Limbo
Luisa no solo tiene el poder de olfatear las lágrimas que me desnudan el torso, también reacciona frente a los pensamientos limbo y me cosquillea con sus bigotes levemente enrulados por el sol.
Me estiro, convencido de que mis pies se infiltran en la superficie del colchón como raíces, que algún día serán fuertes, para abajo y para arriba, creando árboles que incluso tal vez den frutos.
Los imagino algunos naranjas y otros violetas, en el mismo árbol, mostrándose día y noche las curvas que les dan identidad desde lo hueco del medio hasta lo áspero de la punta.
Le doy un changüi a mis ojos, que desorientados por la miopía se frustran los primeros quince segundos, hasta que las yemas de mis dedos tocan el acrílico de los lentes y me dan la certeza de que un día más podré desorientar a Luisa; hasta la noche, cuando los vidrios toquen la mesita de luz y mi torso vuelva a estar desnudo.
Miro la cortina de hojas verdes, naranjas y amarillas que esconden el ventanal, ya me conocen, y la izquierda sabe bien que al ratito la correré delicadamente y apoyaré la punta de la nariz contra el vidrio, que se empañará un poco y me dará vía libre hacia el baño, donde uno se lobotomiza bajo el agua para no quejarse tanto afuera.
Juego al pan y queso, haciendo un poquito de trampa y adelantándome más de lo permitido. Levanto una ceja ante las olas movedizas de las cortinas, como si afuera soplara mucho el viento, como si fuera un guardavidas que nota el cambio en la frecuencia del mar y se decide a cambiar la bandera.
Elijo el color que me gusta y me tropiezo con la arena, que me toma por los pies con estrategia, dejándome en primera fila del teatro que me muestra la ventana. Las hojas se mueven y mis ojos se abren, las veo bailar, abrazarse, escapar de la tela gruesa para recorrer de a saltitos el marco de la puerta e infiltrarse al comedor. Otra me toca por la espalda, me obliga a girar y contemplar que la cama ahora es una selva, que la mesita de luz es un refugio de monitos que con sus colas enruladas saltan y se trepan de los pequeños picaportes del placard.
Chisteo para avisarle a Luisa qué hay un espectáculo, acá en la pieza, que hoy podemos mirarlo juntos. Chisteo más fuerte y escucho cómo los vidrios tiemblan un poco, enfoco la vista, ya no desorientada por miope sino mareada como cuando sos chiquito y te apretás los ojos para flasharla con las formas que se te aparecen. Chisteo y enfoco y la veo, con el triple de su tamaño, con sus ojos dilatados y sus bigotes como espinas, que amenazan sin querer a los monitos, que de a poco van volviendo a su refugio, porque Luisa se acerca y me intenta topetear. Me despeina. Está muy bruta pero no se da cuenta. La intento abrazar y desaparece, veo todo obscuro y creo que su pelaje negro me tapó de prepo los ojos, hasta que mi cuerpo empieza con espasmos primero fuertes y luego graciosos, por las cosquillas que siento en los pies, que son de nuevo a causa de sus bigotes, pero que se volvieron chiquitos y en la transformación arrasaron como un tornado con todo el ecosistema del que ambos habíamos participado.
Luisa, hoy es un día como cualquier otro.















