La ciudad y la memoria. Una despedida al Cine Alameda.
Cuando vuelvo a Sevilla me gusta recorrer los lugares en los que fui feliz, desobedeciendo concienzudamente aquel aforismo que encontré un día, el cual te lo desaconsejaba para así evitar la retorcida melancolía. Supe, por el Diario de Sevilla y un grupo de whatsaap del que participamos amigos arquitectos, del cierre cercano del Cine Alameda, en el que tantas obras vimos juntos. De todas ellas, recuerdo especialmente con cariño Her de Spike Jonze, por el reencuentro que supuso aquella tarde de invierno contigo. He querido volver a pasear por el barrio en el que vivía entonces, antes de marcharme a Francia, hace ahora cinco años y comprobar con mis propios ojos, los cambios experimentados por la ciudad que tanto comentamos en los corrillos de expatriados. Al parecer, por lo que he encontrado en los periódicos locales, un hotel de lujo va a ocupar la codiciada parcela del cine, situada en el corazón de la ya rendida Alameda. Otrora paseo popular de la ciudad, barrio de putas y maleantes, hoy flamante zona de moda esmeradamente pacificada y desvergonzadamente gentrificada del casco norte de Sevilla. Siempre imaginé la Alameda como una especie de paseo marítimo plegado sobre sí mismo e insertado en la trama histórica de la ciudad. Una experiencia urbana agradable y continua, en contraposición a las disfuncionales caminatas en torno al río.
He lamentado no tener una cámara de fotos encima. Igualmente, he tomado varias instantáneas de dudosa calidad con el móvil. He conseguido capturar, a pesar de todo, el pasillo de acceso a las salas, que es un pasaje entre la atiborrada Alameda de Hércules y la tranquila y popular Jesús del Gran Poder, convertida un día del siglo pasado en trasera del paseo por excelencia de la ciudad. Me he puesto a recordar las tantas veces que utilicé este pasaje en mis derivas por el centro y en cómo de integrado se encontraba éste en mi preciado callejero mental de la ciudad, olvidando por completo en ocasiones su carácter privado. Al cine se sigue entrando por un pasaje que se regala a los ciudadanos durante su horario habitual de apertura. He vuelto a merodear por esa excepcionalidad urbana, absorto por su aspecto demodé, con sus luminosos de neón apagados, la mayoría, me temo que fundidos y sentenciados a la más absoluta oscuridad. En muchos de los rótulos, había letras que o se habían descolgado o estaban apagadas. Algunas quedaban brillando desoladas y abandonadas en el aire, añorando la pertenencia a una unidad completa que ya nunca volverá. Éste, que transcribo abajo, es el que me ha conmovido en mayor grado, cuando ya salía del pasaje, quizás por sus aires premonitorios.
Había una pareja que ha entrado a por palomitas a la tienda ambigú situada a la izquierda del acceso al recinto de las salas de proyección. A priori, había imaginado que el señor con gafas que controlaba las entradas se encargaría también del quiosco iluminado con fluorescentes blancos situado a menos de una docena de metros de su garita. Acercándome a la tienda, he visto a una chica joven de pelo rizado negro arremolinada en un rincón en torno a su móvil, al que le prestaba por supuesto más calor y atención que al conjunto de estantes de los que era suma responsable. He pasado a eso de las 18h30, por lo tanto había pocas personas en el lugar. Las sesiones estaban programadas para las 17h y las 21h. La cartelera ofrecía la genial Joker, que pude disfrutar en Toulouse la semana pasada y el último film social del director británico Ken Loach, We missed you. Me ha reconfortado pensar que estos buques de la cultura, hoy languidecientes y ahogados por las nuevas dinámicas del consumo audiovisual, seguían estando a la altura de la cartelera internacional. Viendo los carteles de las películas en proyección en las vitrinas, mi vista se ha deslizado hacia el lugar reservado para los films que serían proyectados próximamente. Cuando era pequeño me encantaba echar un vistazo a esta parte de las vitrinas para averiguar cuáles serían las películas a venir, ansioso por las aventuras que me esperarían los sábados de cine matinal con mi madre. De repente, me ha parecido escabroso pensar cuáles serían las últimas que aquí se proyectarán antes del cierre definitivo y en cómo se las arreglarán para rellenar los marcos de la sección próximamente, cuando ya no haya una próxima semana en el calendario de proyecciones.
