Catedral de Lima

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Catedral de Lima
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´Lima - Perú
Atardecer en el centro de Lima
Disfrutando del atardecer
Miraflores
Una noche en Miraflores
Atardecer en el Centro de Lima
Atardecer
Parque de la exposición por la noche
Larcomar - Miraflores
Atardecer en Miraflores
Pabellón Bizantino - Parque de la exposición
Paseo Colón al atardecer
«Desde la muerte»
Once y cincuenta y dos minutos de la noche. Afuera, el viento parecía danzar al compás de los relámpagos. La chimenea estaba encendida y su fuego era lo único que proporcionaba luz a toda la habitación. El estaba sentado en el gran sillón de cuero negro. Aquella noche había escogido por enésima vez un libro de Edgar Allan Poe. Nunca le había gustado; había intentado leer Historias extraordinarias más de una vez y no pudo terminar ningún cuento. Abrió el libro e intentó una vez más sumergirse en él…Nos encontrábamos en el fondo de uno de esos abismos, cuando un repentino grito de mi compañero resonó horriblemente en la noche. ¡Mire! ¡Mire!..Lo estaba logrando, Manuscrito hallado en una botella le había hecho alcanzar la profundidad que esperaba encontrar en un escrito. Se hundió en el cuento y es algo que más tarde probablemente lamentaría. Nunca volvería a leer a Poe. Al estar absorto en la historia, no pudo escuchar los pasos en la escalera ni la madera rechinando por la humedad y los años. Tampoco pudo oír el crujido que hacían las bisagras cuando la puerta se abrió y su inesperado visitante ingresaba, cargando el hacha con el que había sido enterrado diez años atrás. Había sido leñador. Se había suicidado y solo esperaba que el motivo de aquel acto regresara para cobrar su venganza; venganza que en cierto sentido era absurda. La futura víctima no era consciente de su papel la noche del verano de 1899. Todo había sido confuso; en medio de la gente y la oscuridad de la noche en que se celebraba el día de los muertos, quién pudiera haber notado a un extraño. Y ahora, todo se resumía a ese instante en que decidió ubicar su mundo en las páginas de un cuento cuyo autor nunca fue de su agrado. Ahora tenía más razones. Ese autor sería quien, de alguna forma, ayudaría a ser que cargaba con el hacha, se convertiría en su cómplice, abriría las puertas de la muerte para que esta pasara y tomase el lugar que le correspondía, facilitando su eterna labor…¡Oh, horror de horrores! De repente el hielo se abre a derecha e izquierda y giramos vertiginosamente en inmensos círculos concéntricos…Ahora son los pasos los que danzan al compás de las gotas de lluvia que golpean la ventana haciéndola temblar. Un zumbido hay cerca de sus oídos; el zumbido se convierte en susurro y el susurro en un grito reprimido…Presumo que es absolutamente imposible concebir el horror de mis sensaciones…La sombra del visitante iba descendiendo por la pared, haciéndose cada vez más larga sobre el piso a medida que se acercaba al sillón donde reposaba el hombre. El fuego de la chimenea se debilitaba. El impetuoso lector debía forzar cada vez más su visión, pero solo dentro del área de las dos páginas del libro que tenía entre las manos, no podía arriesgar la concentración conseguida. El hacha se iba elevando sobre y detrás de su cabeza… ¡oh, Dios!... ¡y se hunde…!...Un par de segundos para cerrar el libro y algunos otros minutos que estaban destinados a una rápida reflexión respecto a lo leído le fueron ahorrados. El hacha iba bajando y el hombre se acomodaba para tomar la copa de vino que en la mesa de noche reposaba. El movimiento salvó su cabeza, pero no su oreja. La sangre salpicó sobre las páginas amarillentas. Un segundo de estupor bastó para darse cuenta que el segundo golpe iba bien direccionado. Un movimiento rápido, la copa en el suelo y el libro en el aire. Ahora el viejo sillón de cuero negro tenía el agujero que conmemoraría el incidente de esa noche. Con la luz del fuego que moría, alcanzó a ver a su agresor, la ropa desteñida y rasgada, la carne gris y seca, los ojos perdidos, quizá sin ellos. Las marcas en el cuello. Y bajo esa misma luz lo vio elevar el hacha una tercera vez. No supo en ese último segundo si sintió el metal entrando en su cabeza o si fue solo el vislumbrar de cerca esa muerte que siempre le había rondado.
Luis F. Valle A.