Es importante apelar a otro abordaje sobre el mismo asunto, para enfatizar la radicalidad de reconocer valores intrínsecos, y con ello a la Naturaleza como sujeto de derechos. Como se adelantaba arriba, muchas de las campañas actuales para proteger la Naturaleza se basan en demostrar la utilidad de algunos recursos o ecosistemas, su potencial económico, y en algunos casos, su valor estético. En este último caso, se utilizan especies insignias, como el oso andino o el cóndor de los Andes, o ecosistemas con paisajes de belleza singular. Las campañas de publicidad exhiben fotos impactantes que refuerzan esa belleza. Pero una vez más el acento está en las personas, ya que es la valoración estética de los humanos la que está en juego. ¿Pero qué sucede entonces con las especies que son “inútiles”, de las que no se conocen posibles utilidades económicas como productos farmacéuticos o por su germoplasma, sea en el presente o en el futuro? De la misma manera, ¿qué hacer con especies que son feas o desagradables, como pueden ser cucarachas endémicas de una serranía o gusanos planos de un arroyo? En el primer caso la justificación económica usual se queda sin sustento, y en el segundo no se puede esperar que las campañas publicitarias sean exitosas. Otro tanto se repite con los ecosistemas. Es más, algunos ecosistemas que poseen baja biodiversidad quedan fuera de las listas de prioridad de las medidas de conservación, y por lo tanto allí se llevan a cabo emprendimientos con intensos impactos ambientales. Esta situación es muy clara, por ejemplo, en ambientes áridos y semiáridos, ya que al carecer de especies llamativas o con clara utilidad económica, se imponen los proyectos extractivitos. Pero si se toman en serio los derechos de la Naturaleza, todas las especies deben ser protegidas, independientemente de si son hermosas, o si tienen utilidad real o potencial. Se debe asegurar la conservación incluso de especies que nos resulten feas y desagradables, o de otras que pueden ser completamente inútiles para los fines humanos.