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beast.
beast ;cerrado w/ abaddon » ht: #onrol
Sasha entró en el apartamento como alma que lleva el diablo, atravesando la sala y el corredor con toda prisa. Se encerró en el cuarto de baño y echó llave, ignorando la presencia de Abaddon dentro de la estancia. De hecho, cree haber visto de soslayo su silueta de espaldas frente a la nevera abierta, pero tampoco estaba seguro de ello. Últimamente no solía estar seguro de nada, pero esa noche estaba completamente consciente y seguro de algo. Alguien había estado a punto de descubrirlo. Respiró hondo y abrió el grifo del lavamanos dejando el agua correr. Deseaba que el conocido sonido se abriera paso en su mente y purificara los pensamientos que se atoraban en su cabeza, uno tras otro y sin detenimiento. Desde que se paralizó frente al espejo no alzó la mirada, ella estaba clavada sobre sus dedos temblorosos manchados de escarlata. Sangre fresca que no se resistió a lamer de su propia piel y ahogar un gruñido inhumano. Mientras lo hacía, el reflejo que contempló podría haberlo dejado congelado. Tenía el cuello de la camisa blanca salpicada con finas gotas de carmín y los puños, que horas atrás habían estado completamente pulcros, ahora lucían embarrados con tierra y sangre. Lo mismo su pantalón de diseñador. No se había cobrado una nueva vida, pero había estado a punto de hacerlo antes de que un tercero apareciera en escena y obligara a la bestia a detener el frenesí de su gula, de su ansia y sed incontrolable. —¿Quién eres? —Se oyó preguntar al escudriñar al hombre en el espejo que lo observaba con pupilas negras y dilatadas, compartiendo con él la colosal frustración de no haber bebido lo suficiente, que dolía y ardía en sus entrañas.
—Joder.
Se levantó del sofá en donde había pasado el resto de tarde sentado viendo la programación especial del canal de películas que hacían alución a exorcismos, posesiones y todo tipo de cosas paranormales e increíbles.
Se reía de las dramatizaciones y es que algunas en sí, eran verdaderamente exageradas y se salían de contexto, no obstante, se acercaban un poco pero no tanto.
Ya había anochecido cuando decidió atacar el refrigerador, buscando algo dulce que pudiese comer y es que desde su regreso del inframundo, su gusto por las cosas extremadamente dulces había aumentado al punto de verse obligado a llenar los estantes y la nevera con cosas dulces que pudiera comer cuando tuviera esas ganas.
Las mascotas se hallaban regadas por la casa y era Orión el que estaba a sus pies, chismoseando como siempre, buscando que su dueño le diese algún tipo de tentempié.
—¿Qué quieres, ah? Siempre buscando que te dé algo de comer, ¿No?
Se agachó y tomó al pequeño perro, cargándolo y buscando una de las croquetas para perro sobre el refrigerador. El pequeño can la comía de sopetón y Abaddon lo atacó a besos antes de verse sorprendido por la repentina llegada de su caído y la urgencia con la que éste había entrado directo a la habitación, encerrándose en el baño.
Soltó al perro y lo puso en el suelo, sintiendo el aire pesado en instantes y un inquieto y molesto olor a sangre en el ambiente. Con el paso de los días Abaddon volvió a recomponerse al grado en que su sensibilidad y poderes estaban en su punto. Y pudo advertir que algo había sucedido y no era algo bueno. Extrañado, se transportó hasta la puerta que le separaba de su pareja más no entró ni golpeó. En ese caso, Abaddon se desvaneció y traspasó las paredes en su invisibilidad, quedándose en una esquina, por sobre la bañera, observando al otro con la quietud de un gato en plena cacería.
Lucía desgastado, agotado y ni qué decir de los detalles perturbadores que le acompañaban y decoraban su anatomía como una pintura expresionista y abstracta. Puras manchas tanto de sangre como de barro le pintaban la camisa que alguna vez vio mejores épocas de pulcritud, elevándose en tono y cantidad. Sasha se examinaba el rostro en el espejo e incluso hablaba, demandando algún tipo de respuesta que debía surgir de su interior. De eso estaba seguro.
