Me parece que un productor latinoamericano es más parecido a un gestor cultural que a un cineasta, porque no solo trabajamos con otros realizadores, sino que colaboramos con artistas plásticos, escénicos, músicos, diseñadores de moda, etc, para incorporar su trabajo en nuestras producciones.
También involucramos a las comunidades con las que rodamos y nos insertamos en sus dinámicas para hacernos más discretos. Colaboramos con marcas locales y buscamos patrocinios como forma de trueque económico. Denunciamos problemáticas sociales y algunos también nos convertimos en activistas porque logramos ver desde adentro algunos movimiento, sobre todo en el cine documental. Muchas veces pedimos becas gubernamentales que nos requieren dar talleres como forma de remuneración social, así que también nos volvemos educadores y maestros.
Bajo esta misma lógica organizamos colectas, bazares, fiestas, rifas, vendimias o proyecciones para conseguir dinero, porque no siempre tenemos ganas de pedirle dinero a papá gobierno por lo que las películas no siempre son solo proyectos artísticos, sino que los convertimos en eventos culturales.
Obviamente existen de productores a productores, éticas de trabajo a éticas extractivistas. No siempre hay conciencia social. No todo es arte. No todos nos movemos desde la precarización. Pero lo que es seguro es que cualquier perfil es bienvenido, pues la producción es un oficio polisémico.
De hecho hay todo tipo de perfiles en el departamento de produ, desde personas de negocios, mercadólogos y abogados, hasta los que sabemos de todo un poco como temas de derecho de autor, contabilidad y publicidad, pero no somos expertos en casi nada. Y como no hay muchos profesionales especializados en cinematografía, tenemos que tener noción suficiente al menos para saber a quién preguntar.
Muchas veces también somos inversores. Casi siempre de capital humano. Nuestra prioridad debe ser pagarle al otro y asumir que nuestra única remuneración será que el proyecto salga a flote. ¿Es lo ideal? No. ¿Es nuestra obligación convertirnos en mártires cinematográficos? Tampoco. Pero a veces es lo que hay, y han sido innumerables proyectos en los que he trabajado de esta manera, sobre todo como estudiante y cineasta joven. ¿Y cómo pago la renta y la comida? Tengo un trabajo regular de oficinista que me permite mantener abierto mi correo personal y una docena de pestañas que nada tienen que ver con mis tareas remuneradas.
Reconozco que hay mucho que aprender. Incluso estoy considerando una segunda carrera o una maestría que me ayude a digerir la dualidad del cine que termina siendo tanto una obra tanto mercantil como artística. Y es que los productores también somos artistas e idealistas que normalmente estamos en lucha contra el capital. Si hubiésemos querido ser agentes de ventas no estaríamos pasando hambre por gusto. La mala noticia es que tampoco nos alcanza el dinero de los subsidios para contratar a un asesor financiero, por lo que buscamos la remuneración de nuestro trabajo como quien no quiere la cosa.
Lo último, pero lo más importante, debemos ser optimistas, porque nos tenemos que enfrentar al rechazo y al descrédito todo el tiempo. Es, en mi opinión, lo más duro. Tener que animar al crew cuando el que más necesita consuelo eres tú. Ya que, si la gente se desmoraliza, los meses o años de negligencia alimentaria no habrán servido de nada.
Es así que con el paso del tiempo, ser un productor o productora latinoamericana se vuelve un músculo, un cayo, una coraza. Por eso creo que si logras levantar una película en Latinoamérica, podrás hacerlo en cualquier otro lugar. Incluso con el estómago lleno.

















