Corteza de alcornoque
by Pablo Romay Cea


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Corteza de alcornoque
by Pablo Romay Cea
Son casi cinco millones de tapones de corcho al día. Más de 200.000 por hora.
Alcornoque
Cuando era pequeño solía ir a la playa de rodillas. Viajábamos de noche para evitar el tráfico. Mi hermana Marina y yo colocábamos los brazos cruzados sobre el asiento trasero del vehículo, como si fuesen una almohada, acomodábamos la cabeza en ellos y, por último, nos arrodillábamos sobre la alfombrilla. Mi tío Valentín se mató en un accidente de tráfico porque no llevaba abrochado el cinturón de seguridad. Mi tío Valentín era panadero y trabajaba de noche. Enrollaba brazos de gitano y horneaba magdalenas hasta que amanecía y luego se subía al coche y se marchaba a su casa. El día que se mató se quedó dormido al volante. Se estrelló contra un alcornoque y salió despedido atravesando la luna delantera. Lo encontraron a más de doscientos metros de distancia del automóvil. El nombre oficial del alcornoque es quercus suber y de él se extrae el corcho. Siempre que mi padre toma una copa de vino se acuerda de su hermano Valentín. Lo que más me gustaba de la playa era su olor. Lo que menos me gustaba de la playa era salir del agua y sentir como la arena se me pegaba al cuerpo. En el entierro de mi tío Valentín sonó música en directo. Una chica tocaba el piano y otra chica tocaba el violín. La chica que tocaba el piano era morena y delgada y la chica que tocaba el violín era rubia y gorda. Formaban una extraña pareja. También sonó la canción Potro de rabia y miel, de Camarón de la Isla, y la hija de mi tío Valentín salió a hablar e intentó decir algo pero no pudo porque la emoción se lo impidió. Entonces todos empezamos a aplaudir y ella lloró con más fuerza y nosotros aplaudimos con más ímpetu y así estuvimos un buen rato, hasta que la hija de mi tío Valentín regresó a su asiento ovacionada. Cuando salimos de allí le pregunté a mi madre si ella sabía lo que tenía pensado decir la hija de mi tío. Ella me contestó que no y entonces yo le dije que si podía ir a preguntárselo, pero no me dejó hacerlo porque la idea le pareció de mal gusto. A mi madre todo le parecía de mal gusto. Siempre andaba diciendo cosas así. Decía que comer con las manos era de mal gusto y que pararse frente a los escaparates era ordinario y que mirar fijamente a los desconocidos era ofensivo. Mi madre se llamaba María de los Recuerdos, pero todo el mundo la llamaba Erre.
Tenía los dedos finos y largos, como los de un pianista enfermo, y los ojos color azafrán. Cuando llegábamos a la playa era ella la que me despertaba. Metía con delicadeza sus dedos largos y finos entre mis rizos y me susurraba al oído: «¿Puedes olerlo? Ya estamos aquí». Entonces yo me despertaba y lo primero que veía eran sus ojos color azafrán mirándome fijamente. Mi tío Valentín se mató porque se quedó dormido al volante sin llevar el cinturón de seguridad abrochado; y mi madre murió el día de su trigésimo séptimo cumpleaños al intentar apagar las velas de la tarta. En navidad mi padre nos llevaba a patinar a la pista de hielo de un centro comercial. A Marina se le daba mucho mejor que a mí y giraba a mi alrededor mientras decía: «Muévete, es mucho más fácil de lo que parece». Y yo me quedaba quieto y me entraban unas ganas enormes de aplastar la cabeza de mi hermana contra el hielo por su estúpida superioridad, pero me limitaba a sonreír y luego, cuando volvíamos a casa en coche, le preguntaba a mi padre si faltaba mucho para que llegase el verano. Mi hermana Marina era cuatro años mayor que yo y tenía los dientes más grandes de lo normal, así que cuando sonreía el labio superior se le quedaba pegado a los orificios nasales y parecía como si su dentadura fuese a salírsele de la boca con la encía y todo. Marina y yo le regalamos una pashmina verde a mi madre por su trigésimo séptimo cumpleaños y mi padre le regaló unos zapatos negros de tacón y la biografía de Paramahansa Yogananda. Paramahansa Yogananda murió el 7 de marzo de 1952 durante una cena a la que había sido invitado por el embajador de la India en Estados Unidos. Lo hizo tras pronunciar un discurso sobre meditación frente a un centenar de invitados. Terminó de hablar, cerró los ojos y entró en un trance al que los hinduistas denominan mahasamadhi, que consiste en el abandono voluntario del cuerpo físico. Cuando mi tío Valentín venía a visitarnos siempre traía dulces para mi hermana Marina y para mí: rollos de canela, cruasanes, rosquillas, milhojas o berlinesas. Mi madre le daba las gracias pero después, cuando se marchaba, le decía a mi padre que no le gustaba que su hermano trajese ese tipo de alimentos a casa. Mi tío Valentín pesaba cerca de ciento veinte kilos y a mi madre le daba miedo que mi hermana Marina o yo pudiésemos volvernos obesos como él. Mi tío Valentín pesaba cerca de ciento veinte kilos y todo el mundo creía que moriría de un infarto por ese motivo.
