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@convdepavlo
Vertedero de Alcalá
LA REPÚBLICA, EL LENGUAJE Y LA VIOLENCIA. TRES PATAS PARA UN BANCO
Una de las singularidades del lenguaje como fenómeno social es su capacidad no sólo como herramienta descriptiva, sino también como instrumento de creación. ¿Había ideas antes de que hubiese lenguaje? Si las había, ¿de qué manera se conformaban?
Sea como fuere, la posibilidad de materialización de las estructuras lingüísticas supone un aforismo ineludible: el lenguaje es un compás ideológico. A medida que el lenguaje se va transformando, nuestra capacidad de comprensión cambia y evoluciona con él. No sólo mediante un vocabulario más amplio y concreto, sino también a través de una estructuración ideológica mayor.
Cuando Moraza habla de república, ésta sólo puede entenderse como una abstracción, una idea. Un lugar que, en realidad, solo puede existir en un plano imaginario. Esto es así precisamente por no tener en cuenta el contexto real en el que enmarca su obra, aunque la obra en sí trate lo real. Cuando intenta explicar cual es “su” república, lo hace con términos creativos, pero sin fundamentación contextual o materialista, lo cual convierte el resto del discurso en una burbuja, ajena a la realidad política. ¿Es entonces esa república, donde lo común aparece como una especie de hilos que todo lo manejan, posible? No, y sí. No, porque un contrato social de ese calibre, aparentemente liberado de estructuras económicas, resulta demasiado ingenio y antimaterialista como para ser tomado realmente en serio como sistema social. Y sí, porque en realidad, ya existe un sistema social que, aunque con matices, funciona, o más bien podría funcionar, de esa manera. Volvemos al lenguaje.
El lenguaje se ve constantemente influido por la realidad que lo moldea, pero también funciona de una manera muy particular. Si atendemos a la idea de hegemonía de Gramsci, podemos comprender el lenguaje como un brazo en gran medida subordinado a la cultura dominante. Sin embargo, yo no hablo de la relación del lenguaje con sus portadores (nosotros), sino del lenguaje en sí mismo como estructura. Una construcción social tan ancestral que hasta nos ha hecho evolucionar biológicamente (la cavidad bucal, las cuerdas vocales, etc). El lenguaje se convierte en la república común. Es la máxima expresión de democracia, debido a que habilita un espacio (obviamente imaginario) donde todos los conceptos están dispuestos de manera horizontal. Es únicamente el ser humano, cuando instrumentaliza el lenguaje, aquel que destruye la democracia inherente para construir violencia. Las frases, las oraciones son imposiciones. Se altera el orden conceptual colectivo para crear intenciones, o ideas individuales (que no tienen por qué ser individualistas, ojo). De esta manera, cuando el lenguaje pasa del plano construido o imaginario a la realidad, es siempre por un proceso que implica violencia. Es arrancado de su dimensión y reconstruido en la nuestra, perdiendo por el camino sus propiedades democráticas y “horizontalistas”. ¿Quiere decir esto que cuando usamos el lenguaje, usamos la violencia? Pero vayamos más atrás todavía, ¿qué es exactamente la violencia? El concepto de violencia suele ser vetado en el imaginario colectivo. Suele ser algo despreciable, o entendido como moralmente malo. Y aun así, la historia de la humanidad, del reino animal, de la vida, es la historia de la violencia. Puede que la solución pase por replantear el término de violencia, y establecer una visión de la realidad en torno a ella. Construir una aceptación, una asimilación de que todo lo que nos rodea es o se basa en la ella, y a partir de ahí, instaurar una jerarquía de la violencia, para a continuación poder ordenar una democratización de la violencia. Quizás ese sea el único camino a su república.
