¡Bienvenida sea tu Voluntad!
Lecturas del día (13-may-2020): Hch 15, 1-6 / Sal 122[121], 1-2.3-4a.4b-5 (R. cf.1) / Jn 15, 1-8.
Cuando empezamos a caminar con Jesús, descubrimos que todo tiene un propósito y que ese propósito va mucho más allá de nuestros razonamientos, de nuestras lógicas humanas, mucho más allá de nuestros esquemas, de nuestras fuerzas y, sobre todo, de nuestra voluntad.
Hay una de las peticiones de la oración que nos enseñó nuestro Señor Jesús - el Padre Nuestro - que antes me costaba muchísimo rezarla, incluso y sin caer en exageraciones, la pronunciaba entre dientes: «hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el cielo.» (Mt 6, 10); rezaba esta parte con mucho temor porque me costaba dejarlo hacer su Voluntad en mí y optaba, incluso, por descontextualizar su Palabra, porque cuando alguien - que hoy comprendo eran enviados del Señor – al ver mis angustias y mis luchas me decía «descansa en el Señor», me molestaba y les respondía: No, porque el Señor dice «Sé, pues, valiente y muy firme» (Jos 1, 7); digo descontextualizado porque solo me fijaba en ese versículo de la Palabra, pero no tenía en cuenta lo que la Palabra dice a continuación: «No se aparte el libro de esta Ley de tus labios: medítalo día y noche: así procurarás obrar en todo conforme a lo que en él está escrito, y tendrás suerte y éxito en tus empresas.» (Jos 1, 8). ¿Vez cuan descontextualizado andaba por el camino?
Era un camino sin Jesús, pero cuando Él fijo su mirada en mí y sonriendo me llamo por mi nombre, empecé a dejarlo entrar y poco a poco, a dejarlo moldear todo mi ser. No ha sido nada fácil, tal vez porque en mi había – y aún hay - muchas ramitas secas que solo Él sabía no iban a producir fruto, pero el podar de esas ramitas ha sido muy doloroso viéndolo desde mi humanidad, porque para nadie es fácil desprenderse de sus seguridades, de sus zonas de confort.
Era muy arrogante, soberbio, autosuficiente, egocentrista - y no sigo porque la lista es bastante larga – y aunque aún hay muchos rastros de esas viejas amigas en mí, es Él mismo Señor quien día a día se encarga de hablarme y mostrarme en su Palabra aquellas cosas que no le agradan y que debo dejar atrás.
Hace poco, exactamente en los días de esta hermosa cuaresma que acabamos de vivir, me confronto muy fuerte, estremeció todo mi ser, y me insistió tres veces de diferentes formas, que «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mt 16, 24); y confieso que no lo comprendía, es más, le decía: «Pero si yo te sigo Señor, ¿Qué me quieres decir?» Solo hasta la tercera vez fue que comprendí lo que me estaba pidiendo, y la respuesta llego gracias a mi hermano querido y compañero de largas tertulias – que tanta falta me hacen - que en esos días me escribió para preguntarme que me estaba pasando, porque hacía ya varios días no veía publicadas las reflexiones, y con solo decirle «más tarde hablamos mi hermano querido», fue suficiente para el saber que algo estaba sucediendo dentro de mi corazón.
Al rato, me llamo y me dijo: Me dejaste inquieto, paso por ti esta noche, acompáñame a un Rosario, y así fue… Era viernes de viacrucis y hoy comprendo, que todo estaba perfectamente planeado por el Señor… Hicimos el Rosario de las Llagas de Cristo y entre misterio y misterio, sentía como el Señor iba cortando esas ramitas, esos sarmientos secos, estériles, que nada producirían en mi vida y mucho menos, en mi prójimo, en mi familia, en mi hogar.
Esa noche, ante esa preciosa Cruz, misterio a misterio, le entregué a Jesús el peso de las cruces que producen en mí, esos sarmientos secos, como son la arrogancia y la soberbia – ahora sutilmente disfrazada con el traje de la indiferencia – y le dije: Te entrego estas cruces Señor, te entrego esta arrogancia y esta soberbia sutilmente disfrazada, y tomo tu cruz de humildad y mansedumbre porque quiero seguirte de verdad. Quiero ser manso y humilde de corazón, como tú lo eres Señor. (cf. Mt 11, 29). De regreso a casa, mi hermano querido me dice: dime un número... - creo que le dije el número siete – estiro su brazo hacia el bolsillo trasero de la silla del copiloto, saco una tarjetita y me la entrego; y al leerla, sentí una gran paz en mi corazón, porque fue el mismo Jesús confirmándome, a través de esa tarjetita, cuál es su propósito en mi vida: «El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mi» (Mt 10, 38).
El Evangelio de hoy toca profundamente mi corazón, porque si en verdad quiero llegar a ser una ramita, solo un sarmiento de la vid verdadera que es nuestro Señor Jesús, debo dejar que nuestro viñador, Dios Padre, continúe su obra de amor en mí, no a mi manera, sino conforme a su Voluntad; debo permitirle que continúe cortando en mí, esas ramitas secas que no dan frutos y aún persisten, «para que dé más fruto.» (Jn 15, 2), y esos cortes sí que duelen, porque estremecen todo nuestro ser, rompen todas nuestras estructuras.
Hoy, sin temor alguno, con plena confianza en su amor, le dijo: «hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el cielo», ¡Bienvenida sea tu Voluntad a mi vida, Señor! «corta todo sarmiento que en mí no da fruto.» (Jn 15, 2). Quiero estar limpio y enamorarme cada día más de tu Palabra; Quiero permanecer en ti, para que tu permanezcas en mí; Quiero, Señor, dar muchos frutos en tu nombre, pero que sean conforme tu Voluntad y no la mía. Corta de mi corazón y echa al fuego para que ardan, todas aquellas ramitas secas que no dan frutos y que me alejan de ti, de tu amor puro y perfecto; Dame la gracia, Señor, de permanecer en tu Palabra y en tu nombre dar muchos frutos, porque lo que más ansia mi alma, es que sea tu discípulo. ¡Aquí estoy para hacer tú Voluntad!
El Señor te bendiga y te guarde mi amado hermano, te conceda su paz y continúe su obra de amor en ti.
Por: Ricardo Sánchez Martínez – Agente para la Evangelización, Arquidiócesis de Barranquilla / Ministerio de Música Parroquia Inmaculado Corazón de María, Barranquilla – Colombia.
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