Rallado.
Al no sentir latido, apuntó sus dedos duros y usando sus uñas como garras, sumergió la mano en su pecho para descubrir que, en lugar de corazón, se hallaba un betabel jugoso; no había desayunado y en esa mañana de mayo el calor se empezaba a sentir desde temprano. Pasó su betabel inerte por el rallador y lo disfrutó con la sal de algunas lágrimas que aún goteaban por sus cachetes. Lástima que no había limones en el refrigerador, por lo menos ya no tenía el estómago vacío.
Brenda G. H.