A final mi tío Valentín se estrelló contra un alcornoque y fue mi madre la que falleció de un paro cardíaco. Era una tarta de chocolate con treinta y siete velas de colores clavadas en ella. Las había rosas y verdes y amarillas y rojas y azules y blancas. Mi madre tragó una gran bocanada de aire y, en el momento exacto en que parecía que iba a expulsarlo, su cabeza se desplomó sobre la tarta aplastándola por completo y apagando todas las velas de colores con su cara y su pelo. Las rosas y las verdes y las amarillas y las rojas y las azules y las blancas. Mi padre guardó silencio y mi hermana Marina guardó silencio y yo también lo hice. El salón quedó a oscuras porque habíamos apagado las luces al colocar la tarta sobre la mesa. Solo podíamos ver la silueta de mi madre, recortada por la luz azulada que entraba por la ventana, reclinada sobre la mesa, con la cabeza encima de la tarta de chocolate. Si la mirabas rápido, si lo hacías realmente rápido, la imagen era muy parecida a cuando mi hermana Marina y yo viajábamos de rodillas a la playa con la cabeza apoyada sobre nuestros brazos. Hay varias teorías sobre el origen de la tarta de cumpleaños y el motivo por el que se colocan velas sobre ella, pero la más extendida asegura que fue en la antigua Grecia, algunos cientos de años antes del nacimiento de Cristo. Los griegos elaboraban un pastel redondo como homenaje a Artemisa, diosa de la luna, y colocaban velas sobre él para simular el brillo de las estrellas en el cielo. También, a modo de tradición, el homenajeado se rodeaba de todos sus seres queridos para que su presencia le sirviese de protección ante los espíritus malignos que podían acecharle en la celebración del día de su nacimiento. Mi hermana Marina se enamoró de Camilo, su profesor de geografía e historia en octavo de EGB. Camilo estaba casado y tenía dos hijos. Su hijo pequeño se llamaba Camilo, como él. Y su hijo mayor se llamaba Jeremías, como el autor del Libro de las lamentaciones. Jeremías era tres meses mayor que mi hermana, aunque eso no impidió que Camilo y Marina mantuvieran una relación sentimental a escondidas de su esposa y de mi padre. Una tarde Marina guardó algunas prendas de ropa en su mochila. También el walkman autoreverse que le habían regalado mis padres por su último cumpleaños y una fotografía en la que aparecía mi madre sujetándola a ella en brazos cuando era un bebé. Después se intentó escapar de casa. No lo logró porque cuando estaba a punto de salir por la puerta, con los cascos puestos simulando estar escuchando música, mi padre le dijo: «¿Vendrás a cenar, Marina?». Y entonces mi hermana se desmoronó y se puso a llorar y nos confesó que estaba intentando escaparse de casa para irse a vivir con Camilo, su profesor de geografía e historia. «¿¡Es que también quieres matarme a mí!?, ¿quieres que yo también sufra un infarto?». Eso fue lo que le dijo mi padre a Marina cuando abrió su mochila y vio toda su ropa allí dentro, sin doblar siquiera, y comprobó que su historia era cierta. Mi padre le preguntó a mi hermana que si también quería matarle a él, y yo me pasé mucho tiempo odiándola porque pensé que ese «también» significaba que ella había sido el motivo por el que mi madre había muerto. La autopsia dictaminó que mi madre había fallecido por la necrosis isquémica de una arteria coronaria. El desequilibrio entre la sangre que necesitaba el corazón para seguir bombeando y la sangre que le llegaba, hizo que se desplomara sobre la tarta de cumpleaños y sus treinta siete velas de colores. Paramahansa Yogananda, el yogui que según sus fervientes seguidores eligió libremente el momento en el que deseaba abandonar su cuerpo, también falleció a causa de un infarto de miocardio, según aclaró el informe de la autopsia que le realizaron tras su muerte. En la lápida de mi tío Valentín puede leerse: «Nunca te olvidaremos». En la de mi madre: «Erre, siempre te recordaremos». Recordar a una persona y no olvidarla puede parecer lo mismo, pero no lo es. Mi hermana Marina dijo que Camilo y ella estaban enamorados y que iba a abandonar a su esposa y a sus
