Me veo en otro momento. En la misma cama. En la misma vida. Como tantas otras noches melancólicas.
Con este vacío interno como un agujero negro.
Infinito, como un agujero negro.
Negro, como un vacío infinito.
Adicta al dolor de la sal de las lágrimas. Compulsión de instantes repetidos por angustias
y angustias
y angustias.
Todo un ciclo, una vuelta completa, un enganche al fondo del pozo.
Una recreación de lo que sería mi vida, de lo que debía ser mi vida
pero en el fondo del pozo me he agarrado a otra cuerda.
Estoy cerca. Bordeando.
Adicta a las lágrimas y angustias.
Adicta al pozo y al vacío del pecho.
La cuerda no sube, me lleva a un vacío ajeno, un vacío hermano, mellizo.
Está oscuro pero te oigo gritar,
yo nunca tuve luz pero te cogeré de la mano a ciegas.
Puedo arrastrarte al cálido corredor y ofrecerte cobijo a medio camino.
Tus gritos retumban en mi pozo, ecos.
Ecos.
Sale un grito gemelo.
Me puedo comer tus gritos.
Tu dolor no cesa.
Puedo beberme tus lágrimas, si siguen saliendo, mi sed será infinita.















