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@secretos-de-atlantis
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Puede parecer tonto, pero desde que comencé a escribir soñé con ser un escritor anónimo, de esos que todo el mundo ama, pero nadie sabe con certeza de quién se trata.
Muchas personas persiguen la fama porque desean ser figuras públicas, ser reconocidas a donde vayan y recibir un trato especial.
Mis anhelos siempre han sido más simples; prefiero que amen mis letras y no mi rostro, que conozcan mi alma, pero no mi vida. Quiero que adoren lo que escribo con la misma pasión que yo, pero no a este humilde ser.
Sueño con que me reconozcan por mi manía con las comas, las rimas improvisadas y los suspiros que transmito, y no en medio de un descanso en mi café matutino.
Nunca desearía ser una figura publica, porque aquellas van y vienen, viven y mueren con facilidad.
Yo aspiro a algo en apariencia más sencillo, pero artísticamente más ambicioso.
Deseo ser anónimo, pero inmortal.
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Sam:
Hace tanto que no vamos por helado para charlar, me ha hecho falta ese toque de chocomenta y la dulzura de contemplar belleza en lo simple. Te confieso que he pospuesto más de lo que debería nuestras visitas al parque, sé que los columpios te extrañan porque ahora mismo estoy en uno y no siento al viento acariciar mis pómulos como cuando estás tú, con esa enorme sonrisa y tu risa interminable. Tengo tanto por decirte y lamento no pueda ser a través de mi mirada, pues está nublada hace tiempo, falta tu calidez para despejarlo todo, nuestro jardín semi marchito te extraña. Sin embargo, las maravillosas páginas que escribiste siguen siendo pauta para buscar lo que reaviva nuestra chispa, pensar en la fortaleza que siempre tuviste para hacer postres enmedio de lo insulso... Me inspiras, pequeño solecito. Tu recetario ha crecido, créeme, he incorporado otro tipo de platillos y sé que estarías orgullosa porque cociné con amor lo desagradable, los resultados me han hecho crecer y con ello tu brillas en mi memoria. Me guías en cada paso y en cada experiencia culinaria que representan a la vida –nuestra vida– tal cual como siempre la proyectaste y a través de tu enorme imaginación: un banquete lleno de sorpresas que si bien puedes conocer y disfrutar por tu cuenta, es mejor cuando compartes con otros.
El proceso está tomando tiempo, no te diré que he sido paciente a cada paso, pero he procurado no rendirme, no desistir hasta ver nuestro sueño consumado de la manera más bella posible, y la evolución es constante, con la esencia tuya en cada peldaño escalado. Me he alimentado de paz en esta nueva etapa y he sembrado esa semilla mediante pequeñas acciones que se hornearon muy dentro de mi alma haciendo uso de la calidez y el amor que tú guardas en esos consejos tan acertados cuando preparo lo que será nuestra siguiente aventura y nuestra siguiente colaboración con quiénes nos rodean.
Tranquila, la melancolía que últimamente ha imperado será solo un pretexto para preparar un pastel y despedir algunos ciclos que ya aportaron lo necesario a nuestro menú, esto solo ha sido aprendizaje mediante el cual podré cocinar nuevas ideas, sensaciones, experiencias y contribuciones de las cuales te estaré hablando muy pronto.
Con mucho amor y la promesa de ir por un helado, se despide por ahora C.S.O.L.
@mujeresontop
«Él no me quiere.
Quiere mis buenos ratos
mis sonrisas, mis días soleados
mi pelo largo y mis ganas de viajar...
Quiere el orden de mi vida,
y el desorden de mi cama
los abrazos que terminan en orgasmo
y los besos que despiertan
las ansías a mitad de la noche.
Quiere mis manos en las suyas
pero no quiere que caminemos juntos.
No quiere lágrimas
ni cielos nublados
no le gusta mi cabello corto
ni la pesadez que a veces
me obliga a quedarme en casa.
