Si me preguntaran por qué te quiero no sabría por dónde comenzar.
No sé si fue tu sonrisa, o tu voz tan varonil, o si fue la manera en cómo me besaste.
Comenzaría también por la forma que tienes de mirarme, y digo tienes porque sigue dándome nervio cada vez que te me quedas mirando.
Podría ser por cómo susurraste en mi oído lo guapa que te parecía.
Pero lo cierto es que me gustaste más cuando comenzaste a hablar, pero en nuestra primera cita, ya que tengo que reconocer que el tequila me había dado el valor para decir que sí al tomar tu mano.
Te quise en el momento en que comenzaste a decirme tantas cosas y a hacerme reír.
Créeme, esa noche me reí muchísimo. Y también me dijiste que mi risa te parecía muy chistosa.
Y esa es tu palabra favorita para fastidiarme.
Pero cuando hablas es mi parte favorita de ti y nuestra manera tan fluida de contarnos las cosas.
En los últimos años he conocido un lado de ti que sé con certeza que no le muestras a nadie.
Y ese lado es increíble.
A veces te vuelves un cabrón, pero la mayor parte de mis días son bromas aseguradas.
Y secretamente, me gusta verte sonreír, y ver los dientecitos que no le quieres mostrar al mundo.
Quiero también la parte trabajadora de ti y cómo te esfuerzas por lograr lo que te propones, y más cuando se te forma una arruguita en el medio de las cejas tan bonitas que tienes.
Quiero tanto cuando me abrazas, puedo jurar que es mi lugar favorito en el mundo. Me gusta abrazarte y enredarme a ti y pensar que no te quiero soltar porque no quiero que nadie te haga daño.
Admito que razones para quererte me sobran y ni siquiera me había dado cuenta.
Pero te quiero.
Así de simple.
Así de sencillo.
A veces un poquito complicado.
Pero te quiero tantísimo.
A ti.
Todo tú.
















