Había aceptado acompañarlo; pero la verdad se debía más a que se trataba de Franco y no a algún otro factor. Sin embargo, estuvo muy cerca de arrepentirse en cuanto vio como un batallón de estilistas cargando diferentes estilos de vestidos, extensiones de cabello y lo que creyó que eran, al menos, tres maletas repletas de maquillaje entraban en su pequeño y destartalado apartamento. Casi avergonzada tuvo que hacerlos entrar, a pesar de que lo último que quería era que alguien viera la forma en la que vivía ahora. Una vez que todo el grupo estuvo de acuerdo que lo mejor para ella era lucir en un delicado vestido blanco con un maquillaje no tan recargado, logró deshacerse de ellos entre sonrisas y agradecimientos. Se observó al espejo y no se reconoció: hacía ya tanto tiempo que no estaba tan maquillada y arreglada. “Showtime” susurró a sí misma cuando oyó el timbre del portero, indicándole que alguien estaba esperándola abajo. Con prisa, bajó por las escaleras los dos pisos que la separaban de la planta baja: estaba demasiado ansiosa como para esperar por el viejo elevador. “No puedo creer que hayas llamado a todo el ejército del país para arreglarme, Franco. No es tan buen halago, ¿sabes?” Bromeó la rubia, acercándose a su amigo con una genuina sonrisa en su semblante. Su atención se desvió al par de guardaespaldas detrás de él “Buenas noches” Saludó cortésmente a los hombres mientras guiaba su mirada al elegante coche que aguardaba por ellos.
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