#4. A las malas
El ajetreo en la comisaría hacía temblar todo el edificio, pero ahora mismo su mente estaba centrada en las manos que recorrían frenéticamente su cuerpo desnudo, en el asqueroso bigote rubio que tenía frente a ella y en las sensaciones que le hacían agitarse cada vez más rápido.
No trataban de ser silenciosos; de hecho, si no fuera por el reciente ataque, no serían pocos los que estuvieran al otro lado de la puerta, riendo y cuchicheando con la tensión de que alguno de los dos saliera por la puerta y les pillara. Sin embargo tampoco importaba demasiado, puesto que ahora mismo Roland era el jefe de todo aquel sitio y la más mínima queja resultaría en una bala entre ceja y ceja. Aunque ellas eran la excepción. Ellas podrían hacer lo que quisieran, siempre que accedieran a encerrarse en aquel despacho durante unos minutos y dejarse llevar; y eso, a Aladia, le convenía bastante.
Todo había que decirlo, no era malo. Para cuando él salió por la puerta, se abrochaba los botones del pantalón mientras cogía aire satisfecha. Volvió a ponerse la funda del arma en la cintura y cruzó el umbral. En el pasillo, uno de los chavales se le quedó mirando fijamente y agachó la cabeza. La semana pasada había soltado un comentario acerca de una de las chicas de Roland, y lo primero que vio fue el puño de Aladia, para risa de toda la comisaría. La tirita que llevaba en la nariz le servía a ella como trofeo y a él como recordatorio.
“Ala, es Eva” Una de las chicas se acercó a ella en cuanto la vio paseando por recepción “Está peor”.
Cuando llegaron al cuarto de los vigilantes varias de las chicas se arremolinaban alrededor de la única cama que quedaba. Allí estaba ella, sudando y respirando cuanto podía. Aunque su pelo pelirrojo era la envidia de muchas, ahora estaba tan hecho polvo que si pudiera verse estaría pidiendo a gritos que la raparan, conociendo lo mucho que se cuidaba.
“¿No quedan medicinas?” Preguntó a la encargada de la enfermería.
“Están organizando otra salida al hospital para cuando terminen de reparar los daños, pero creo que será inútil. Su pulso es muy bajo...”
“Pero es tratable, ¿no? Dime tan sólo lo que necesitas”
“…”
Entonces la puerta se abrió, y apareció Roland. Todas enmudecieron, no por temor, realmente, sino porque sabían que pasaría. Ya no había vuelta atrás. Roland se acercó lentamente, con mirada compasiva. Alada no podía soportarle, pero admitía que era, en ocasiones, un buen líder. Se sentó junto a Eva en un pequeño taburete y la cogió de la mano, pálida y carcomida.
“Sabes a qué he venido, ¿no?”
Eva asintió levemente. Se notaba que ella estaba incluso más preparada que él.
“Lo siento mucho.” Dijo con una voz tranquilizadora “Mañana seguramente estemos muertos sin ti” Soltó una leve risa amarga y sacó su revolver de la funda.
Todavía esperó un poco más, diciéndole palabras dulces para una media-muerta. Si las chicas no contaran con que Aladia estuviera allí, se largaría corriendo ahora mismo a vomitar. Le aborrecía.
“Chicas, salid.”
Y como era habitual en estas ocasiones, sólo las que podían soportarlo se mantuvieron en su posición. Las demás se levantaron lentamente, dieron sus últimos abrazos y caricias y cerraron la puerta tras de sí. Tres largos minutos y veinte palabras compasivas después, ya no había nadie llamado Eva en toda la comisaría.
“Limpiad el estropicio. Aladia, habla luego con Natasha, te vas de excursión.”
Esto era lo que odiaba. ‘El estropicio’. Cambiaba tan rápido de cara como de calzoncillos… Y de lo último no estaba tan segura. Pero se limitó a asentir y echar una sonrisa.
“Vamos” dijo Ana cuando se recompuso.
Le echó la sábana por encima y la sacaron entre dos enrollada como muchas personas que se habían tumbado antes en esa cama. Aladia permaneció allí, esperando a que las demás reentraran y cogieran su hombro para llorar. Se había convertido en un apoyo importante para las chicas, al menos para las que no eran tan fuertes. Roland nunca había puesto una mano en ellas, pero simplemente algunas no habían tenido la entereza para enfrentarse a la situación en las calles, y cuando habían llegado rumores de que la ciudad estaba acordonada, simplemente habían hecho lo que podían para sobrevivir.
Se cruzó con Jass en el camino a la sala de conferencias, donde solían organizar las salidas.
“Al fin vuelves”
“Ya me he enterado. Menuda mierda, ¿eh?”
“Sí. Tuvo la mala suerte de enfermar, no se podía hacer nada.”
