Un periodo marcadamente emojivo
“Los milagros realizan lo que significan, mediante los signos de su eficacia, por eso son reveladores del poder al que algunas técnicas sirven. Ese poder, para el psicoanálisis, se encuentra en el lenguaje y es velado por las palabras. Es lo que la transformación del signo de Saussure en el algoritmo S/s, propuesto por Jacques Lacan enseña, y lo que las intervenciones analíticas muestran".
Germán García, El psicoanálisis y las terapias milagrosas.
“Todo esto sólo ilustra la materialidad estúpida del significante".
Jacques-Alain Miller, Algoritmos del psicoanálisis.
Un emoji es mucho más que un dibujito; es (para decirlo al modo de Unicode) una célula lingüística que cumple estrictamente con estos tres principios:
1) universalidad (atendiendo a las necesidades de las distintas lenguas del mundo).
2) uniformidad (códigos de amplitud invariable para un acceso siempre eficiente).
3) univocidad (una secuencia de bits de interpretación única para los códigos de caracteres).
Nadie que se haya aventurado en la historia que Unicode presenta de sí mismo en su propia página web, puede no estar al tanto de esta tríada. Nadie que haya leído 1984 puede no estar al tanto de lo que representa Unicode.
Un emoji es, pues, un ícono («imagen» en griego), pero no cualquier imagen: en el medioevo, a este tipo de imágenes se les confería el poder de la revelación: “A partir de la grandeza y la hermosura de las cosas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sabiduría, 13:5). Para aquellos que en la palabra escrita no podían aventurar la lectura, el ícono aparecía entonces como un camino alternativo hacia Dios; una vía más didáctica -diríamos- que los esfuerzos que demandaba la filosofía, pues se suponía que los rudes, ajenos a las letras, no podían atender sino a las imágenes; a la nítida esperanza con la cual éstas transmiten (y aún hoy) su unívoca significancia.
De ahí que no pueda sorprender que en aquel contexto general de analfabetismo, un proyecto ecuménico como el paulista haya visto precisamente en las imágenes, al mejor instrumento para “enunciar de manera clara y concisa determinados mensajes doctrinales".1 Adriana Martínez, autora de estas últimas palabras, irá a referirse entonces a aquel universo medieval como un “mundo marcadamente icónico", pero a nosotros -que hasta no hace muy poco, de todo esto nos quedaba la sola expresión impaciente que dice: «¿Entendiste, o te hago un dibujito?»-, aquella época se nos presenta ahora como un periodo marcadamente emojivo...
Pienso en estos asuntos y me viene a la memoria una frase que leí hace bastante tiempo: “Una sociedad mayormente analfabeta como la medieval, con una muy baja capacidad de abstracción debido a ello, tenía que necesariamente otorgar una enorme importancia al simbolismo gestual". Hubiese jurado que pertenecía al estudio de Jacques Le Goff sobre «El ritual simbólico del vasallaje», pero ahora que he tenido la oportunidad de consultarlo, me doy cuenta de que estaba equivocado...
Tampoco aparece en Boutruche... y entonces me pregunto si no la habré leído en el clásico Qu'est-ce que la féodalité, de Ganshof, aunque ahora me resulta imposible consultar esa obra puesto que luego de alguna mudanza, ha desaparecido...
Algún día -imagino- voy a tener todos mis libros en una misma biblioteca, y entonces todo será más sencillo... Mientras tanto me conformo con pensar que ese acaso invento de mi memoria no pareciera estar, después de todo, muy equivocado, ya que a algo de aquello se refiere sin dudas Boutruche cuando afirma -analizando el vasallaje- que “extendido por analogía al que se entrega a su bienamada o al diablo, e incorporado al ritual católico de la plegaria, el gesto de las manos revela una mentalidad ligada a lo concreto, a lo carnal".2 ¿Y no ha diagnosticado el Ministerio de Educación de la Nación, hará poco más de un año, que el mayor problema en el aprendizaje de las matemáticas resulta ser la enorme abstracción que exige, solicitando entonces que a partir de ese momento (2019) se recurra -para su enseñanza- a ejercicios concretos, siempre en contacto con la «realidad» del alumnado...?