No busca salvar tormentas
ni abrazarme cuando soy huracán.
Sólo quiere que le escriba sobre el amor,
pero no se aventura a amarme...
Y aunque lo que yo sentía
por el me llenaba
y me hacia florecer...
No... él no me quiso».
Malaci.
Tenía como ocho años cuando vi por primera vez la injusticia con mis propios ojos.
Una mañana llegué a clase con mi papel cascaron con el escudo del estado, relleno de plastilina azul por un lado, arroz en una esquina y una estrella de papel dorado en la otra, mal recortada porque mi mano pequeña y zurda batallaba bastante con las tijeras. Estaba nervioso, las tareas de manualidades me gustaban mucho, pero por más que me esforzaba la mía nunca era la mejor.
Al llegar al salón armamos una galería improvisada con los mesabancos colocando todas nuestras obras sobre las mesas. Al verlas todas me sentí decepcionado de mi trabajo, había otros mejores, más bonitos y elaborados.
La maestra caminó a lo largo de la fila que habiamos formado, miraba cada uno de los trabajos y luego apuntaba algo en su libreta. Quise ser optimista y pensar que el mío no era tan malo, que quizás mis padres no me habían ayudado como a mis compañeros los ayudaron sus papás, pero mi esfuerzo era más valioso.
Pero no me sentía así, en realidad me sentía celoso. Mis padres nunca me ayudaban a embellecer mis tareas escolares, siempre me decían «Es tu tarea, tú la tienes que hacer solo», y eso me enojaba tanto cuando llegaba al salón de clase y veía los trabajos de mis compañeros, tan creativos y bien hechos, delineados perfectamente (por sus padres) con glitter y macarrones pintados a mano. Hacían que el mío se viera tan feo a su lado y yo no podía competir con eso.
Llegó la hora de la verdad despues del receso. Cuando entramos a la clase los escudos ya estaban calificados. Todos los que eran bonitos tenían un diez mal garabateado en una esquina pero el mío no era uno de ellos. En mi papel cascarón había un ocho. Miré el trabajo que estaba a un lado; diez..., miré el del otro lado; diez...
¿Cómo era posible que el trabajo de Rodolfo tuviera mejor calificación que el mío? Era obvio que lo habían hecho sus papás. Él no era capaz de hacer algo tan complicado y perfecto solo. Ni siquiera podia prestar atención en clase ¡Se babeaba todo el día!
Y el de Nidia como siempre, impecable. Ella era más lista, pero ese trabajo tampoco era suyo. Lo peor de todo es que era mi némesis porque era la única alumna que tenía calificaciones tan altas como las mías, y ver su diez solo empeoró mi molestia.
Me sentí frustrado, enojado, triste y decepcionado. Jamás habia tenido una nota tan baja en mi tarea y menos de manera tan injusta. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me puse a llorar. Mis amigos me preguntaron qué pasaba y les dije que nunca había sacado una mala nota. Ellos me miraron raro y me dijeron que "un ocho no es una mala calificación". No les creí, estaba acostumbrado a tener nueves y dieces, un ocho era feo y vergonzoso.
Cuando mi madre llegó a casa le conté mientras lloraba lo que había pasado, pero no pareció sorprenderle. «La maestra hizo mal al calificar de esa forma, pero tú y yo sabemos que esos niños no merecen esa nota. Ese diez es de sus padres no de ellos. Ese ocho es tuyo, es tu esfuerzo y es real. »
Sus palabras tenían sentido, pero eso no me hizo sentir mejor porque me parecía tonto que si yo sabía que esos niños no hicieron la tarea, los padres lo sabían y la maestra también lo sabía, ¿Por que les había dado esas notas altas y a mí que me esforcé de verdad una más baja? No tenía sentido.
