Una semana. Una semana era el tiempo que le había tomado para, no analizar la noticia, pero evitar ser una maraña de caos andante y ordenar sus pensamientos y planes en un sólo lugar (aunque cualquier podría decir que, objetivamente, no tenía idea de qué estaba haciendo). El primer día simplemente se había enterrado en un tumulto de sábanas a ahogarse en sus propias lágrimas y gritarle a cualquiera que se atreviese a interrumpirle. El segundo y el tercero, simplemente atendió a sus estúpidas reuniones y rechazó absolutamente todos los emprendimientos que le ofrecieron. El cuarto fue una locura, tuvo la idiota idea de salir a tomar aire fresco y así las cámaras pudieron reflejar a un Jayson Mercer arruinado por la droga con los ojos alocadamente rojos (resultado no sólo del éxtasis, sino del llanto que le trastornaba las noches). El quinto se estableció con una conversación con su padre, larga y tendida, donde las causas y consecuencias generaron que pidiese a sus asistentes la compra de un boleto de avión. En el sexto día sólo logró armar una maleta pequeña, compuesta de una camisa (sí, sólo una) mientras iba de un lado a otro cancelando proyectos y eventos, peleando con su agente financiero y sus representantes. Cuestiones que claramente no tenía por qué hacer, dado que mantenía suficiente control de su carrera para tirar todo a la borda sin avisar, mas necesitaba excusa para ocupar su cabeza antes de convertirse en una enfurecida bestia.
El séptimo día caminaba por un aeropuerto vagamente familiar, evitando ser visto por algún argentino curioso que lo detuviese. No podía perder el tiempo o sus propios demonios harían que velozmente saltara al próximo avión que diese la vuelta hacia Nueva York. Se encontraba sólo con un papel lleno de números y direcciones, hecho un completo lío. Algo de acohol en su sangre y alguna pizca de otra sustancia, residuo de la velada anterior, cuando por cobardía estuvo a punto de tirar el pasaje a la basura. No había hablado con nadie acerca del motivo de su repentino viaje, apenas había tocado el tema con su padre, quien aún sin saber la razón de su desesperación fue paciente y escuchó los insultos, el llanto y los gritos del otro lado del teléfono. Ni siquiera había saludado a Katie, dado que tan sólo la idea de hacerlo le provocaba un nudo en el estómago que tardaría en cesar.
Mas allí estaba, en la puerta de la casa de la madre de Mare con una expresión inmutable. Releía la detonante carta una y otra vez, sin poder aceptar que todo aquello fuese real. Una acción tan simple como tocar el timbre le estaba tomando demasiados minutos y en un impulso esporádico logro traspasar el límite y chocas sus nudillos con la puerta. Cabizbaja, escuchó cómo la puerta se abría levemente y sin ser capaz de levantar la mirada jugueteó con sus dedos con ansiedad--. Ehm...v-vengo a ver a Mare si...si no está p-puedo pasar en otro momento... --logró decir en un débil balbuceo con un nerviosismo que jamás le había caraterizado--.