A saber, que complejo es todo. En la exposición de Moraza, estos tres conceptos (república, lenguaje, y violencia) se desparraman por el museo, no se muy bien si consiguiendo las intenciones que el autor quería transmitir, o diluyéndose como una exposición de arte contemporáneo más (en realidad sí que lo sé). Aunque el discurso es ahora la parte más importante de la producción artística (o eso dicen), ocurre que cuando ésta es expuesta, la intencionalidad de la misma se repliega y se esconde, haciendo que la explicación más brillante se iguale a la explicación más pobre. Esto es así porque, en última instancia, el mercado del arte no premia al discurso más profundo o trascendental, sino al que mejor sabe adaptarse a las exigencias del mismo. Es decir, al que mejor se prostituye. Los discursos se convierten entonces en carcasas, que no tienen por qué llevar dentro una verdadera carga ideológica o filosófica. Si los discursos no se ven, sino que se tienen que intuir, y se delega todo en la formalidad estética, hasta el campo más heterogéneo pasa a ser un vasto desierto de homogeneidad. Contextualizando de esta manera la obra de Moraza, todas sus intenciones quedan anuladas. No consiguen llegar ni transmitir todo aquello que él mismo comentaba sobre su república. En especial me llama la atención una parte en la que decía tratar sobre la crisis de la representación, y el museo como lugar de participación. Sin embargo, algunos de sus proyectos estaban protegidos por urnas de cristal, y el resto constantemente vigilados por guardias de seguridad para evitar cualquier contacto. ¿Qué participación, entonces? La que establece el artista, por supuesto. Sólo había dos zonas con las cuales se podía interaccionar, aunque siempre bajo la atenta mirada de los guardias. ¿Esa es la participación que pretende desarrollar Moraza? ¿No peca quizá de paternalista? Igual es una ingenuidad, pero, ¿no es la participación que nos propone un falso juego social determinado a priori? ¿Un mapa con el camino que debemos recorrer ya marcado? ¿Una experiencia interactiva restringida (a modo de videojuego, cuando hay algunas puertas que no puedes traspasar) pero que no permite una reciprocidad verdadera entre el público y la obra? ¿Dónde queda entonces la república? ¿No se está imponiendo lo que se puede o no se puede, lo que está a un lado de la línea u otro? ¿Lo que es arte y lo que es público? Se podría concluir entonces que no hay crisis de representación ninguna, sino que es sencillamente la misma autoridad de siempre imponiéndose.
Supongo que de alguna manera la misión del Reina Sofía se ve perfectamente representada en esta exposición, precisamente por todo esto. Porque ambos discursos hablan de esa supuesta república común, de ese supuesto sistema sin violencia inmanente. Ambos son pura poética. Por ello, ambas se relacionan entre sí y pueden llegar a complementarse y retroalimentarse generando un denso discurso virtual. Pero a su vez es desde el principio un discurso capado, con la tremenda limitación de ser una utopía. Y, al final, el discurso resulta ser un Macguffin, una pata de conejo que se acaba descubriendo irrelevante y se pierde en el complejo sistema cultural contemporáneo. Hollywood tenía la respuesta.
EL MUSEO TENÍA UNA META
De pequeño mi padre me enseñó unas viejas películas de ciencia ficción en las que había naves espaciales, alienígenas y un par de cosas más. Y entonces quise ser astronauta. Aquella era mi meta. Crecí un poco y también crecieron mis ojos. Vi una carrera de fórmula 1 en la televisión, y deje de querer ser astronauta para querer ser piloto. Mi meta cambió. Unas navidades me enteré de que en el mundo había hambre y había guerras, y le pedí a los reyes magos que acabaran con el mal en el mundo. Era mi nueva meta. Y pasaron unos años más, y con ellos unas metas más. Ahora pienso en ellas. ¿Qué son? ¿Una especie de salvapantallas biológico? ¿Son productos culturales? ¿Experiencias del alrededor que interiorizamos y transformamos? ¿Creaciones del subconsciente (si es que el subconsciente no es ya en sí mismo un producto cultural)? ¿Todo lo anterior? ¿Nada? Quizá demasiado complejo para intentar explicarlo de manera científica. Cambiemos el chip.
La meta es el lugar al final del camino. Es un lugar extraño. Intangible en sí mismo, que se aparece en millones de formas y en millones de sentimientos para poder ser abrazado. Es un lugar casi onírico. No nos pertenece. La meta es la construcción idealizada de la probabilidad. El futuro soñado. Y todos y todas tenemos un trocito de futuro elaborado dentro de nuestras mentes. Siempre moldeándose al ritmo de lo que vivimos.
Coincide con que hace poco leí sobre A’Tuin y pensé en la idea del mundo consciente. El conjunto de individuos que de manera colectiva (aunque inconsciente) construyen un ser pensante en sí mismo, de la misma manera que las células se juntan para formar un cuerpo. O como las carabelas portuguesas, que se componen de distintos organismos cooperando entre sí por un fin común (vivir). ¿Puede ocurrir que el imaginario colectivo sea un Ser? ¿Y ese Ser tendría también una meta, un lugar al que llegar? ¿Tienen un contrato social los microorganismos que nos forman?
