Ni el gorila ni la deidad saben que van a morir; sólo nosotros, situados a medio camino entre la carne y el espíritu, entre el bien y el mal, entre el sexo y el cerebro, entre la existencia y la inexistencia, tenemos grabada nuestra sentencia en la frente. Sólo para nosotros es este campo de exterminio. Sólo para nosotros que tejemos día a día, en los ojos de la mente, el futuro ("y el sol saldrá también mañana"), se ha preparado, a través de este mismo don milagroso, el castigo supremo: seremos exterminados todos, todos, todos, hasta el último, tan seguro como que el sol saldrá también mañana. El hecho de que esto vaya a suceder no constituye en sí mismo el martirio que nos ha sido concedido en este infierno cotidiano —pues también desaparecerán hasta el último de los perros y los elefantes y los eucaliptos y los piojos y los líquenes y los paramecios, junto con los astros y las galaxias y la sustancia diamantina d nuestro mundo—. Es el conocimiento de nuestro destino común, el hierro incandescente con el que somos marcados, directamente en el cerebro, como las vacas en la grupa, antes de la ejecución final.