★ || @nontumdra
Nunca fue de su agrado eso de “hundir barcos por mero gusto”, pero a sus hermanas parecía divertirles lo suficiente cuando estaban aburridas y ella, una de las menores, se veía en la obligación de acompañarlas. Al final, Signý se limitaba a observar desde un lugar no lo suficientemente cerca como para ensuciarse las manos, pero tampoco tan lejos como para perderse de los detalles. Así fue como presenció el momento en que, uno tras otro, los hombres caían directo al mar, chocaban contra rocas y se ahogaban sin recibir misericordia, hechizados por el dulce y venenoso canto de las sirenas.
Rogando por esos hombres, en busca de que su muerte no fuera tan dolorosa como parecía, se acercó tras varios minutos a los alrededores de lo poco que quedaba de la embarcación, en busca de lo único que le importa: pequeños y brillantes tesoros que ya no le pertenecían a ellos.
Sin embargo, el sonido del agua siendo alborotada y una ronca tos muy cerca, pusieron a la criatura marina alerta, la misma que se aferró a los objetos que había recogido, antes de voltearse hacia el sitio de dónde provenían los ruidos.
Curiosa como ninguna otra, sus brillantes ojos fijaron una mirada desbordante de ingenuidad en un cuerpo que flotaba a la deriva sobre un par de tablones, intentando aferrarse a cualquier pedazo de madera que pudiera salvarle la vida. Ese humano no lucía como los demás, de silueta menuda e incluso delicada, de alguna forma consiguió salir vivo del calvario protagonizado por el grupo de sirenas que hundió el navío.
Lentamente, Signý nadó en círculos alrededor de la indefensa figura ante ella. Y cuando notó que los brazos ajenos cedían a su propio peso y al impacto de las suaves olas, la sirena extendió sus manos hacia adelante, empujándole con cuidado para que no resbalara más.










