Una sonrisa socarrona asoma sus labios pecaminosamente hermosos mientras juguetea con el cuero y sus dedos rozan mi piel como si tuviera todo el derecho a hacerlo.
Como si me hubiera reclamado en otra vida y ahora me estuviera recuperando.
Rina Kent

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Una sonrisa socarrona asoma sus labios pecaminosamente hermosos mientras juguetea con el cuero y sus dedos rozan mi piel como si tuviera todo el derecho a hacerlo.
Como si me hubiera reclamado en otra vida y ahora me estuviera recuperando.
Rina Kent
Siento que mi sonrisa se ensancha al conectar mi dedo índice con el suyo.
-¿Es algún método telepático?
Aparta la mano de un tirón y me hace un gesto con el dedo medio mientras esboza una sonrisa enfermizamente dulce.
Rina Kent
-¿Qué le pasó a usted, señorita Cai?
Juliette podría haber dicho cualquier cosa a manera de respuesta. Podría haber elegido sus palabras con el veneno mortal que había adquirido en sus años de ausencia y escupírselo en la cara. Podría haberle recordado lo que él había hecho hace cuatro años, clavarle la espada de la culpabilidad hasta hacerlo sangrar. Pero antes de que pudiera abrir la boca, un grito se expandió por todo el club, interrumpiendo cualquier otro ruido como si operara en una frecuencia diferente.
Chloe Gang
“He pensado tanto en ti que ahora eres mía.”
Danielle Lori
“La pálida luz de la luna se reflejaba en la curva de su mejilla.”
Jennifer L. Armentrout
-Tengo que irme.
-Lo sé. -Se apartó de él.
Él se quedó quieto unos cuantos segundos.
-No quiero.
El aliento se le quedó atascado en la garganta. Parecía una estupidez y muchos no creían que eso fuera posible.
Pero ella sabía que era real, que uno podía quedarse sin aliento. Y en ese momento algo cambió entre ellos. Por extraño que pareciera, aquello no había sucedido cuando se besaron, o cuando él la acarició. Fue en ese instante, cuando Devlin estaba de pie, frente a ella, mostrándose abierto, humano. No el tipo frío e indiferente al que estaba acostumbrada. Se dio cuenta de que le gustaba ese Devlin.
Jennifer L. Armentrout
El radio está en mi mano antes siquiera de que pueda pensar en pedirlo.
-Aquí estoy -fijo en él la mirada al otro lado de un cañón.
-¿Es demasiado tarde?
Cuando el relámpago pasa, respondo, con todo y sus consecuencias.
-No, no lo es -digo y le devuelvo el radio a Farley.
Ella no me detiene cuando bajo los escalones y los guardias de Cal se hacen a un lado a medida que me acerco y cruzo las destruidas puertas de la arruinada plaza.
Espera inmóvil a la orilla del Puente de Arcón. Como lo hacía antes, permite que me aproxime a él, que fije el paso, elija la dirección, tome la decisión. Deja todo en mis manos.
Doy pasos uniformes, pese a los estruendos de abajo.
Algo se hace añicos, hay rugidos y quejas. Quizás uno de los barcos chocó con otro, apenas reparo en ello.
El abrazo es demasiado corto pero suficiente. Me afianzo junto a él, me afirmo en mi osadía y siento las duras y cálidas líneas de su cuerpo contra mí. Huele a humo, sangre y sudor. Cruza los brazos en mi espalda, me estrecha por los hombros para apretarme contra su pecho.
-Ya dejé atrás las coronas -balbucea sobre mi cabeza.
-¡Por fin! -susurro.
Victoria Aveyard
…cuando levanto una mano y tiendo los dedos para acariciar su cara, a menos de un par de centímetros de mí.
Porque no es a mí a quien ella teme, no en realidad.
Sus ojos titilan en el suelo de mi celda, en la roca pulcramente incrustada en el cemento.
Suelto una risa gutural que retumba en las paredes.
-¿En verdad rompí algo en ti?
Retrocede como si la hubiera golpeado, casi veo la herida en su corazón. Aprieta los dientes y se endereza.
-No es nada que no pueda reparar -responde.
Siento que mi sonrisa se amarga, se mancha, se corrompe. Como el resto de mí.
-¡Si pudiera decir lo mismo!
Mis palabras suben, decaen y mueren.
Victoria Aveyard
Ninguno de los dos se mueve.
-No puedo -miro todo menos su rostro.
Responde rápido y fuerte:
-Yo tampoco.
-Aunque tampoco puedo...
Seguir lejos. Continuar con esto. Permitir que nos nequemos a nosotros mismos de cara a la muerte siempre al acecho.
Exhala un siseo.
-Yo tampoco.
