¿Por qué odiar a Angela Moss?
Es usual la evocación de temas sociales controvertidos dentro de la ficción. Desigualdad de clases, corrupción política, conflictos internacionales, inestabilidad económica, injusticias y un largo etcétera que no es más que la complicada red que conforma la estancia humana en este planeta que osamos reclamar como nuestro.
Así como Miguel de Cervantes denunciaba a principios del siglo XVII los desequilibrios sociales que se sucedían a su alrededor en las Novelas Ejemplares (cuyos temas, por cierto, podrían adaptarse sin desentonar en muchas situaciones actuales), hoy contamos con numerosas películas y series que llevan a cabo esta práctica envolviendo una realidad tangible con ficción.
Puede parecer que el ser humano produce y consume ficción para evadirse de su realidad, pero cuando hablamos de este tipo de ficción ‘realista’, es imposible desconectar del todo. Los temas remueven la conciencia, los malos generan mal, los buenos luchan contra ello aunque, a veces, los límites son un alambre quebradizo y la confrontación de actitudes genera en nosotros confusión y sentimientos chocantes.
Quizá el ejemplo más directo y popular de esto sea el del protagonista de la serie ‘Breaking Bad’, Walter White. Un padre de familia, profesor de instituto, buen hombre, que se topa de bruces con una grave enfermedad y la posible visita pronta de ‘La Parca’. Para dejar en una buena posición a su familia, para hacer el bien por ellos, decide hacer el mal. Fabricar cristal y bueno, todos sabéis. A partir de esto, la ficción. Y acabamos adorando espeluznados a Heisenberg, un tipo duro, de mentiras que, a pesar de generar el caos, es el héroe de la historia. De alguna manera inexplicable, el capo es ahora el bueno y todos queremos ser él.
En cualquier caso, el fin de este artículo no es hablar del ‘héroe’. Es para hacer una reflexión sobre el otro lado, el del personaje que todos odiamos porque se interpone en el camino del protagonista. No es malo, de hecho, suele acercarse bastante al perfil de ‘buena gente’, pero es indeciso, cobarde, algo bobo, infantil, demasiado débil, demasiado legal, demasiado moral. Es humano. Ese personaje que odiamos porque actúa exactamente como haríamos nosotros una vez metidos en su piel.
Hablo de Skyler White, la detestada mujer de Heisenberg. La malvada madre de dos hijos que se opone a que su heroico marido fabrique y trafique con ‘meta’. Porque, está claro que cualquier madre habría visto totalmente natural que su cónyuge se metiera de la noche a la mañana en el oscuro mundo de la droga.
Hablo también del personaje que me ha hecho darme cuenta de esto durante las últimas semanas. Hablo de Angela Moss (Mr Robot). Una mujer joven, inteligente e ingenua que se ve involucrada en un ataque informático a la mayor compañía del mundo.
Todos odian a Angela Moss porque es cambiante, insegura y, una vez más, mucho más humana que cualquiera de sus compañeros de dudosa heroicidad.
Somos humanos y en nuestra condición está la repulsa a reconocer nuestras debilidades. Por eso odiamos a Skyler White, a Angela Moss, a Percy Weasley, Sansa Stark, Rodrigo Mendoza e incluso a Sancho Panza (a propósito de Cervantes). Porque nos devuelven al planeta y nos recuerdan que son nosotros, y nosotros, ellos.
Me provoca cierta lástima ver lo reacios que somos a profundizar y empatizar con el reflejo más claro de nuestra condición. Lo siento, no somos Elliot, ni Darlene, ni Tyrell Wellick, ni la agente Di Piero. Somos lo más parecido a Angela Moss que hay sobre la faz de la tierra. Da igual cómo nos pongamos, es así.
Con el tiempo, uno se da cuenta de que no es nada malo, ni bueno, es lo normal. Porque aunque es muy complicado que cualquiera de nosotros nos veamos envueltos en tramas conspiratorias a nivel mundial, si que nos encontraremos a lo largo del camino con situaciones que nos harán dudar y nos obligarán a contradecirnos, ser débiles o incluso sentirnos estúpidos.
Lo positivo de ser Angela, saberlo y aprovecharlo es que nos convertiremos en supervivientes y podremos llegar mucho más alto de lo que podríamos imaginar en el episodio piloto.
De este modo, la ficción no parece más que un cebo para recordarnos lo terriblemente humanos que somos. Esto es algo que creamos para nosotros mismos. El ser humano, en su egocentrismo, origina mundos paralelos para hacer balance de todas sus facetas.
La eterna historia de ‘amor propio-odio’ del Hommo Sapiens.