A veces pienso que el lenguaje sólo es verdadero cuando habla de su propia poética, porque leo y creo que no hay nada cierto en lo que escribo. ¡Cómo creer entonces en lo que escriben los demás! Puede que sea ese nuestro consenso. Todos seguimos la línea, aunque no tengamos ni idea de lo que es una línea. ¡Así que, que a nadie se le ocurra decir que caminamos por una mancha!
En fin, pues volvamos a la línea, que es lo que tenemos, y llamémosla Historia. Casi nada. La constante evolución de las sociedades implica por lógica su constante adaptación al medio (no natural, sino cultural). ¿Qué significa esto? Quiere decir que desde la parte más insignificante de la superestructura, hasta la totalidad de la infraestructura, son herederas de las huellas que dejó la sociedad anterior. No hay capitalismo sin feudalismo. La cultura como institución, no es ajena a estos cambios, sino más bien todo lo contrario, es el espejo perfecto de los mismos. Por eso hoy en día tenemos que el sistema cultural se ha transformado en gran medida acorde al sistema económico (del que no olvidemos, depende enteramente). Intentar desvincular el sistema cultural del sistema económico, convierte toda idea en utópica (¡ojo, estamos hablando de sistema cultural, no de lo que pasará a la Historia como cultura contemporánea!). Y ahí es donde radica el principal error en el texto de la Misión. Querer desmarcarse de un sistema del que dependes y al que perteneces, sin llegar hasta las últimas consecuencias que ello implicaría, es sinónimo de incoherencia. De falta de rigor para con la Historia. (Remitiéndome al trabajo anterior, y perdón por lo horriblemente pedante que es autorreferenciarse:) Analizando “su misión”, nos encontramos con una reflexión curiosa: “lo público, como gestor de la creatividad, no garantiza que ésta no sea expropiada con finalidad de lucro”, motivo por el cual, se acuña un nuevo término, el de “lo común”, que sería una tercera vía ajena a la realidad económica-estructural y libre de la dicotomía entre lo público y lo privado. Precioso, pero sin embargo parece no tener en cuenta algo aparentemente obvio. En el capitalismo, lógicamente, lo “público” también busca un lucro (aunque a veces ocurra que se encuentre oculto) para poder sobrevivir, porque en el capitalismo, recordemos, todo aquello que ni produce ni consume, está condenado a desaparecer. “Lo común”, es una utopía, inviable mientras ese techo (estructura económica capitalista) siga siendo quien sostiene el resto del tinglado. La bombilla no va a lucir de manera diferente mientras la lámpara siga dependiendo del techo. Supone por ello una declaración de intenciones demasiado ingenua. Y para los más hostiles, demasiado hipócrita.
La Misión de la que se declara partidaria el Reina Sofía es, por tanto, concebida no como un fin en sí mismo, ya que nada de lo que propone podría ser cumplido sin un corte radical con la estructura económica (cosa que no va a hacer), sino que es concebida como un medio. ¿Un medio para qué? Un medio para catalogarse dentro de las instituciones culturales como una referencia transformadora. Esto obedece a que actualmente el Reina y su modelo de producción cultural se están viendo superados por otros patrones de producción más rentables y mejor adaptados. Por eso dice que “hemos de lograr que las instituciones devuelvan a la sociedad lo que capturan de ésta (refiriéndose a sí mismo como institución) y que no se produzca el secuestro de lo común a través de las individualidades que constituyen ese magma (refiriéndose por magma al panorama cultural contemporáneo).” Sin embargo, es la sociedad quien reproduce instituciones, que en ningún caso son entes propios o independientes funcionando por intereses ajenos a la cultura dominante. No funcionan acorde a los intereses de algo independiente de la estructura que las sostiene, sino que funcionan como arbotantes de la misma. No va a llegar por tanto el cambio real a través de ninguna institución, sino que es nuevamente humo para resituarse (o intentarlo) en el epicentro del sistema cultural contemporáneo como institución hegemónica.
¿Cumple entonces el Reina Sofía su misión? ¿Su meta? Podríamos decir que la cumple en el sentido de que establece la misión no como fin, sino como medio (¿propagandístico de la cultura dominante?). Pero de esta manera deja de ser automáticamente una meta. ¿Entonces? Puede que la manera más sencilla de contestar a la pregunta sea volviendo a dejar de lado el punto de vista científico. La misión del Reina Sofía es simétrica a la meta de aquel niño que quería ser astronauta. Sus padres sabían que nunca lo sería, pero no fue eso lo que le dijeron.