Mi madre se cansó de intentar apaciguar mi indignación con sus argumentos, ya que era demasiado joven (y necio) para entenderlos. Quizás un abrazo y un «No importa la nota, lo has hecho bien», lo habrían logrado, pero los mimos no eran el lenguaje amoroso de mi madre, en cambio recibí una de las primeras lecciones de la vida.
«Las cosas no siempre van a ser como crees que deben ser, Han. Si no te gusta el resultado, te tienes que esforzar más y hacerlo mejor. No importa la nota de los demás si la tarea la hacen los papás porque no son reales, solo importa cuando tus compañeros se esfuerzan de verdad.»
Quería creer en sus palabras y que mi orgullo de infante dejara de doler, pero mi récord de dieces, mis dos becas de excelencia y mi interminable competencia secreta con Nidia me tenían mal acostumbrado a perseguir la perfección y no me permitieron hacerlo en ese momento.
Ahora lo recuerdo y me da risa.
Llorar por una mala nota que en realidad no era mala es uno de mis recuerdos más adorables de la vida, pero una de las lecciones más memorables.
Ese día entendí que la vida no era justa.
Por fortuna ya no me sorprenden las injusticias de la vida, aunque debo admitir que lo competitivo y quisquilloso jamás se me quitó. Qué puedo decir, hay manías que son más difíciles dejar atrás. Sin embargo, también aprendí otra lección ese día.
El valor de la perfección radica en el esfuerzo para lograrla, no simplemente en su belleza.
Mi mente selectiva a veces es una bendición y otras veces una maldición.
Si no me hace sonreír, me hace suspirar.
to my dear, with all my love ♡ x
Hay pocas cosas tan mágicas e impactantes como lo son los recuerdos.
A pesar de ser intangibles, se pueden sentir.
Aunque sean lejanos, se pueden revivír.
Aunque no existan más las personas, se pueden mirar de nuevo.
Escuchar sus risas, sentir sus abrazos, reír con ellos... o llorar.
Ya te he recordado muchas veces sufriendo, y he decidido dejar de hacerlo porque ya no es así. Ahora estás en paz y quiero recordarte de esa manera. Durmiendo pacíficamente o riéndote a carcajadas después de hacer alguna maldad donde yo reía contagiado por tus risas y tu rostro arrugado mirándome, más que por tus malicias.
Lo curioso es que recordarte de una forma más alegre también me ha hecho derramar lágrimas, pero éstas tienen un sabor diferente. Son menos saladas y se sienten más ligeras. Quizás es porque ya no están cargadas de culpa, y en su lugar saben a nostalgia.
En fin...
Solo los humanos podemos vivir muchas veces los mismos momentos una y otra vez, como si los recuerdos fueran alguna clase de superpoder.
No sé que piensen los demás sobre esta habilidad; pero hasta que mi memoria me lo permita, pretendo usarla para seguir abrazándote cada vez que te vuelva a extrañar.
Creadores de nuestra propia realidad ✨
¿Envidia de qué ?
La envidia no tiene que ver con querer tener lo que otro tiene. El envidioso sabe que no podrá tenerlo y entonces: quiere destruirlo. Y uno mira para los cuatro costados, levanta la cabeza por encima de su propio hombro y pone cara de desconcierto.
¿Qué es lo que quiere destruir sino tengo nada ?
Tu nada es el todo, para aquél que nació, pero olvidaron traerlo al mundo.
Entonces tu todo, a veces, es el amor que te tienen.
La sonrisa que te asalta la cara.
La libertad de poder tomar tus decisiones.
Tu mirada amorosa y relajada.
Tu silencio vacío de ansiedad.
El amor que tienes para dar.
La forma en que vibrás.
Los vínculos que construiste.
Tu empatía.
Tus logros chiquitos que no necesitan venir en la tarima de una carroza anunciado que tocaste tu campana.
Tu energía.
El brillo de tus ojos.
Tus expectativas pequeñas.
Tu capacidad de disfrute.
Tu bondad.
Tus virtudes.
Incluso hasta tu capacidad de levantarte frente a los golpes que te dio la vida.
