blake aprovecho para levantarse y sacudirse la tierra de la ropa ante el escrutinio de Astaroth. Roberto. Lo que fuese. —¿Puedo preguntar por qué has decidido aparecerte hoy? —Iluso, que crees que lo he decidido yo —gruñó—. Esta noche mágica es la única que puedo salir del cacho calabaza ese en el que estoy metido, pero oooh, como siempre me tenías en la pokéball pues no había tenido la oportunidad de presentarme. —Blake buscó con preocupación a Astaroth. El cuerpo del gourgeist estaba aparentemente dormido en su rincón de siempre, encima de la tierra blanda y rica en nutrientes que Blake le compraba—. No te preocupes, estoy bien, pero mientras mi alma está aquí todo lo que mi cuerpo puede hacer es dormir. Es un poco tierno que te preocupes por mí a estas alturas. Una vez pasado el susto inicial y el shock de saber con quién estaba hablando, Blake comenzó a sentirse mal. La culpa que cargaba siempre se hacía en ocasiones más liviana cuando veía que, ahora, los pokémon que vivían con él eran un poco más felices que antes, pero en ese momento le volvió más pesada que nunca. Si Astaroth estaba allí, hablando con él, significaba que todos (o gran parte) de los gourgeist y pumpkaboo que había tenido que capturar o eliminar aquella noche también tenían alma de persona. No por eso hacía peor lo que había hecho, pero Roberto seguramente los conocía y los había visto morir, a sus manos. Eso, además de su evidente ideología, explicaba que Blake hubiera tardado tanto en hacer que le hiciera un mínimo de caso. —Lo siento. Sé que no arregla nada, pero siento lo que hice. —Lo sé —respondió el fantasma para su sorpresa. Tenía cara de amargado pero a Blake le pareció ver un amago de sonrisa—. No lo estás haciendo mal, chaval. Sigue así. Blake iba a darle las gracias después del shock inicial cuando Roberto desapareció en una nube de humo verdoso. Donde antes había estado sólo quedó el vacío de la noche, y unos metros más allá, Astaroth se revolvió donde estaba durmiendo. Blake se acercó a él y le retiró un poco de la tierra que tenía sobre el talló. El pokémon abrió un ojo, lo miró, y volvió a cerrarlo tranquilamente para dormir. No había miedo ni rencor en su mirada, solo pura calma. Blake se puso en pie de nuevo y entró en la casa, todavía dudando si lo que acababa de ocurrir había sido real o no. Se quitó la chaqueta y dejó las zapatillas en la entrada, sintiendo el sueño por primera vez esa noche escalarle hasta los ojos y comenzar a cerrárselos. Se tiró en la cama, serpentenado dentro de las mantas. Fuera, una suave llovizna comenzó a empapar el lugar y escuchó los pasos suaves de Gaddhara correr desde fuera hasta el interior, arremolinándose en el suelo junto a su cama para dormir seca. Sus hombros se sentían mucho más ligeros ahora.