Se mantuvo quieto, observador del hacer ajeno, un tinte de preocupación en su invisible ser. ¿Qué rayos le estaba pasando?
Perturbado y nervioso por los sentires que se conglomeraban en su interior, hundió las manos bajo el agua caliente y no las retiró a pesar de que la temperatura era dañina para su piel. El dolor era un mecanismo de distracción efectivo cuando se encontraba inestable, aunque lamentaba haber llegado a su hogar en esas condiciones. Pero, ¿acaso tenía otro sitio al que ir? Había logrado escapar a duras penas y para ese entonces se encontraba demasiado lejos de la oficina. Además, no podía arriesgarse a que una de sus cámaras de seguridad le capturaran en esas circunstancias, luciendo como un psicópata asesino. «¿Qué pasaría si Abaddon lo hallaba así?» El simple pensamiento le erizó la piel de la nuca, anticipando a la variedad de desastrosas alternativas. "No, no pienses en ello" se dijo a si mismo tras lavar su rostro y peinarse el desalineado cabello hacia atrás. El agua se llevó consigo los rastros de sangre, revelando unos nudillos rasguñados superficialmente, y de inmediato desnudó su torso para atenuar las brillantes manchas que estropeaban la blancura de la tela. Tendría que desecharla como al resto, pero necesitaba mojar la camisa para mitigar el aroma metálico. Después de unos minutos, tomó una ducha prolongada y templada, perdiendo la cuenta del tiempo. Quizás pasaron unos veinte minutos, quizás una hora o más, pero al salir a la habitación vestía una bata de toalla y estaba perfumado con su mejor colonia. El perfume era masculino y especiado, aligerando el hedor a muerte que sentía impregnado en su piel. Caminó descalzo por el apartamento, entrando a la cocina en busca de... No sabía exactamente qué quería o necesitaba, pero allí estaba, con el entrecejo fruncido analizando el interior de las alacenas, abriendo y cerrando pequeñas puertas, con Hades merodeando a sus pies, tal vez bajo la sospecha que estaba allí para obsequiarle uno de los dulces que Abaddon había insistido comprar. —Abaddon. —Murmuró al detener las manos en el aire, estáticas sobre las manijas de la despensa. Lo había visto, ¿no? —¡Cariño! ¡¿Estás en casa?! —Alzó la voz tras coger y abrir una botella de cerveza, empinandola luego sobre sus labios resecos para beber. De estar allí, aparecería en pocos minutos, sino tendría que hacer una excursión dentro de la habitación privada de su esposo.
Observó a su pareja por un buen rato y cuando aquel se empezó a desnudar en busca de una ducha, la entidad invisible del demonio salió de la estancia, una carga de preocupación aún mayor en su interior.
La curiosidad le carcomía por dentro y es que, ¿Qué le estaba sucediendo a su pareja tan de repente? Ese cambio drástico en su mirada, el desespero en su voz. Parecía como si una parte del ángel estuviese desapareciendo o más bien, transmutando en algo nuevo. Como si hubiese muerto y hubiera vuelto a renacer en algo más macabro y misterioso. Probablemente un vampiro.
Abaddon ingresó en su propia habitación y pensó en silencio durante largos instantes. De hecho, desde que estaba ciego, supo que algo había ocurrido pero no estaba seguro qué era.
Como su visión estaba renovada, no había necesidad de que encendiera la luz y así, en medio de la oscuridad, tomó un libro de su estante, buscando la página que quizá le ayudaría a entender este hecho. Abaddon sabía que este tipo de cosas las había visto antes, quizá las había leído pero no recordaba dónde ni cuándo.
—Diablos.
