Un mapa imaginario dibujado a lápiz flota sobre la mesa; sus costas imposibles y bosques fantásticos evocan continentes que nunca fueron. En la tenue luz, este mapa de “Nueva Antarktika” sugiere montañas y puertos que solo existen en la mente de su creador. ¿Qué impulsó esos trazos? Quizá la esperanza de un mundo más justo, quizá el eco distorsionado de nuestro propio mundo. Cada línea en el papel es un acto de imaginación crítica: un dragón dibujado al borde del mapa que nos advierte “aquí hay injusticias”, un desierto etiquetado “Tierra Baldía” que refleja la soledad de los marginados. En los márgenes, a lápiz, alguien garabateó notas sobre pueblos cooperativos y ciudades-estado en guerra. El cartógrafo de este mundo ficticio juega a ser geógrafo y profeta: diseñando cordilleras, decide qué pueblos permanecen aislados; dibujando fronteras, imagina conflictos o alianzas. El ejercicio de crear un mapa inexistente nos invita a pensar qué cambiaríamos del mapa existente. Al recorrer con la yema de los dedos este atlas de la fantasía, sentimos una verdad sutil: todo mapa es una propuesta, un relato sobre cómo vemos (u ocultamos) el poder, la comunidad, la esperanza. Como lectores de mapas que nunca existieron, afinamos la mirada para reconocer los contornos invisibles de nuestro propio mundo. La próxima vez que mires un mapamundi, pregúntate cuántos mundos posibles laten en sus silencios y sus bordes. Al fin y al cabo, imaginar mundos es el primer paso para transformarlo todo.