El Vampiro, John William Polidori.
Algunas notas sobre la lectura:
El Vampiro es un cuento muy sencillo cuyo valor (como tantas veces ocurre) se halla en su proyección en la tradición literaria posterior. Polidori es el primer autor que rescata la figura del vampiro del folklore y lo convierte en el noble perverso y seductor que a día de hoy sigue encarnando esta criatura en nuestro imaginario. No me extenderé más sobre ello porque Mariana Enríquez lo explica perfectamente en el prólogo a esta edición de Austral. La historia que rodea la creación de este relato también es digna de reseñar: surgió de la estancia de Lord Byron, Mary Wollstonecraft (luego Shelley), Percy B. Shelley y Polidori en una mansión en la que se recluyeron para contar y escribir cuentos de fantasmas en 1816, el 'año sin verano'.
"Eso parecía indicar un alma consciente de un reino más brillante"
Dado que esto son apuntes sobre mi propia lectura (no una reseña), quería escribir unas líneas acerca de de por qué subrayé esta frase. El estilo de El Vampiro no es del todo de mi gusto, pero soy una firme defensora de que los textos hay que leerlos tomando en consideración la tradición literaria en la que se inscriben. El Vampiro es un relato recargado y tiene un tono enteramente de cuento; es una narración a vista de pájaro, donde todo ocurre rápido y la acción se cuenta, no se describe. Sin embargo, el breve fragmento sobre la hermana de Aubrey llamó mi atención por dos razones: es muy introspectiva y no es tan tópica como la descripción de Ianthe, la eterna muchacha alegre, rubia, inocente que trota entre las ruinas mientras, a su lado, el héroe romántico dibuja en su cuaderno de viaje el Partenón.
Me gusta pensar que dentro de las personas existen reinos, palacios donde cada una de nuestras vivencias encuentra su lugar en una estancia que puedes cerrar bajo llave y decidir a quién abres, para qué y cuándo. La palabra reino parece decir 'esto es mío, aquí mando yo, no hay nada que puedas hacer para despojarme de esa autoridad' aquí dentro. Y eso también me gusta. También me gusta pensar que, pese a todo, esos reinos pueden ser brillantes y refulgir bajo la luz de un alma buena. Los palacios brillantes y los reinos imposibles me llevan siempre a pensar en Utena, lo que me lleva, sucesivamente, a pensar en Hesse y en los mundos interiores que se vuelven reales en cuanto tomamos consciencia de ellos. Nuevamente el yo existe porque es consciente de sí mismo. ¿Que sería de él si no?