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Misterios del Panda Rojo: 3) Richi y su primo.
Un día visitando a una tía lejana, la familia decidió que fuéramos todos a la playa, pero yo no tenía ganas, así que inventé que me dolía el estómago. No me gustaba pasar tiempo con ellos, porque sentía sus miradas de reproche por ser gay y creo que hasta de asco, como si les diera vergüenza, por eso mejor me quedaba viendo tele y comiendo lo que pillara.
Había salido de cuarto medio y no sabía lo que haría en el año, empezar a trabajar probablemente, pero no quería preocuparme por tonteras. El único que llegó a la casa esa tarde, fue mi primo Pancho, dos años mayor que yo.
Pancho venía llegando del trabajo y le metí conversa de aburrido, noté que se había vuelto más bruto al hablar, supuse que su trabajo como mecánico y los compañeros lo habían cambiado. Antes era bueno para la música, para dibujar y le gustaba ver animé, ahora llegaba gruñón, sucio, cansado y melancólico. Cansado de la vida.
Algo que tenemos los gays (no todos), es que podemos ser bien chistosos y subirle el ánimo a la gente y yo de niño que soy, como diría mi mamá: “livianito de sangre”, así que hablamos un rato con el Pancho sobre mi futuro y de lo que podría hacer. Su cara se fue soltando hasta agarrar la confianza que teníamos de niños.
Reconozco que soy algo afeminado, un poquito no más y eso al Pancho le da risa. Me reclama que cómo voy a gustarle a un hombre si se supone que ellos buscan a otro hombre, no a alguien que quiere ser mujer. Claro, me lo dice y yo le recuerdo que su ex novia era bastante masculina para todo, un camión. “Si, puede ser, pero tenía rico el chorito”, me dijo, y no pude evitar mi cara de repulsión. Es que no, puede ser lindo, tal vez, en un mundo hetero, pero no, vaginas conmigo no.
Hablamos un rato y Pancho me dijo que se iría a duchar y volvía, que estaba cagado de calor. Yo seguí viendo tele y al rato llegó solo con la toalla en la cintura y el pelo mojado, abrió el refri y se agachó para sacar una cerveza. Tenía algo de espuma justo al final de la espalda.
Casi me dio un ataque, “¿y este wn cuándo se puso tan rico?”
Estaba tonificado, olvidaba que mi primo juega a la pelota y trabaja mucho. La piel tostada por el verano y la toalla que le marcaba el culo me pusieron tan caliente que el bóxer me empezaba a quedar chico.
Se acercó y se sentó junto a mí en el sillón, le pregunté si acaso no pensaba vestirse y me dijo que en un rato, que hacía mucho calor. Me ofreció una cerveza, pero no quise, le dije que me haría un té. Se rió de mí, como si tomar cerveza lo hiciera más hombre. (Así se veía, macho, fuerte, rico.)
Como soy coqueto le dije: “Sí, un té. Es que a mí me gustan las cosas calientes”, y me devolvió una sonrisa.
Volví con mi té y le dije: “Oye, Pancho, no te secaste bien. Te quedó espuma justo arriba de…”, y le hice una seña para que se limpiara. “¿Me andabas mirando el culo?”, preguntó. En un segundo pensé que había mandado todo a la mierda, pero le dije que no, que de casualidad la espuma resaltaba, que no se pasara rollos.
Se paró, dejó la cerveza a un lado y dijo: “Límpiame tú, es que no llego” y dejó caer la toalla. Tenía el pene parado, hasta ese momento no lo noté porque el wn lo había puesto para el lado, fue como que alguien estiraba su mano para saludar y me sorprendió, era bastante lindo, moreno.
A mi primo le decimos cabezón, por su pelo parado que le hace ver un cráneo grande, pero ahora sé que no le diré así solo por eso. Su pene tenía el vello rebajado, lo cual me pareció bastante agradable. No era grande tampoco, ni pequeño, estaba justo como mi boca lo necesitaba. Así que dije, ya filo, total no hay nadie. Mi primo se dio vuelta y con la toalla empecé a limpiarle justo sobre el culo (redondo, paradito, no muy peludo). Cuando terminé se volvió a girar y me dijo “Ahora límpialo a él, con tu boca”. No tenía que repetirlo, pero en ese momento decidí que no se lo iba a chupar como desesperado, esto quizás no se volvería a repetir, así que le iba a dar el mejor sexo oral de su vida.
Comencé a hacerlo lento, dándole besos en la cabeza y lamiendo bajo el glande. No tenía que meterme todo el pene en la boca de una vez como hambriento, quería que supiera lo que se había estado perdiendo y con solo chuparle el glande ya lo tenía vuelto loco.
