Hija de la Muerte XIII
Dicen que una niña nació con el mar en los pulmones.
Fue un 15 de febrero abrasador.
El aire estaba tan quieto que parecía contener la respiración por ella.
Cuando la sacaron del vientre, el médico palideció: la pequeña no lloraba.
En cambio, exhaló una burbuja salada.
Sus ojos eran de un verde imposible, como si contuvieran tiempo detenido.
Su padre, temblando, creyó ver en ellos el reflejo de un cielo que se cerraba.
El sonido de las máquinas se volvió distante, líquido.
Mientras los doctores drenaban agua de su diminuto pecho, él sintió que algo lo observaba desde dentro del tubo, desde cada gota.
Salió corriendo.
En la vereda del hospital, el calor era un muro.
Pidió un cigarrillo suelto en el kiosco.
Lo encendió con las manos temblorosas.
A su izquierda, una mujer con un vestido negro lo tocó en el hombro.
Su piel era tan fría que el sudor del hombre se volvió escarcha.
—¿Qué pasa, hijo? —susurró ella.
Él le contó todo: la hija, el agua, el silencio.
La mujer inclinó la cabeza, como si escuchara voces desde otro plano.
—¿Cómo se llama la criatura? —preguntó.
Él lo dijo, como si el nombre ya hubiera existido antes de nacer.
La mujer cerró los ojos.
Sus labios se movieron sin sonido.
Cuando volvió a abrirlos, habló con voz que no le pertenecía:
—Tu hija danzará con la muerte… hasta que un día ella la reclame.
El cigarro se consumió hasta sus dedos.
Cuando volvió a entrar al hospital, el aire olía a sal y óxido.
Su esposa lloraba de alegría.
La bebé estaba viva, envuelta en mantas.
Pero algo se había roto en el padre:
ya no oía el llanto.
Ni el de su esposa.
Ni el del mundo.
Con los años, la niña creció.
Nunca lloró.
Ni una sola vez.
Sus ojos seguían siendo color tiempo, pero cuando el sol se ponía, algo dentro de ellos parpadeaba como una marea oscura.
Cada primavera florecía, y cada invierno, el silencio se hacía más profundo.
El padre trabajaba en su carpintería, cortando madera, construyendo mesas, cunas, ataúdes.
El ruido de la sierra era lo único que escuchaba.
Hasta que un día, mientras lijaba una tabla, oyó —por primera vez en mucho tiempo— un sonido que no venía de su taller:
el mismo pitido que oyó aquel día,
el día en que su hija respiró agua.
Entonces supo que la muerte había venido a buscar su danza.















