El arte de no decir la verdad, Adam Soboczynski (fragmento)
Nuestros competidores nos quieren hundir, pero su envidia, gracias a la civilizada represión de los instintos, a menudo nos llega camuflada. No pretenden estrangularnos. Pero eso sencillamente hace menos visibles sus intenciones. Sus alabanzas son infinitamente más peligrosas que su odio indisimulado. Debemos mostrarnos enormemente desconfiados cuando nos topamos con una gentileza apabullante.
Existen personas con las que debemos andarnos con especial cuidado si entramos en competencia con ellas. Particularmente hábiles en el arte del fingimiento, y por ello siempre muy peligrosos, son los arribistas que con paciencia pertinaz se abren camino hacia arriba y, contra toda probabilidad, se convierten en presidentes de Francia o en cancilleres de Alemania. Tienen una enorme ventaja: contemplan siempre con mirada ajena la clase social que acaban de conquistar pero en la que no han crecido con ceguera. Penetran los matices del comportamiento humano mucho mejor que aquellos que nunca han vivido de otro modo.
El sociólogo Georg Simmel bautizó al que mejor comprende una sociedad "el extraño que permanece". El extraño que permanece puede ser el advenedizo, el arribista, el ofendido por su propio cuerpo, el objeto de burlas pasadas. Debido a una imperfección –un defecto del habla o una cojera– o debido a su origen, se ha mantenido siempre a distancia, pero gracias a la observación de su entorno ha aprendido las artes más pérfidas.