Estábamos los dos solos en casa, él desnudo y yo arrodillado con su miembro ahora totalmente dentro de mi boca, sí, me lo metí entero, hasta tener sus pelos en mi nariz. Lo masturbaba con la mano y empecé a lamerle las bolas, también se las había afeitado, me calentó eso. Hay hombres que se ven bien peludos y otros no, mi primo a ese nivel de calentura era un actor porno para mí y él se dejaba querer. Yo no le pedía nada más que esa deliciosa erección.
Le dije que se sentara en el sillón y abriera las piernas para seguir lamiendo y noté que también tenía el ano afeitado. Lo miré y se quedó callado, lo seguí mirando y un impulso se apoderó de mí: “Párate, date vuelta y ponte en cuatro”, le dije. Me miró asustado, nervioso y luego me miró con calentura. Ya no había vuelta atrás, con ambas manos le separé las nalgas y empecé a besarlo, como si estuviera en el Titanic y Jack se encontrara con Rose, como final de novela. Hubiera pasado horas pegado a ese hoyo, qué cosa más rica, lo mejor era escuchar sus gemidos: libres y sin control, nadie cerca que pudiera reprimir nuestra sexualidad.
“¿Esto es real? ¿Tengo a mi primo en cuatro y le estoy lamiendo el culo?”
Él se masturbaba y pude notar que lo tenía dilatado, una emoción me recorría el cuerpo, esto era increíble. Saqué un condón de la billetera (Sí, sé que ahí no se deben guardar), me bajé el pantalón, me puse el preservativo y él no decía nada, tenía asumido que le iba a dar por el culo. Se lo metí lento, quise que él fuera sentándose de a poco en mi pene.
Cuando por fin estaba totalmente dentro, empecé a moverme suavemente. Quería que él disfrutara cada sensación y sus gemidos eran en voz alta, incontrolables. Imagino que él no esperaba en la vida emitir sonidos así. “Mentira que me metiste todo tu pico wn… se siente rica la hueá”, al escuchar eso mi cuerpo no aguantó más y empecé a darle como caja, como bombo en estadio. El Pancho gritaba como mino de video porno y mi pene estaba más duro que de costumbre.
Le di fuerte y seguido, le dije que no se masturbe, que sienta la penetración y grite más fuerte. Yo estaba seguro de que si se seguía tocando el pene, el Pancho iba a dejar todo manchado, entonces sin sacarle el pene del hoyo, lo llevé a su pieza, fue algo tierno igual caminar así.
Después de haberlo tenido en cuatro bastante rato, quise ponerlo “patas al hombro”, me sentía todo un macho alfa con mi primo “hetero” mirándome con calentura, gimiendo descomunalmente. Lo penetré muy rápido y con mi mano sostenía su pene, no tenía que mover el brazo, nuestro movimiento y la cama hacían el trabajo y así estuvimos hasta que lo hice acabar. Me miró directo a los ojos segundos antes de ver su semen saltar. Mojó su estómago y pecho. Yo le devolví la mirada y sentía cómo su ano se contraía de una manera tan brutal que también me hizo eyacular.
Agotado me saqué el preservativo y me acosté a su lado, riendo me miró y dijo: “Puta que culiai rico, primo”. Nos duchamos por separado y cada uno siguió haciendo sus cosas, risueños. Teníamos un secreto.
Con el tiempo agarramos más confianza, pasamos a ser como amigos, nos contábamos todo. Creo que el sexo fue solo una necesidad, no el inicio de otras oportunidades y encuentros. Aunque, claro, ojalá se volviera a repetir.
El Panda Rojo.
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Misterios del Panda Rojo: 2) Ariel, el hetero.
Desde chico me enseñaron a ser caballero, a evitar las cosas de “mujeres”, como si existiera tal cosa, puto machismo. No podía hacer nada, la herencia de los padres que creen que por ayudar en la casa uno se está haciendo mujer.
A veces cuando no iba a clases, en secreto tomaba las muñecas de mis hermanas y me encerraba a peinarlas cuando ellas no estaban, me gustaban las que tenían el pelo largo y vestidos de princesa. Mi papá trabajaba y mi mamá veía sus novelas.
A los 15 años me empezaron a llamar la atención mis compañeros de curso, sobre todo en los camarines, pero había estado preparado toda mi vida para disimular y pasar desapercibido. No se me notaba nada. Tanto era mi camuflaje que se sentían cómodos conmigo haciendo tonteras desnudos: agarrándose las pelotas, pegándole con el pene en la cara a los que estaban agachados atándose los zapatos, pero la que más me gustaba era cuando jugaban a hacer el típico helicóptero y al primero que se le paraba, perdía.
