Mi juego de Ajedrez con la muerte
Con la rima interrogo mi existencia,
saltando entre rayuelas ontológicas
cual fisuras del sufrir apológicas
que escribieron mis padres en mi esencia.
Y dictan: ¡tú serás un desgraciado!
Pobre y solitario serás consciente
del más absurdo mundo residente
y en decepciones serás ahogado.
Huérfano innecesario del destino,
enfrentado a mi rival imbatible,
la Diosa certera de lo finible
que espera al final de todo camino.
Su apertura como rauda sentencia.
Una madre cruel, un padre juez ausente,
enfermedad hambre siempre vigente,
de amor y afecto siempre la carencia.
Desprovisto de caballo amistoso,
negado el mecenazgo de un alfil.
¡Rey! contemplando su estado febril,
quedando un triste tablero brumoso.
Por dos décadas yaciendo ignorante
sin ver enfrente la jugada maestra,
la serendipia de suerte siniestra:
un gambito, ser que nadie ha invocado.
Te llamaré: el gambito francés.
La absurda broma fatal se revierte.
Sin satisfacción queda la vil muerte,
¡pálida! ante la sonrisa de Andrés.
¡Bien, llamadme pedante si queréis!
Lo digo: ¡he dominado a la muerte!
Mi vida no es valiosa esa es mi suerte.
Neonatos, viejos, todos… arderéis.
Yo puedo elegir si me importa o no.
Yo entiendo el tremendo sin sentido
y de todo aquello lo que es sufrido.
A cualquier dios mi libertad suplió.
¡La libertad de elegir mis cadenas!
Elijo invencible arma mis ideas,
reír con el dulce fluir de mis venas
o darles jaque mate a mis mil penas.
Muerte atroz, me sirve… y duele apenas.









