La fuente del deseo
No entendimos que la historia se escribía en cada esquina. Que la anhelada felicidad de ambos se encontraba doblando a la derecha. No pudimos aceptar que nuestras manos se buscaban en el aire, y a gritos, nuestros ojos rogaban por encontrarse.
Le hicimos creer al destino que divagábamos por gusto y no por interés. Le hicimos pensar a la vida que mirábamos al vacío, cuando realmente nos mirábamos entre nosotros esperando caer, sucumbir, renacer. En el intento de lo delatarse, al final sus ojos cayeron sobre los míos, y sus manos, apenadas, a pesar de haber encontrado las mías entre vuelos, prefirieron seguir vagando. El reloj seguía corriendo y nos divertíamos pretendiendo no esperar nada de la vida, disfrutando imaginar el comienzo de lo imposible. Admiró mis labios cuanto pudo y me juró en silencio que había sido yo su deseo.
No había fuente en la ciudad capaz de cumplir tal anhelo, no hubo noche donde por fin decidiéramos detener el juego. Torpemente volvíamos al inicio, sin quererlo volvíamos a empezar. Y siempre, frente a la fría noche, las fuentes se quedaban esperando la moneda que por mirarme a mí, él olvidaba tirar.


