Renegó, dejando el libro en su lugar al haber escuchado a su pareja llamarle y en segundos, se desvaneció, apareciendo nuevamente tras su pareja, arrinconándolo contra la pared. La cola de Abaddon hacía acto de presencia, elevada y rígida. Su cuerpo se apegó al del otro y empezó a olfatearlo, rastreando el olor a tierra, sangre y miedo.
—No te muevas.
Espetó, la cola puntiaguda dándole dos toques en el hombro como advertencia mientras continuaba olisqueado, yendo a las partes primordiales como el cuello, pecho, brazos y manos.
—¿Por qué hueles a sangre?
Cuestionó, su mirada posándose sobre la oscura ajena, intentando leer ese par de ojos negros o más bien, encontrar algo en la profundidad de ellos, estudiar a la bestia que aguardaba en el interior de su ángel y que se había atrevido a cambiarlo, convirtiéndolo en lo que ahora era y representaba.
La botella de cerveza casi se desprende de sus manos ante la aparición del opuesto, consiguiendo evitar el suceso al aferrar el cuello de la misma con la palma. Sasha necesitaba volver a acostumbrarse a la magnitud de los poderes de Abaddon y dejar de parecer sobresaltado cuando se materializaba sin anuncio junto a él. —¿Qué ocurre? —Su cuerpo es avasallado por el ajeno mientras sus ojos se mantienen impasibles ante el escrutinio del mismo. Sin embargo, por mucho que se esforzara en mostrarse relajado, su quijada se tensó tras recibir el par de toques de su cola. Estaba al borde de apartarse de él, de removerse de su sitio, pero esperó. Aguardó hasta que la última pregunta sea formulada para que sus ojos revelaran lo que él no deseaba. La negrura en ellos vibró ante la mirada adversa inyectada en rojo. El alma del caído parecía haber dejado caer cada velo que la cubría para confesar en el silencio adosado lo que él había ocultado durante meses. Sus únicas reservas eran las palabras que estaban sobre el ápice de su lengua, aquellas que buscarían convencerle de lo contrario, pero que sabían que el fracaso era inevitable y tangible en el aire. Abaddon ahora tenía una certeza: Sasha le estaba ocultando algo. —No sé de lo que estás hablando. —Replicó. Una respuesta tan predecible como la evasión desesperada que quería realizar sobre el tema. Se apartó, dejando la bebida sobre la mesada, y rodeó la mesa, interponiendo el mueble entre ellos. —Acabo de tomar una ducha, ¿y tú me dices que huelo a sangre? ¡Ja! ¿Qué insinúas, Abaddon? —Interrogó al posar las manos abiertas sobre la superficie de madera—. ¿Insinúas que he hecho algo malo? —Volvió a reír, ladeando el rostro con expresión taimada—. Todos lo hacen. —Murmuró al erguir la espalda y cruzar los brazos contra el pecho, siendo una postura defensiva ante cualquier réplica ajena. Calló un momento, reflexivo. —¿Qué si fue así? No puedes hacer nada al respecto. —Su voz profunda volvió a hacer presencia cuando encadenó la mirada a la foránea. No entendía por qué, pero lo estaba desafiando, como si le fuera imposible actuar de otra manera. Ese no era él. No. Ese era su antitésis tomando el control una vez más.
Las réplicas dadas por su pareja y la repentina maniobra de huir fueron la clave de las respuestas que estaba buscando. Abaddon había dado justo con aquello que ahora tomaba control de su pareja y lo convertía en algo inexplicable y confuso. Como un tercero en medio de los dos.
Fue atacado con objeciones e incluso réplicas defensivas, motivo por el cual el fulgor en los ojos del demonio aumentó y en segundos, su entera energía se apoderaba de cada fibra del cuerpo de su pareja, manteniéndolo rígido y quieto.
—Maldito insolente. ¿Cómo te atreves a hablarme así?
Abaddon empezaba a molestarse y es que, no le estaba gustando que ese maldito gusano, ese parásito inservible tomara control de la pureza y buena naturaleza de su pareja. Que lo obligara a tornarse en algo que no es y lo convirtiera en su experimento, lo doblegara a una vida que posiblemente no estaba hecha para él.