Y un montón de pequeños gigantes que te habitan la vida.
Eso es digno de envidia, para quien no puede construir lo más simple y supone que la palabra que destruye le puede aliviar un poco su propia frustración.
Por eso cuidado.
Porque antes de recibir una crítica en la que sobrevuela la intención de crear un malestar, mirales la vida.
No lo que tienen.
Tener, tiene el que puede con una pincelada de esfuerzo, suerte y voluntad.
Pero la vida con la que son capaces de acobijar ese cúmulo de cosas que simplemente son cosas, es arena de otro costal.
Nadie puede dar una crítica constructiva atravesado por la envidia.
Esas críticas no son criticas.
Son bocanadas de veneno.
Huir es cuidarse.
No los escuches.
No los mires.
No los comprendas.
No dudes de ti
Mirales la vida.
No lo que tienen.
No lo que dicen.
Lo que generan.
La vida.
Mirales la vida y cierrales la tuya.
🙌🤗❤️🙋♀️
Tesoros
He sido un poco descuidado con los tesoros que mantengo guardado celosamente en el cajón más escondido del armario. Fotografías, cartas y postales se han dejado ver cuando abrí un viejo y empolvado sobre tan lleno que no se dejaba cerrar. No sé cuánto tiempo ha estado encerrado ahí, pero no quiero hacer las cuentas de los años porque me hace sentir viejo saber la respuesta. Se trata de uno de mis gustos culposos, un hobbie secreto que se ha vuelto peor conforme pasan los años. Es una recolección de detalles que evocan viejos recuerdos: escritos, post-it, boletos de cine, notas de compras, incluso stickers que nunca se usaron y cartas…
Las cartas que recibí en la secundaria, con mala ortografía y las típicas frases que llenaban los espacios vacíos: “Nunca cambies” ”Eres genial" “Sonríe siempre”, esa última acompañada del típico garabato de la letra ’s’ mayúscula con ojos y una sonrisa, siempre me pareció la más graciosa.
Las postales que los amigos solían regalar en las fechas especiales, con frases célebres escritas con su puño y letra, con tinta de colores fosforescentes y llena de brillo.
Los tickets de cuando vi el “Titanic en 3D”.
Los dibujos de mis compañeros de clase, bastante talentosos por cierto.
La foto instantánea de aquella vez que me escapé de clases con mis amigos y nos fuimos a la feria.
Un corazón de papiroflexia que al abrirlo era una carta de amor escrita con una letra cursiva envidiable que confesaba tímida y hasta dulcemente sus sentimientos.
Mi poema favorito impreso en una hoja reciclada.
Tarjetas de cumpleaños, algunas compradas, otras hechas a mano con poco presupuesto (y talento), pero con mucho cariño.
Una hoja firmada por uno de mis bailarines favoritos de aquel workshop al que fuí años atrás.
Fotografías familiares muy graciosas, de esas que la gente prefiere omitir en el álbum de fotos familiar…
En fin, un sin fin de tesoros que poco han de valer para quien no haya sido testigo de los momentos que confirman, pero que han resultan la más eficaz risoterapia en mis días más tristes o aburridos. Sin duda coleccionar recuerdos es un arte que pocos aprecian. Es difícil encontrar personas que dediquen esos detalles en estos tiempos. Quizás sea esa la razón por la que me he negado a dejarlos ir. Sé que no volveré a recibir una carta escrita con puño y letra, o una postal con frases improvisadas, y qué decir de la papiroflexia…
He sido bastante descuidado.
Tesoros como esos no son algo que pueda comprar, o encontrar en algún bazar si los pierdo. Son únicos e invaluables, jamás se repetirán. Así que he decidido guardarlos nuevamente, con más cuidado y de manera ordenada, las fotos en el álbum correspondiente, las cartas, en un cajón, los recuerdos en la memoria y la alegría que me transmiten, en el corazón.