Quién diría que mi terapia emocional terminaría siendo limpiar el departamento.
Cocinar algo sencillo. Poner un video cualquiera mientras como. Barrer. Trapear.
Como si pudiera sacar la basura de mi cabeza igual que saco el polvo de las esquinas.
Y por un rato funciona.
Hasta que la música decide joderte.
Porque siempre llega esa canción.
Esa maldita canción que no escuchabas desde hace años.
Y entonces ya no estás en tu cocina.
Estás en otro tiempo.
En otro departamento. En otro trabajo. Con otra persona.
O simplemente igual de jodido que ahora.
Las canciones tienen esa extraña costumbre de guardar versiones de nosotros que creíamos muertas.
Y de pronto recuerdas exactamente dónde estabas cuando la escuchabas todos los días.
La repetías una y otra vez porque estabas enamorado.
O porque te habían roto el corazón.
O porque estabas tan solo que necesitabas que alguien cantara por ti.
Y ahí estás otra vez. Con la escoba en una mano y veinte recuerdos golpeándote la cabeza.
Malditas canciones.
Te recuerdan a fulanita.
Te recuerdan promesas.
Te recuerdan noches que ya no existen.
Y como buen idiota haces lo que juraste no volver a hacer.
La buscas.
Solo un minuto, te dices.
Solo por curiosidad.
Y claro.
La vida se encarga de darte la misma respuesta de siempre.
Parece feliz.
Parece estar bien.
Parece que aprendió a vivir sin ti mucho antes de que tú aprendieras a vivir sin ella.
Entonces cierras Instagram.
Regresas a la cocina.
Sigues trapeando.
Y entiendes que la limpieza nunca fue para el departamento.
Era para sobrevivir otro día dentro de tu propia cabeza.













