Ya está hecho
Los pensamientos nublan mi mente, la pena me consume. Estoy frente a frente contemplando al monstruo que está ahí parado. Soy yo. No es más que mi reflejo lo que veo frente a mi.
Salgo del baño para volver a la habitación en donde todo se desencadenó, miro a la izquierda, a la derecha. Parece como si fuera la primera vez que veo aquél lugar en el que estoy. Observo los cuadros, los muebles, la cama, a ella.
Está tendida sobre la cama, presa de un profundo sueño. Quiero despertarla, pero no me atrevo, no me atrevo a retirarla del mundo de los sueños, aquel lugar en donde lo inimaginable sucede, en donde ver ovejas extraterrestres sería algo completamente normal, en donde podría pedirle perdón. No, no puedo hacerlo.
Son tantas las ideas que llenan mi cabeza que camino por toda la casa para que ella salgan. Quiero llorar, pero ¿por qué? Ya lo sabes estúpido. Mi conciencia me ataca, como si hubiera hecho algo de lo que deviera arrepentirme.
Asesino.
¡NO! ¡Mentira! Corro devuelta a la habitación para demostrarle a mi conciencia que se equivoca, la despertaré y verá que ella sigue ahí.
Entro silencioso observándola dormir, la muevo hacia un lado para que quede boca arriba. Está pálida, con los ojos abiertos y en estos está plasmada la última expresión de su rostro; miedo. Y yo fui el que causó ese miedo. La golpeé y sin percatarme, le apreté el cuello con tal fuerza que pude sentir su último aliento, pero en ese instante no pensé lo que había provocado, en lo que había hecho.
Yo la maté.