El demonio rodeó el mesón y en cortos pasos, se acercó a su amado, ambos frente a frente. Sus manos le tomaron por el rostro y lo acercó, sus ojos carmesí escaneando la inmensidad de aquella oscuridad invasora, tornándose más intenso al punto de irrumpir en la mente contraria, escudriñando y exigiendo respuestas.
Recordaba cuando Sasha le había enfrentado en aquel episodio cuando fue descubierto en sus hábitos suicidas, invadiendo la intimidad que ya casi ni tenía y derrumbándolo ante el cúmulo de mentiras que iban cayendo una tras otra. Las cosas en esta casa no podían mantenerse ocultas por mucho tiempo y menos cuando ahora no era solo Abaddon el de las facultades especiales sino también su pareja.
Lo mantuvo sujeto y no lo soltó. De hecho, sus manos fueron a parar a los brazos del otro, afianzando su agarre, defensivo y protector de su esposo.
—¡¿Quién diablos eres maldito gusano?!
Cuestionó, su mirada enfrentándose a la otra y no importaba cuántas veces aquel individuo le replicara de mala manera, Abaddon no lo iba a soltar hasta no obtener las respuestas deseadas.
—Qué demonios haces en el cuerpo de mi marido. ¿Qué haces allí?
Su cola se empezaba a batir con furia, irritada, esperando dar algún golpe de gracia con su poderoso latigazo.
La rigidez en el ambiente se incrementó en el momento exacto en que estuvieron frente a frente, Abaddon reclamando y exigiendo respuestas y Sasha enfrentando una batalla interior difícil de resolver con prontitud. Sus labios fueron una tensa línea pálida durante significativos minutos en los que de su boca ni una palabra se asomó mientras su pecho subía y bajaba con fatiga. —No hay nadie aquí. —Contestó sin ofrecer resistencia a la sujeción del opuesto—. Pronto no quedará nada de lo que has conocido, demonio. —No era Sasha el que hablaba, ¿o si? ¡Joder! Todo era tan confuso. Era su voz, pero él no quería hablarle así a su pareja. Debía encontrar el modo de acallar el murmullo irritante que escuchaba y tomar el control. —Estoy en problemas. —Ese si fue él, su verdadero yo solicitando ayuda de manera implícita—. No sé lo que ocurre conmigo. —Confesó antes de exhalar el aire de sus pulmones y llevar la mirada hacia un punto lejano detrás del rostro del pelinegro. En sus memorias visualizó cada una de las víctimas que se cobró a lo largo de los pasados cuatro meses y de un momento a otro, la pestilencia de la sangre lo abofeteó con fuerza. La sed era insoportable. La necesidad de calmar su garganta resquebrajada y seca se instaló con violencia en su ser corrupto, intensificando el sabor acre en su boca. Era una sensación virulenta que lo consumía desde dentro y se llevaba todo a su paso. Fue por ese motivo que de algún modo contrarrestó la opresión de la energía adversa, expulsándolo de su mente y obligándolo a retroceder hasta impactar contra la pared, pero no lo tocaba. «¿Cómo era posible? ¡¿Qué diablos estaba sucediendo?!» Un cuadro se cayó al piso por el duro impacto de la figura ajena y fue lo único que la entumecida mente del caído registró antes de ser consciente de lo que hacía. Estaba pegado contra el cuerpo adverso, sujetándolo agresivo y vibrante, empleando cada fibra de su ser para sostenerlo de aquella manera. Entonces solo supo que jaló con fuerza de su cabello y expuso su cuello. Observó la vena palpitar llena de vida y con sus afilados dientes desgarró la piel. Un manantial dulce descendió hacia su lengua y garganta. Tan dulce como un vaso de agua fresca en medio del desierto. Alivio, consuelo, energía... y poder. Saboreó todo eso, pero fundamentalmente poder. Poder que conmocionó sus sentidos y los agudizó. "Más, quiero más" pensaba mientras cerraba los ojos y un gemido gutural se amortiguaba contra sus labios apretados.
