A veces me dan ganas de volver a ser fuego
Desde hace unos días, me encuentro mirando hacia atrás. Y aunque lo vea tan cercano, ya pasó un tiempo.
Por momentos, desearía volver a vivirlo todo: esa adrenalina desbordada de la adolescencia, el cosquilleo dulce de la primera ilusión, las peleas absurdas con quienes eran tu mundo en ese entonces. Volver a sentir esa chispa interna que encendía cada rincón de mi cuerpo. Volver a ser fuego.
Recuerdo todo eso con una mezcla de nostalgia y orgullo. Porque lo viví intensamente, sin medias tintas. Porque sabía, muy en el fondo, que llegaría este momento en el que la adultez, con su sensatez forzada, me impediría tomar ciertas decisiones por puro impulso. Y hoy, desde este presente más medido, puedo decir: “Puaaa… pero qué bien he vivido”.
El futuro se presenta tan lleno de incertidumbre. El presente, tan exigente, tan cargado.
Y sin embargo, el pasado —aun con todo lo que dolió— se siente suave, casi pacífico, como una vieja canción que te abraza con aroma a jazmín.
La inocencia, la fe ciega, la crudeza, la ternura, la conexión auténtica, el amor sin condiciones, la idea pura de la amistad... todo eso se mezcla adentro mío. Y me deja con una pregunta flotando:
¿Qué habrá sido de aquellas personas que cruzaron mi camino?
Incluso de quienes me hicieron daño… ¿Habrán reflexionado? ¿Pensarán alguna vez en mí, como lo estoy haciendo yo ahora?
¿Habré dejado alguna huella en sus vidas, como ellos —para bien o mal— la dejaron en la mía?
A veces no quiero volver en el tiempo.
A veces solo quiero volver a sentirme viva como entonces. Volver a ser fuego.
Y aunque el mundo hoy me pida calma, todavía me arde un poquito el alma.