NOS GUSTAN LAS DICOTOMÍAS AUNQUE NO TENGAMOS NI IDEA DE SU SIGNIFICADO. RICHARD Y EL REINA SOFÍA.
(Os comento: como soy un puto narcisista, y me gusta que toa la pipol pueda leer mis trabajos y mis cosas, reactivo el tumblr. A ver si esta vez lo mantengo. Un pelín.)
Cuando preguntas la hora a una persona al azar por la calle, por lo general se limita a mirar su reloj y contestarte con una simple oración. Y se acaba el interrogante. La formulación está resuelta. Pero no siempre es así, porque a veces ocurre que cuanto más sencilla es la pregunta, más compleja y elaborada debe ser la respuesta.
¿Qué es la ciencia? Según la RAE, uno de sus significados es el “Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales”. Sin embargo, esta es una definición funcional. ¿Qué hay de su epistemología? La ciencia genera explicaciones, pero ¿puede explicarse a sí misma? Con esto no quiero decir que la ciencia sea un “estudio burbuja”, o un ensayo encerrado en sí mismo como un circuito irreal. Ni de lejos. Quiero decir que todo lo que entendemos como ciencia no deja de ser un instrumento humano de acercamiento a la realidad. En el imaginario colectivo, la ciencia ha llegado a convertirse en ocasiones en una especie de dogma, una especie de tabla de los 12 mandamientos que nadie puede poner en duda ni criticar. Y realmente nadie suele ponerla en duda. Irónicamente, es la propia ciencia quien se deconstruye y reesquematiza cada cierto tiempo. De Copérnico a Newton. De Newton a Einstein…etc. Es decir, que la ciencia no deja de estar expuesta a los procesos sociales que generan el contexto, y que por tanto, ambos (ciencia y contexto) están unidos. La ciencia nace de la sociedad, y la sociedad toma consciencia de sus posibilidades gracias (en parte) a la ciencia. ¿Son entonces las ciencias sociales aquellas que tienen la respuesta para contestar qué es la ciencia en sí misma? ¿Cuál es la función social del saber?
Resulta curioso que cuantas más respuestas se buscan, más interrogantes aparecen, sin llegar nunca a un final (ni tan siquiera a un final triste). Quizás el poema tiene razón, y el caminar sólo sirve para eso, para caminar. Durante la segunda mitad del siglo pasado, el ICOM define museología como la ciencia que trata los museos y su influencia y función en la sociedad; y museografía como su puesta en práctica. La materialización de la teoría en elementos de apoyo. Estos dos conceptos que pasan absolutamente inadvertidos por la vida de la inmensidad de la población, cobran especial trascendencia en la exposición que Richard Hamilton planteó para el Reina Sofía poco antes de su muerte. Una trascendencia que se explica precisamente por el constante afán investigador del autor, y por su intención de expresar la ciencia oculta del contenedor en vez de del contenido. La exposición de exposiciones de Richard Hamilton es en realidad un estudio de la ciencia social.
Desde sus comienzos, ya en los años 40-50, Hamilton establece un discurso que junta arte y ciencia de una manera peculiar. Entendiendo el arte como expresión natural y la ciencia como una expresión artificial, combina ambos conceptos y los mezcla de manera que unidos dan lugar a una expresión humana o filosófica del pensamiento. Entiende por tanto el arte-ciencia no como una dicotomía finita, sino como un proceso de tesis-antitesis, con un resultado o síntesis. La fascinación de Hamilton por esta relación entre arte y ciencia fue creciendo de manera constante, lo que le hizo interesarse y meterse de lleno en el nuevo mundo que suponían las tecnologías y su función en la cultura de masas.
Su otra gran influencia fue Duchamp, del que el propio Hamilton llego a decir:
“Duchamp revela una mano de fina sensibilidad, un ojo de gusto intensamente personal, y una mente capaz de atrapar pensamientos clave de nuestra época para traducirlos a una sutil expresión plástica.”
Dejaba de esta manera clara su atracción por la capacidad que el artista francés tuvo para sintetizar las convulsiones del pensamiento moderno durante la primera mitad del XX. Sin embargo Hamilton no se quedó ahí. Era consciente de que no se enfrentaba a la misma sociedad que Duchamp burló, precisamente porque la sociedad ya había visto un Duchamp, y no necesitaba otro. No pretende, por tanto, volver a destruir los símbolos que ya había destruido el dadaísmo, sino demoler el propio dadaísmo:
“Duchamp fue iconoclasta de sí mismo. Si uno quiere seguirle, debe adoptar esa misma actitud iconoclasta. Pero yo quiero ser iconoclasta en relación a él. Creo que lo que más le habría gustado habría sido que otros se posicionaran en su contra.”
