Un gran placer invernal: tomar el sol, aunque hagan pocos grados
Ahora que estoy de vacaciones de invierno, me he dado cuenta que tengo algo en común con los perros: apenas sale el sol, salgo al patio a ponerme justo donde llega con más fuerza, más directo.
Y me quedo ahí, al comienzo abrigadísimo. Hacen pocos grados, pero con el tiempo, con un poco de paciencia, el sol comienza a hacer efecto. Las ropas comienzan a absorber los rayos, y un calor exquisito e inigualable se extiende por todo el cuerpo.
Más que un perro, parezco una lagartija. Ni me muevo. Aprovecho de meditar, de mirar las aves, las nubes. De leer novelas clásicas, poesía clásica (solo el arte clásico parece estar altura de los grandes paisajes, de los inmensos placeres que nos ofrece la naturaleza), y a eso del mediodía, ya estoy en ropa interior (¡mientras adentro mi familia está abrigada alrededor de la estufa!).
No hay gozo más grande que disfrutar del sol en invierno. Es casi un secreto a voces, una práctica excéntrica, un gusto adquirido. Hay que tenerle fe y paciencia. A la sombra, hace un frío atroz. Pero si las nubes lo permiten, y tenemos algo de tiempo, dejarnos querer por el sol será una experiencia indescriptible, e incluso adictiva.
De hecho, hablando con un amigo, me preguntó por qué este invierno no he salido a la playa, o algún otro lugar para despejarme. Lo cierto es que no he tenido ninguna necesidad de moverme del patio de mi casa. Acá está mi país de nunca jamás. Acá está el gozo, la calma. Y la plenitud.
Escrito por: Fernando Osorio
redactor de Silvestre & Coqueta.