CUMPLEAÑOS
Esa noche era la reunión por el cumpleaños de mi tía. Desde temprano estábamos todos en casa algo alborotados, no recuerdo muy bien por qué. Sospecho que era por el baño: era muy pequeño para tantos que éramos. Unos corrían sin decir nada. Otros caminaban, gritando si alguien sabía dónde estaban sus medias favoritas o su polo azul. Por mi parte, andaba muy tranquilo, no tengo muy claro por qué todos andaban así, ¡faltaban horas para la reunión!
En medio pestañear, pasamos de estar a tiempo a estar tarde. Tuvimos que corre al carro, que insisto, no sé cómo pudimos entrar todos. Cuando llegamos a la casa de mi tía, luego de una hora de viaje, que parecieron segundos, a decir verdad, entramos y todo estaba muy bien iluminado, con la mesa llena de comida a un lado del salón.
No quería saludar a todos, no había ni espacio por donde caminar, así que me quedé en la cocina. Y esto sí que me acuerdo con gran claridad: Éramos muchos y no había espacio por donde caminar porque todos eran gemelos o mellizos. Cada uno de mis hermanos, que son trillizos, tenía un gemelo cada uno. Mi madre, mi padre, mis abuelos, mis tíos, mis primos, todos, tenían sus gemelos. ¿Yo tenía un gemelo? No, sabía que no lo tenía.
Cuando me percaté que no tenía un gemelo, me agité, sólo un poco. Y como efecto de película, comencé a ver de un lado para otro y miraba a todos con poca claridad. No comprendía qué estaba pasando.
Al despertarme, la sensación de que algo no encaja persistía. Miré a mi alrededor, todo estaba normal, excepto por algo: me había quitado mis medias mientras dormía. Cuando busqué el par, no lo encontré, sólo tenía una, como muchas otras medias dispares que tenía en el último cajón. Quizá sea el único que había formado un club de calcetines solitarios, del que yo era el integrante principal.