“¿Por qué no trajeron las medicinas en la última expedición? Ya llevaba quejándose un tiempo. Si lo llego a saber me habría pasado por el hospital en el camino de vuelta”
“Tengo entendido que está lleno de muertos. Consiguieron despejarlo un poco, pero llegaron más de la calle y no tenían tiempo. Además, en el camino de vuelta los que quedaban se encontraron con bandidos”
“Cualquiera diría que vamos armados” Soltó Jass antes de pararse enfrente de la puerta de la sala.
“¿Tú también vienes? Si acabas de salir” Preguntó Aladia. Jass desde luego no era de las que dejaba mostrar su cansancio, pero era obvio necesitaba parar después de haberse recorrido todas las malditas salidas de la ciudad.
“En realidad vengo para informar de la situación en las salidas, pero no me importaría otra escapadita.”
Aladia se limitó a echarle una mirada de advertencia antes de abrir la puerta de madera. Al otro lado, Natasha miraba un mapa de la ciudad garabateado junto a otros policías más.
“Vale… ¿entonces esta entrada imposible?” Le preguntaba a un hombre que estaba sentado a su lado. Tenía el brazo vendado y la oreja izquierda tapada.
“No. Pusimos una barricada para atrasar a los de fuera. En cuanto al ala este… no está asegurada, y creemos que debe estar hasta los topes”
“Y eso nos deja sin la entrada principal, la entrada del ala este, la oeste…”
Cuando se giró y vio a Jass y Aladia ahí paradas, se acercó y las dio un abrazo con cierta alegría, aunque no la suficiente para perder su actitud de ‘policía severa’.
“Luego hablaremos de eso” Dijo mirando a Jass. “En cuanto a ti, ven, me da que vamos a necesitarte”
Aunque esa última parte iba dirigida a ella, Jass también se acercó hasta el semicírculo policial. Habían estado descartando una entrada tras otra, y la planta del hospital ya quedaba enterrada bajo la tinta roja.
Natasha descartaba ideas y esperaba a que alguien diera realmente con la solución. Solía trabajar así, recogiendo el mérito de las ideas de los demás, pero no era algo que disgustara a Aladia, porque ya le había visto en la práctica y no tenía una placa en el pecho por nada.
“Los tejados” Dijo por lo bajo a Jass, dándose también cuenta de por qué era requerida.
“Eso es” Natasha le había oído, y acallaba a los demás “Entraremos por los tejados. Ala, ¿serías capaz de entrar en el ala oeste y quitar la barricada?”
“¿No debería estar rota ya?”
“Enviamos hace unas horas a un par de hombres. Llevan despejando un poco el exterior desde entonces y parece que la barricada sigue ahí.”
Todo el mundo parecía haberse quedado satisfecho con la idea, y poco después sólo quedaban Jass, Natasha y la propia Aladia. Jass hablaba acerca del control militar en los accesos de la ciudad, que seguía tan férreo como siempre y sin novedades importantes.
“Natasha… Quiero ir al hospital.” Dijo una vez había acabado su informe. Natasha le miró evaluando las posibilidades.
“Vale” Dijo secamente.
Aladia dejó mostrar su enfado en todo el rostro, que ocultaba además cierta preocupación, pero sabía que cuando a Jass se le metía algo en la cabeza nada le iba a hacer cambiar de idea, así que se levantó y salió rápidamente por la puerta. Jass no tardo ni medio segundo en alcanzarla.
“Venga, vamos a la armería” su tono seguía siendo jovial, lo que cabreaba aún más a Aladia.
“¿No planeas descansar ni un minuto?”
“Estoy bien, ya te lo he dicho. Iré contigo y te ayudaré a quitar la barricada. Seremos más rápidas y podremos coger más suministros, ¿no?”
Aceleró el paso y bajo las escaleras al sótano de dos en dos, intentando hacer caso omiso a Jass, que la seguía tratando de convencer de que todo aquello era buena idea. Pero para Aladia nada le era conveniente.
Llegaron a la puerta metálica, y en cuanto el guarda les avistó sacó la tarjeta y la pasó por el lector. La puerta hizo un ruido y emitió la luz verde que indicaba que ya nada estaba entre ella y las armas. Al otro lado, el cuarto sin pintar y medio ruinoso quedaba oculto entre miles y miles de armas de fuego. Las había de todas las clases, aunque aún con todo ello, faltaban bastantes.
Aladia se acercó y cogió una bolsa. Jass no tardó en preparar su equipo: dos pistolas y un machete. Ella en cambio había cogido una bolsa y metía más peso del que cualquiera pensaría que alguien que fuera a saltar entre edificios fuera a coger.
“¿Por qué tantas?”
“Hay que estar preparados.”
Y ahí quedó la conversación. Una hora después, Aladia, Jass y otros cinco hombres salían caminando por la puerta.
Todavía quedaba alguna farola que iluminaba de vez en cuando alguna que otra calle.













