Contra la concepción liberal del hombre
Dicen que el motor del ser humano es la satisfacción de sus necesidades como individuo y que si el hombre vive en sociedad, es para conseguir aquello que le es inalcanzable en la soledad de la selva. Dicen que la consecución del alimento, la seguridad, el ocio y la supervivencia de la especie son el pegamento que ensambla a las sociedades humanas, organizadas para lograr esos objetivos en torno a “acuerdos de voluntad” a los que en una proyección de las manadas y las tribus, en tercera instancia llamamos naciones. Esta filosofía animalizante que niega la naturaleza - o mejor dicho, la sobrenaturaleza humana- se llama liberalismo, y es el compendio de ideas más nocivo de la historia del pensamiento.
Si el eje de cualquier Sistema político es el hombre, es imprescindible conocer en profundidad la propuesta antropológica subyacente a cada Sistema. En ese sentido, el concepto de hombre que nos propone la ideología liberal es tan erróneo como extendido, por lo que refutarlo debe ser el objetivo principal de la batalla que se libra en el mundo de las ideas.
Todo el despropósito empezó con Thomas Hobbes en el siglo XVII. Su obra es, en resumen, una negación de cualquier elemento sobrenatural en la condición humana. Para Hobbes, el hombre no alberga ningún misterio, nada que no sea explicable desde una perspectiva material. Es algo similar a una máquina (sic) cuyos engranajes son perfectamente escrutables.
Después de Hobbes llegaron los ilustrados con sus guillotinas y sus partidos, y dijeron lo mismo; después llegaron los intelectuales burgueses y su revolución industrial, y dijeron lo mismo; después Engels y Marx, y dijeron lo mismo; también Nietzsche dijo lo mismo (pero con una grandilocuencia estética soporífera); y por último llegó Sartre y la posmodernidad, para llevar a las últimas consecuencias la concepción antropológica que parió Hobbes, y que es la causa y origen de los males de nuestra era.
Pero están equivocados, la verdad es que el ser humano es un misterio. Por más tratados que publiquen, más logias que manejen y más medios que controlen, las teorías antropológicas liberales (incluidas sus hijas díscolas marxistas), todas, están burdamente equivocadas.
Es innegable que el mundo animal sí es utilitarista, pero intentar extender esta realidad al ámbito humano es un ejercicio de cinismo. Darwin describe con acierto que el motor de los animales es reproducirse y satisfacer sus necesidades primarias, y que ambos objetivos redundan en su fin último como seres vivos: la supervivencia de su especie. Todos convenimos que el más avezado de los simios alcanzará la felicidad (entiéndase este concepto en su limitación animal) con la satisfacción de sus necesidades: provisto de espacio vital, ocio, bananas, y capacidad de procrear, un simio va tener una vida plena.
Pero por algún misterio ajeno a la teoría evolucionista y utilitarista, el ser humano puede ser profundamente infeliz a pesar de tener todas sus “necesidades animales” holgadamente satisfechas. La tristeza, las depresiones y el suicidio no saben de clases sociales y afectan si cabe con más fuerza a millonarios y famosos, ¿por qué?, porque cuando hablamos del ser humano no es aplicable la teoría de la supervivencia de las especies; porque el único motor del hombre, la única causa de su felicidad (ahora sí en su vertiente puramente humana) es el amor. No el amor como un concepto de posesión o deseo romántico, sino el amor en su acepción más completa. El amor entre nietos, abuelos, hijos, padres, esposos, amigos, familiares, compatriotas o con Dios (quien tiene el don de la fe). La felicidad abstraída del yo, experimentada a través del bien ajeno. Porque el amor es ser feliz cuando lo es el otro, y viceversa, que el otro lo sea cuando tú lo eres.
El amor humano no tiene ningún sentido utilitarista hobbesiano ni evolutivo darwinista. Amamos al prójimo aunque sea débil, aunque esté lisiado, aunque no nos aporte nada material. En la medida en la que somos más humanos y menos animales, no nos deshacemos de nuestros ancianos (o no deberíamos). Si prevemos dificultades a la hora de alimentar a nuestras crías, no nos las comemos (o no deberíamos). Cuando acaba la etapa de crianza de nuestros hijos, seguimos amándolos hasta la muerte. Amamos incluso a los que murieron y ya no están. Amamos porque está inscrito en nuestra condición, y por alguna razón misteriosa ese es el único motor de nuestra felicidad.
Es fácil constatar empíricamente que los más felices entre nosotros no son los que más tienen, sino los que más aman. No hay más pobreza que la del que no sabe amar, y no hay mayor discapacitado que el que tiene atrofiada la capacidad de amar. No quiero decir esto desde un punto de vista cursi ni clerical, sino en la medida de lo posible desde un análisis académico. Lo que digo es una constatación empírica ante la que no queda más remedio que descubrirse. Somos así, tan únicos que pareciéramos ir a contracorriente en medio de una naturaleza evolutiva utilitarista; tan particulares que podríamos llegar a pensar que nos mueve una causa antinatural – y en cierto modo sería cierto- aunque sería más preciso decir que nos mueve una causa sobrenatural.
En El Leviatán, un extenso y detallado tratado sobre la naturaleza humana y su realidad social, Hobbes solo menciona cuatro veces la palabra “amor” y todas ellas en su acepción de posesión y deseo romántico. Por eso toda la doctrina liberal consiguiente y sus altivos pelucones empolvados no valen un mísero céntimo. Porque todos esos análisis sobre la condición humana obvian afrontar con rigor el hecho del amor como realidad única y más elevada del ser humano. Porque estudiar académicamente al hombre y desligarlo del amor simplemente porque no tiene una explicación biológica, es un fraude.
El pegamento de las sociedades humanas no es la satisfacción de necesidades difíciles de cubrir en soledad, sino el amor, que a pesar de ser un elemento intangible y trascendente, es a su vez tan real que es causa y esencia de las instituciones vitales del hombre.
Por eso la familia y la patria no son realidades de voluntad, sino instituciones de amor; No las constituyen una serie de decisiones racionales útiles para la supervivencia, sino que son realidades trascendentes, consustanciales al hombre, y preexistentes por cuanto están escritas tan profundamente en la condición humana como el habla, la vista o el oído. Solo que a diferencia de las aptitudes innatas de cada persona, la familia y la patria son entidades eternas vertebradas en torno a ese misterio humano que es el amor al prójimo.
La satisfacción de las necesidades de las personas es por lo tanto consecuencia y no causa de la existencia de las familias y de las naciones. La sobredimensión moderna de la voluntad como origen de todo, no solo es un acto de engreimiento, sino que es una fórmula simplista de esquivar el problema del hombre como un misterio, al que por alguna razón no quieren que nos enfrentemos.