Atardeceres de antaño.
El atardecer yacía justamente con la danza de aquellas nubes ligeramente rojas, su silueta resplandecía alrededor de la luna, luna que me recordaba la mirada de tal dulce mujer.
Un stratus tan perfecto como la esencia de tan magnífica mujer, llena de alma, llena de vida, su esplendor plasmado en el cielo, la curva de su risa dibujada en cada nube.
Recordé la madrugada en la cual nuestros cuerpos danzaron sutilmente al compás de la música, música que quedó grabada en nuestros corazones.
Después de todo, cada silueta, cada nube emboscada hacia esa luna llena de sueños, nos llevaba juntos al infinito que se escondía detrás de esos expresivos ojos.