dos hijos para que pudieran vivir juntos. Él, por su parte, dijo que mi hermana había sufrido la pérdida de nuestra madre, que eso le había afectado psicológicamente y que solo había intentado ayudar a nuestra familia de manera fraternal, pero que todo se había malinterpretado. Luego un médico examinó a Marina y no encontró signos de agresión sexual en su cuerpo, por lo que todos asumieron que Camilo estaba en lo cierto y que mi hermana se había vuelto loca. Durante los tres años posteriores a su accidente, la panadería en la que había trabajado mi tío Valentín nos envió un roscón de reyes relleno de nata cada navidad. El primer año la sorpresa que estaba oculta en su interior era un gato naranja. El segundo año un jarrón con dos asas. El último año encontramos un árbol pequeño, robusto y redondo entre el relleno. Le pregunté a mi padre si aquel árbol le parecía un alcornoque y mi padre me pasó la mano por el pelo y luego rompió a llorar. Al principio solo le esperaba a la salida del colegio. Y se quedaba allí, de pie, a unos veinte o treinta metros de distancia. Con las manos en los bolsillos y un cigarrillo entre los labios, como los mafiosos de las películas. Eso era todo lo que hacía. Mi padre se paraba frente al colegio, esperaba a que Camilo terminara su jornada laboral y le miraba mientras se subía al coche rumbo a casa, junto a su mujer y sus dos hijos. Después empezó a seguirle y una vez, solo en una ocasión, habló con él. Potro de rabia y miel fue el último disco de estudio grabado por Camarón de la Isla. El tema que da título al álbum es el más largo de los nueve que lo componen, con una duración de cinco minutos y treinta y siete segundos. Mi tío Valentín decía que Camarón ya sabía que se estaba muriendo cuando lo grabó, que su voz suena enferma y estremecedora y que, justo por ese motivo, era su canción favorita. Mi padre golpeó con la mano abierta la ventanilla del coche de Camilo y este se sobresaltó al notar el impacto. «Siento mucho lo que le ha ocurrido a su mujer», dijo el profesor de geografía e historia de mi hermana Marina, intentando aparentar serenidad. «¡No vuelvas a acercarte a mi hija, desgraciado!», le gritó mi padre señalándole con los dedos índice y corazón, en los que sujetaba un cigarrillo tan consumido que acabó quemándole las yemas, lo que le hizo emitir un pequeño grito y tirar la colilla al suelo de forma abrupta, provocando que la situación se volviese ridícula. Después ambos guardaron silencio y supongo que mi padre sintió algo parecido a lo que sentía yo en la pista de hielo del centro comercial cuando mi hermana patinaba a mi alrededor. «Debería matarte, hijo de puta. ¿Me has oído? Debería matarte aquí mismo. Eso es lo que tendría hacer». Cuando dejó de hablar se dio la vuelta y regresó sobre sus pasos; al hacerlo descubrió que en el asiento trasero del coche se encontraba Camilo, el hijo pequeño de Camilo. No le vio hasta ese momento. Solíamos alquilar el mismo apartamento cada verano. Tenía dos habitaciones, un salón con cocina americana y un cuarto de baño con ducha. El suelo era de baldosas hidráulicas y a mí me gustaba porque cuando hacía mucho calor me sentaba sobre él y siempre estaba fresco. También había una terraza con vistas al mar. Mi madre se pasaba las tardes allí sentada, mirando el oleaje, mientras mi padre, mi hermana Marina y yo dormíamos la siesta. La fachada del edificio era de cemento y en su parte inferior se dibujaban unas marcas blanquecinas, como si alguien las hubiese pintado con tiza. «¿Sabes cómo se llama eso?», me preguntó mi madre un día al descubrirme contemplándolas. Negué con la cabeza. «Salitre», me aclaró. Desde entonces es mi palabra favorita. Camilo le había escrito una carta a mi hermana. Una carta de su puño y letra en la que le confesaba lo que sentía por ella y le decía que estaba dispuesto a abandonar a su familia. Le aseguraba también que su sonrisa era como una cascada de agua y que, cada vez que cerraba los ojos, veía sus pechos pequeños y rosados como dos nectarinas maduras. Marina se la enseñó a mi padre la noche que él se sentó a
los pies de su cama y le dijo que la creía, que no le importaba lo que pensara el resto del mundo, que era su hija y que él sabía que su historia era cierta. Entonces ella se levantó, abrió el cajón de su ropa interior y le entregó la carta a mi padre. La carta en la que Camilo comparaba su sonrisa con una cascada y sus pechos con dos nectarinas maduras. Mi padre le preguntó el motivo por el que no se la había enseñado a nadie hasta ese momento, y Marina contestó que estaba enamorada de Camilo y que no quería hacerle parecer un mentiroso. Para elaborar un roscón de reyes se necesita harina de trigo, azúcar, huevos, leche tibia, sal, ralladura de limón, ralladura de naranja, agua de azahar, ron negro, mantequilla, almendras laminadas, levadura fresca y frutas confitadas. La receta, si se sigue paso a paso, no es complicada, pero la clave está en la fermentación de la masa. Debe dejarse reposar el tiempo necesario para que doble su tamaño; si se hornea antes de que eso ocurra, no queda esponjoso. Por ese motivo, mi tío Valentín siempre decía que el ingrediente principal para la elaboración de un buen roscón era la paciencia.
