El ensordecedor sonido de la fiesta entraba por los canales auditivos de la rusa mientras ésta se hallaba sentada en una mesa con nueve personas más de la universidad jugando un juego que en su vida ella había jugado. Pero no le importaba, porque se la estaba pasando bien, y estaba dispuesta a jugar cualquier cosa que propusieran. Así era Keera, siempre dispuesta a pasar un buen rato. Entre risas y chillidos, el juego transcurrió sin incidentes, con sus respectivas parejas cumpliendo sus retos mientras ella esperaba su turno. Era el número nueve, otorgado por una chica bastante borracha que a Keera le hacia gracia y la hacía preguntarse cómo podía hacer todo aquello sin margenes de error; era increíble. Es que ni ella, que estaba sobria, podría haberlo hecho. Riendo, la rusa llevó su vaso de soda a sus labios y le dio un sorbo, justo en el preciso momento en que escuchaba como la organizadora decía su número y el de otra persona. Sorprendida, la chica buscó con sus ojos claros al dueño de dicho número y, sonriendo, se encontró con un muchacho asiático bastante simpático. Levantándose de su sitio, se acercó a él para decirle: — Bueno, ¿empiezas tú o yo? @benjamurakami