En el pasaje del cine había una máquina de esas tipo photomaton que no veía desde hace tiempo. En Berlín, las hay por todos sitios, recuerdo que mi amiga Ali me obligó a que nos hiciésemos una serie de fotos de recuerdo cuando fui a verla hace dos inviernos. Sin pensarlo mucho, he entrado con la idea de retratarme y escribir al dorso de las fotografías una mención al cine y su inminente cierre. Algo así como Multicines Alameda, 11 de noviembre 2019, a x días de su cierre definitivo. Podría guardarlas en algún sitio del taller, para enseñárselas a alguien dentro de algún tiempo, el necesario para que aquella tira de fotos adquiriese valor. Quizás olvidaría donde las guardé, como aquella postal donde figuraban las catedrales italianas que compré en Orvieto, junto a Marc y que ahora echo tanto de menos. Guardo la esperanza en que algún día aparecerá por sorpresa, alegrándome la semana. Aunque, pensándolo bien, probablemente guardaría la tira para mí, sacándola dentro de algún tiempo para obligarme a escribir otro artículo que sirviese de segunda parte, dando testimonio del destino final de los cines-hotel de lujo.
En la máquina no se podía pagar con tarjeta, ese lujo primermundista al que uno se acostumbra de manera obediente y con cierto placer urbanita. Como no llevaba nada de dinero encima, he salido de allí resignado, buscando un lugar tranquilo donde volcar estas líneas. Justo antes de abandonar el recinto, he ido al encuentro del señor con gafas que custodiaba el acceso al foyer de acceso. Desde este espacio de geometría complicada, se accede, a través de anchas escaleras, a las diversas salas del complejo multicines, como así reza el cartel luminoso que da a la plaza situada al principio de la Alameda. Impávido, detrás de un mostrador de madera aglomerada forrado en desmedida con carteles de películas actuales e históricas, permanecía el hombre. Sigiloso, me he acercado, y antes de que se iniciase la conversación, he podido ver cómo la pantalla del ordenador se reflejaba en sus grandes gafas cuadradas. He tratado de hablar con él del cierre del cine sin pensar que esto pudiese causarle malestar, sobre lo cual se ha mostrado un poco indiferente, revelándose poco conocedor del asunto. Casi no me ha mirado a los ojos y por ello he interpretado que quizás mi interpelación había sido demasiado atrevida y sobre todo poco oportuna visto el contexto actual de la operación.
Su reacción me ha dado pie a elucubrar sobre la complejidad de un cierre como éste: los contratos de larga duración, la presión económica de las promotoras inmobiliarias, la falta de liquidez de los propietarios, la ruptura dramática de relaciones laborales y personales de muchos años, el trauma familiar del cierre de un ciclo, la connivencia de la política local, etc. No debería de haber metido el dedo en la llaga. Le pido disculpas en mi cabeza y salgo del cine rápido, con la cabeza gacha. Buscando un cajero automático, me he dirigido hacia la calle Feria, todavía fulgurante calle mayor de esta parte de la ciudad. Aún guarda el sabor popular de sus negocios y tascas, perdido éste hace años por la zona sur del casco histórico, donde se encuentran los principales atractivos turísticos del destino Lonelyplanet 2018. Para mi sorpresa, muchos bancos han desaparecido en estos cinco años de ausencia. Numerosos locales han cambiado de actividad y los letreros en inglés han comenzado a formar parte del contexto habitual del barrio.
