Carta abierta a Juan Manuel
“Me gusta pensar que voy a verte. No sé en qué lugar, ni en qué estación o circunstancia. No sé si hoy, mañana, en unos años o en alguna otra vida. No sé si siendo niños, jóvenes o ancianos; en forma de personas, de agua y piedra, flor y tierra o lluvia y cielo. Solo pensar que voy a verte de algún modo; en algún tiempo en que nuestros destinos coincidan nuevamente. Solo pienso en eso. Me gusta pensar que voy a verte.”
Leunam
Sé que quizás esto te sorprenda. Sé también, que hacer esto entraña quebrantar nuestro pacto. Si así me lo pides, no volverá a ocurrir. Discúlpame, de antemano, si leer esto perturba tu paz. Nunca ha sido mi intención. No te sientas compelido a responder esta carta. Al final, es tuya.
Hoy te escribo esto porque así me nació hacerlo; y lo hago con el corazón en la mano, escuchando nuestras canciones y con lágrimas descendiendo, desde ya, por mis mejillas.
Pensé en nunca escribirte esto. Luego me di cuenta de que la ocasión lo amerita y que no puedo, ni quiero, ni debo, dejarlo pasar.
Partes mañana. Y no me permitiría no dejar testimonio expreso de lo que quiero para ti: Quiero que vivas. Quiero que disfrutes. Quiero que conozcas. Quiero que bebas. Quiero que ames. Quiero que fumes. Quiero que sientas. Quiero que sonrías. Quiero que bailes. Quiero que sueñes. Quiero que cantes. Quiero que hagas eso que mejor sabes hacer: Ser tú. Ser tan, pero tan, inexorablemente tú. Tan Juanma. Ese hombre que sabe entregarlo todo y entregarse y amar sin tapujos y dominar al miedo y apaciguar los ánimos exacerbados y disfrutar la vida y escuchar música que alimenta el espíritu y sorprenderse de lo desconocido cual alma de niño y comer rica comida y beber cerveza deliciosa. Ese hombre. De tantos colores, de tantos matices, de tantas aristas. Ese hombre. Ese hombre. Uno no se encuentra fácilmente con ese tipo de hombres, mi Juanma. Leales. Fieles. Sinceros. Amorosos. Transparentes. Sabios. Humildes. Intensos. Detallistas. Inteligentes. Asertivos. Protectores. En estos tiempos ya no los hacen así. Qué afortunado fui. (Sí, -¿lo ves?-.) Escribí “fui”. Estoy progresando. Ya soy capaz de hablar en pasado sin que el mundo se venga abajo. En todo caso, no pretendo ocultarlo. Aún duele. Aún te amo –y creo que todavía más que hace un mes-. Pero ya entendí. Mientras duele, duele. Y no hay mucho que pueda hacer para cambiarlo. Tampoco quiero. Te diré que si alguien me diera la oportunidad de volver el tiempo atrás para decidir nunca haberme enamorado de ti y de ese modo ahorrarme este dolor, lo mandaría directo al carajo. Volvería a tomar la misma decisión. El mismo riesgo. Porque no hay nada en lo que tenga más certeza: vivir este dolor vale la pena. Porque tú vales la pena. Lo sé. Lo siento. Es más: duele hondo pero duele rico. La única cosa buena de pasar por esto, es que no hay mayor manifestación de que mi manera de amarte era –y aquí no voy a hablar solo en pasado- y sigue siendo –como dice la canción- insensata y verdadera e imprudente y convincente. Tú sabes cómo te amo. ¿Lo recuerdas, cierto? Te amo a raudales.
Tampoco pretendo ocultarlo. Estoy viviendo un infierno. Todo el tiempo siento que me cuesta respirar y despierto a la mitad de cada madrugada en busca de besarte y decirte que te amo y preguntarte si no hay nadie más en tu vida –como lo hacía antes- y me retuerzo en la cama porque a pesar de que te busco y te busco y te busco, no te hallo más. Ya no te hallo. Confieso que sigo despertándome temprano todas las mañanas con la esperanza de que hubieras cambiado de opinión y me hubieras dejado un mensaje. Pero es un “miamó” que ya no me escribes. Es un “te amo” que ya no me envías. Y lloro sin contenerme. Y me topo contigo en cada persona que me pregunta cómo me fue en tu país. Veo nuestra historia en la letra de cada canción. Y habrás de disculpar los lugares comunes. Apenas me doy cuenta que en el (des)amor, las palabras, efectivamente, no alcanzan. La pena no se va. Ni se va el amor. Y en el fondo, solo quiero que se marche la primera.
