ÉRASE UNA VEZ...
Una noche de un jueves cualquiera, me lancé de cabeza al cine con un amigo, conocedores ambos del estreno de la nueva película de Quentin Tarantino; es la novena, pero no será la última. Al guionista estadounidense aún le falta un film para terminar su colección. Os propongo una cosa: si no habéis visto Érase una vez en... Hollywood, por favor, id sacando las entradas; si no conocéis las películas y la dinámica narrativa de Tarantino... dejad de leer esto, poneos manos a la obra. No podéis disfrutar de la nueva película sin antes haber contemplado a sus predecesoras. Las tres horas de duración de esta se pasan en un pestañeo. Puede parecer ilógica, pero no. La gracia de Tarantino precisamente reside en la reflexión y, por supuesto, en la risa. La clave está en meditar y sacar conclusiones mientras nos divertimos/entretenemos. Genio.
Obviando el previo acceso a la sala de cine y evitando que penséis en los anuncios, podéis poneros cómodos. Si todavía no habéis hecho palomitas estáis a tiempo. Desde el primer momento que aparecen Brad Pitt y Leonardo Di Caprio en la pantalla, uno no puede hacer otra cosa que sonreir y esperar lo mejor. Un Di Caprio haciendo de un actor frustado y perdido en el alcohol, intentando alcanzar una oportunidad que le permita encaminarse al estrellato y un Brad Pitt que ejerce el papel de guardaespaldas, criado, doble, especialista (llamadlo como queráis) del primero. Me atrevería a decir que ninguno de los papeles es el auténtico, creo que es más una relación de amistad. Amistad de las de siempre, de las que vives día sí, día también. Una de esas amistades que te hacen discutir y pelear a muerte con el otro para, tan sólo cinco minutos después, terminar ambos en un abrazo completamente fraternal. En fin, de esas amistades.
La película incorpora varias tramas secundarias que acaban sirviendo de nexo para un final tarantinesco. ¿Cómo es un final tarantinesco? Random, especial, único, incomprensivo, fugaz, alternativo, un tanto gore (pero no mucho) y, desde luego, propio.
La película narra pues la vida de ambos personajes, encadenada en relación con muchos otros, que podemos decir, abordan su día a día. El escenario es perfecto para estos dos personajes: Hollywood. Lo dicho, seguimos a los personajes en cada de sus tramas, paralelas a la que se cuenta cuando nos los enfocan juntos. Si disfrutamos de unos planos en los que ambos personajes aparecen en pantalla, estamos siguiendo el hilo principal que nos marca la historia: las penurias y dificultades que llevan, a través de alocadas reflexiones, al intento de fama de Di Caprio. En un principio, nos lo presentan como un actor secundario (suele interpretar a los villanos) del conocido cine Western. Más tarde, tras lloros y lamentos, termina conociendo a una persona que podría cambiar su suerte (si es que alguna vez en la película llega a ser un desgraciado): Roman Polanski.
Acómpañemos ahora a Brad Pitt. El personaje que interpreta a nuestro icónico actor, es totalmente paralelo al de Di Caprio. Este vive en condiciones deplorables, en una caravana, junto con su perra pitbull Brandy (que llegó a ganar el Palm Dog como mejor intérprete canino en el Festival de Cannes, así las cosas). Para nada similar al ilusorio sueño de vivir en una mansión que ha hecho realidad su compañero. No obstante, es Pitt el que se muestra más realizado y feliz a lo largo de la trama; su millonario compañero Di Caprio, es el más triste y desolado. La realidad subalterna. Como pequeño detalle, nuestro compañero mató a su mujer, por lo que ahora es un ex convicto (no os asustéis, es el personaje, no el actor).
La narrativa es preciosa. Dos caminos que terminan unificando el final. Cada uno vive una narrativa distinta para, al final, mezclar a todos los personajes que cada uno ha conocido en un desenlace digno de aplaudir. No os contaré mucho, pero si habéis disfrutado con Django desencadenado, Kill Bill, Los odiosos ocho o Malditos bastardos, está nueva película os va a encantar. No tiene ningún sentido más allá del cual el espectador quiera darle. Hay una escena de la película en la que Brad Pitt termina en un descampado alejado de la ciudad, rodeado de caravanas y viejas casuchas habitadas por hippies (colectivo escogido esta vez por Tarantino para su “crítica indirecta”); todos allí le miran mal, con mirada asesina: “Nadie es bienvenido, no confiamos en nadie”, que diría una hippie pelirroja. Entonces... música de tensión, miradas asesinas, Brad Pitt desentendido y... todo queda en menos de lo que nos generaba la banda sonora (ambiente de angustia). Giros característicos de Quentin.
No puedo ir más allá, sólo cuento pequellos detalles, prefiero que la disfruten quienes todavía no la han visto. Yo, personalmente, pude notar un mensaje en contra de los prejuicios. Los hippies, por escuchar de mala manera los despectivos comentarios del resto, se dejaron llevar por la ira. Sin embargo, una actriz que nos enamora de princio a fin (Sharon Tate, interpretada por Margot Robbie) a la cual rinden homenaje tras su muerte con esta aparición. En un momento dado, va a disfrutar de una de las películas que filmó a una sala de cine; no era muy conocida pues tenía un papel secundario en la cinta. No importa. Pudo observar cómo todos en la sala de cine disfrutaban con sus apariciones, lo que logró pintar una enorme sonrisa en su rostro. Prejuicios fuera.
No se puede decir más alto, ni más claro: Hay que ver Érase una vez en... Hollywood. Nos volveremos a enamorar (tras Pulp Fiction) de una de las mejores parejas que nos puede dejar el cine de Quentin Tarantino.