Por tanto, Hamilton tomó a Duchamp como referente en la actitud, pero no como referente en el concepto.
Así, con el maestro del dadaísmo y la pasión por el progreso tecnológico y social como pilares fundamentales en su discurso, Hamilton llegó a la siguiente conclusión: en el mundo actual no imaginamos el futuro, sino que consumimos la idea de futuro que los mass-media y la industria cultural nos venden del mismo. El imaginario colectivo en el que se producen las utopías o distopías, está condicionado por las ideas que reproducen los medios de comunicación y la industria cultural, que a su vez se retroalimentan del imaginario colectivo, llegando de esta manera a un singular darwinismo del pensamiento, en el que solo suelen sobrevivir las ideas que mejor se saben adaptar (no en vano decía Zizek que era más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo). Hamilton afirmaba: “una de las funciones principales del arte ha sido la de reflejar las apariencias de cada época” en clara alusión a la capacidad adaptativa del arte de su momento (incluido el suyo). Incluso se podría ir más allá y sentenciar que el arte está realmente condenado a cumplir esa única función, ya que el propio acto de intentar hacer algo ajeno al contexto (porque lograrlo es imposible) es, irónicamente, una consecuencia del contexto. Que algo así pueda cobrar lógica absoluta en la teoría, pero jamás se pueda cumplir en la práctica es una de las paradojas del lenguaje. Poético.
Pero volvamos al Reina Sofía. Cuanto más tiempo se pasa en la exposición, más sobresaturación de conceptos e ideas (que no son necesariamente coherentes entre ellos) se condensan. Como por ejemplo la serie de polaroids de la sala 8. En ella, él es el protagonista de todas las instantáneas, cediendo la autoría de las mismas a diferentes compañeros de profesión (como Bacon o Warhol) para más tarde robársela al ser él quien las expone (¿convierte eso a los retratos en autorretratos en última instancia?). ¿No choca esta idea de autoría y culto a la persona con la iconoclasia? Volvemos con esta pregunta entonces a retomar lo que se decía unos párrafos más arriba. ¿Cuál es la función real de la exposición de Hamilton?
A pesar de todos los interrogantes que se producen a través de la observación (o no observación) de algunas obras, el verdadero sentido de la exposición no hay que buscarlo en lo que hay colgado en las paredes, sino en las propias paredes. Es la exposición en sí misma, la exposición “como trampolín de”, lo que se propone en el Reina. Es el contenedor, y no el contenido, lo que se brinda como estudio. Como si fuera una gigantesca instalación. Los matices que completan las obras del interior, no son irrelevantes (¡ni muchísimo menos!), pero lo que se quiere decir, es que en realidad toda la exposición gira NO en torno a un discurso, ni a una serie de pinturas o esculturas, sino a la indagación constante y multidisciplinar que supone el museo como probeta social.
Esta idea surge en relación a aquella obsesión que Hamilton ya tenía desde el principio de mezclar arte y ciencia. Es decir, la idea de juntar la producción artística de toda una vida para estudiarla no como conjunto, sino como fenómeno, supone replantearse la verdadera función de los museos en la museología. ¿Están ahí para exponer y ofrecer arte, o son manifestaciones artísticas en sí mismos? Me explico con otra pregunta: ¿es su influencia en la sociedad consecuencia de las obras que albergan (omitamos el por qué albergan según qué cosas y según en que momentos, porque sería otro debate) o por el contrario esa influencia se produce por el reconocimiento que ostentan como epicentros de cultura y arte en el imaginario colectivo? ¿Es el contenido cultural lo que genera el contenedor con influencia social; o es el contenedor cultural lo que atrae un contenido con influencia social? ¿Prevalece la esencia o la forma?
Si ya las preguntas más sencillas originan páginas sin más que definiciones difusas, imaginemos qué podría suponer todo lo que se plantea en la “exposición de exposiciones”. Puede que todo, o puede que nada.
Nos encantan las dicotomías. Somos asiduos a ellas, al menos aquí, en Occidente. Quizá el origen primigenio fue la propia división del lenguaje en preguntas y respuestas. Cuanto más arraigado está un producto cultural en la historia, más difícil resulta desligarse del mismo. Somos herederos de lo que hicieron, pero también de lo que dijeron. Vaya cosa, la cultura.