Mi padre me pidió que fuese con él. Supongo que lo hizo porque pensó que si le veían acompañado de un niño, nadie sospecharía sus verdaderas intenciones. Primero fuimos a la copistería que se encontraba situada a dos manzanas de nuestra casa. La dueña era una mujer menuda, con unas gafas de concha que siempre llevaba colgadas del cuello. Cuando reía, lo hacía de una forma tan enérgica que la montura solía golpearle en el pecho. Mi padre le pidió que imprimiese una copia de la carta que Camilo le había escrito a Marina. La carta en la que él comparaba la sonrisa de mi hermana con una cascada y sus pechos con dos nectarinas maduras. Salimos de allí y dobló el folio una y otra vez hasta lograr que tuviese el tamaño de un chicle, luego lo envolvió en papel film, el mismo que usaba para guardar los restos de comida, y finalmente nos dirigimos a la panadería en la que había trabajado mi tío Valentín hasta la mañana que se quedó dormido al volante de su coche, estrellándose contra un alcornoque. «Quiero darle una sorpresa a un amigo de la infancia, por eso es importante que el roscón le llegue de forma anónima. Así, cuando encuentre la nota dentro, su asombro será mayor». Mi padre terminó de decir aquello y acto seguido me agarró por el hombro y sonrió. Si alguien hubiera estado observando la secuencia de lo ocurrido desde una cierta distancia, la acción de mi padre le habría parecido nostálgica y altruista. La dueña del negocio tomó nota de la dirección y nos confirmó que saldría en el reparto del día siguiente. Al despedirnos de ella, nos confesó que, pese a los años transcurridos, algunas veces levantaba la vista y le parecía ver a mi tío Valentín de pie en el obrador, comprobando la temperatura del horno o glaseando un bizcocho. Fuimos a patinar a la pista del centro comercial. Mi hermana Marina se quedó sentada en la grada, viéndonos a mi padre y a mí sobre el hielo. Me acerqué hasta ella, lo hice despacio para no caerme. «¿No vienes?», le pregunté. «No me apetece», respondió con indiferencia. Regresamos a casa en silencio. Mi padre encendió la radio. Sonaba una canción de Charles Bradley. Camilo había pedido el traslado a otro centro docente para no tener que incorporarse a su puesto tras las vacaciones navideñas. Lo único que quedaba de él, era el letrero de una inmobiliaria colgado en la terraza de la que había sido su casa. Marina solo estuvo allí dentro una vez. Me lo contó mucho tiempo después. Una tarde de sábado en la que su esposa y sus hijos habían ido a visitar a un familiar. Hicieron el amor sobre la cama de Jeremías porque a Camilo no le pareció adecuado que se acostaran en la habitación que compartía con su esposa. Cuando terminaron, desnudos sobre el colchón, él le preguntó a mi hermana si se encontraba bien, pero ella no respondió porque, a decir verdad, no sabía cómo se encontraba en ese momento. Fue entonces cuando Camilo le entregó a Marina una carta, escrita de su puño y letra, en la que comparaba su sonrisa con una cascada y sus pechos con dos nectarinas maduras.