Te voy a contar un secreto. Disculpa de nuevo, mi amor, si te perturbo. Si se obnubila tu mirada. Si se quebranta tu serenidad. Pero te lo tengo que contar.
Ese jueves, el jueves pasado, después de la última vez que escuché tu voz, ese día lo hice. Tú dirás que cometí un harakiri emocional. Pero sentí que necesitaba hacerlo. Abrí nuestra ventana de Whatsapp y regresé en el tiempo. Y leí allí nuestra vida juntos. Desde el día uno, hasta el último. Todo hizo sentido. Heme allí, entendiéndolo todo. ¿Cómo no me iba a enamorar? ¿Cómo no me iba a enamorar tan locamente? Si ahí, al leernos, yo mismo me di cuenta de que tú eres justo lo que necesitaba. De que ni yo iba a poder luchar en contra de lo que se comenzaba a gestar. De lo que causabas en mí. Lo supe todo. Supe el día en que nos vimos por primera vez. Y los subsiguientes. Cayó como balde de agua fría. De repente, me sentí viendo una película, recordando momento por momento, día por día, todo lo que vivimos juntos. Nuestro progreso. Leí, al inicio, como dijimos que no podíamos dormir sin pijama, por ejemplo. Y recordé, al final, cómo dormíamos piel a piel. Sí. Insisto. Reconocí lo que yo mismo estuve intentando negar tiempo atrás: eres el amor de mi vida. Y sí. Ya sé. Dirás que mi vida es corta. Que tengo 20 años. Que me enamoraré otra vez. Y tienes razón en todo lo anterior. Pero uno lo sabe, ya sea anticipada o ulteriormente. Eso se sabe. Es una voz poderosa, interna, la que habla por ti. “Es él”. “Es él”. “Es él”. Así reza. Lo sé en el fondo. Eres tú. Y no digo esto con otro afán mas que el de dejarte saber que aquí estás en mí. Que aquí te llevo y te llevaré para el resto de mi tiempo sobre este planeta. Encajado. Acendrado. Enquistado. Incrustado. Aunque hoy, a pesar de mis propios pronósticos, intente arrancarte. Pero debemos estar tranquilos, tener paz. Estaré bien. Me curaré. Sanaré.
Y aquí viene lo único que sí te voy a pedir, aunque quizá no tenga el derecho de hacerlo: por favor, por favor, mi amor, no te desesperes. No te desesperes.
Ese último jueves que revisé nuestro chat, también leí en una de nuestras primeras conversaciones, que te conté de ese miedo, que me perseguía desde el inicio. Te comenté de mi miedo a volver a casa habiendo construido una vida nueva lejos de ella. Mi miedo de perder lo que habría ganado. Tú contestaste –con esa magnanimidad, con esa impasibilidad tuya que tanto efecto surtía en mí-, que aquello era algo natural, que ya te había pasado anteriormente, que así es la vida. Pero para entonces, todavía no llegaba el amor que luego habríamos de sentir el uno por el otro.
Leer eso me dio perspectiva. Esto te lo pido yo. Desde el alma, y a pesar de lo que tú puedas pensar sobre ello. Esforcémonos. Espérame. Yo estoy cumpliendo mi promesa de intentar estar bien para luego ser tu amigo sin que me duela no poder ser más que eso. No me perdonaría –eso sí no- que la rutina de nuestras vidas separadas nos aleje no solo en cuerpo sino también en alma. Recuerda que este tiempo que me estás dando está destinado a que esté listo para ti, y no a que nos acostumbremos a que no necesitamos siquiera saber cómo está el otro. Eso no. Lo confieso. El miedo perturba. Ese miedo tan nuestro, de los humanos, a sentirnos reemplazables, desechables, sustituibles.
Tú no eres eso para mí. Tu lugar en mi corazón no lo ocupa ni lo ocupará nadie más. Y en eso soy irreductible.
Gracias por todo lo que me diste. Por todo lo que me apoyaste. Por amarme como lo hiciste. Por ser el gran hombre que eres. Por hacerme tan inmensamente feliz. Por ayudarme a vivir.
Addendum: Si en el futuro sientes que las cosas podrían irte mejor, y que no has encontrado a la persona con la cual quieres compartir el resto de tus días, y que quieres sentir que te amen locamente, otra vez, y estás dispuesto a voltear hacia atrás, no lo dudes. Escríbeme. Yo estaré aquí, esperando el momento adecuado para poder volver a hacerte feliz.
Perdón si sientes que estoy intentando exhumar una esperanza que tú ya sepultaste. Solo quiero tener fe en lo que nos dijimos esa última noche juntos: lo que construimos no se acabó.
Hasta pronto. Un beso.
Con amor, a ultranza,
Tu Raúl


