El Reina Sofía, como institución, se engloba dentro de un complejo y aparatoso sistema supraestructural que depende de manera directa no de lo que contiene (el arte), sino de lo que lo mantiene (el dinero). Por poner un símil: el museo es una lámpara, y no se sustenta precisamente por la bombilla, sino por el techo al que está anclada. Y el techo es el sistema económico capitalista. Querer desmarcarse de los patrones de actuación que todo ello conlleva, querer saltarse las normas que ese techo impone, puede traducirse únicamente en dos vías: la revolucionaria, y la utópica. Por suerte o por desgracia, la declaración de intenciones que muestra el Reina, aboga claramente por la segunda. Analizando “su misión”, nos encontramos con una reflexión curiosa: “lo público, como gestor de la creatividad, no garantiza que ésta no sea expropiada con finalidad de lucro”, motivo por el cual, se acuña un nuevo término, el de “lo común”, que sería una tercera vía ajena a la realidad económica-estructural y libre de la dicotomía (a esto me refería antes) entre lo público y lo privado. Precioso, pero sin embargo parece no tener en cuenta algo aparentemente obvio. En el capitalismo, lógicamente, lo “público” también busca un lucro (aunque a veces ocurra que se encuentre oculto) para poder sobrevivir, porque en el capitalismo, recordemos, todo aquello que ni produce ni consume, está condenado a desaparecer. “Lo común”, es una utopía, inviable mientras ese techo siga siendo quien sostiene el resto del tinglado. La bombilla no va a lucir de manera diferente mientras la lámpara siga dependiendo del techo. Supone por ello una declaración de intenciones demasiado ingenua. Y para los más hostiles, demasiado hipócrita. Y más cuando el propio director del museo ha llegado a afirmar (con razón) en alguna entrevista que quien manda hoy día en el arte es el mercado. Nada nuevo bajo el Sol. Pero entonces, ¿a qué viene esa declaración de intenciones, esa misión irreal que dice tener el Reina Sofía como objetivo? Puede que sea una manera de autoconvencerse de que el museo cumple con la función de museo (aquella que definía el ICOM) y su labor social es cubierta. Porque… ¿lo es?
Volviendo a la exposición de Hamilton, si por un momento dejamos de posar la vista sobre el lugar y nos fijamos un poquito más en aquellos y aquellas que lo ocupan, nos topamos con una extraña especie capaz de lo mejor y de lo peor. Hablamos del consumidor. El consumidor no es algo físico. No es algo material ni tangible. ¡No tiene substancia siquiera! Y realmente nadie sabe que es con certeza. De hecho sólo se conoce de él que acude allí donde le han dicho (o ha oído) que hay algo interesante que probar, que ver, o que escuchar…pero el consumidor ni prueba ni ve ni escucha. Sólo consume. ¡Sólo consume!
La industria cultural (sí, sí, la que está sujeta al techo) ha conseguido que la gran mayoría de las personas que acuden a los museos, sean simples consumidores de arte. Ha conseguido que la gente no vaya allí por la curiosidad que despierta (o se supone que debería despertar) una obra de arte, sino que vayan como si un botón se activara de vez en cuando en su cabeza con la función en piloto automático. ¿Realmente el grueso del público que visitó la exposición de Hamilton llegó tan siquiera a preguntarse el significado de alguna de sus obras? Como experiencia personal, me quedo con el comentario satisfactorio que una señora pronunció sobre la instalación de la sala 7 nada más entrar: “Oooh, esto sí. Esto me gusta. ¿Por qué? Pues no sé” para unos segundos más tarde (de verdad), pasar a la siguiente sala. ¿Y ya está? ¿No sabes por qué te gusta y ya estás olvidándolo? ¿Es eso cumplir una función social como centro de arte, como museo? Si lo es, ¿de qué manera?
Me da mucha rabia tener que escribir y no saber responder a nada, sino todo lo contrario. Acabar con más preguntas que al principio, y no saber ni tan siquiera si el principio estaba bien planteado. Parte del juego. Definitivamente, es más sencillo cuando pides la hora y punto.
"En 2013, un par de chalados formaron un revolucionario grupo de música, para más tarde ser encarcelados por un videoclip que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el gobierno sobreviven como músicos de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra quizás pueda contratarlos. Ellos son... JAVIRROMASYEYE"
El último fichaje del Virtual Madrid...