Las espinas de la rosa
Había una vez un joven que tomó una rosa, pero al sostenerla en sus manos, se lastimó con sus espinas. Intrigado, investigó por qué ocurría esto, y finalmente entendió que aquellas espinas eran su defensa. Una protección necesaria para una flor tan hermosa, un escudo contra quienes quisieran tomarla sin cuidado. Ella era como esa rosa. Tan hermosa: sus mejillas rosadas, sus labios carnosos y aquel cabello rojo, tan vibrante como los pétalos de la misma flor. Sin embargo, cuando sentía miedo de confiar en alguien, sacaba sus propias espinas, las que dolían profundamente a cualquiera que intentara acercarse. Ese miedo no era infundado. Había una razón: un día, entregó su rosa a alguien y, cuando se la devolvieron, ya no tenía pétalos. Algo en ella se quebró aquel día, algo que no pudo reparar del todo, o al menos no tan rápido. “¿Y si alguien se quedara a pesar del dolor?” solía preguntarse. “¿Y si alguien lograra demostrarle que también podía ser amada, no por sus pétalos, sino por todo lo que era?” Quizás era mucho pedir, pensaba. Quizás no era lo suficientemente hermosa, se decía. Tenía miedo de enamorarse, lo sentía con cada fibra de su ser. Pero un día llegó él. —Déjame tomarte, aun sabiendo que mis manos sangrarán —le dijo con firmeza—. Si ese es el precio por probar tus labios, lo pagaré. Quitaré cada espina que te atormenta y, si es necesario, las haré mías, con tal de que tú seas mía.