Se entiende que alguien pueda tener dificultades para comprender que uno más uno es igual a dos; se entiende, además, que esa comprensión pueda resultar más accesible si se muestra que un dedo y otro dedo, siendo cada uno un dedo en sí mismo, de pronto devienen algo más que el emoji de la manito haciendo la «v corta»... Pero lo que acaso también deba considerarse es que esa mentalidad no parece estar muy alejada de aquella otra que, para pensarse en presencia real de un vasallo, necesitaba contemplar esos gestos específicos que irían a hacer de alguien un «hombre de boca y de manos» de su señor... “expresión importante desde todos los puntos de vista -según sostiene Le Goff- porque pone de manifiesto el lugar esencial del simbolismo corporal en el sistema cultural y mental de la Edad Media. El cuerpo no es solo el revelador del alma, sino que es el lugar simbólico donde se realiza -bajo todas sus formas- la condición humana. Hasta en el más allá es bajo forma corporal, al menos hasta el Juicio Final, como el alma realiza su destino para lo mejor y para lo peor, o para la purgación".3
Esto, que así dicho suena a estrato arqueológico, no hace más que poner en evidencia ciertos oscurantismos de la mentalidad contemporánea: Un hombre se convertía en vasallo (en «hombre de boca y de manos» de su señor) luego de haber llevado a cabo la correspondiente gestualidad de boca y de manos, es decir, mediante el osculum (el beso) y la inmixtio manum (el apretón); nosotros, hoy -en toda nuestra sofisticada transhistoricidad-, celebramos como grandes logros políticos que Unicode haya decidido visibilizar las discapacidades, la condición femenina[!] y hasta la yerba mate[!!], mediante sendos emojis alusivos... Estos funcionan pues, simbólicamente, como el cuerpo lo hacía en la edad media; y así, al no ir quedando nada por fuera de la magia de esos gestitos digitales, lo que va configurándose es la imposibilidad de un álgebra, quiero decir, de una escritura para la especie humana.
¿Será posible que nadie haya prestado atención a lo que históricamente significa que en una película algo reciente y pretenciosa (Bandersnatch), quien revele y dirija las interrogaciones conjeturales respecto al «tiempo» (¿cabe acaso un concepto más abstracto, irreal?) sea un joven programador, genio paranoico, cuyos argumentos y demostraciones se encuentran reducidos a la experiencia del LSD? Todavía en el año 2007, en Youth without youth de Francis Ford Coppola, el cine reservaba ese lugar a la filosofía... Pero es que a medida que avanza el imposible, se comprende que la construcción de un saber deba anclarse en la «experiencia revelada» (en luces psicodélicas y risitas que van y vienen, y que así, de pronto, imponen la convicción: “There are more things, Horatio..."), pues como bien sabían ya los teólogos medievales, en un contexto social tan ligado a lo concreto, la «verdad» -y por ende la «conversión», esto es: la in-corporación de la Verdad- solo puede transmitirse a través del ícono: una imagen que hace comprender al instante, de repente. La psicología lo llamaría insight, pero nosotros también le decimos «meme».
Y sin embargo los medievales también sabían que “nemo intrat in caelum, nisi per philosophiam"... Sabían pues, además, de ese invento que en su Historia de la soledad, José Edmundo Clemente agradece a Diofanto de Alejandría (200-284 d.C.), “olvidado inventor del álgebra". Porque el esfuerzo de “abstraer la cifra de lo cifrado" -como dice- no sólo significa hacer de dos dedos al número dos, sino hacer también de aquel dos al número: una cifra absolutamente relativa que, en soledad, ha de permanecer en la pura indeterminación; un número: una a, la letra... y es en ese sentido que nada de esto trata solamente de aritmética.
Álgebra, pues, es también poesía, literatura, filosofía... y hasta la intervención analítica. ¿Acaso no viene precisamente a demostrar que algo de eso ya sabían algunos medievales, el hecho de que ciertos especialistas adviertan hoy, por ejemplo, en el estilo de Meister Eckhart, “... la vivacidad de la imaginación de quien tan fuertemente combatió toda imagen"4? No otra cosa descubre Natalia Strok, cuando señala que “a lo largo de todo el Periphyseon, Eriúgena se vale de metáforas para explicar su sistema, previendo que el lenguaje suele ser insuficiente para explicar ciertos temas, pero mostrando además su estilo propio como escritor".5
El escritor (“philosophe, physicien, rimeur, bretteur, musicien, et voyageur aérien, grand riposteur du tac au tac, amant aussi..."), se vale pues de la imaginación -que no de imágenes-, y eso es porque la lengua (el mundo) se le aparece siempre como un álgebra inasible; y de ahí entonces que Thierry de Chartres, filósofo del siglo XII, haya podido afirmar, alguna vez, que “Dios no corresponde a ninguna figura"... lo cual fue como decir que hablando de Dios se trata, siempre, de la raíz cuadrada de menos uno.
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1 Adriana Martínez, «Las imágenes medievales», en: Claudia D'Amico (ed.), Todo y nada de todo. Selección de textos del neoplatonismo latino medieval, ed. Winograd, Bs. As., 2010, p. 265.
2 Robert Boutruche, Señorío y feudalismo. 2. El apogeo, ed. Siglo XXI, México, 2004, p. 122.
3 Jacques Le Goff, «El ritual simbólico del vasallaje», en: Tiempo, trabajo y cultura en el occidente medieval, ed. Taurus, Madrid, 1983, p. 337.
4 Ezequiel Ludueña, «Meister Eckhart», en: Todo y nada de todo, op. cit., p. 222.
5 Natalia Strok, «Juan Escoto Eriúgena», en: Ibid., p. 91.