Cuando damos juntos el paso desde direcciones opuestas, los dos reímos y esto casi rompe el encanto. Pero avanzamos, iguales en movimiento e intención, lentos y metódicos, calculadores. Me mira y yo a él mientras se acorta el espacio entre nosotros. Lo toco primero, poso mi palma en su palpitante corazón. Inhala despacio, siento que su pecho se inflama bajo mis dedos. Una mano cálida resbala por mi dorso y se abre en la base de mi espalda. Sé que siente mis viejas cicatrices bajo la blusa, la piel nudosa que ambos conocemos. Mi reacción es rizar la otra mano en su nuca para hundir las uñas con delicadeza en su negro mechón.
-Esto no cambia nada -digo contra su clavícula, una línea firme sobre mi mejilla.
Siento su respuesta en el tórax.
-No.
-Nuestras decisiones no se han alterado.
Su brazo se tensa en torno mío.
-No.
-¿Entonces qué es esto, Cal?
El nombre tiene un efecto en ambos. Tiembla y me aproximo, me estrecho contra su cuerpo. Da la impresión de que los dos cedemos, aunque nada nos queda que rendir.
-Decidimos no decidir.
-No suena real.
-Quizá no lo sea.
Está equivocado. No imagino algo más real que sentir su calor, su olor, su sabor. Esto es lo único verdadero en mi mundo.
Victoria Aveyard
-Ojalá hubiera un punto medio.
Un lugar donde nuestros nombres, nuestra sangre y nuestro pasado no importaran. Un lugar sin peso. Un lugar que no ha existido nunca ni existirá jamás.
-Buenas noches, Tiberias.
Cierra un puño y sisea.
-En verdad necesito que dejes de llamarme así.
Y yo en verdad te necesito a ti.
Victoria Aveyard
“Hablar con él se siente como un sueño, uno doloroso. Aun así, no quiero despertarme.”
Victoria Aveyard
-Esto no me gusta nada -susurra.
Río mientras raspo mis botas en la carretera.
-Estamos varados en un risco, la mitad de los soldados se han marchado, los vehículos están hechos trizas, los saqueadores nos atacarán en cualquier momento y yo no pude terminar mi cena. ¿Qué es lo que no te gusta?
A pesar de nuestras circunstancias, exhibe su sonrisa torcida de siempre. Cruzo los brazos con la esperanza de que bajo la luz débil no vea que me ruborizo. Me mira con ojos de un bronce ardiente y concentrado que trazan el perímetro de mi rostro. Su sonrisa se desvanece poco a poco cuando recuerda nuestras decisiones, lo que elegimos, pero no desvía la mirada y siento que una bola de fuego asciende en mi interior: rabia, deseo y pesadumbre en igual medida.
-No me mires así, Tiberias.
-No me llames Tiberias -me reconviene y baja la vista.
Río con amargura.
-Es el nombre que escogiste.
Victoria Aveyard
-Te amo -le dije, temblando . Estoy enamorada de ti, Luc.
-Se siente como si hubiera esperado toda mi vida para escucharte decir eso –dijo contra mis labios, sus manos deslizándose por mi espalda–. Ver tus labios moverse alrededor de esas palabras. Puede que no las merezca, pero soy codicioso. Todavia soy egoista. No puedes recuperarlas.
–No lo haría.
Jennifer L. Armentrout
-Por alguna razón, siento que es verdad, pero por si las dudas, déjenme decirlo nuevamente. Callate. Y déjame agregar a eso. Vete.
Sus labios se separaron. -Eres tan...
-¿Qué?
Estaba callado mientras su mirada se movia de mi hacia la mesita de noche, y me pregunté si estaba mirando a Diesel. -Eres hermosa cuando te enojas.
-¿Sabes qué? Puedes irte... Espera.-Todo mi sistema se sacudió-. ¿Qué?
La cabeza de Luc se inclino hacia un lado, enviando varios mechones de cabello hacia un lado. - Dije que eres hermosa cuando estás enojada. Y eres hermosa solo de pie alli. Incluso eres hermosa cuando estás triste. Y cuando eres feliz, eres impresionantemente hermosa.
Jennifer L. Armentrout
“No me niegues tu corazón por miedo.”
Kerri Maniscalco
¿Un beso por tus pensamientos?
Kerri Maniscalco
-…El plan era bastante decente. Pero hay algo que no tuvieron en cuenta.
-¿El qué?
-Es imposible replicarte.
Le dirigí una mirada sardónica.
-Tengo una gemela.
-Eso da igual. -Wrath se encogió de hombros-. Siempre te reconocí. Y siempre lo haré. Tu alma llama a la mía. La sensación es como la de volver a casa. De paz. Ninguna magia puede duplicarla.-Por un segundo, se me olvidó cómo respirar. Nos sostuvimos las miradas…
Kerri Maniscalco