Millennial beat (Una historia bien triste)
Soy espectador en primera fila de cómo los genios del milenio están siendo destruidos por el monstruo mediático, esclavos desnudos de una pantalla táctil, mendigando atención en sus paginas de perfil. Suplicantes por una dosis de aceptación. Suben selfies en exceso, publican sus estúpidos estados con pensamientos plagiados y comparten comparten comparten la misma mierda que esta generación gusta consumir. Crean una bitácora de sus vidas, una autobiografía escrita sin intención, viajando por el espacio a través de cables y antenas, vibrando con el lamento de millones de vidas desperdiciadas.
Los Millennials se reinventan al dadaísmo, hacen performances por internet sin ningún sentido, evangelizan que ser estúpido es lo mejor, lo más divertido, lo correcto, lo que te dará lo que siempre has querido, quince minutos de fama viral por tu orgullo y dignidad.
Tan barata se vende la mente joven, tan barata la creatividad, es una falacia, corriente y pirata, un publicista de internet conectando su cerebro a una maquina.
No somos adictos, bueno, no tanto…
Me retracto, somos muy adictos, adictos a la violencia, a la marihuana, a la mentira, al cristal, a la corrupción, a lo sucio, a pecar, al polvo blanco, al polvo de un coño, ese coño que desde hace tanto te querías follar, a los ácidos, a la publicidad, a la mercadotecnia, creando y vendiendo almas al mejor postor, a la comida, al alcohol, al consumismo, al mal arte, al buen arte, al anti-arte, que chingue su madre el arte. Que chingue su madre Toledo, que chingue su madre Andriachi y los otros culeros.
Decrepitismo haciéndose pasar por los redentores de una nación que no se desea levantar. No necesitamos artistas venidos de lo mismo, vendidos, el arte está jodido, el surrealismo se murió, la literatura existe en la puerta de un baño público en el mercado.
Que desnudo me siento, que desnudo y que solo y contradictorio, hablando contra la generación que me denomina, que jodido y drogado y ojeroso y triste y roto y culpable y pendejo y enfermo, fumando porro tras porro, llenando de cenizas el cuaderno, escondido de la luz como la cucaracha que soy, con miedo de ser descubierto y pisado.
Somos la generación de la que se avergonzarán los hijos de sus hijos, los rezagos del antiguo milenio, escuchamos blues y jazz pero no lo entendemos, preferimos quedarnos en el infierno, somos el arte contemporáneo, la revolución a base de memes arbitrarios. Queremos cambiar al mundo desde el sofá sentados. Frezapatistas, Mirrreyes de starbucks, hipsters por moda, hippies por ocio, no saben que hemos nacido, no saben que Jesucristo ha venido, no saben de la sangre que se derrama, son una cuenta de twitter en la pantalla, no saben nada, solo saben que alguien más va a venir a limpiar la mierda en la que están sumergidos.
Somos esa porquería que se vuelve famosa por publicar videos pornográficos, obras de teatro morbosas, escritos con más pitos que comas, pinche música con un chingo de putas groserías, libertinaje escondido bajo la falda de la libertad de expresión. Somos quienes rompen las ventanas, queman autos, protestan pero no logran ni que se le haga justicia a cuarenta y… Cuántos eran? Ya nadie se acuerda. Somos olvido. Una marcha de año tras año para recordar a los hermanos caídos.
Somos la generación que tiene sexo virtual, hasta el más pendejo ha cogido por whatsapp. Los pechos, las tetas, las chichis, se suben a instagram, las búsquedas de suicidios en google no dejan de llegar, somos una vida online.
Somos la generación que va a Huautla y come hongos y se convierte en dioses de otros universos, platica con su pasado y conoce a muertos famosos. Baila toda la noche invocando a la lluvia en la punta del cerro y fumando enormes pipas con peyote, y al amanecer baja y se emborracha con pulque y vomita todos sus miedos y sus complejos y se cree feliz y libre, somos esa generación que duerme en los parques cuando el alcohol y las drogas no salen a tiempo de la sangre y el cielo infinitamente oscuro se te para enfrente succionando tu alma a nuevos y desconocidos abismos.
Los que quieren ser escuchados pero no quieren votar y venden su voto por un poco de efectivo para seguir comprando drogas y vino. Los que quieren hacer la diferencia sin hacer nada. Los que con un hashtag se ganan al cielo su entrada. Los que toman vodka hasta que se orinan encima y llaman puta a su madre pero lo olvidan a la mañana siguiente. Los que visitan bares homosexuales y se dejan penetrar por amor al arte, los que consumen cocaína de las nalgas de una chica francesa que conocieron en la universidad, los que son chupados por la profesora de marketing y publicidad. Los que roban libros y los leen y luego los regalan. Los que soñaron que ser artistas era lo indicado. Los que han sido de su espíritu cercenados. Los que se atascan de Prozac, de Valium.
Somos los que se enamoran por internet, los estúpidos, los que viajan a Oaxaca para conocer al amor de su vida, caminando por días, y al final el amor no lo valía. Los que cambian su cámara hipster por un litro de mezcal y una cama donde no te cojan, a la fuerza. Somos los que cogen, los que cogen con cual quiera, los que cogen bien, los que cogen mal, los que no cogen, los que quieren dejar de follar, somos precoces, promiscuos, todo se trata de la verga, el falo, la vagina, el coño, el meter y sacar, somos los que desvirgan a las niñas del Cedart, somos esa generación que vive pensando en fornicar. Somos los que bailan frente al espejo con las lonjas de fuera, no somos perfectos, somos auténticos, no somos cualquiera, somos genios. Estoy seguro que estamos destinados a cosas grandes, al menos algunos de nosotros, dos de nosotros, al menos, yo.
Estaremos leyendo poemas frente a la multitud, o escribiendo sobre inmortales para volvernos uno, para nunca morir y ser enviados a ese lugar donde la densidad de la neblina no te deja mirar. Estaremos donde debemos estar: en la cima de la montaña, al pie del infierno, solos, como las generaciones antes que nosotros, excepto que con mil ‘amigos’ en Facebook. Y es que estamos en la sala de espera de ese lugar perdido que tanto queremos encontrar. La generación millennial también se irá, y vendrá sangre nueva, niños con ideas aboliendo las nuestras, cada vez más libres y a la vez más esclavos de la tecnología y el progreso.
El millennialismo tiene pocos años por vivir. Somos el anticristo del postmodernismo. El dadaísmo se ha vuelto violento. He hecho un pacto con Satanás. La fama y la fortuna a cambio de sus almas.