En instantes, las cosas cambiaban para Abaddon al hallarse víctima de la bestia que rugía imperiosa en el interior de su pareja y le atacaba sin más, clavando sus jodidos dientes en su carne, abrazándolo febril y reduciéndolo a nada ante una fuerza desconocida y hambrienta.
Abaddon se quejó apenas, queriendo usar sus poderes en contra del caído más reduciéndose a nada pues la energía se le agotaba al igual que la fuerza y con ello, los pocos poderes que había logrado recobrar luego de su ceguera.
Aquel maldito gusano, parásito desgraciado se llevaba con sigo no solo su líquido vital sino parte de sus poderes que con tantas ansias había renovado durante el eclipse de luna de sangre del año pasado.
Ahora, el demonio se hallaba sometido y sucumbido al hambre voraz de la bestia, dejandolo lánguido y prácticamente sin conocimiento y es que apenas y pudo recobrarse del viaje al inframundo como para ahora ser atacado por su propia pareja y la nueva bestia en su interior.
***
Transcurrieron minutos que se tornaron en momentos de angustia y espera, una larga hora y media. Abrió los ojos, recordando el momento exacto en que hubo sido atacado y por puro miedo de herir a su amado o de hallarse atacado nuevamente por una fuerza desconocida y no tener la fuerza ni poderes para defenderse, Abaddon emprendió directo a su habitación privada, enojado y herido, escondiéndose de su nuevo atacante en su hogar.
Debía salir cuanto antes de allí.
Los minutos discurrían y la sed se aplacaba, volviendo a convertirse en el vestigio oscuro de un hambre superior. En medio de su éxtasis, se apartó del cuello foráneo y se relamió los labios. Sus ojos aún cerrados y el semblante manifestando el placer recorrer sus extremidades. Jamás había experimentado nada igual. Era como si con cada trago hubiera podido contemplar el primer hálito de su existencia en la tierra y el recorrido que ha hecho en ella hasta caer a los pies de Abaddon. La simple mención del nombre ajeno relampagueó en su mente, empujando las densas nubes de dicha que habían sometido su moral y juicio. Su cordura perdida clamó en su interior, azotándole de lleno al enfocar la mirada y contemplar las consecuencias de sus actos. La visión se le antojó desagradable y dio paso atrás, sintiendo aversión por lo que había hecho. Abaddon desapareció de su vista. Sasha percibió una oleada de enfado que se superponía a una de temor, proveniente de la habitación dispuesta para el pelinegro. Incluso los cachorros estaban agazapados en alguna parte de la sala, transmitiendo un miedo mucho mayor. Definitivamente la había jodido. Se preguntaba si podía caer más bajo que eso, porque, después de todo, cuando crees que tocaste fondo siempre hay un nivel inferior que te notifica que eres mucho más mierda de lo que pensabas. Limpió la habitación, quitando cualquier manchón que lo hiciera rememorar lo ocurrido, y luego echó a la basura toda la ropa que resultó afectada por sus impulsos descontrolados. Al caminar de regreso al dormitorio, se detuvo delante de la puerta detrás de la cual sabía que Abaddon estaría y meneó la mano en el aire dispuesto a tocar. Sin embargo, no ocurrió. Descansó la cabeza contra ella y suspiró profundamente al cerrar los ojos y apoyar las palmas abiertas sobre la pared de los lados. "Lo siento" murmuró con voz grave y llena de remordimiento, a penas audible. Era la primera vez que se sentía de ese modo. «¿Tal vez eso era parte de su castigo también? ¿Herir a quien más amaba en el mundo?» Sin muchas más vueltas, recogió sus cosas y se marchó. No tenía intenciones de quedarse después de algo así. Todos a su alrededor corrían peligro y el caído no estaba dispuesto a causar mayor daño.
020616 |