La batalla terminó (una vez más). Pero supongo que no la guerra.
Dió pelea tres veces. Me mintió una cantidad que ya dejé de contar y casi de creer.
Quizá lo doloroso no es que me haya mentido, sino el hecho que el miedo le ganó y me culpo para no sentirse como una cobarde.
Ella sabía que estaba mal desde el principio, no lo vio, no lo quiso ver, pero tampoco quiso enfrentarse a él. Se lo advertí, le dije que no era sano, le dije que pondría en juego todo lo que nos rodea. Entonces lo termino y su peor excusa ante los demás que observan expectantes mi próximo "show de drama" fue que lloré, fue que me "vio triste, mal, enferma" y entonces por eso le dió fin a su trágica historia de amor.
Aparentemente el amor estaba ahí, un amor que jamás entendi, quizá porque en ella está la mentira y en ella me crié yo. La enamoro con palabras de amor, la enamoro preguntándole como estaba todos los putos días. La enamoro con dos palabras. Y un sticker de corazón. Le mando un reel de amor y le dijo que hoy se veia bonita cuando la cruzo en su clase.
Las palabras según Dumbledore son nuestra más inagotable fuente de magia, capaces de infringir dolor como de remediarlo. No estoy tan de acuerdo en la última parte. Hay palabras que se dicen que hieren más que algo físico, una frase, un gesto, una mirada o incluso la ausencia de todos ellos y no estoy tan segura de que pueda remediarse el daño en todas las ocasiones.
En fin, no hay palabras que en mi hagan florecer el amor o la confianza o el cariño. Más es el gesto lo que otorga, el calor de una sonrisa, los ojos brillosos atentos que me escuchan, un corazón acelerado, un abrazo en una noche helada. Las ojeras que me muestran el dolor del otro, un corazón abierto, sincero, un alma honesta. No solo palabras, no solo mensajes pendientes a responder de lo que hago y dejo de hacer durante mi día a día.
Fue bajo, el golpe fue muy bajo. Me miró con ojos vacios, secos, como si no sintiera más que vergüenza ajena mientras yo me arrodillaba de dolor, con el alma hecha pedazos le suplique que me viera, le implore mantener la paz que tarde 28 largos, duros y tristes años en encontrar.
Pero una vez mas me recordó que la familia no será siempre el refugio que buscamos, que necesitamos. A veces, es el campo de batalla. Una batalla interminable, que siempre busca una libertad inexistente.
Me he cruzado con gente que muestra lo que no es, que dice lo que no hace y que ve en tu dolor algún regocijo retorcido.
Como un perro de la calle, golpeado, que le teme a las luces de los autos, a la comida que le ofrecen, a las manos que se acercan uno va caminando por la vida.
No sé cuál es la parte de todo lo que más me dolió en esta historia, si las palabras que dijo, si que me recordara el poco valor que represento para mí propia madre, el hecho de recordarme que fracase en salir de este lugar lo más rápido posible, o que me recordara que odié a mi padre y lo saqué de mi vida por mucho menos de lo que ella me hizo a mi en estas largas noches.
Hoy solo quedan cicatrices físicas y mentales, que guardarán memoria suficiente. Que me recordara el porque a veces sentir mucho tiene un precio altísimo, que los padres y los hijos solo somos un vínculo más de los que existen en nuestra vida, solo nosotros le otorgamos el valor y el poder que poseen.
Guardaré en ellas las palabras hirientes que me dijo, el como prefirió un hombre antes que a su hija, en como uso mi salud mental para hacer su retorcida fantasía de amor adolescente más interesante y en qué el amor puro, acogedor, y protector no siempre vendrá de una madre o un padre. A veces vendrá de una amiga, de un amigo, una abuela, una tía, de un hermano o simplemente de otro ser humano.