Una mañana, al regresar de la playa junto a mi madre, vimos al portero del edificio en el que estábamos pasando nuestras vacaciones limpiando con una manguera las manchas que el salitre había dejado sobre el cemento. A mí me gustaban aquellas extrañas formas que parecían haber sido dibujadas con tiza, así que le pregunté a mi madre el motivo por el que las estaba borrando. «Tiene que hacerlo», me aclaró. «El salitre es corrosivo, si no se elimina a tiempo, puede llegar a hundir los cimientos de una casa», concluyó. - C. C. Baxter
'Escondida', por M. J. Polvorilla
‘Escondida’, por M. J. Polvorilla
Escondida
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So... alcornoque 😂 by VV - dí. Árbol desnudo del corcho. https://flic.kr/p/2httcrM
Progreso de futuro mame Alcornoque. Ya empieza a estar ramificado. En fotos anterores estaba brotando. Edad: 1 año. Tamaño: 12cm. ¿Está chulo verdad? 😉👍🏻👏🏻👌🏻 Es una cosa muy gratificante ver como las plantas progresan con los cuidados minimos. Os seguiré informando! 👌🏻👍🏻🌱🌿🌲 #mame #alcornoque #cultivo #shoon #bonsai #bonsailife #instabonsai #plantas #vida #paz #armonia https://www.instagram.com/p/Bsa4Gmwjmm6/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=10hfuej52ruk3
Bellotas de alcornoque
A veces las suerte te sonríe y otras te da la espalda, en este caso puedo decir que me ha sonreído ya que llevaba algún tiempo queriendo conseguir unas bellotas de alcornoque para germinarlas y tener una ejemplar de éste árbol que me encanta, bueno pues he de decir que he matado dos o tres pájaros de un tiro, quiero decir que he conseguido unas bellotas de alcornoque, con la suerte de que estaban…
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El 2 de diciembre era la fecha señalada por Cinegética Los Barrancos para montear ‘La Aljabara de Spínola’, situada en el término de Hornachuelos.
La finca cuenta con una extensión de casi 1.700 hectáreas, es abierta y es quizás la mancha que reúne mejores condiciones para la caza mayor, un buen encinar y alcornocal, buen monte de cabeza, innumerables barrancos y abundante agua, ya que linda cinco kilómetros con el pantano del Bembézar, hacen el hábitat ideal para las reses, además, por su orografía se logran montar unos puestos espectaculares.
Montear en ‘La Aljabara’ es montear en estado puro, donde todo el mundo el mundo tiene que dar lo máximo, la familia Spínola y José Manuel, el guarda, con su cuidado todo el año y la organización el día de la montería que empieza la noche de antes con el sorteo.
A las 8:00 horas empiezan a llegar los monteros que les ha tocado en los primeros cierres, ya tienen sus migas preparadas para coger fuerza para un largo día de montería, a las 8:40 h sale la primera armada, ‘Coimbre’, hasta las 10:00 h que sale la última traviesa, ‘El Carril’, mientras ya se ha estado organizando a las 39 rehalas asistentes repartidas en nueve sueltas, todo para que a las 11:00 estén todos los puestos colocados y las rehalas en sus sueltas.
El festival de tiros ya hace tiempo que empezó pero con las sueltas se acentúa, es una montería donde se ve la gran afición de los rehaleros ya que son más de cuatro horas con los perros cazando y con manos duras dirigidas por los guías.
Cerca de las 15:30 h van llegando a sus sueltas y los monteros se dirigen a la junta de carnes donde les espera una reponedora comida, el ir y venir de los carros con la reses no tarda mucho en comenzar, duro trabajo para los postores, muleros y de los coches.
Empiezan a formarse el tapete de reses para que a las 18:00 h se puedan contabilizar 132 venados y 82 cochinos, con 18 bocas de los que cinco darán un metal alto (dos oros, un plata y dos bronces) y que eclipsan a todos los demás; y, cómo no, no podía faltar un noviazgo, el de Javier Víbora, como testigos su padre y su tío Antonio, en el 3 de ‘El Carril’.
Montería en estado puro con un resultado espectacular año tras año. Nuestro agradecimiento a la familia Spínola por la facilidades dadas, a José Manuel, el guarda, por su magnífico trabajo, y a todos los trabajadores que participaron, a nuestro equipo de trabajo, con Juan De Dios y Manolo a la cabeza, y a los monteros asistentes que montería a montería confían en nosotros.
Una crónica de José Morillo-Velarde
DATOS DE LA MONTERÍA
Organización: CINEGÉTICA LOS BARRANCOS
Fecha: 2-XII-2017
Finca: La Aljabara de Spínola
Término: Hornachuelos (Córdoba)
Finca abierta
Hectáreas monteadas: casi 1.700
Puestos: 98
Rehalas: 39
Sin cupo
Venados: 132
Jabalíes: 82 (2 oros, 1 plata, 2 bronces y 13 navajeros más)
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‘La Aljabara de Spínola’ El 2 de diciembre era la fecha señalada por Cinegética Los Barrancos para montear 'La Aljabara de Spínola', situada en el término de Hornachuelos.