Me preguntaba qué se sentiría tenerlos en mi boca, a todos ellos, duros, mojados sobre mi lengua. Llegaba a casa a pajearme pensando en algunos de ellos, los que tenían pelos y estaban más desarrollados.
Una vez en Educación Física terminé los ejercicios y me fui a duchar, pero no fui el primero en llegar al camarín, estaba Miguel, un alumno repitente que quedó en mi curso. Venía saliendo de la ducha y pude notar cómo su pene largo, más largo que el de todos mis compañeros, se iba moviendo de un lado al otro al caminar. El agua aún brillaba en su piel trigueña, exquisito, todo un hombre.
Creo que en esa ocasión tuvo que haber notado mi cara de asombro porque me preguntó: “¿Qué mirai? ¿te la querí comer?"y solo atiné a contestar: "no, a tu hermana me la quiero comer”, lo que provocó su risa y siguió a cambiarse. Me había asustado, pero al escuchar que se vestía y que nadie llegaba al camarín me corrí la paja descomunalmente. Quería acabar rápido por si llegaba alguien, así que me sobajeaba el pene con el acondicionador para cabello y se sentía bien.
Pasó el tiempo, crecí y nunca estuve con un hombre, hasta que en mi segundo año en la universidad supe que mi amigo Leo era gay. Al principio me sorprendí, Leo pasaba muy desapercibido, no se le notaba nada. Nunca le había visto alguna conducta homosexual, pero que me contara su secreto no significó que yo lo viera con otros ojos, agradecí su confianza y amistad, con el tiempo me atreví y también le conté mi secreto.
Algo pasaría también ese año, conocí a Manu, otro compañero de curso que poco a poco se acercó a mí, con quien tuve un verano increíble como su esclavo sexual. Dejé que me tocara como quisiera y poco a poco se fue ganando mi cariño, con el tiempo nos hicimos pareja.
A Manu le gustaba meterme los dedos en el culo, lamerlo, pero yo me hacía el hetero curioso, hasta que finalmente lo dejé que me penetrara. No había estado tan contento en toda mi vida y cada vez que podía lo llevaba a mi pieza a recuperar todos los años que viví sin sexo.
ElPandaRojo.
Misterios del Panda Rojo: 1) Leo conoce a Milo.
Recuerdo que era Navidad y tenía que comprar un regalo, estaba algo molesto por haber pillado a Richi, mi mejor amigo gay, con el chico que me gustaba, claro, él no sabía que yo tenía intenciones con alguien. Me pasó por ser tan reservado.
La primera vez que te vi fue al final de la escalera mecánica. Ahí estabas, detrás del mostrador esperando que alguien comprara algo. No quiero ser cursi, pero el día se hizo más lindo con tu presencia, te veías tan rico con esa carita tierna mezclada con tu cuerpo de hombre, tonificado, brazos gruesos. Lo sé, me dejé llevar por la apariencia, pero algo me decía que no era solo eso, para mí fue un flechazo inmediato. Es por eso, que al saber que estarías solo, te invité a pasar la Navidad conmigo jugando a la consola y para mi sorpresa, aceptaste.
Tuviste un detalle muy lindo conmigo: dejaste una nota agradeciéndome el haber estado juntos en Navidad y que no habías querido despertarme en la mañana. Leerte me causó una felicidad tremenda y aunque no te lo dije nunca, esa noche me costó dormir por la erección que tenía al estar cerca tuyo sintiendo tu respiración, tu calor en mi cama y tu olor… sí, tu olor.
En una ocasión, íbamos sentados al final de la micro y yo como siempre, miraba por la ventana perdido en mis pensamientos, cuando sentí tu mano sobre la mía, sentí que me hervía la sangre y juro que te hubiera besado ahí mismo, hoy sabes lo impulsivo que soy, pero la sorpresa me dejó sonrojado y con el pene parado, nuevamente.
Es muy tonto, lo sé, era todo un perdedor antes de conocerte: tímido, solitario y no había tenido relaciones sexuales. Mentía sobre mi calentura y cómo me quitaba las ganas con otras personas, pero la verdad es que antes de tener algo casual, prefería quedarme en casa masturbándome.
Me hacías sentir como un quinceañero: caliente, enamoradizo y con el papel higiénico como mejor amigo en mis noches de insomnio, pensándote.
ElPandaRojo.
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