El otro día, mi sobrino, incipiente puberto quiso enseñarme orgulloso uno de los locales a los que gustaba venir con sus nuevos amigos del instituto. Mi sorpresa, en primer lugar, por su insultante frescura y desparpajo, espontáneamente eclosionados durante mi exilio. El local era un bar que podría encontrase sin problemas en Malasaña o el Born. Equipado con máquinas de videojuegos del tipo arcade, atesoraba éste los rasgos que mi sobrino buscaba para su nueva identidad adolescente, y le acercaba, dicho sea de paso, a su tío de Francia. Así se refirió a mí, en una fútil llamada de dos minutos que hizo mientras estábamos en la puerta del bar. Había algo novedoso en ello y era su flamante teléfono móvil, el cual le brindaba esa libertad, cuyos bordes no sabía muy bien cómo administrar. La compra del móvil, había sido una decisión de mutuo acuerdo entre su madre y mi hermano, que ya no vivían juntos. Una suerte de medida pragmática para los cambios de casa que se producían cada semana y sus idas y venidas al instituto, en el cual se había estrenado hace apenas dos meses. En la operación de dotar al joven adolescente de un teléfono móvil que permitiese tenerlo localizado una cosa había sido tajante: nada de conexión a internet. Era demasiado pronto para desvelar sin filtros el mundo existente allá fuera. Muy a pesar de este límite concreto, él estaba al corriente cada día de lo que pasaba en ese mundo al que le privaban, por ahora y de manera cautelar, el acceso. Esto era posible gracias a los teléfonos de última generación de los que disponían sus compañeros de clase. El hecho de saber que, al menos por un tiempo, dispondría de un móvil que utilizaría a modo walkie talkie me reconfortó gratamente.
Esa misma reflexión me hizo caer en la cuenta de que mi mirada nostálgica no salvaría al cine de su pronosticada desaparición, ni tampoco impediría la llegada de turistas al nuevo hotel, ni tampoco que mi sobrino, tarde o temprano, contase con un teléfono con acceso a internet y 4G. De la misma manera que la mayoría de nosotros acabaríamos pronunciando wi-fi en inglés. Un señor de unos cincuenta años, sentado a la barra del café Hércules frente a una copa de vino blanco, acaba de pedirle al camarero la clave de internet en un divertido andaluz con marcado acento británico. Posiblemente vive desde hace algún tiempo por el barrio, ha decidido dejar su trabajo en una empresa de seguros de Londres y prejubilarse en Andalucía, donde puede permitirse la compra de propiedades, cuya adquisición por mi parte o los de mi generación, sería ridículo el tan solo enunciar. Por estas y otras evidencias, y quizás de manera inevitable, el curso natural de las ciudades sea el de transformarse y no detenerse nunca. Recuerdo esa canción del último disco de Jorge Drexler titulada Movimiento. En ella, habla de la importancia del cambio como factor imprescindible para la evolución de las civilizaciones a lo largo de la historia. Ese cambio y esas mezclas de las que tanto me gusta leer en clave histórica en wikipedia pero que cuando me tocan de cerca, veo con tanta desconfianza. Estas transformaciones se suceden de manera natural, acordes al espíritu de los tiempos o zeitgeist. Sin embargo, el hecho de que no puedan evitarse nada tiene que ver con su alabada pertinencia, sobre todo cuando el resultado de la fórmula mesiánica de la modernidad es una ciudad menos consciente de su identidad.
Muy a mi pesar, el cine Alameda cerrará sus rejas a ambos lados del pasaje. Espero que no antes de final de año. Me gustaría venir con mis sobrinos a ver la última de Star Wars como cada Navidad desde que resido en Francia. Confío en que el vínculo físico entre esas dos calles (que en realidad son dos mundos muy diferentes) se mantenga vivo en nuestra ciudad, o al menos en su memoria, quien sabe, incorporado o mantenido al proyecto del hotel venidero. Que sirviese a mi sobrino como refugio donde protegerse de la lluvia cuando el tiempo arrecie y de rienda suelta a sus primeros escarceos amorosos en torno al Instituto San Isidoro. Allí podrá conectarse a la señal wifi del hotel y disfrutar de su música preferida, sirviéndose del pasaje como volumen amplificador. A la manera de aquellas capillas votivas situadas en los puentes o postigos, tan presentes en nuestros merodeos urbanos, delante de las cuales todo buen vecino veía bien santiguarse. Que sirvan estas líneas, escritas durante unos días de vacaciones en mi ciudad, como humilde homenaje a este lugar de la cultura, que desde un rincón de la Alameda, aportó ficción y encantamiento a varias generaciones de ciudadanos.
Artículo original firmado en Sevilla el 11 de Noviembre 2019. El cine Alameda cerró definitivamente sus puertas en 2020 tras más de cuarenta años de funcionamiento, para dar paso a un hotel de cuatro estrellas. Mi sobrino vive ahora en Francia y cuenta con un móvil con internet, gracias al cual compartimos cada semana, a través de whatsaap y en la distancia, instantáneas de nuestro cotidiano.