Cuando las sombras hacen su descenso suelen algunas horas pesar más que otras entonces puertas se entreabren permeando sucesos aromas y destellos pululando voces ajenas a ese momento y el chillar del tiempo logra encorvar el cuerpo bajo un crujir de huesos. Hoy, lo digo, tengo miedo y el pecho me arde –tanto que duele– pero no dejo de nombrar fechas que no quiero que nos alcancen porque me sé impotente y me da por querer llorar clamando que me abraces sintiéndome más pequeño bajo el tacto de tus manos; el balance de pérdidas tanto acontecidas como previstas ahora me deja claro que el futuro no se siente solo me vacía.
Transeúnte


















